Trinidad

Leon Uris · Capítulo 63 de 119

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Trinidad

Capítulo 3

Christchurch, Nueva Zelanda, 1904

El tren disminuyó la marcha al cruzar el río entrando en

Christchurch por el norte y describió un arco alrededor de los jardines botánicos de esa ciudad jardín. Conor los vio en el andén: los Larkin de Nueva Zelanda. Liam, tratando inútilmente de parecer bien vestido, una dama más bien regordeta con la más ancha de las sonrisas, y que era Mildred, esposa de Liam, y cuatro hijos -dos chicos y dos chicas-con ramos de flores en las manos. Los seis parecían terriblemente asustados.

El primer torpe apretón de manos se derritió en un abrazo, y luego la tensión se desvaneció por completo cuando Conor cogió en brazos a las sobrinas y les dio permiso para revolverle los bolsillos. Traía collaretes de piedras semipreciosas, de Hong Kong, y relojes de bolsillo auténticos para los muchachos. La dicha y la locuacidad imperaban en el grupo que entraba en la estación a esperar el tren que los llevaría tierra adentro.

Liam descubrió unas hebras grises en las sienes de su hermano.

–Has viajado mucho -le dijo-. Pararás aquí y descansarás una temporada.

–Sí -susurró Conor-, será estupendo.

La finca de Mildred y Liam Larkin, que habían bautizado con el nombre de «Ballyutogue», se encontraba a unos ochenta kilómetros al interior, a la mitad, aproximadamente, de la estrecha cintura de la isla.

En Kowi Bush continuaron en tren de caballos hasta un lugar en las faldas de los Alpes Meridionales, donde el río Wiamakari saltaba hacia el mar. El suelo ofrecía toda una gama de verdes, desde los iridiscentes a los ultramarinos. La vivienda que albergaría a Conor no era una choza de adobes, sino una casa de madera, de dos pisos, más hermosa que la de cualquiera de las granjas protestantes de Inishowen. Liam Larkin se había convertido en un auténtico hacendado, con un millar de acres de ricos prados y tierras de cultivo de mucho fondo y nada menos que dos mozos de labranza fijos.

Durante una semana, los pequeños (Spring, Magde, Tomas y el menudo Rory) pudieron escuchar deliciosos cuentos marineros y

canciones irlandesas. Mildred y las chicas solteras de los ranchos vecinos, e incluso los hombres, miraban al forastero con ojos hechizados.

Conor y su hermano se pasaban la mitad de la noche hablando.

Todo les parecía bueno como tema de conversación. Excepto

Ballyutogue, excepto Kevin O'Garvey, excepto Finola, excepto Irlanda.

Hablaban mucho, mucho, y no decían nada. Al final, Liam quedó enterado de poca cosa, aparte de que Conor había pasado quince meses en Australia y el resto en el mar.

Liam se acercó a la redonda mesa de roble. Mildred le llevó un vaso, cogió otro para sí, se quitó el delantal y marido y mujer revolvieron las respectivas bebidas al unísono.

–¿Has hablado con él? – preguntó la mujer.

–No, todavía no.

–Hace quince días que está aquí, amor.

Liam estudió los cuadros del mantel y pasó el dedo sobre una lágrima diminuta. La mujer le dio unas palmaditas en la mano y ambos sorbieron al unísono en los respectivos vasos.

–Pues no esperes ya más -dijo Mildred resueltamente-. Son

trescientos acres de la mejor tierra que hay por aquí, y los Smith están casi dispuestos a cederlos. Ya sabes, amor, podríamos prestarle dinero nosotros mismos.

–Eso no representa ni la mitad del problema, Millie.

–¡Anda, hombre! ¿A qué viene la mirada que tienen sus ojos cuando escudriña más allá de las montañas? Sé conocer cuando un hombre está hambriento de tierra.

–Esa mirada la hemos tenido todos, al llegar aquí -explicó Liam-.

Esto nos recuerda nuestro país.

–¿Querrás decirme que en una persona excelente como Conor es natural eso de marcharse y pasar cinco años errando por el mundo, habiendo abandonado su casa y sin dejar aviso a nadie?

–En mi hermano es perfectamente natural -contestó el marido-.

Pertenece a otra especie de hombres, Millie; tiene facetas raras que nadie llega a conocer jamás. Cuando supe que venía tuve miedo. Yo había pasado toda la vida bajo su sombra. Pero ahora, al ver cómo

sufre, le compadezco. No sé si Conor encontrará jamás lo que tenemos nosotros aquí.

Mildred fue hasta el fogón alimentado con leña, atizó el fuego, y luego inspeccionó la olla, revolviendo su contenido hasta quedar satisfecha. Aquellos dos hombres eran hermanos; pero no lo eran.

Conor parecía haber venido a traerles un rayo de sol, aunque al mismo tiempo revelaba una sombra en su interior. Cinco años de requemarse por dentro. ¿Quién sería capaz de otro tanto? Mildred regresó a la mesa. Liam tenía una expresión como de pedir excusas que

manifestaba que Conor quedaba fuera de los límites de su

comprensión.

–Quizá cuando haya pasado tiempo aquí -dijo Mildred, más

ilusionada que práctica y con una deducción típicamente femenina-, la hermosura de esta tierra se le meterá en el alma, lo mismo que se metió en la tuya y la de todos los muchachos irlandeses.

–No empieces a hacer planes -objetó Liam, moviendo la cabeza.

