Trinidad
Capítulo 12
Mi padre entró corriendo en el establo de O'Garvey, parloteando
excitadamente acerca de que los protestantes habían perdido el juicio. El
y Tomas habían de presentarse en el Comité de Defensa del Bogside, que
estaba en estado de alerta con ocasión del día de los Aprendices. Conor y
yo teníamos que irnos al centro del Bogside, donde correríamos menos
riesgo. Sólo entonces nos dimos cuenta de la excitación creciente del
exterior.
– Yo voy con mi padre - dijo Conor.
Fergus O'Neill era el alma más dulce que hubiera adornado nunca a
Inishowen. Por primera vez en mi vida, le vi arremeter contra alguien.
– ¡Tú te irás a un lugar seguro, con Seamus! - gritó-. Ya hemos sufrido
bastantes cochinas estupideces vuestras por un día. ¡En marcha!
Conor no se movió. La respuesta la tenía escrita en la cara; era un
mensaje de terquedad pétrea.
– Y no vayas a defenderle, Tomas. No permitiré que ese chico se haga
partir la cabeza y yo tenga que explicárselo a Finola.
– Fergus, por amor de Dios…
– ¡No, no y no! ¡No me dejaré convencer!
– Tendrás que atarle y llevártelo en vilo - respondió Tomas-. Yo jamás
ordenaré a un hijo mío, en un momento como éste, que huya corriendo.
Viendo a los dos firmes contra él, mi padre se arrojó sobre una paca
de heno y se llevó las manos a la cabeza.
– Mairead me suplicaba que no nos llevásemos los chicos a Derry. Y
yo le he prometido a Finola, sobre la santa Cruz, que no permitiría que
ocurriera lo que está sucediendo ahora precisamente. Hombre de Dios,
ahí fuera hay una muchedumbre dispuesta a lincharnos.
– La turba no se marchará, Fergus - replicó Tontas-. Si Conor no se
enfrenta hoy con ella, mañana también la tendrá aquí.
Mi padre blandía las manos desesperadamente y se las estrujaba.
– Al diablo, dices tú. Quítame esa carga de encima,hombre. Yo asumí
la responsabilidad, y piensa que he de vivir con una de aquellas dos
mujeres.
– Yo me voy con papá - repitió Conor.
– ¡Oh, Jaysus! – gimió el mío.
Personalmente, yo no me he distinguido nunca por mi bravura,
excepto estando al lado de Conor. A mí no me gustaba la idea de
desobedecer a mi padre, ni la de hacer frente a aquella enloquecida turba
de protestantes…, pero había llegado el momento…, un momento en que
un muchacho ha de portarse como un hombre. ¿Cómo podría seguir
viviendo en la casa contigua a la de Conor, si ahora le abandonaba?
¿Verdad que me entiendes? Cerré los ojos, apreté los puños y balbuceé:
-Si tratas de guardarme en un lugar seguro, me escaparé y buscaré a
Conor. Sé tirar piedras tan bien como el primero de Ballyutogue. Es la
verdad. Pregúntaselo a Conor. Vamos, pregúntaselo.
Kevin O'Garvey asomó la cabeza.
– Conviene que os presentéis al Comité de Defensa. Ahí fuera la
situación se pone fea de verdad… Y llevad esos chicos a un lugar seguro.
Hubo un silencio prolongado.
– Santos y mártires - dijo papá con amargura-. Lo único que
producimos en este país son santos y mártires. Dios nos ayude, Tomas, si
hemos hecho lo que no debíamos.
– Lo sé - respondió Tomas.
– Será mejor que vayamos todos juntos - dijo mi padre-. Nuestro
delegado del Comité de Defensa esta en William Street.
Abandonamos, pues, el establo tal como habíamos vivido toda la vida,
juntos, codo a codo.
Fuera de las murallas de la ciudad, William Street era una arteria de
primer orden entre el Bogside y el centro comercial, abajo, a la orilla del
agua. Las experiencias pretéritas habían enseñado al Comité de Defensa
que William Street era la vía de acceso indefectible en caso de motín. Nos
enviaron, pues, al cruce de las calles William y Rossville, donde se había
improvisado una barricada sobre carretas volcadas y montones de trastos
inútiles. Conor y yo nos unimos a un grupo de muchachos que reunían
piedras sueltas, y después levantamos el empedrado de la calle para
proveernos de proyectiles. Entretanto, Tomas y Fergus trabajaban unas
manzanas más allá, evacuando ancianos jubilados de varias calles, en su
mayoría personas débiles, incapaces de defenderse, domiciliadas en un
sector que, tradicionalmente, recibía los primeros golpes de una revuelta.
Bowie Moran, canoso veterano bogsideño de una docena de motines,
era él comandante de nuestra barricada y estaba dando órdenes como un
general de la Corona. Cuando regresaron nuestros padres, la muralla que
habíamos levantado parecía inexpugnable, y las piedras y guijarros que
habíamos reunido formaban un respetable montón. Había allí varias
docenas de hombres y muchachos, muchos de ellos armados de palos, y
todos con la convicción de estar en lugar seguro.
Por un instante hubo un murmullo de alivio, cuando vimos varias
carretadas de constabularys que se derramaban William Street arriba.
– No alimentéis esperanza alguna - aconsejó Bowie- en cuanto empiece
la lucha. Sea donde fuere, esa gente resultará tan inútil como las tetas de
un verraco.
