Trinidad
Capítulo 13
Conor y Shelley contaban los pasos al unísono mientras subían cañada arriba hacia un reverberante bosquecillo de avellanos a unos trescientos metros sobre la bahía. Siguieron por el flanco de Cave Hill, acortando el paso para recobrar el aliento, después de la ascensión, y buscaron un lugar recoleto, apartado de los frecuentados por los demás paseantes venidos de Belfast y sus movidos y vocingleros hijos. Abajo se veía confusamente la ciudad; aunque era domingo, el humo y la calígine de toda la semana seguían cerniéndose sobre la población.
Conor estaba pensativo. Tenía el ojo derecho como un desordenado arco iris de feos colores y casi completamente cerrado a consecuencia del partido del día anterior. Había sacado todas sus energías y todo su saber para demostrar que no se habían equivocado al incluirle en el equipo, y gracias a su esfuerzo precisamente los Boilermakers habían cosechado la primera victoria de la temporada.
Shelley pasaba el índice sobre los aporreados párpados, tratando de sanarlos con un pase mágico. Para la familia MacLeod, el partido del domingo había sido siempre un gran acontecimiento. Sin embargo, Shelley sólo iba de vez en cuando, por atención a su hermano; por lo demás, consideraba el rugby un deporte duro y sucio. Y jamás la había afectado de veras, hasta que vio a Conor derrumbarse sobre el suelo y quedar terriblemente quieto.
Entonces abandonó su asiento, se escondió detrás de las tribunas y se puso a llorar, dominada por una oleada de miedo que la había invadido inopinadamente y que no pudo resistir. Hasta aquel momento, la gira por los Midlands significaba poco para ella, excepto por la simpatía que tenía a Matthew y Lucy. En cambio, ahora se iluminaba en su mente la plena conciencia de que Conor estaría fuera doce semanas seguidas, terribles.
Shelley estaba tendida, adorable, sobre la hierba; su rojo cabello flotaba por entre hojas de un verde intenso y el cutis adquiría, bajo los rayos del sol, una blancura casi translúcida. Conor se incorporó sobre un codo y la besó en la mejilla, y en la frente, y en la punta de la nariz y en los ojos.
–¿No le he dicho nunca lo contento que estoy de haberla conocida, dama mía?
–Oh, no, nunca -respondió ella.
–Pues, deje que se lo cuente. Toda la vida anduve a través de multitud de multitudes. He visto los rostros de las mujeres en el templo y he oído salmodiar al distraído sacerdote. He visto a los hombres bajando de los campos y caer de rodillas como fulminados por el
Angelus. He visto las duras ciudades. Y todo este tiempo hundía yo la mirada en ojos estériles para penetrar en estériles corazones. Luego, un día miré, y fue distinto, a todas las otras veces, y me dije que hubiera tenido que ser el loco más loco del mundo si, viendo que me había sucedido algo extraordinario, no obraba en consecuencia.
Los ojos de Shelley se humedecieron de lágrimas.
–¡Vaya, qué suerte -murmuró-, he hallado un poeta! En verdad que sois gente con un don especial para las palabras.
–Sí, somos gente sagaz, lista, porque todo lo que hemos tenido son palabras, y nada más. Pero mis palabras no son sino tus propios pensamientos que vuelven hacia ti. Tú me haces decir cosas que ya no me importa esconder, y no temo escuchar mi propia voz
pronunciándolas.
Shelley rodó alejándose de él, se sentó, se sacudió la hierba del cabello y el vestido, luego apoyó la mejilla en las rodillas de Conor y se puso a canturrear en voz baja.
– Polvorientas campanillas azules -dijo Conor.
–Sí. Me las cantaba a mí misma, cuando era niña, saltando a la comba, o sin hacer otra cosa. Era muy soñadora -dijo ella.
–¿Qué piensa de nosotros tu familia? ¿Piensan que has saltado fuera de la sartén para caer en las brasas?