Pasó una semana, y otra más. Una noche Conor anunció que iría a Christchurch a ver si encontraba puesto en algún barco que llegase. En los barcos siempre faltaban herreros, de manera que no tardaría en ofrecérsele algo conveniente. La tristeza se adueñó del hogar.

Liam guiaba el caballo por una florida ladera, subiendo a un lugar coronado por un roble gigante de ancha copa. Había ido allí quinientas veces: cuando compró la primera parcela, cuando cortejaba a Mildred, y luego con sus hijos. Había pasado muchos ratos bajo sus ramas, pescando en el riachuelo, aunque nunca se atrevió a pensar que llegaría el día en que casi todo lo que se extendía ante la vista sería suyo. Ató el caballo y examinó la cesta de Conor. Estaba vacía.

–No se te da demasiado bien -comentó.

–Pienso que los peces de aquí son más listos que los de nuestra tierra -respondió Conor.

–No encontrarás otro riachuelo para truchas como éste, ni siquiera en Irlanda. Veamos -dijo, examinando las moscas-. Esta Taihape Tickler no deja nunca de entregarte su presa a esta hora del día. –

Liam se subió las botas Wellington y al cabo de unos minutos enganchaba una arco iris, que fue trayendo hacia la orilla

maniobrando al estilo de Nueva Zelanda, para luego poner el dedo del pie debajo y la sacó a tierra firme.

–Buen trabajo.

Liam reía contento. Los dos hermanos se acomodaron recostándose en el tronco del árbol.

–Échate eso en el jarrillo y agítalo un poco -dijo Liam, pasando una botella a Conor. Era el retrato mismo del hombre feliz. Conor sonreía contento al verle así-. Ahora puedo decirte cosas que antes se negaban a salir de mi pecho -continuó Liam-. Cuando ibais con papá o Seamus O'Neill a sentaros bajo árboles como éste, te envidiaba. Ahora sé la inmensa satisfacción que causa ser dueño de un árbol junto a un riachuelo que también me pertenece. En cierto modo, tú y yo hemos trocado los papeles.

–Sí, da gusto verte así, como estás ahora, Liam.

–No queremos que te marches, Conor -soltó repentinamente Liam-.

Todo rastro de celos que me hubieras inspirado ha desaparecido.

Quiero que disfrutes de la misma felicidad que yo he conquistado.

Quiero que te quedes.

–No creo que esto sea para mí -murmuró Conor.

–¿Qué te espera fuera de aquí?

Conor no respondió; guardaba un silencio denso, pesado.

–A esta tierra se lo debo todo -continuó Liam-. Sí, claro, mi mujer es inglesa y mis hijos son neozelandeses. Sí, claro, celebro el cumpleaños del rey, pero ¿y qué? Me gusta esta tierra. Es chocante, todo el mundo ama a los irlandeses, menos en Irlanda e Inglaterra.

–Así es la historia de nuestro pueblo -asintió Conor.

–Si quieres saberlo, yo me digo: Irlanda ¡que se fastidie! ¿Qué nos ha dado jamás, a ti y a mí, sino sufrimientos?

Un ramajazo de cólera brotó del pecho de Conor, pero se disipó inmediatamente. Su hermano hablaba con acierto en su propio nombre y en el de todos los que emigraron. Sin embargo, él, Conor, no había hallado remedio alguno en la ausencia. Cinco años tratando de arrancarse Irlanda del corazón no habían dado el menor fruto. Conor se levantó con aire fatigado. Liam exhaló un suspiro de pena; temía por su hermano.

–No lo dije completamente en serio -se excusó.

–Así es la historia de nuestro pueblo -repitió Conor.

–No bajes a casa, todavía no. Tengo un peso en la conciencia. He cometido una mala acción. Durante estos años he tenido noticias de Seamus O'Neill, que ha escudriñado el mundo entero buscándote. Yo le prometí que si un día venías aquí le avisaría. Esta carta llegó antes que tú. Viendo tu estado, viendo cuánto necesitabas descanso y paz, yo y Mildred decidimos guardar la carta por si te decía algo que pudiera afligirte de nuevo. Y seguimos guardándola en la esperanza de que decidieras quedarte. Pero puesto que quieres ir a ver si encuentras un barco… -y le entregó el sobre-. Lo siento.

Conor se quedó mirando la carta de su amigo, sin abrirla. Como si ya supiera qué diría, Liam desató el caballo pausadamente y dejó solo a su hermano.

«…el espíritu vivifica a Dublín cada día más. Teatros, reuniones,

asociaciones, panfletos. Es una ola creciente que ya se nota

perfectamente a simple vista. Yo me encuentro en medio de ella, y se nos

van sumando multitud de hombres brillantes, abnegados. Por primera vez

en mi vida puedo decir que estoy orgulloso de ser irlandés, en Irlanda…

»…viene, se acerca, Conor. Puede costar unos años, quizá un par de

lustros incluso, pero nada puede detener ya la marea…

»…me acuerdo de la cabaña del monte y de los miles de millones de

horas que pasamos hablando del momento. ¡Oh, el momento, el

momento, el momento! ¿Puedes estar lejos de aquí cuando llegue?

»…la Hermandad ha renacido. Claro, es pequeña y débil; pero va

creciendo. ¿Eres capaz de repetir su solo nombre, Hermandad

Republicana Irlandesa, sin estremecerte?

»…por amor de Dios, Conor…, ven a la patria…»

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