Trinidad
Capítulo 10
–Vine tan pronto como pude -decía Roger-. ¿Cómo está?
–Tiene cáncer, Roger -respondió sosegadamente Clara, que había puesto en juego todos sus talentos teatrales para el último ritual-. A cortos intervalos le vienen unos dolores terribles. Sea como fuere, debes saber que el desenlace es fatal.
–¿Por qué no me avisaron antes, por amor de Dios?
–Arthur es muy experto en fingir que lo real no es real. Aunque ahora ya importa poco.
Su padre tenía un aspecto terrible. Roger aparentó que le
tranquilizaba verle mucho mejor de lo que había esperado. Lord Arthur estaba semiincorporado, con unas almohadas, chupando un cigarrillo y sosteniendo una copita de coñac con la otra mano. Roger se quejó de estos excesos, pero su padre le contestó que en realidad no importaba y que prefería bajar a la sepultura conservando un gusto agradable en la boca.
–Clara me ha arreglado el cabello, sólo en honor a ti. Al menos no has tenido que pagar las facturas del barbero, encima de todo lo demás.
–No me parece muy divertido eso, padre.
–Tendrás que perdonar este nuevo sentido del humor que he
descubierto en mí. A ratos se me pone perfectamente diabólico.
–Ahora escúchame, pronto volverás a estar perfectamente bien.
–Roger, esa porquería que tengo es espantosa, realmente espantosa.
Prescindamos los dos de toda simulación; dejémonos de fingir que saldré vivo de ésta. Vamos, dime, ¿cómo están Caroline y los niños?
–Terriblemente preocupados. Caroline regresa de Inglaterra, ahora.
Estará aquí en cuanto haya podido ir a buscar los niños. Sir Frederick enviará su vagón particular para que podamos llevarte a Manor.
–No, no iré. Sólo que esta vez lo digo en serio que no iré.
–Tengo que insistir, padre.
–Si Caroline puede alumbrar sus hijos sobre la mesa de la cocina del Manor, yo tengo derecho a morir en Daars. No temas, hijo, no tardaréis mucho en disponer de mi cadáver para todas las pompas y la solemnidad que os apetezcan. Pero, Roger, nada de fajas de Orange, por muchísima importancia que pudieran tener para los intereses de la
familia. No quiero ser enterrado en la cripta de la familia con las notas del Vieja flauta de Orange en los oídos. Preferiría una cosa más majestuosa, la banda de la guarnición de Belfast, por ejemplo, interpretando un antiguo réquiem militar. Quizá Caroline pudiera reunir una orquesta de cámara. Esa chica tiene un gusto tan refinado que, mira, lo dejo en sus manos…
–¡Padre, ya está bien!
–Ya te dije lo de mi sentido del humor.
Roger rechinaba los dientes y contraía los músculos faciales, no viendo objeto en la discusión, pero desagradándole el torrente de burlas de sí mismo que hacía correr su padre.
–Roger, durante estos largos años, tú y yo hemos logrado
soportarnos recíprocamente. Lo cual es una prueba de buena crianza. –
Ahora fue el padre quien rechinó los dientes, y gimió, agitando el cigarrillo-. Echad fuera esta maldita porquería.
–¿Se puede hacer algo para aliviar el dolor?
–No, ya estoy totalmente drogado. Clara hasta me ha procurado una pipa de opio conseguida de una antigua compañera de escenario.
Me ayuda un poco. Se rumorea que tú y Caroline también practicáis un poco esta diversión, cuando estáis en el continente. Una mujer formidable, esa Caroline. Los chinos son terriblemente civilizados. A los viejos enfermos, cuando tienen eso que tengo yo, los llevan a un rincón apartado, les dan una pipa y les dejan que se vayan poquito a poco. ¿Cómo están los chicos?
Agotados los temas preliminares, lord Arthur permaneció un rato con la atención extraviada. Luego abrió los ojos, como saliéndole de la cara, empujados por un miedo desgarrador, despertando del trance.
–Tendido aquí, día tras día, uno enhebra un montón de sermones morales. ¿Sabes qué haría si estuviera en tu lugar?
–¿Qué, padre?
–Lo vendería todo y me marcharía de Irlanda. Dios sabe cuántos Parnellitos habrá engendrados ya por los arroyos de Dublín. Por estas fechas, esa gentecita rara se ha recuperado del hambre, y puedes estar seguro que sus cochinas habitaciones traseras hierven de espíritu de rebelión…
Después de tomar el medicamento, Arthur se sintió cansado a empujones semicoherentes, mientras su hijo montaba guardia junto al lecho de muerte. El y Clara tomaron el té, sin hablar. Luego ella, a instancias de Roger, salió para descansar un rato.
A mitad de la noche, Arthur emitió unos gemidos y recobró el conocimiento.
–Aquí estoy -dijo Roger.
–¿Roger?
–Sí.
–Has sido muy bueno viniendo. ¿Cómo están los chicos?
–Están bien, padre. Vienen para Daars.
–Bien. ¿Sabes, Roger?, estos días he meditado mucho. El siglo que se acerca entrará de la mano de una insurrección de esa gente.
Deberíais marcharos del Ulster.
–Es nuestro hogar -susurró con voz áspera el hijo.
–¿De veras? ¿Lo ha sido de veras alguna vez?
Roger fue hasta los pies de la cama de su padre y dijo, como para sí mismo:
–En todos los juegos hay que calcular si la recompensa merece correr los riesgos que entrañe. Imagino que el colonialismo es un juego de mucho riesgo, lo mismo que pescar tiburones ahí en Kinsale. Pero, francamente, nosotros habríamos de ser los últimos que nos quejáramos de las recompensas.
