Trinidad

Leon Uris · Capítulo 64 de 119

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Trinidad

Capítulo 4

Nos pasamos la noche hablando, pero Conor sólo soltó unas alusiones

a su odisea. Nos interrumpimos unos momentos, atisbando la primera

claridad que rompía sobre los planos tejados del Dublín georgiano.

Mi topera de Cornmarket High Street había quedado

institucionalizada como cuartel general de un escritor y actor, situado

entre el infame Castillo de Dublín y la famosa fábrica de cerveza

«Guinness» de St. James Gate y lindando con el Liberties, que había sido

uno de los barrios bajos más lóbregos de Europa. El Liberties era un

antiguo criadero de insurrecciones. Dentro de ese triángulo mío se

advertía la omnipresencia de la Corona, manantial de revolución, cubilete

inagotable de licor. Yo estaba, pues, maravillosamente situado para toda

eventualidad.

Conor dejó caer la cortina que cubría la ventana. Yo había esperado

todo el rato que desahogara su pecho. Un día y una noche de beber y

tantear le llevaron una vez más hasta el mismo borde. El alba le había

vuelto más lúcido y con menos miedo a oír su propia voz narrando los

tormentos pasados.

– Después del incendio, cuando el padre Pat McShane me habló del

pacto que muy probablemente Kevin O'Garvey había hecho, yo no podía

continuar en Derry. Kevin se había pasado la vida entera tratando de

llevar el juego según las normas de los británicos, en sus tribunales, en su

Parlamento, lo mismo que lo intentaron Parnell y O'Connell. Al final los

británicos le estafaron, como nos han estafado a todos. Ah, sí, son unos

estafadores de palabra grandilocuente, de mente superior; pero

estafadores de todos modos. De pronto se abrió ante mis ojos,

repentinamente, la certeza de que los O'Garvey y los Parnell no pueden

llevarnos más allá de lo que nos llevaron. La insurrección armada es lo

único, la sola realidad que los británicos entenderán. Abandoné Derry

para buscar el lugar, donde fuere, de Irlanda en el que la Hermandad

Republicana siguiera existiendo.

»Un año entero rodé por los caminos, de Donegal a Cork, de Galway

a Dublín, de Belfast a Kerry, de Wexford a Sligo. No había Hermandad

Republicana por ninguna parte.

»Además de habernos despojado de nuestra virilidad, haber destruido

nuestros sueños y dispersado nuestra simiente, el miedo al hambre

perduraba como una nube negra y poderosa sobre la segunda generación.

Vi al pueblo irlandés destrozado, despojado de voluntad de protesta,

obediente, sumiso, semicómico. Me daban ganas de coger a aquella gente

por el cuello y gritarles que fueran hombres, pero eran perros. Se

entretenían jugando a los perros, gañendo un valor falso, un coraje que

no poseían. Unos perros que se contemplaban arañando el suelo para

recoger unos desperdicios y enviando a sus hijos a las ciudades a

mendigar. No os instruyáis, no luchéis, no os enfurezcáis. Vivid entre

visiones nebulosas.

»No, Seamus, no había Hermandad, no poseíamos la facultad de

enfurecernos. Acabé por sentirme tan destrozado y frustrado que pasó lo

que había dicho siempre que no pasaría jamás. Me echaron de Irlanda.

Ah, pero no fueron los británicos, sino la apatía de nuestro propio pueblo.

Conor se había hundido hacia el borde de mi camastro, inclinados los

hombros y la vista fija en el suelo, Por un instante levantó la cabeza y

escudriñó la habitación con la mirada, como si todavía anduviera

buscando aquel milagro. Yo bajé la llama del gas para dejar entrar la luz

grisácea del día.

– Toda Irlanda era un inmenso Bogside. Como no podía seguir

gritando desde unas cumbres desiertas a unos oídos sordos, tuve que

marcharme. ¿Verdad que lo comprendes? Tuve que marcharme.

