Trinidad

Leon Uris · Capítulo 118 de 119

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Trinidad

Capítulo 16

Comprobamos y volvimos a comprobar nuestro equipo. Todo el día

estuvimos repasando lugares de reunión, rutas, tiempos transcurridos,

detalles de la tarea a realizar. A cada hora nos traían un parte

meteorológico dado por un observador situado en una altura que

dominaba el lago.

Mediada la tarde divisaron el bote patrulla británico navegando hacia

el sur en dirección a la desembocadura del río para entrar en Derry.

Sabíamos que permanecería en el puerto hasta que hubiera oscurecido, y

entonces saldría a dar su batida nocturna contra posibles pescadores

furtivos.

A la mayoría de nosotros la Iglesia nos había expulsado de su seno

por nuestras inclinaciones republicanas, pero permitan que les diga que a

medida que las horas iban transcurriendo éramos muchos los que

rezábamos sin disimulo alguno delante del altar. Quisimos dormir y no

pudimos; la última comida quedó casi intacta.

La primera sorpresa la tuvimos cuando Conor nos ordenó secamente

que limpiásemos el templo, eliminando todo rastro de nuestra presencia

en él.

Lord Louie bajó del puesto de observación del tiempo refunfuñando

disgustado. El cielo se nublaba rápidamente. Hasta aquí, muy bien;

deseábamos operar bajo un manto de nubes. Pero yo conocía la región, y

Conor la conocía tan bien como yo, y por él semblante que puso al recibir

la noticia pude ver que temía que detrás del frente de nubes viniera una

tormenta.

El firmamento se cubría con su primera somnolencia. Darren Costello y cinco miembros de la Hermandad Republicana Irlandesa sacaron una camioneta de reparto que habían robado y escondido en un abandonado almacén de patatas de Punta Quigley, en la carretera de la costa. Compañía de coches de alquiler Knockdara, decía el repintado rótulo del costado. Costello guiaba el vehículo, con su hijo Cassidy sentado a su lado y los otros cuatro amontonados detrás. Se dirigieron hacia la zona portuaria de Derry; concretamente hacia el muelle de Ship Iron Works, donde estaba anclado el Glory of Ulster.

Desde la famosa traída de armas a la luz del día, el barco cerealista alemán se había convertido en una celebridad por derecho propio. Un caballero emprendedor, Edwin Gunn, antiguo gran maestre de logia a su vez, convirtió el Glory of Ulster en un crucero diurno alrededor del lago para que lo contrataran los grupos orangistas y unionistas.

A esta hora, cuando la camioneta de la compañía de coches de alquiler Knockdara se detuvo al lado del buque, la zona portuaria estaba casi desierta. Costello sabía que a bordo habría un solo vigilante.

El y Cassidy sacaron de detrás de la camioneta un par de cajas de té y subieron por la pasarela.

–¡Eh, oigan! – gritó Darren-. ¿No hay nadie a bordo?

Un momento después, el anciano vigilante sacaba la cabeza con aire renuente por la ventanilla de la timonera.

–¿Quién hay ahí abajo? – preguntó.

–Traigo dos cajas de té, señor -respondió Darren.

–¿Té? ¿Quién diablos ha pedido té?

–Edwin Gunn, señor. Es para el crucero del próximo domingo con las Damas de la Templanza.

–Bueno, déjelo ahí en cubierta. Luego lo recogeré -gritó el vigilante.

–Lo siento, jefe. Necesito que firme. Voy a subírselas.

Darren subió corriendo la escalera, seguido de su hijo, y entró en la timonera. Cassidy apuntaba una pistola al vientre del vigilante mientras su padre le daba un fuerte golpe en el occipucio.

Darren salió, emitió un silbido y tres de los muchachos escondidos en la camioneta subieron a bordo. Uno de ellos fue al cuarto de máquinas; los otros dos soltaron las amarras y saltaron arriba. El hombre que había quedado en tierra puso la camioneta en marcha y se fue.