¡Del mismo modo me amilané yo! La negra masa de humanidad que
habíamos visto horas antes subía, viniendo de la Strand, y llenando la
calle de una acera a otra. Tal como Bowie había predicho, los
constabularys desaparecieron de la vista. El ruido que producía el ulular
de aquella gente tenía menos calidad humana todavía que el festejo
anterior. La mayoría llevaban mangos de hacha o duelas de barrica con
grandes púas en una de las puntas. La turba aquella destrozaba los
escaparates, entraba en las tiendas, arrojaba las mercaderías a la calle y
luego lo incendiaba todo. Avanzando lentamente, dejaron atrás nuestra
barricada, sin que ni ellos ni nosotros abriésemos las hostilidades;
después se dirigieron hacia las casas evacuadas y las abrieron a mazazos.
A los pocos minutos, el aire hedía a causa de las columnas de negro
humo. Algunos chavales nuestros querían salir a luchar fuera de la
barricada; pero Bowie les obligó a quedarse. Decía que los constabularys
no esperaban otra cosa que aprehender a aquellos de los nuestros que se
extraviaran.
Al atardecer, todos los comercios católicos de los alrededores de
William Street eran un revoltijo, y una manzana entera, de treinta casas,
había quedado arrasada hasta el suelo por el incendio. Cuando terminó
con las propiedades sin defensores, la turba se volvió hacia la barricada y
se dirigió contra nosotros a oleadas, blandiendo proyectiles y chillando.
– ¡Mueran los cerdos papistas!
– ¡Abajo los pisaterrones!
– ¡Mierda para el Papa!
– ¡Mueran los traidores!
Por estos momentos, francamente, yo había ensuciado ya los
pantalones y deseaba de todo corazón que Fergus hubiese convencido a
Tomas antes de alejarnos de allí. Aquello era como…, bueno…, como
una especie de sueño…, una oleada tras otra corriendo hacia nosotros y
bombardeándonos.
– ¡Botellas incendiarias! - gritó Bowie.
Todo lo que había en la barricada que pudiera arder se pobló de
llamas; nosotros retrocedíamos tambaleándonos, tosiendo e intentando
apagar el fuego a pisotones. ¡Venían a chorro! Un diluvio de piedras cayó
contra nosotros. Yo chillaba, inclinado sobre mi padre, que había caído, y
trataba de arrastrarle más atrás. El terror total y absoluto me invadió
cuando vi a Tomas Larkin tendido de espaldas, terriblemente quieto y con
la cabeza manando sangre. Allí arriba, sobre mí, la oleada negra se
lanzaba contra nuestra barricada y un fuego cruzado de proyectiles
diversos cerraba el paso a la luz del sol. Unos hombres recogieron a
Tomas y a mi padre y lo llevaron a lugar seguro. Cuando los orangistas
perforaron nuestra barricada, les recibimos con un fuego graneado de
guijarros. Por toda la calle se veían manchas de sangre; los hombres
corrían con las manos a la cabeza, se arrastraban o permanecían
inmóviles en el suelo. Otros se azotaban recíprocamente como maníacos.
Conor estaba al lado de Bowie, luchando como diez, y de mí debo
decir que tampoco me desenvolvía nada mal tirando piedras. Les hicimos
retroceder y recibimos la oleada siguiente a pie firme; pero ellos volvieron
otra vez.
Tomas Larkin, a pesar de estar medio muerto, corrió hacia la primera
fila, levantando protestantes por encima de su cabeza y haciéndolos volar
por el aire. Estaba furioso como un salvaje y nos contagiaba su locura a
todos, y así fue como saltamos por encima de la barricada y los
perseguimos calle William abajo, que ahora estaba cubierta de docenas
de heridos suyos. Pero se reagruparon y atacaron una vez más,
haciéndonos retroceder hasta el punto de partida. Nos salvó una patrulla
móvil del Comité de Defensa, compuesta de expertos en el manejo de las
hondas y que les infligió un castigo terrible.
Aunque ya no volvieron a asaltar en masa nuestra posición, oíamos el
ruido del cristal al romperse, acompañado de gritos y más gritos, hasta
que la oscuridad trajo una variedad nueva de terror. La noche seguía su
curso con una lentitud inquietante, preñada de horrendas maldiciones y
limitadas intentonas de ataques por sorpresa de los orangistas. De las
murallas de Derry bajaba interminablemente una lluvia de proyectiles y
teas incendiarias, quemando varias filas más de chozas.
Los protestantes lograban, de vez en cuando, penetrar en las otras
barricadas, pero la escuadra móvil de honderos los sometía a un castigo
terrible.
Las tropas inglesas se pasaron la noche tranquilamente en sus
cuarteles de la otra orilla del río. Eran más inútiles todavía que el
Constabulary. Los soldados no intervinieron hasta el amanecer, cuando
se dieron cuenta de que el Comité de Defensa tenía la rodilla en el pecho
de los orangistas. Creo que nadie lo esperaba. Cuando las autoridades
hicieron el balance de bajas, se vio que los protestantes habían recibido
una paliza superior que la de los católicos, y se puso fin a la diversión.
En William Street la capa de trozos de cristal y otros desperdicios
llegaba a la altura del tobillo; otros accesos al Bogside estaban peor aún.
El fuego había destruido ochenta casas, cinco católicos habían perdido la
vida y varios cientos habían sido heridos. El ejército y el Constabulary
cerraron totalmente el Bogside para evitar que saliéramos y nos
lanzáramos hacia los sectores protestantes.
Lo más triste de todo era la expresión que tenían los ojos de nuestros
padres. Nos habían llevado a Londonderry para que viésemos de cerca el
odio de los Orange, pero no esperaban que las cosas tomaran este cariz.
Con su mirada nos confesaban que aquél era el legado que nos dejarían,
la destrucción de los sueños, el fin de todo lo auténtico de Irlanda.
Por lo que respecta a Conor y a mí, en aquel momento perdimos la
inocencia para siempre.
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