-Sí.

–Y encontré a los nuestros otra vez… allá en el extranjero… Eran los

celadores de las cloacas del mundo, los combatientes de las guerras que

interesaban a otros, los eternos vagabundos del universo, embutidos en

pequeños Bogsides por toda la madre Tierra, la gente rara, una raza de

hombres y mujeres malditos… ¡tan queridos, tan amables, tan preciosos,

y sin embargo, tan cansados y destrozados!

»Vi un Bogside detrás de otro en la creación del colonizador. Bogsides

negros del África, Bogsides rojos del Caribe, Bogsides amarillos en Asia,

Bogsides morenos en la India. Nosotros éramos ellos, y ellos eran

nosotros. ¿Cuánto tiempo habíamos de continuar todavía en el

sanguinario puño de la arrogancia británica? Y yo corría de nuevo hacia

el mar, con el cerebro ardiendo de fiebre.

»Permanecí una temporada en Australia. Es un país bastante decente.

No obstante, dondequiera que encontrase un poco de comodidad y paz,

empezaba a oler fuegos de turba y oír las canciones de la taberna de

Dooley McCluskey, y acababa bañado de sudor en mitad de la noche. Yo

me esforzaba, Seamus, me esforzaba, pero el mundo no era bastante

grande para amortiguar la visión de Irlanda o extirpar de mi alma la

maldición que pesa sobre mi pobre país. Me había convertido en traidor a

mí mismo, y huía al mar otra vez.

»Cuando velaba en el barco, haciendo la última guardia, podía estar

solo por fin. De pronto podía sentirme a mí mismo plantado allí, inmóvil

vuelta la mirada hacia mi interior, y veía cómo el mundo de más allá del

horizonte se volvía loco.

Mi amigo se acercó una vez más a la ventana, descorrió la cortina y

parpadeó. Yo me puse en movimiento para preparar el desayuno.

–No puedo decir que no odie muchas cosas de esta tierra, pero sí

puedo afirmar que no volveré a abandonarla más.

– La Hermandad es tan chiquita que casi no se la ve; pero la

componen hombres de convicciones tan arraigadas como las tuyas

propias. Puede que nos cueste años, pero te lo juro, Conor, nos estamos

remontando en alas de un fénix de oro.

Barrymore asistía, representando al condado de Cork. Butler

representaba Clare. O'Burne y Nolan eran dublineses, y Gannon venia de

Kerry. Madigan procedía del condado de Kildare, y Larkin y yo del Ulster.

Nos habían escogido laboriosamente y reunido en un cuarto sobre la

panadería de Marrowbone. Lane, en el corazón del barrio de Liberties.

Un cuarto de una austeridad revolucionaria.

El hombre que se erguía ante nosotros había sido un gigante, un

pequeño héroe de leyenda; era una reliquia del levantamiento feniano. El

año 1867 lo capturaron en un asalto contra un cuartelillo del

Constabulary. A la sazón tenía dieciséis años, pero era un muchacho

talludo, y a pesar de su edad le encerraron en el presidio de Brixton, en

Inglaterra. Después de haberse fugado y ser aprehendido de nuevo estuvo

domiciliado en media docena de cárceles como invitado de la Corona, y

durante los cuatro lustros siguientes sufrió toda suerte de humillaciones

que se les ocurriera imponerle. Recuerdo que cuando yo estudiaba en el

Queen's vi unos dibujos que le representaban obligado a comer a cuatro

patas, y todavía con los brazos atados con una cuerda que le pasaba por

la espalda.

Después de haber salido de la cárcel para marcharse al exilio,

aparecía de vez en cuando por Canadá, Australia, Inglaterra…, es decir,

por cualquier parte donde hubiera dos, tres o cinco antiguos fenianos que

quisieran escucharle, y finalmente por América, con sus dos millones de

pobladores naturales de Irlanda.