A los pocos momentos, el Glory of Ulster tenía las calderas en actividad y cruzaba lentamente río Foyle arriba. St. Columba's Park, en la orilla protestante del río, estaba lleno de gente que había salido de merienda, y de paseantes rezagados. Al ver el Glory of Ulster, todos agitaban las manos y gritaban jubilosos. El «capitán» Darren Costello respondía haciendo sonar la sirena del buque.

Se habían deslizado más allá de los Muelles Navales y del bote de patrulla, que estaba embarcando la tripulación que lo conduciría en su

recorrido nocturno por el lago. Cuando el río se ensanchó, pasado el faro Clooney, bajaron el vigilante a la sala de máquinas. A Costello no le gustaba tener que proceder así; pero luego el hombre podría identificarles, a él y a su hijo. Lo mataron de un solo tiro a la cabeza.

Una milla más arriba, en un lugar llamado Boom Hall, el río se volvía singularmente estrecho. El paraje había sido bautizado con ese nombre porque allí fue donde las fuerzas del rey Jacobo arrojaron un botalón para cerrar la entrada durante el sitio de 1689, impidiendo la llegada de suministros de socorro por mar. Pidiendo prestado un pasaje a la historia, Darren Costello maniobró el barco hasta ponerlo de través en el estrecho canal, y luego abrió las válvulas, echándolo a pique en el mismo punto donde había sido hundido el botalón.

El Glory of Ulster se acomodó en el fondo, poco profundo, en una limpia maniobra, imposibilitando por completo el paso desde los muelles al lago y confinando al bote patrulla en Derry. Luego los cinco hombres fueron hasta la orilla a fuerza de remos, subieron a la camioneta de la compañía de coches de alquiler Knockdara que les esperaba en la carretera de Limavady, y huyeron.

En el mismo momento que el Glory of Ulster topaba con su irónico

hado, los dos camiones se detenían dentro de la cueva de Ballybrack

Hole, en cuyas altas hierbas estaban escondidos los cinco curraghs. Los

transportamos hasta el borde del agua, cargamos nuestro equipo en ellos

y aguardamos a que oscureciera. Conor nos reunió, nos explicó la

participación de Darren Costello en nuestra aventura y calculó que

podíamos borrar de la lista un barco patrulla británico.

Luego se alejó, consultando el reloj casi a cada minuto, mirando al

mar enojado e inquieto al verlo cada vez más enfurecido. Sí, se ponía muy

picado; las nubes, más densas por momentos, dejaban caer su primera

rociada de lluvia, Habitualmente, desde donde nos encontrábamos podía

verse Lettershanbo; ahora había desaparecido, agoreramente, de la vista.

Subiendo en los camiones por la costa, yo me había sentido

espantosamente mal, y no me atrevía a moverme siquiera. Cuando lord

Louie nos dio el rumbo, me invadió un raro bienestar. Estaba a punto de

cubrirme francamente de sudor; pero me salvó de esta vergüenza una

repentina sensación de que todo aquello era irreal. Yo estaba

completamente fuera de todo peligro, bañado en una especie de euforia

que no dejaba paso a ninguna inquietud. ¿Había descubierto el secreto de

los valientes en las batallas?

Conor me rodeó los hombros con el brazo y me llevó aparte.

– Lamento que sacaras la paja corta - me dijo.

– Alguien había de sacarla.

– Vamos, procura no despertar la guardia allá dentro y luego corre por

el túnel cuanto puedas - me aconsejó.

– No te apures. Oye, Conor, tengo un remordimiento de conciencia -

dije-. Anoche, en el cementerio, escuché lo que decíais tú y Atty.

– En toda mi vida sólo he podido tener un secreto para ti - comentó,

refiriéndose al relativo a nuestra misión durante los días de

entrenamiento en DUNLEER-. Casi se me escapó. De modo que nos

oíste.

–Sí. ¿Era cierto lo que le dijiste?

– Quiero regresar, Seamus. Y quiero tener hijos con esa mujer.

– Eso es magnífico.

Con euforia o no, miré al agua y casi me doblé por la mitad, de miedo.

La mano de Conor me agarró por el hombro.

– No eres el único - dijo.

