Trinidad

Leon Uris · Capítulo 25 de 119

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Trinidad

Capítulo 12

Mi padre entró corriendo en el establo de O'Garvey, parloteando

excitadamente acerca de que los protestantes habían perdido el juicio. El

y Tomas habían de presentarse en el Comité de Defensa del Bogside, que

estaba en estado de alerta con ocasión del día de los Aprendices. Conor y

yo teníamos que irnos al centro del Bogside, donde correríamos menos

riesgo. Sólo entonces nos dimos cuenta de la excitación creciente del

exterior.

– Yo voy con mi padre - dijo Conor.

Fergus O'Neill era el alma más dulce que hubiera adornado nunca a

Inishowen. Por primera vez en mi vida, le vi arremeter contra alguien.

– ¡Tú te irás a un lugar seguro, con Seamus! - gritó-. Ya hemos sufrido

bastantes cochinas estupideces vuestras por un día. ¡En marcha!

Conor no se movió. La respuesta la tenía escrita en la cara; era un

mensaje de terquedad pétrea.

– Y no vayas a defenderle, Tomas. No permitiré que ese chico se haga

partir la cabeza y yo tenga que explicárselo a Finola.

– Fergus, por amor de Dios…

– ¡No, no y no! ¡No me dejaré convencer!

– Tendrás que atarle y llevártelo en vilo - respondió Tomas-. Yo jamás

ordenaré a un hijo mío, en un momento como éste, que huya corriendo.

Viendo a los dos firmes contra él, mi padre se arrojó sobre una paca

de heno y se llevó las manos a la cabeza.

– Mairead me suplicaba que no nos llevásemos los chicos a Derry. Y

yo le he prometido a Finola, sobre la santa Cruz, que no permitiría que

ocurriera lo que está sucediendo ahora precisamente. Hombre de Dios,

ahí fuera hay una muchedumbre dispuesta a lincharnos.

– La turba no se marchará, Fergus - replicó Tontas-. Si Conor no se

enfrenta hoy con ella, mañana también la tendrá aquí.

Mi padre blandía las manos desesperadamente y se las estrujaba.

– Al diablo, dices tú. Quítame esa carga de encima,hombre. Yo asumí

la responsabilidad, y piensa que he de vivir con una de aquellas dos

mujeres.

– Yo me voy con papá - repitió Conor.

– ¡Oh, Jaysus! – gimió el mío.

Personalmente, yo no me he distinguido nunca por mi bravura,

excepto estando al lado de Conor. A mí no me gustaba la idea de

desobedecer a mi padre, ni la de hacer frente a aquella enloquecida turba

de protestantes…, pero había llegado el momento…, un momento en que

un muchacho ha de portarse como un hombre. ¿Cómo podría seguir

viviendo en la casa contigua a la de Conor, si ahora le abandonaba?

¿Verdad que me entiendes? Cerré los ojos, apreté los puños y balbuceé:

-Si tratas de guardarme en un lugar seguro, me escaparé y buscaré a

Conor. Sé tirar piedras tan bien como el primero de Ballyutogue. Es la

verdad. Pregúntaselo a Conor. Vamos, pregúntaselo.

Kevin O'Garvey asomó la cabeza.

– Conviene que os presentéis al Comité de Defensa. Ahí fuera la

situación se pone fea de verdad… Y llevad esos chicos a un lugar seguro.

Hubo un silencio prolongado.

– Santos y mártires - dijo papá con amargura-. Lo único que

producimos en este país son santos y mártires. Dios nos ayude, Tomas, si

hemos hecho lo que no debíamos.

– Lo sé - respondió Tomas.

– Será mejor que vayamos todos juntos - dijo mi padre-. Nuestro

delegado del Comité de Defensa esta en William Street.

Abandonamos, pues, el establo tal como habíamos vivido toda la vida,

juntos, codo a codo.

Fuera de las murallas de la ciudad, William Street era una arteria de

primer orden entre el Bogside y el centro comercial, abajo, a la orilla del

agua. Las experiencias pretéritas habían enseñado al Comité de Defensa

que William Street era la vía de acceso indefectible en caso de motín. Nos

enviaron, pues, al cruce de las calles William y Rossville, donde se había

improvisado una barricada sobre carretas volcadas y montones de trastos

inútiles. Conor y yo nos unimos a un grupo de muchachos que reunían

piedras sueltas, y después levantamos el empedrado de la calle para

proveernos de proyectiles. Entretanto, Tomas y Fergus trabajaban unas

manzanas más allá, evacuando ancianos jubilados de varias calles, en su

mayoría personas débiles, incapaces de defenderse, domiciliadas en un

sector que, tradicionalmente, recibía los primeros golpes de una revuelta.

Bowie Moran, canoso veterano bogsideño de una docena de motines,

era él comandante de nuestra barricada y estaba dando órdenes como un

general de la Corona. Cuando regresaron nuestros padres, la muralla que

habíamos levantado parecía inexpugnable, y las piedras y guijarros que

habíamos reunido formaban un respetable montón. Había allí varias

docenas de hombres y muchachos, muchos de ellos armados de palos, y

todos con la convicción de estar en lugar seguro.

Por un instante hubo un murmullo de alivio, cuando vimos varias

carretadas de constabularys que se derramaban William Street arriba.

– No alimentéis esperanza alguna - aconsejó Bowie- en cuanto empiece

la lucha. Sea donde fuere, esa gente resultará tan inútil como las tetas de

un verraco.