Era un revolucionario de cuerpo entero. Era un hombre que

despreciaba la pasión por las mujeres, si alguno había caído en ella. Un

hombre que no probaba ni una gota de licor, porque quería tener la

mente clara para dirigir hombres, manejar explosivos y tomar decisiones.

Las realidades de las celdas de prisión y habitaciones «sobre la marcha»

como aquella en que estábamos le habían vuelto desdeñoso para tópicos y

banalidades. Sin embargo, de la cabecera de su cama colgaba un crucifijo

como antiguo recuerdo de la adolescencia y para no romper el último hilo

de unión con una Iglesia que le había acusado y repudiado. Era hombre

de cosas concretas, de realidades, en el campo revolucionario, y su

entrada en la escena de Dublín señaló el primer intento serio de resucitar

la Hermandad Republicana Irlandesa.

Se llamaba Dan Sweeney el Largo.

No había entre nosotros ni uno solo que no se hubiera alimentado de

la sangre que él derramó.

A los veinticinco años, Largo Dan tenía el cabello completamente

blanco. Su cutis reflejaba una palidez rojiza de enfermo, de persona que

había vivido privada de la luz del sol. Tenía la cara como un mosaico de

grietas y rendijas. El tiempo y los británicos le habían apaleado tanto que

a veces se deleitaba con excentricidades cínicas. Pero nosotros le

escuchábamos porque aquel hombre era revolución auténtica, real.

– Confío que no tenéis prisa - dijo con una voz casi huérfana de

matices-. El mero hecho de que el hermano Seamus O'Neill, aquí

presente, y algunos escritores colegas suyos y ciertos políticos hagan

estallar palabras como en una tempestad de verano no significa que el

pueblo irlandés vaya a echarse a la calle y armar un motín. El pueblo

irlandés - añadió con inconfundible desdén- es casi tan enemigo nuestro

como los británicos. Ha vivido subyugado demasiado tiempo. Cuando

salgáis de esta habitación, salid sabiendo que la mayoría de los

componentes del pueblo irlandés os odiarán, y odiarán todo lo que

intentéis hacer. Los británicos son maestros inigualables en el arte de

manejar a unos irlandeses contra otros.

Largo Dan metió la mano debajo de la almohada de lo cama, sacó un

revólver Webley y lo movió de forma que cada uno de nosotros viera el

interior del cañón.

– Los confidentes son la peste de nuestra existencia. Miraos bien los

unos a los otros, aquí, y no os fiéis de nadie más.

Clic, clic, sonaba el gatillo del arma cuando cargaba y apuntaba.

– Los confidentes serán destruidos sin piedad - todos nos encogíamos y

agachábamos cuando apretaba el gatillo. Pero el revólver no tenía

munición. Lo arrojó sobre la mesa y el revólver chocó con golpe sordo-.

Sin piedad - repitió el hombre.

»Somos un pueblo - continuó luego- famoso por su coraje en bares y

tabernas. Los que viven al otro lado del mar se creen irlandeses porque se

visten de verde el día de San Patricio y desfilan pomposamente arriba y

abajo de los bulevares del mundo. Nadie nos iguala en pregonar tontadas

sobre la añoranza que sentimos por el antiguo terruño. Pero lo cierto es

que no les importa. Preguntáoslo a vosotros mismos, los que tenéis

hermanos a la otra orilla del mar… ¿su cariño pasa realmente de esa

lagrimita simbólica anual? Estamos solos, vosotros y yo, solos. Solos

aquí. Solos allá.

Dan Sweeney el Largo no se inflamaba, ni se enfriaba, no se

mostraba amargado ni entusiasta. Su tono era, pura y simplemente,

aseverativo.