Chocante, nunca se me había ocurrido pensar que Conor Larkin

pudiera tener miedo…, chocante… Conor se alejó de mí para reunirse

con Atty.

– Te veré dentro de un rato - le dijo.

– Aquí estaré - respondió ella. Sus ojos pregonaban que lo amaba tanto

que hasta le perdonaría que le hubiese mentido al decirle lo que le dijo en

el cementerio.

– Quédate al margen - le ordenó Conor.

– ¡Te amo, Conor! - oí que gritaba ella.

Aunque él no la oyó, porque ya estaba a la orilla del agua. Luego me

dio una palmada a la espalda y fue a colocarse en un costado del

curragh.

– Entra, Dan. Vámonos, Charley. Cógete al rodete de alambre

mientras zarpamos. ¡Buena suerte, chicos!

Hicimos resbalar la embarcación hasta el agua, trepamos prestamente

por el costado y cogimos los remos. Según el raro estilo de los curraghs,

los remos no tenían pala, sino que estaban construidos de forma que

peinasen el agua en marejadas y corrientes. A los pocos segundos la

levantada proa se hundió en una cabrilla, la partió en dos y se alejó fuera

de la vista de la cueva.

La travesía no hubiera debido costarnos más de veinte minutos, pero

en el centro del canal, el viento, que soplaba desde el mar, empezó a

zarandearnos de un lado para otro, al mismo tiempo que encabritaba las

olas. A cada golpe de remo, saltábamos y caíamos, saltábamos y caíamos.

Charley Hackett sostenía la brújula y cada tres o cuatro remadas nos

hacía corregir el rumbo. Dan esforzaba los ancianos ojos por divisar a los

demás; pero no lograba verlos. Cada equipo luchaba por su cuenta.

Aquello se puso confuso y revuelto; Charley y Dan achicaban agua para

evitar que nos hundiésemos; nosotros estábamos empapados hasta los

huesos, no veíamos nada y el curragh subía y bajaba por las olas como

un tapón de corcho.

En el centro exacto del canal oímos unos alaridos escalofriantes.

– ¡Alguien se ha hundido! - gritó Charley.

Unos gritos siguieron a los alaridos.

– ¡Echemos un vistazo, Conor! - exclamó Charley.

– ¡Siéntate y calla! - ordenó Dan-. ¡Siéntate, Charley!

– Empuja, Seamus - chilló Conor, rechinando los dientes y haciendo

oídos sordos a los desesperados gritos de socorro.

Faltó poco para que una ola doblara por la mitad nuestra pobre

embarcación, y tuvimos que luchar desesperadamente para mantenernos

a flote. El agua entraba por el centro del bote a medida que la lona y la

brea se estiraban y gemían a punto de partirse.

– ¡Toma las olas de frente, Seamus!

Giramos en convulsivo círculo. Conor me cogió y me echó fuera del

asiento, sustituyéndome en el remo. Poco a poco logró dominar el bote,

mientras yo ayudaba a Dan y Charley a vaciar agua. Luego jugó

hábilmente con las crestas y los fondos de las olas. Bajo su mando, el bote

danzaba y andaba de puntillas por el oleaje como lo habría hecho bajo el

de su padre.

– ¡Veo tierra! - gritó Charley.

– Acaso tengamos que entrar montados sobre una ola, como un tiro -

gritó Conor-. Charley, Seamus, preparaos para saltar cuando yo diga, y

entonces coged la proa y sujetadla con fuerza. ¡No dejéis que se estrelle

contra el fondo!

De repente, nos lanzamos hacia la orilla cabalgando sobre una alta y

precipitada ola. El bote se levantaba como en una catapulta…, más

cerca…, más cerca…

– ¡Ahora!

Charley y yo saltamos y quedamos con agua hasta el cuello; luego nos

levantamos para sostener la proa en alto y evitar que el bote se

despedazara. Me sentí levantado del suelo, luego bajado y luego vuelto a

levantar. Yo procuraba clavar los pies bajo las rocas, dando arcadas por el

agua que tragaba y sufriendo zarpazos de dolor a causa de los golpes.