–Así, así, bien dicho… Baluarte del imperio, y todas esas patrañas.
Yo, en cambio, me siento… como si la Corona estuviera a punto de abandonarme… No tendrán muchas ganas de seguirme adonde voy ahora.
–No quiero que tengas miedo.
–…Y al final es posible que… que no quieran ir a donde el Ulster los está llevando… -Otro dolor terrible le hizo estremecerse convulsivamente. Roger cogió la demacrada mano de su padre, asustado por la humedad y el frío que se extendía por ella.
–Te entrego -jadeaba Arthur- el legado de los colonos. Después de trescientos años de permanencia en este país nuestro, con todos los sentimientos de inferioridad que suscita el estar mirando por encima del hombro…, a veces con ansiedad…, a veces con aire de reto…, pero
siempre… siempre como unos forasteros. Y somos igualmente extraños para los que nos enviaron aquí. Somos extraños para aquellos a quienes hemos saqueado y explotado. Y ahora… somos unos extraños para nosotros mismos…
Roger tiró del cordón de la campanilla del servicio con mano temblorosa. La puerta se abrió al momento, comprensivamente. El final vino con misericordiosa rapidez.
Después de transmitir las disposiciones para unas honras fúnebres adecuadas, Roger, Caroline y sus hijos se dispusieron a acompañar al cadáver en el viaje de retorno al Ulster.
–Me duele enormemente -le dijo Roger a Clara-, pero tendrás que despedirte de mi padre aquí.
–Lo comprendo perfectamente. Nunca me sentí a gusto en Hubble Manor. Nuestro hogar era Daars. De todos modos, dentro de una semana, poco más o menos, me marcharé.
–No hay prisa, por supuesto. ¿Puedo ayudarte en algún plan que tengas, Clara?
Ella se encogió de hombros.
–¿Adónde te irás?
–A donde sea que vayan las rameras viejas.
–Vamos, mujer, nada de eso. Habrá cierto número de legados, de acuerdo con los deseos de mi padre… Pienso que te parecerá todo…
bastante… generoso.
–En pago de los servicios prestados -replicó ella con acidez.
–Sé lo mucho que os amabais, y nunca, ni por un solo momento, me sentí ofendido por vuestras relaciones. Vamos, por favor…
El impacto de la soledad inminente, la amargura del abandono total, de verse colocada fuera del círculo para siempre, todo ello hirió repentinamente a la mujer, haciéndola revolverse como una perra rabiosa.
–Entre las horas mejores que pasamos estaban las que dedicábamos a imaginar qué podíamos hacer para atormentarte. De vez en cuando, desde que tienes a Caroline, pareces casi humano; aunque, por supuesto, a nosotros no nos engañabas.
Los ojos de Roger adquirieron una inexpresividad mate. La mujer continuó:
–Arthur solía debatir quién había sido el peor de Hubble, si tú, él o su padre. Se despreciaba a sí mismo; pero, como sabes, era incapaz de hacer nada para corregirse. Su padre, por su parte, se había encontrado con una crisis de la que no era responsable, el hambre, y reaccionó canallescamente para poder sobrevivir. En cambio, tú, Roger, tú vas planeando, fría, cuidadosamente, lo que haya de haber dentro de veinte años. Eres el calculador, el creador de una nueva era de tragedias. ¡Ah, sí, Arthur envidiaba tu talento y tu habilidad! Solía decir: «Ese chico es una maravilla… ¡Mira cómo disimula tanta crueldad bajo una fachada de amabilidad inglesa!»
–Sí -replicó mansamente Roger-, se comprenden bien los buenos ratos que le dabas a padre.
–Pues bien, el Ulster y tú sois dignos el uno del otro -escupió ella-, y no sabría imaginar maldición mayor. Ahora sal de aquí y déjanos solos el poco tiempo que nos queda.
Roger fue hasta la puerta y la abrió.
–¡Roger! ¡Oh, Dios mío…! Lo siento…
–En fin, no se puede pedir a una vieja prostituta que renuncie a la arenga de antes de caer el telón. Sería muy poco delicado, en verdad -
dijo, y se marchó.
Los enlutados Hubble, rodeados los brazos de negras bandas, trajeron los restos de lord Arthur a las tierras de sus mayores. La ceremonia pública principal tuvo lugar en el Guildhall de
Londonderry, símbolo casi gótico del poder y la presencia perdurables de la Corona. Aquello era Londres, hasta por el reloj de cuatro caras, imitación del Big Ben de la ciudad tocaya madre. La reina envió a un distinguido representante suyo a rendir homenaje a uno de sus grandes condes de Irlanda.
En una sosegada pero lucida ceremonia, un tiempo después del entierro, Roger Hubble fue declarado undécimo conde de Foyle, y a su hijo mayor, Jeremy, se le nombró nuevo vizconde de Coleraine.
Dos años después de haber vetado, la Cámara de los Lores, la segunda ley de autonomía, hubo otra defunción notable. Lord Randolph Churchill, creador de una variedad nueva de
conservadurismo imperial, encontró su fin. Habiendo sido el orador genial que jugó el naipe de Orange y proyectó la caída del gobierno de
Gladstone, al principio se le recompensó con altos cargos, pero su inestabilidad degeneró pronto en debilidad, y luego en locura. Murió demente y de sífilis a la edad de cuarenta y seis años.
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