Trinidad

Leon Uris · Capítulo 119 de 119

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Trinidad

Epilogo

Cuando los británicos devolvieron los cadáveres de Dan Sweeney y Conor Larkin. Garrett O'Hara, comandante de la Hermandad

Republicana Irlandesa, aprovechó la ocasión.

Desafiando una orden del Castillo de Dublín, los dos cadáveres fueron colocados en la Rotonda del Ayuntamiento de Dublín para ser visitados por el público. A Dan Sweeney se le recordaba en hogares, tabernas y colegios como a un mártir irlandés del levantamiento feniano del siglo pasado. Conor Larkin tenía no poca medida de fama a causa del episodio de Sixmilecross. Pero todo eso quedaba pequeño al lado de la enormidad de la destrucción del castillo de Lettershanbo.

Metidos bajo una cúpula bellamente iluminada, doce centinelas del Ejército Nacional Irlandés hacían guardia de honor, uno en cada columna.

Millares de personas desfilaron rindiendo homenaje. Al cabo de tres días de permanecer de cuerpo presente, cien mil dublineses acudieron al entierro de Dan Sweeney, marchando a paso funeral hacia los terrenos donde descansaban Daniel O'Connell y Charles Stewart Parnell. Sweeney, «el feniano que no perdonaba», no fue bajado a la fosa hasta que Garrett O'Hara hubo pronunciado una oración fúnebre destinada a cambiar el curso de la historia de Irlanda. Hablando en la antigua lengua, vapuleó el milenio de tiranía con alambicado furor. Y

por toda la nación se oyeron por fin unas agitaciones republicanas largo tiempo dormidas.

Conor Larkin fue acompañado a Derry por Atty Fitzpatrick en un sencillo cortejo formado por un coche mortuorio y otro, único, de séquito. Sin embargo, en todas las poblaciones del recorrido paraban, y los niños arrojaban flores sobre el ataúd, las mujeres lloraban, y los hermanos y los miembros del Ejército Nacional Irlandés formaban una guardia de honor para darle escolta hasta la población siguiente.

Luego, al final, el padre Dary Larkin puso al hermano a descansar junto a su padre en el cementerio de San Columbano, en Ballyutogue.

Diez meses después, unos miembros de la Hermandad acaudillando unos centenares de militantes del Ejército Nacional intentaron un

abortado levantamiento en Dublín. El Lunes de Pascua de 1916 nació una belleza terrible en forma de declaración de independencia.

Los jefes del levantamiento fueron sentenciados a muerte por un tribunal secreto y fusilados por pelotones de ejecución en la cárcel de Kilmainham. La cárcel de Kilmainham, el pabellón irlandés de mártires que había albergado a Parnell, Wolfe Tone, Emmett y un centenar más de la misma pestilente especie. Al ejecutar a esos hombres, los británicos cometieron un tremendo error: ultrajaron al pueblo irlandés y convirtieron el levantamiento en la más gloriosa derrota de Irlanda.

Terminado todo esto, vino en su momento a instaurarse una

República. Pero las penas y las congojas no han abandonado nunca a ese trágico y hermoso país.

Porque, vean ustedes, en Irlanda no hay futuro; sólo el pasado que se repite una y otra vez.

[1] Los ingleses llegaron a prohibir que se enseñara a leer y escribir

a los católicos. Pero siempre hubo personas generosas y valientes -en

muchas ocasiones eran protestantes- que, simulando estar tomando el

sol arrimados a una pared o en un corral, se saltaban esta ley y

enseñaban a los católicos. De ahí vino la denominación de «maestros de

valla» o de corral. (N. del T.)

[2] Irlandés.

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