–No lo creo. Ven lo feliz que soy. Y yo pienso que mientras ellos sepan que lo soy, todo lo demás se irá resolviendo por sí mismo. En el fondo de todo, detrás de su fachada de santurronería, esconden un gran tesoro de amor. Por otra parte, Conor, lo que ellos pensaran o dejaran de pensar importaría muy poco.
–Tú lo dices así, pero no es cierto. Los MacLeod estáis dispuestos a combatir unos por otros de un modo que tú misma no adviertes. La
vida de cada uno de vosotros arraiga profundamente en las vidas de los demás.
Una ola de calor se extendió por la muchacha al aparecer el sol desde detrás de una nube. Shelley volvió a tenderse en la hierba y se estiró, manifestando su contento con unos gemidos mimosos.
–Dime cosas verdes, Conor. Me pongo loca cuando me murmuras obscenidades al oído.
Conor se puso a reír, se rascó la cabeza y la miró. – Bueno, déjame decirte sin rodeos que para ser protestante trabajas bastante bien en la cama.
–Adelante, muchacho. Me han dicho que las chicas católicas tienen vidrio triturado entre las piernas.
–No te engaño sobre este punto, zagala. Por esos prados hay un montón de yeguas católicas salvajes y en celo que no han oído ni una palabra de lo que les decía el cura. Además, no era con ellas con quienes quería compararte. Más bien pensaba en algunas chicas que conocí durante mis tiempos de marinero.
–¿Por ejemplo? – insistió ella vivamente.
–Pues, por ejemplo, las de Bali.
–¿Y qué condenada gran cualidad les encontrabas?
–Pues, en primer lugar, su hospitalidad. Y su actitud. Y el vestido; o la falta de vestido. Y el cutis moreno. Tienen un cutis con un tacto de satén que no se encuentra en ninguna otra parte, fuera de aquellas islas. Además, las han criado para el servicio del hombre, que es como debe ser. Desde la infancia, han cultivado una sensualidad, una delicadeza, un estilo, una manera de acariciar que la mujer occidental ignora por completo. Ah, te aseguro que sólo pensarlo me arrebata.
¡Aquello es fantástico! Verdaderamente fantástico. Y sin timideces, ya sabes. Cuando se está con dos o más, especialmente si son hermanas…
Shelley saltó sobre Conor, le tumbó de espaldas y le hizo cosquillas en todos los puntos vulnerables.
–Vamos, vamos, déjame -suplicaba él-, eres demasiado fuerte para mí.
Shelley suspiró y agitó el cabello. – ¿Sabes qué es lo mejor de todo?
–No sabría imaginarlo.
–Cuando empezamos. Aquellas ocasiones en que te acercas y me haces rodar y me pones boca abajo y recorres todo mi cuerpo con aquellos jueguecitos sutiles. Tienes un tacto tan delicado que me enloquece, y sabes pasar de la suavidad a la firmeza y a la suavidad de nuevo y encontrar hasta los menores puntos y rinconcitos a la perfección.
–Yo no hago más que seguir los mensajes que tú me envías. Eres tú quien me dice qué tengo que hacer.
–¿De veras? – preguntó ella, muy en serio.
–No lo dudes; es un hecho cierto.
–¿No es un milagro? Oh, mírame, hombre, me estoy volviendo una salvaje. Cuando voy por la calle, me digo: «Soy una mujer
desenfrenada», y cuando los muchachos me miran, pienso: «Chico, si supieras lo desenfrenada que soy, perderías la cabeza.» ¿Sabes (y me sonrojo al decirlo), me paso el día entero pensando en lo que haré contigo por la noche. ¡Me entusiasma hacer lo que hacemos!
–Eres totalmente repulsiva.
–Ya lo sé. ¿Y no es maravilloso que lo sea? ¿Crees que llegará el momento en que ya no será mejor cada vez?
–Al menos durante unos días, no.
–Amigo mío, antes de conocerte a ti, el juego ése me parecía una sosería. En cambio, ahora he pensado a menudo que soy la mejor amante del mundo. ¿Cómo pude sobrevivir antes? ¿Sabes de qué cosa se puede decir que es una lástima?
–No tengo la menor idea.