¡Del mismo modo me amilané yo! La negra masa de humanidad que

habíamos visto horas antes subía, viniendo de la Strand, y llenando la

calle de una acera a otra. Tal como Bowie había predicho, los

constabularys desaparecieron de la vista. El ruido que producía el ulular

de aquella gente tenía menos calidad humana todavía que el festejo

anterior. La mayoría llevaban mangos de hacha o duelas de barrica con

grandes púas en una de las puntas. La turba aquella destrozaba los

escaparates, entraba en las tiendas, arrojaba las mercaderías a la calle y

luego lo incendiaba todo. Avanzando lentamente, dejaron atrás nuestra

barricada, sin que ni ellos ni nosotros abriésemos las hostilidades;

después se dirigieron hacia las casas evacuadas y las abrieron a mazazos.

A los pocos minutos, el aire hedía a causa de las columnas de negro

humo. Algunos chavales nuestros querían salir a luchar fuera de la

barricada; pero Bowie les obligó a quedarse. Decía que los constabularys

no esperaban otra cosa que aprehender a aquellos de los nuestros que se

extraviaran.

Al atardecer, todos los comercios católicos de los alrededores de

William Street eran un revoltijo, y una manzana entera, de treinta casas,

había quedado arrasada hasta el suelo por el incendio. Cuando terminó

con las propiedades sin defensores, la turba se volvió hacia la barricada y

se dirigió contra nosotros a oleadas, blandiendo proyectiles y chillando.

– ¡Mueran los cerdos papistas!

– ¡Abajo los pisaterrones!

– ¡Mierda para el Papa!

– ¡Mueran los traidores!

Por estos momentos, francamente, yo había ensuciado ya los

pantalones y deseaba de todo corazón que Fergus hubiese convencido a

Tomas antes de alejarnos de allí. Aquello era como…, bueno…, como

una especie de sueño…, una oleada tras otra corriendo hacia nosotros y

bombardeándonos.

– ¡Botellas incendiarias! - gritó Bowie.

Todo lo que había en la barricada que pudiera arder se pobló de

llamas; nosotros retrocedíamos tambaleándonos, tosiendo e intentando

apagar el fuego a pisotones. ¡Venían a chorro! Un diluvio de piedras cayó

contra nosotros. Yo chillaba, inclinado sobre mi padre, que había caído, y

trataba de arrastrarle más atrás. El terror total y absoluto me invadió

cuando vi a Tomas Larkin tendido de espaldas, terriblemente quieto y con

la cabeza manando sangre. Allí arriba, sobre mí, la oleada negra se

lanzaba contra nuestra barricada y un fuego cruzado de proyectiles

diversos cerraba el paso a la luz del sol. Unos hombres recogieron a

Tomas y a mi padre y lo llevaron a lugar seguro. Cuando los orangistas

perforaron nuestra barricada, les recibimos con un fuego graneado de

guijarros. Por toda la calle se veían manchas de sangre; los hombres

corrían con las manos a la cabeza, se arrastraban o permanecían

inmóviles en el suelo. Otros se azotaban recíprocamente como maníacos.

Conor estaba al lado de Bowie, luchando como diez, y de mí debo

decir que tampoco me desenvolvía nada mal tirando piedras. Les hicimos

retroceder y recibimos la oleada siguiente a pie firme; pero ellos volvieron

otra vez.

Tomas Larkin, a pesar de estar medio muerto, corrió hacia la primera

fila, levantando protestantes por encima de su cabeza y haciéndolos volar

por el aire. Estaba furioso como un salvaje y nos contagiaba su locura a

todos, y así fue como saltamos por encima de la barricada y los

perseguimos calle William abajo, que ahora estaba cubierta de docenas

de heridos suyos. Pero se reagruparon y atacaron una vez más,

haciéndonos retroceder hasta el punto de partida. Nos salvó una patrulla

móvil del Comité de Defensa, compuesta de expertos en el manejo de las

hondas y que les infligió un castigo terrible.

Aunque ya no volvieron a asaltar en masa nuestra posición, oíamos el

ruido del cristal al romperse, acompañado de gritos y más gritos, hasta

que la oscuridad trajo una variedad nueva de terror. La noche seguía su

curso con una lentitud inquietante, preñada de horrendas maldiciones y

limitadas intentonas de ataques por sorpresa de los orangistas. De las

murallas de Derry bajaba interminablemente una lluvia de proyectiles y

teas incendiarias, quemando varias filas más de chozas.

Los protestantes lograban, de vez en cuando, penetrar en las otras

barricadas, pero la escuadra móvil de honderos los sometía a un castigo

terrible.

Las tropas inglesas se pasaron la noche tranquilamente en sus

cuarteles de la otra orilla del río. Eran más inútiles todavía que el

Constabulary. Los soldados no intervinieron hasta el amanecer, cuando

se dieron cuenta de que el Comité de Defensa tenía la rodilla en el pecho

de los orangistas. Creo que nadie lo esperaba. Cuando las autoridades

hicieron el balance de bajas, se vio que los protestantes habían recibido

una paliza superior que la de los católicos, y se puso fin a la diversión.

En William Street la capa de trozos de cristal y otros desperdicios

llegaba a la altura del tobillo; otros accesos al Bogside estaban peor aún.

El fuego había destruido ochenta casas, cinco católicos habían perdido la

vida y varios cientos habían sido heridos. El ejército y el Constabulary

cerraron totalmente el Bogside para evitar que saliéramos y nos

lanzáramos hacia los sectores protestantes.

Lo más triste de todo era la expresión que tenían los ojos de nuestros

padres. Nos habían llevado a Londonderry para que viésemos de cerca el

odio de los Orange, pero no esperaban que las cosas tomaran este cariz.

Con su mirada nos confesaban que aquél era el legado que nos dejarían,

la destrucción de los sueños, el fin de todo lo auténtico de Irlanda.

Por lo que respecta a Conor y a mí, en aquel momento perdimos la

inocencia para siempre.

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