Trinidad
Capítulo 4
En el otoño de 1886 se produjo un gran acontecimiento en mi vida,
con la llegada de una escuela nacional para los niños de los pueblos
apartados. El padre Lynch no acogió de buen talante la invasión de lo que
él consideraba un dominio personal suyo, pero se vio obligado a tener la
lengua quieta, porque el obispo Nugent no estaba dispuesto a ofender a
los británicos. Por lo demás, no tenia que inquietarse; en la parte alta
nadie pensaba frecuentar aquella escuela. No era sólo el factor
económico el que estaba contra ella, sino que, además, durante el hambre
gran parte del ansia tradicional de cultura de los irlandeses feneció.
A nuestros padres los habían instruido los maestros de valla, tales
como el padre de Daddo Friel, y luego el mismo Daddo, que iban de
pueblo en pueblo y daban sus lecciones sentados cara al sol junto a las
vallas. Aquellos hombres tenían una parte de poeta, una parte de erudito
celta y una parte de maestro normal, con la misión de mantener vivos el
idioma y el folklore antiguos. Cuando desaparecieron de la escena, la
lengua irlandesa desapareció con ellos de nuestro sector del país.
La única instrucción que Conor y yo recibíamos consistía en una
clase semanal del padre Cluny, el diácono, y de él no podían salir grandes
estudiosos.
Yo era las raspaduras del bote, el benjamín del nido. Y esto tenía sus
ventajas. Exceptuando hacer de pastor durante el verano, no solía
trabajar en la finca, y era el mimado de mamá. No había motivo fundado
alguno para que no asistiera a la escuela nacional, salvo el miedo de mis
padres a que me viera tirado en medio de una bahía llena de tiburones
protestantes; pero hice pucheros y pataletas hasta que cedieron.
Conor no mencionó siquiera la escuela; pero su actitud, sus miradas y
expresiones revelaban sin lugar a dudas ni equivocaciones cuánto habría
deseado inscribirse como alumno. Cuando le comuniqué la feliz noticia
sobre mi caso, decidió echar su propio cuarto a espadas. Ambos subimos
más arriba del cruce de caminos y aguardamos toda la tarde. Conor se
había sentado recostado contra la pared, mirando camino arriba en
espera de que bajase su padre, con un aire más nervioso e inseguro que
en ningún otro momento de su vida.
Hasta hacía unos meses, Conor solía venir a esperar a su padre aquí
casi todos los días. Algo raro les pasaba a los Larkin. Tomas reprendía a
gritos a sus hijos, y todo el mundo sabía que se estaba dando a la bebida
más y más. Muchísima gente pensaba que todavía era la aflicción por la
muerte de Kilty, a pesar de haber transcurrido más de un año.
Aquel día, al bajar del monte y ver a su hijo esperándole allí otra vez,
el rostro se le iluminó con una sonrisa.
– ¿Podemos hablar, papá? - dijo Conor.
– Claro, hijo, en seguida que haya entrado en casa y me haya lavado.
– Me gustaría hablar contigo ahora.
– Bueno, si es tan importante… - respondió, sentándose sobre la
pared-. ¿Qué cavilas?
– Seamus irá a la nueva escuela nacional - anunció Conor.
– Lo sé. Fergus y yo lo discutimos extensamente.
– Pues, yo más bien esperaba… ya sabes, nuestra familia y los O'Neill
casi siempre hacen las cosas juntas… que quizá también podría ir a la
escuela con Seamus.
Yo sonreí de oreja a oreja para expresar que compartía el deseo de mi
amigo, aunque la cautela de Conor me tenía receloso. Conor solía ir al
fondo de las cuestiones sin rodeos ni balbuceos.
– Esto no es como enganchar un par de caballos para formar una
yunta- respondió Tomas-. Es una decisión completamente independiente y
aparte que cada familia ha de tomar por sí misma. Los O'Neill están en
distinta situación. Seamus tiene un hermano mayor que ayuda a Fergus.