Conor estaba a mi lado, sumando su fuerza a la mía.

– ¡Corre hacia la playa! - gritó.

Allá nos lanzamos. El curragh subió por la arena como si hubiese

resbalado sobre cristal. Dan se echo fuera, y los cuatro tiramos, tiramos,

tiramos, hasta que tuvimos el bote en lugar seguro. Descargamos la

ametralladora, la caja de municiones, el carrete de alambre y la camilla

para llevarlo.

Nos pusimos de rodillas, permitiéndonos el lujo de doblarnos por la

cintura y boquear.

– Muy bien, de pie. Dan, Charley, montad la ametralladora. Seamus,

¡lleva el bote detrás de la torre!

Sea como fuere, habíamos desembarcado a unos cincuenta metros del

punto que nos habíamos señalado. Conor estaba en el agua, forzando la

vista por descubrir otros botes.

Venían fatigosamente. Un segundo curragh formaba un blanco

situado a unos cuatrocientos metros de distancia. Vimos cómo sus

ocupantes se tambaleaban y caían para atrás. El bote chocó contra las

rocas y quedó hecho pedazos.

Conor guió a los supervivientes hacia la torre.

Luego vino Gilmartin. El y lord Louie eran los dos mejores marineros

que teníamos. Gobernó la embarcación hasta la orilla, y cayó de bruces.

Ayudado por mí, Conor lo arrastró hasta fuera del agua. Sabíamos que se

había hundido un bote; pero faltaba otro todavía. Conor me ordenó que

llevase a Gilmartin a la torre.

– Retrocederé en busca del otro bote - me dijo a mí.

– Espera… - jadeó Gilmartin-. Somos nosotros…

– No, queda otro más por llegar.

– No, no, ambos se han perdido. Yo lo he visto. Pendergast ha dado un

porrazo y se ha hundido. Yo le he pescado al pasar. Había muerto ya.

– El otro…

– Lord Louie. Ha faltado muy poco para que se nos echara encima;

luego se ha partido en dos…, oh, Jesús…, Jesús… - chilló Gilmartin.

– ¡Cállate, maldita sea! – bramó Conor-. ¡Cállate! Muy bien, subamos

a la torre.

Una extraña, cautelosa cuadrilla de abordaje, formada por personal de la Armada, autoridades del puerto y miembros constabulary, se internaba poco a poco por el Glory of Ulster. Las pesquisas llevadas a cabo en el buque no dieron el menor resultado. El vigilante muerto estaba bien escondido en un rincón inundado e inaccesible de la bodega.

Edwin Gunn, dueño del barco, acabó por subir también sin dejar de rascarse la cabeza desconcertado. Hubo un confuso cambio de impresiones. Gunn se puso a despotricar desde el primer momento que aquello era obra de los maleantes de la orilla católica del río. Además, daba como cosa indiscutible que era un insulto contra todo lo bueno y noble del ulsterismo y de la Corona, además. El hombre salió como una furia de su medio hundido barco en busca de compañeros de Orange.

Armaría un motín contra el Bogside para resarcirse de esta afrenta.

De momento, a las autoridades lo que más les preocupaba era el problema creado. A todos los efectos prácticos, el puerto de Londonderry quedaría paralizado al menos una semana.

– Nos quedan unas trescientas libras de dinamita - dijo Charley

Hackett después de una inspección.

– ¿Será bastante?

– No lo sabremos hasta que la hagamos estallar.

– Muy bien - dijo Conor-. Carguemos con ella. Subid todos, menos

Dan. Tú, Dan, tendrás que manejar la ametralladora mientras tanto.

– Claro - respondió el anciano, limpiándose las gafas y calándoselas de

nuevo, aunque así y todo no viera mucho más allá de la nariz.

– Hemos de recuperar toda una faltriquera de tiempo perdido - dijo

Conor-. Vámonos.