– Es verdad que contamos con algún apoyo de América, el apoyo de un

puñado de leales que pagarán lo que hagamos. Sin ellos, estaríamos

perdidos. Con ellos, podemos alcanzar ciertas metas. Lo que debemos

hacer es montar una organización, de la clase que sea, y tener trazados

unos planes de emergencia para el día que el pueblo irlandés diga que ya

está harto. Es posible que algunos de vosotros veáis el día que nos

rebelemos, pero no contéis con verlo. Y no os hagáis ilusiones necias. Por

el momento, somos un grupito perfectamente ineficaz que representa a un

pueblo absolutamente ineficaz. No hay nadie tan desorganizado como los

irlandeses. Os arrancaréis el cabello, cuando tratéis de poner en práctica

el plan más sencillo.

»De modo que os preguntaréis: ¿Por qué perdemos el tiempo? ¿Qué

tenemos que nos estimule a seguir adelante? Al fin y al cabo somos un

pueblo débil, sometido, desorganizado, plagado de confidentes. Os diré

qué tenemos. Tenemos el odio de los británicos. Nos temen tanto, al

menos, como nos odian. ¿Por qué? Porque mientras quede un solo

feniano inquieto, mientras tres hombres como nosotros se reúnan en un

cuarto como éste, su imperio no estará perfectamente seguro. Los

británicos saben que los irlandeses serán los primeros que se levanten

contra ellos, y por este motivo hemos de ser los primeros a quienes paren

los pies. Nosotros (vosotros, yo, la Hermandad Republicana) somos la

punta de una flecha envenenada, y si traspasamos la piel británica,

nuestra lucha y nuestras ideas se propagarán por sus colonias en todo el

mundo. Eso es lo que tenemos.

Mientras nosotros nos encabritábamos escuchando aquellos

poderosos pensamientos, él se frotaba las manos. También éstas

aparecían arrugadas por una vejez prematura, lo mismo que el blanco

cabello, pero aún conservaban el tamaño que las hizo legendarias, pues

medían casi veinticinco centímetros desde el final de la muñeca hasta la

punta del dedo del corazón.

– El enemigo se sienta en cuartos de caoba y dicta normas. Por estas

normas se declaran con derecho a colonizar pueblos que no queremos ser

colonizados, normas sobre cómo hacer la guerra, normas para matar

realmente a las personas de inanición, normas para llevar a cabo todo lo

que quieran y se les antoje. Dicen con gran arrogancia que estas normas

proceden del padre de todos los Parlamentos tan palmariamente que ellos

han de tener razón a la fuerza y todo el que se oponga a esas normas ha

de estar equivocado. Como pueblo sometido que somos, se pretende que

vivamos según sus normas, luchemos por ellas, y las obedezcamos. Pero

nosotros no tenemos su ejército, ni sus armas, y no podemos luchar según

sus normas, de modo que mientras se desarrolla esta lucha tenemos que

estructurar las nuestras propias. Bien, según las normas de ellos, somos

una gente depravada… asesinos, fanáticos, anarquistas, pistoleros, o

cualquier tipo de escoria que indiquen con aquel calificativo, y por

consiguiente acreedora a ser destruida por la legalidad que ellos han

promulgado.

»Y no sólo son dueños del libro de las normas, sino que lo son además

de la prensa y los periodistas para denunciarnos ante el mundo como a

unos lunáticos, y nosotros no contamos con ninguna voz que les rebata.

Hemos de estar dispuestos a soportar no solamente las acusaciones y la

ira de nuestro propio pueblo, sino las del mundo entero. Su prensa

arremeterá contra nosotros, furiosa y perversa. Todos gritarán que no

respetamos sus normas.

Largo Dan se inclinó sobre la mesa y la hirió varias veces con el

puño. Era la primera prueba de emoción que nos daba.

– Aunque fuere a costa de no acordaros de nada más, acordaos de

esto: ninguno de los crímenes que un hombre cometa en defensa de su

libertad puede ser tan grande como los cometidos por aquellos que le

niegan la libertad. Nosotros no les mataremos a ellos de hambre en un

período de calamidad pública, nosotros no dispersaremos su simiente por

toda la Tierra, nosotros no les negaremos la posesión del suelo inglés.