–Que nunca sabrás qué significa ser amada por ti. Es una pena, una verdadera pena. Tú nunca sabrás qué siento yo cuando derramas esa potencia tuya dentro de mí.
Los dos amantes juntaron las mejillas.
–He mentido -susurró él-. Eres mejor que todas las muchachas de Bali.
–¡Oh, amigo mío! ¿Dónde aprendiste a gozar del amor?
Conor la miraba a los ojos.
–Una cosa es gozar del amor con alguien, y otra cosa es gozar del amor con Shelley. Son dos cosas completamente distintas. He aprendido de ti.
Se cogieron de las manos… y de una manera repentina, Conor pareció ausente, lejano. Había vuelto la angustia. Volvía siempre.
Estaba siempre presente, cuando hacían el amor, cuando jugaba al rugby, en la fragua… Estaba siempre al acecho. Más pronto o más tarde habría de contarle a Shelley el significado que se escondía detrás de los años pasados en el mar. Más pronto o más tarde tendría que salir a la luz su peregrinaje en busca de la Hermandad. De momento, necesitaba desesperadamente gozar hasta el máximo de su amor y su compañía y dejar en un rincón todo lo demás. Era demasiado el embeleso para detener de pronto aquel carrusel de dicha; pero el imperativo insoslayable seguía apuntando siempre hacia Dan Sweeney el Largo y hacia unos vagones ténder y aquellas armas.
–¡Eh, tú!
–¿Qué?
–Me has abandonado.
–Estaba pensando en la gira y en la partida del equipo.
Shelley se levantó súbitamente y anduvo hasta el borde del precipicio, donde la colina descendía bruscamente hacia la ciudad y su manto de niebla y humo; luego dio media vuelta, notando que Conor se le acercaba por detrás. La expresión y la voz de la joven se endurecieron de una manera que no correspondía a la Shelley de todos los días.
–¿Sabes qué sucedió aquí, en Cave Hill? – preguntó.
–Dicen que era el cubil del antiguo rey celta McArt…
–No, no es eso. Lo que sucedió pudo ocurrir en este mismísimo sitio.
Antes de partir para América, en 1795, Theobald Wolfe Tone estuvo aquí, rodeado de sus «irlandeses unidos» y les prometió que regresaría para libertar Irlanda.
Conor se puso nervioso.
–¿Por qué lo dices?
–Tú no tienes la exclusiva sobre la historia de Irlanda, muchacho.
–¿Por qué lo has dicho, Shelley?
–No soy tonta, y tú tampoco lo eres. ¿Crees que no sé hacia donde se dirigen tus pensamientos? ¿Crees que no tengo idea del trabajo que estás haciendo? Lo que no quiero es que se interponga entre nosotros,
del mismo modo que tampoco permitiría que se interpusiera mi familia.
–No se interpondrá -respondió Conor. La abrazó y la estrechó contra su pecho-. No se interpondrá -iniciaron el descenso-. Hemos llegado, tú y yo, al punto en que nada puede interponerse -afirmó él.
–Llegamos ya la primera noche que nos conocimos. Hemos
necesitado todo este tiempo para decidirnos a alcanzarlo. Tú me has dado poesía y música, y me has dado un Conor. Yo estoy dispuesta, muchacho, y pienso dártelo todo.
Conor se paró y su poderosa mano acarició la cabeza, el cabello, de Shelley, cuya inflamada y resuelta mirada se le clavaba hasta el fondo del alma. Hasta aquel instante, Conor jamás había tenido que corresponder a una mirada parecida.
–Cuando termine la gira -dijo- tenemos una semana de vacaciones.
Buscaremos una casa en Inglaterra o Escocia. Una casa primitiva, solitaria, como un nido, con la luz de una lumbre por las noches.
–Allí estaré -respondió Shelley.
Conor la cogió por debajo de los brazos y la levantó en vilo hasta que los ojos de la muchacha quedaron al nivel de los suyos. Luego la aprisionó entre sus brazos y la besó.
–Te amo, zagala -le dijo-. Te amo.
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