La tempestad, que había sido el verdugo que nos atormentó e incluso

ejecutó a algunos de los nuestros durante la travesía, se había convertido

ahora en aliada nuestra, proporcionándonos un manto protector. Conor

cambió el plan primitivo, según el cual habíamos de bajar arrastrándonos

corno lagartos de la playa a las cuevas. Ordenó que en vez de hacerlo así,

cada uno corriera lo más rápido y hasta la mayor distancia que pudiera.

Conor y Charley Hackett se reservaron el trabajo más penoso,

cargando un carrete de más de noventa kilogramos de alambre en una

camilla. Boyd McCracken encontró la cueva indicada. Los demás

chapoteamos tras él, nos hundimos en el agua, volvimos a salir fuera, y

luego caímos y nos quedamos tendidos, jadeando.

Encendieron una vela. Los relucientes carámbanos de piedra abrían

ante nuestros ojos una madriguera de duendes. Boyd nos señaló una

abertura minúscula. Conor ató a la camilla una soga con la que luego se

rodeó el cuerpo, como si enjaezara un caballo. Todos seguimos a Boyd, en

fila india, reptando cara a tierra. Fue una tortura horrible. Yo llevaba

dieciocho kilogramos de dinamita a la espalda, un fusil ametrallador y la

munición correspondiente, y en algunos puntos la abertura quedaba

reducida a unos sesenta centímetros de ancho por otros sesenta de alto.

Las aristas de la roca se me clavaban en la carne y me desgarraban el

fardo. La oscuridad aumentaba el espanto.

Yo oía cómo Conor emitía unos sonidos guturales mientras iba

tirando de la camilla, unos pocos centímetros cada vez…, gruñido,

boqueada; gruñido, boqueada.

– ¡Quietos! - gritó Boyd en la oscuridad. Vi la mortecina luz de su

lámpara eléctrica mientras yacía como en una tumba de roca y me

invadía un mareo de claustrofobia. Boyd volvió a llamarnos para decirnos

que podía abrir camino sin nada más que las manos. Cuando la hilera

volvió a resbalar adelante, yo me santigüé en acción de gracias.

La senda de los tormentos se ensanchó hasta formar una cavernita

que era como una habitación. No había tiempo para abandonarse de

nuevo. Conor, todavía en el pasillo, nos dio la soga y todos tiramos a la

vez, para pasar la camilla por la abertura. Hubimos de sacar hasta la

última reserva de energía que nos quedara. El fardo entró en la cuevecita

muy oportunamente, pues aunque lo habíamos envuelto en cuatro capas

de tela, ésta se había desgarrado por muchas partes.

La linterna de Conor revoloteó por el cubículo.

– Ahí está la entrada del túnel - dijo-. Meteos dentro. Tendremos que

efectuar unos cambios de orden. Boyd entra el primero, Charley con un

minuto de intervalo, luego Seamus y después Pete. Si el alambre se

enreda, el hombre que va en cabeza retrocede hasta encontrar la maraña.

Yo tendré que manejar el carrete, aquí, sin ayuda de nadie.

Conor volvía a cargar sobre sí la tarea que exigía una fuerza bruta

tremenda, una tarea que habría puesto a prueba a un par de hombres.

Reuniendo sus energías, se dispuso a sostener en las manos más de

noventa kilos. Boyd entró en el túnel agarrando el extremo del alambre.

Uno después de otro, los demás anduvimos a gatas por el túnel,

acompañando el alambre eléctrico.

– Ahí está, muchachos - dijo Boyd, proyectando el chorro de luz sobre

la pared de ladrillo-. Yo entraré el alambre. Sígueme, Charley. Gilmartin,

quédate y cuida de que no se atasque. Tenemos una curva muy cerrada.

Para indicaros cuando haya llegado al cuarto de la caldera, tiraré del hilo

tres veces.

Con la pericia de un ladrón de cajas de caudales buscando la

combinación de la cerradura, Boyd McCracken fue quitando ladrillos

como piezas de un rompecabezas hasta dejar una abertura del tamaño de

un hombre. Boyd se metió con gran precaución por la abertura, se

agachó y se deslizó de cabeza por la chimenea de un hogar y luego por el

hogar mismo.