Yo necesito tus brazos.
– Lo he hablado con Liam. El no quiere ir a la escuela y es casi tan
fuerte como yo, y podría hacer la mayor parte de mi trabajo, y yo prometo
seguir haciendo el mío y no representar ninguna carga.
Tomas se puso serio.
– No tenías derecho a discutir este asunto a mis espaldas.
– No ha sido a tus espaldas, papá. La mitad del tiempo anda detrás de
mí para que se lo deje hacer, y nunca está tan contento como arriba en los
campos, contigo.
Tomas bajó calmosamente de la pared, sumido en profundas
meditaciones. Sabía lo tenaz que podía mostrarse Conor, y me imaginé
que por este motivo no quiso dar un tono de mandato a sus palabras. La
petición de Conor parecía lógica…
-Oye, mira, yo no estoy contra la escuela, fíjate bien - dijo, como quien
quiere portarse de un modo razonable-. Por otra parte, no necesitas tanta
instrucción, y más que probablemente ya sabes bastante ahora.
– Pues, no - rebatió Conor-. Lo único que sé es catecismo.
– ¿Y qué diablos crees que te enseñarían en aquella escuela? - espetó
Tomas, iracundo-. No saben nada de Irlanda, no les importa nada de
Irlanda. Aprenderías historia inglesa, leyes inglesas, saludarías la Union
Jack y cantarías el Dios salve a la reina. No llegarían siquiera a
enseñarte la leyenda de Finn MacCool ni la Invasión del ganado de Cooley. Si levantan escuelas nacionales es sólo por un motivo: porque se
proponen crear vasallos británicos fieles.
– Pero, papá - alegó Conor-, yo quiero aprender a leer, para poder leer
todo lo que quiera, y quiero saber sumar y multiplicar y cómo se hacen
los cielos y los mares. Te juro que cuando me enseñen cosas británicas
cerraré los oídos.
– No… no sirve, muchacho, no sirve - quiso marcharse de allí, pero
Conor se le adelantó y le cerró el paso.
– Mamá ha dicho…
– La lengua de tu madre es como una yarda de vinagre. Sería capaz de
armar una pelea en una casa vacía - y siguió adelante a buen paso. Luego
se volvió y se dulcificó un poco-. Deja que te diga una cosa, Conor. No
necesitarás toda esa instrucción. Tienes el pan amasado para toda la vida.
Serás el que me sucederá en las tierras.
Tomas acababa de dar a su hijo lo más precioso que tenía: la finca.
Desde el hambre, era ilegal dividir las fincas en otras menores. Fuese
propiedad o fuese arrendada, la finca tenía que pasar intacta a un solo
heredero. Con gran frecuencia los padres utilizaban esta herencia como
un soborno, y en ocasiones se desataba una competición feroz entre los
hijos. Por lo general el padre aguardaba hasta el último instante para
tomar una decisión, habitualmente hasta que le llegaba la hora de la
muerte, o cuando los hijos emigraban.
– He dicho que la finca será tuya - repitió Tomas.
Conor permaneció inmóvil y mudo. En aquel instante comprendí que
entre padre e hijo estaba ocurriendo algo terrible.
– No importa - dijo Tomas, disimulando la ofensa recibida-, mañana
despertarás sabiendo la importancia que tiene lo dicho y cantarás de
gozo, chaval- levantó la mano para acariciar a su hijo como le había visto
hacer yo un centenar de veces, aguardando luego que Conor
correspondiese a la muestra de afecto. Pero no hubo ninguna
correspondencia. Tomas quedó abatido, me parecía verle envejecer.
Luego siguió camino abajo, para gritar en seguida, en un ataque de
cólera-: ¡Y también has terminado ya con el padre Cluny! ¡No quiero que
ningún otro maldito celibatario enseñe a mis hijos!
Y desapareció dentro de la taberna de Dooley McCluskey.
OceanofPDF.com