Nuestros ejércitos no patrullarán por las calles de Londres. Nuestros

tribunales no los ahorcarán.

»Nos entregamos a una lucha altamente susceptible de una

propaganda de descrédito, una lucha que muchos de los nuestros

aborrecerán; pero sólo Dios, únicamente Dios decidirá en su día qué

bando defendía unas aspiraciones justas y qué bando defendía la

iniquidad.

»Claro, nunca veremos el día en que podamos enfrentarnos a ellos en

lucha abierta, ni que podamos oponer un arma, a cada arma que ellos

tengan, y así ellos denunciarán nuestras tácticas tachándolas de

cobardes. Pero nosotros no carecemos de armas propias. Recordad que ni

en todo el arsenal inglés, ni en todo el poderío imperial inglés hay nada

que pueda pararle los pasos al hombre que se niega a dejarse anonadar.

La palabra irlandesa, la capacidad de sacrificio irlandesa y, en lugar

supremo, el martirologio irlandés son nuestras armas. Hemos de ser

capaces de resistir el dolor en tal medida que ellos pierdan la capacidad

de infligirlo. Esto, y sólo esto, es lo que les vencerá al fin. El martirologio.

Sé que nos estaba midiendo y sopesando. Que medía y sopesaba quién

se acobardaría, quién podía ser un confidente, quién fanfarronearía sin

hacer honor a sus jactancias. Y quién poseía temple de mártir.

De pronto nos sacudió con el trallazo de una sonrisa, y se sentó detrás

de la mesa.

– Es la primera y última conferencia que os doy - dijo-. Sé que ahora

estáis ansiosos por saber noticias acerca del escondite de armas que se ha

rumoreado hay en Inglaterra. Es cierto.

Largo Dan explicó a continuación la historia de los barcos que

regresaban de la guerra bóer, la mayoría de los cuales amarraban en

Liverpool. Uno en particular llevaba un cargamento de armas cortas y

rifles y atracó durante una huelga portuaria. Por ello se llamó a una

unidad militar para que pasara la mercancía a unos vagones de

transporte que estaban aguardando. A causa de un típico lío burocrático

se utilizó para esta tarea a los Fusileros Irlandeses, algunos de los cuales

dieron aviso a la Hermandad, en Inglaterra,

El tren salió de Liverpool, con destino a un arsenal del interior, sin

excesiva guardia. En un descampado, alguien lo hizo descarrilar

limpiamente, despacharon al maquinista, los demás empleados y los

guardianes, y los vagones fueron saqueados y las armas trasladadas a

unas carretas que aguardaban. Cuando no quedó nada, dinamitaron los

vagones para que pareciera que había sido un accidente. El cargamento

de armas fue escondido en una mina abandonada y más tarde trasladado

a otros pozos de mina de carbón también en desuso. Para no poner en

mala situación al Ministerio de Guerra, se dio la menor publicidad

posible al hecho. El tren quedó tan destrozado que nunca se supo si los

británicos se habían enterado del robo de las armas o no.

– Fue una de esas raras ocasiones - dijo Dan Sweeney con aquella

extraña contorsión de labios que pasaba por una sonrisa- en que llevamos

a cabo un plan sin malbaratarlo por completo.

»Ahora la tarea más urgente que tenemos es la de sacar aquellas

armas de Inglaterra, traerlas a Irlanda y esconderlas. Dentro de tres o

cuatro años, cuando la Hermandad haya crecido hasta formar unidades

de combate, los británicos vigilarán atentamente todo posible

contrabando de armas. En este momento no recelan. Por ello es ahora

cuando hay que traer las armas y esconderlas en suelo irlandés. Quiero

que cada uno de vosotros estudie la situación en su localidad y trace un

plan.

Largo Dan cogió el revólver una vez más, y terminó diciendo:

– Y no olvidéis nunca lo que os he dicho de los confidentes.

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