Nosotros le seguimos. Estábamos en una habitación espaciosa sumida

en unas tinieblas de negrura azulada, perforadas únicamente por la

linterna que llevaba en la mano Boyd McCracken, quien volvió el cono de

luz hacia nuestros sucios rostros para efectuar un recuento. Todos

estábamos allí, menos Gilmartin, que iba empujando el hilo conductor.

Cruzamos a hurtadillas el suelo de piedra hasta llegar a una gran puerta

de madera y corrimos el cerrojo. En la habitación vino a estrellarse una

avalancha de luz procedente del pasillo. Nosotros nos apiñamos detrás de

Boyd.

Este asomó la cabeza. El pasillo estaba despejado. Entonces nos

señaló otra puerta, situada unos doce metros más allá y se deslizó hacia

ella, arrimado a la pared. Uno después de otro salimos tras él,

reuniéndonos de nuevo delante de la puerta del cuarto de la caldera.

Boyd entregó el extremo del alambre a Charley Hackett, corrió como

una flecha hacia la puerta, pegó el oído a ella ¡y la abrió de un empujón!

En seguida entró, empuñando la pistola. Nada. Otra señal, y nosotros nos

precipitamos allá, mientras él encendía la única lámpara eléctrica

instalada allí. Dejamos caer los paquetes, los apilamos delante del tubo y

el conducto mayores, y salimos. Desaparecido Pendergast en la travesía,

Charley sólo disponía de Jennings para instalar el hilo conductor en los

cartuchos de dinamita y meter los tubos dentro de los conductos.

Mientras los otros retrocedían a la carrera, Boyd y yo ocupamos

nuestro puesto de retaguardia en el cruce de corredores. Era una posición

perfecta; desde ella se veía claramente la única entrada al sótano. Todo el

que quisiera acercarse al alambre conductor tendría que doblar un

recodo sin ninguna visibilidad y entrar de lleno en mi campo de tiro.

Los momentos pasaban con una lentitud brutal…, ocho…, nueve…,

diez…, quince…, dieciséis. ¡Ven, Charley, por amor de Dios! Jennings

pasó junto a mí, corriendo, y me hizo seña de que ya casi estaba

terminado.

Otros tres minutos…, apareció Charley. Y en el mismo instante que

aparecía Charley, todos quedamos petrificados. Una sombra caía sobre

las escaleras al final del pasillo. ¡Alguien bajaba!

Todos abrimos la boca. Me quedé paralizado un instante, y luego…,

como por una revelación, supe qué había que hacer.

Con una seña, indiqué a Charley que volviera a meterse en el túnel y

con un movimiento de cabeza ordené a Boyd McCracken que le siguiera.

Gilmartin se había situado junto al hogar para ir contando a los que salían. Charley y Boyd llegaron allá en el mismo instante.

–Vámonos -dijo Charley.

–¿Dónde está Seamus?

–Alguien merodea por allá. Seamus ha tenido que quedarse.

Gilmartin soltó un leve gemido acompañado de un movimiento, disponiéndose a cruzar la habitación. Boyd le agarró.

–No serviría de nada hacernos matar a todos. Entra en el túnel, Gilmartin.

El hombre titubeó un momento, luego dio media vuelta y huyó con los otros. Mientras corrían, notaban ligeramente el contacto del alambre y por las mejillas les resbalaban lágrimas de angustia por el

hombre que guardaba la línea. Después de varios minutos por el agujero de salida, oyeron un ruido y se detuvieron. ¡Fuego de ametralladora!

–¡Oh, Dios!

–¡Aprisa, maldita sea, aprisa! Hemos de llegar donde está Conor…,

¡moveos…, moveos…, moveos!

Agachados y corriendo sin precaución se encontraron de regreso a la cueva en la mitad del tiempo previsto.

–¡Vuélalo, Conor! – gritó Charley a Conor, apostado junto al detonador.

–¡Seamus! – gritó Conor.

–¡Vuélalo, Conor! ¡Vuélalo!

Conor se inclinó sobre la caja, la mano en el núcleo de inmersión, los ojos desencajados…

–¡Seamus! ¡Seamus! ¡Seamus!

–No tiene bastante munición para resistir más de un minuto.

¡Vuélalo! ¡Cortarán el alambre!

Charley Hackett se lanzó hacia el detonador. Conor se levanto como un orate, apuntando la pistola a la frente de Charley. A continuación retrocedió un paso, haciendo girar el arma en derredor, amenazando a los demás… Luego la dejó caer al suelo, se arrodilló y emitió un grito horrible:

–¡Perdóname!

Y colocó el núcleo de inmersión, estableciendo el contacto.

Todos levantaron la vista en un silencio aterrorizado. No sucedía nada. ¡Un instante después fueron disparados por la cueva como cerillas!

Dan Sweeney abrió los ojos muy redondos; nadie había visto nunca nada que llegase ni a la mitad de aquello. Alrededor de Punta Magilligan el suelo saltaba y trepidaba como si fuera a despedazarse y saltar al mar. La luz que se encendió era la de un millar de infiernos, una furia de tonos naranja. Los cascotes chocaban contra la Torre Martello como densa granizada.

Otra explosión…, y otra…, ¡y otra!

Los pescadores de algas de la costa de enfrente caían de rodillas asustados. Desde la costa de Escocia vieron la explosión, que inflamó el firmamento de Derry, a más de treinta y dos kilómetros de allí. La explosión levantó una marejada, cuyo horrible son retumbaba dentro de las cabezas que lo escuchaban.

El asalto había terminado. Dan Sweeney extendió la mirada por el campo abierto de delante de la torre. Pasaron unos minutos; luego oyó unas sirenas distantes.

¡Allá! Por la playa. Dan hizo girar la ametralladora.

–¡Somos nosotros, Dan!

El viejo abandonó su puesto, bajó los peldaños doblándosele las rodillas y abrió la puerta de la torre, Gilmartin, Conor Larkin, Charley Hackett, Boyd McCracken, Jennings y otros cuatro entraron cojeando, aplastados por el impacto -aun a la distancia que estaban- de la explosión de trescientas toneladas de dinamita.

Los supervivientes se limpiaron las heridas, se ataron torniquetes, se vendaron miembros. Se divisaban reflejos lejanos de reflectores y se oían los ladridos de los perros.

Conor levantó la ensangrentada cabeza.

–Llévalos de regreso, Gilmartin -dijo-. Llévatelos de regreso.

Mira…, os he calmado las aguas.

–El puesto que me corresponde es aquí, al lado de Dan -respondió el otro.

–Lo siento. Ha habido un cambio de órdenes.

–Dan -protestó Gilmartin-, dile que los guíe él.

El viejo cogió a Conor y lo zarandeó.

–¡Lleva a tu gente de regreso, Conor!

Cuando Conor quiso hablar, la sangre brotó de su boca. Se la limpió con el dorso de la mano.

–¡Pobrecito peque! Había de venir. Sencillamente, había de venir.

–¿Qué será de Atty?

–Esa fue la ironía más cruel de todas, la de permitirme creer, por un solo instante de locura, que aún tenía una vida antes de la muerte. Hice ya lo que había de hacer en este mundo, y habrá de bastar con ello. No resisto más.

–Sí -murmuró Dan-. Conozco bien esa sensación. – El anciano se volvió hacia Gilmartin-. Por favor, marchaos lo más rápida y silenciosamente posible. Larkin y un servidor de ustedes hemos consumido ya toda nuestra cochina ración de bellezas terribles.

Cuando sonaron los primeros disparos en dirección a la torre, Dan Sweeney y Conor Larkin movieron el arma. Gilmartin se alejó prestamente a través de la hierba, arrastró por la arena el curragh

grande y metió en él a los medio muertos restos de la fuerza asaltante.

Cuando el curragh se deslizó por el agua, los dos de tierra apuntaron la ametralladora.

–Somos todos actores absurdos en el escenario de lo diabólico -

murmuró Conor-. Los ingleses, matando alemanes por la libertad de los belgas; nosotros, matando ingleses por nuestra libertad.

Dicho esto puso un proyectil iluminador en el arma de señales y lo disparó. El cohete partió en ancho arco desde la torre, iluminando el campo de algas marinas, y dejando al descubierto al enemigo, que avanzaba. Ahora la ametralladora escupió una rociada de rojas balas trazadoras. Unos hombres sorprendidos se desplomaban sobre el súbelo como tallos de trigo cortados por una guadaña. Otros se tendían de bruces y reptaban adelante, cuidadosamente. Las balas trazadoras volvieron a estirarse hacia el frente como mortíferos dedos rojos.

Las trazadoras salieron a definir sus líneas mientras un cohete iluminador volvía a inundar de luz del día el campo de batalla.

Christopher se deslizó adentro del fangoso agujero, reunió sus pensamientos y luego se arrastró hacia el oficial caído y lo volvió cara arriba. Era Jeremy, su hermano. Había muerto.

Christopher cerró los ojos por un momento, mientras el estrépito, allí arriba, elevaba pantallas casi impenetrables de fuego.

–Mayor Hubble -jadeaba su sargento mayor arrastrándose hasta él-. Nos están haciendo cisco. Oiga, señor, ¿qué órdenes hay?

–Vamos a hacer otra tentativa, diría yo.

–Pero, señor, jamás llegaremos a esos nidos de ametralladoras.

–Una carga más, hombre, una carga más. – Christopher trepó hasta el borde del agujero de obús, miró a derecha e izquierda para ver qué quedaba de su batallón, empuñó la pistola, saltó al campo y se lanzó

adelante. Los otros le siguieron. Los turcos les tenían entre dos fuegos.

La carnicería aumentó.

EL REY Y LA REINA LAMENTAN PROFUNDAMENTE LA

PERDIDA QUE USTEDES Y LOS COLERAINE RIFLES ACABAN

DE SUFRIR CON LA MUERTE DE SUS HIJOS, MAYOR

CHRISTOPHER Y TENIENTE JEREMY HUBBLE EN GALLIPOLI

AL SERVICIO DE SU PATRIA. SUS MAJESTADES LES

ACOMPAÑAN SINCERAMENTE A USTEDES EN SU DOLOR.

PENBURTON, Secretario particular.

Palacio de Buckingham.

La puerta de Torre Martello crujió, abriéndose cautelosamente.

Una hilera de soldados subía sigilosamente por la escalera de caracol, en tensa alerta. De pronto, el jefe del pelotón hizo seña de que se detuvieran. El se acercó despacio, bajó la pistola, apuntó a los dos hombres y los examinó.

–Llamad al comandante de la compañía -dijo con voz alterada.

Un momento después, el comandante de la compañía subía los escalones a la carrera y se paraba junto a él.

–¿Sólo dos? – preguntó.

–Sí, señor, solamente dos. Se han quedado sin municiones.

El jefe del pelotón se arrodilló junto a Dan Sweeney; luego junto a Conor Larkin.

Van… y… vienen… las… polvorientas campanillas azules…

Van… y… vienen… las polvorientas…

Van… campanillas…

Yo seré vuestro dueño.

–El viejo está muerto, señor, pero éste parece seguir con vida.

Seguidme…, Londonderry,

Seguidme…, Cork y Kerry…

…con… paso… alado…

–Mire, señor, está abriendo los ojos.

–No puedes hablar, ¿verdad que no, muchacho? – dijo el

comandante de la compañía-. Bueno, tendrías que estar orgulloso de ti mismo… eso ha sido toda una exhibición…

Shelley…, campanillas… azules…, Shelley…

–¿Mando que traigan una camilla, señor? – inquirió el jefe del pelotón.

La bota del comandante se metió debajo de Conor y le hizo dar la vuelta hasta quedar tendido cara al cielo.

–No, el pobre diablo está cortado en dos. Tiene la mitad de las entrañas dispersas por el suelo.

Papá… papá…, papá…, papá…

–Oye, dame tu pistola. Voy a ahorrarle sufrimientos.

Papá…, papá…

La detonación rebotó poderosamente en los muros de piedra.

Papá…, papá…, Atty…, Atty…, Atty…, Aty… At…

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