Trinidad
Capítulo 8
1897
Cuando los vecinos de Ballyutogue exhalaban el aliento, lo hacían con un gemido de dolor. Sin embargo, cuando lo inhalaban, suspiraban calladamente de alivio. El bendito padre Lynch había caído, víctima de un fatal y repentino ataque cardíaco. Las manifestaciones exteriores llegaron a proporciones lamentables cuando el reverendo obispo Nugent, envarado también por los años, dio los toques llamando a misa de difuntos. Sepultado el párroco que habían tenido durantecuarenta años, una enorme nube negra se levantó de la parroquia, flotó sobre la bahía de Foyle y se fue hacia Escocia.
El padre Cluny, ascendido a la categoría de párroco, era un hombre muchísimo más amable, y no teniendo a su alrededor al padre Lynch incitándole a incurrir en mezquinas tiranías, una bendita paz reinaba en la parroquia.
Se acercaba la fecha en que Brigid Larkin cumpliría veinte años, lo cual significaba que ya no estaba muy lejos de los veintiuno, tiempo de angustias y temores para las muchachas solteras. Cuando una chica había cruzado la frontera de los veintiuno, el fantasma de la soltería se hacía grande y tangible. El número de solteronas, en el pueblo, crecía continuamente. En adelante ya no sería objeto de tantos complots y maquinaciones. La batalla de voluntades que libraba con Finola tomaba aspectos que subrayaban la terquedad de los Larkin y la fea amenaza de vivir en compañía sin dirigirse la palabra. Su relación amorosa con Myles McCracken quedaba limitada a unas espaciadas citas, a cuál más penosa. Continuaban viéndose en secreto, cogiéndose las manos, lamentándose en un círculo cerrado de desesperación, para separarse al cabo de un rato, insatisfechos y malhumorados.
Con relativa frecuencia, Myles se hartaba de aquella situación, la cólera le endurecía, induciéndole a negarse a acudir a una cita o amenazar con irse de Ballyutogue. Y entonces Brigid se moría de miedo. La única manera que sabía de apaciguarle consistía en permitirle unos momentos incontrolados de pasión, que había que cortar bruscamente cuando llegaban al umbral del más grave de todos
los pecados. Y a cada una de estas escenas le seguían días y días de corrosiva frustración.
Brigid se volvía más nerviosa cada día, cultivaba un genio irascible y sufría a menudo accesos semihistéricos. Finola decía que aquello era obra de los duendes, que los duendes se le estaban metiendo en el cuerpo. Al cabo de un tiempo, la misma Brigid empezó a creerlo y a dudar de su propia salud mental.
Mientras vivió el padre Lynch, Brigid se sentía demasiado
aterrorizada para confesar los pecados que había cometido con Myles, y no confesarlos aumentaba su desdicha. De modo que la pobre muchacha se contaba entre los que suspiraban más profundamente de alivio cuando murió el viejo párroco. Al fin, pensaba, podría acudir al padre Cluny.
Escogió el día de la confesión con todo intento y se fue a la iglesia de San Columbano. Una vez cruzada la puerta, no pudiendo volverse atrás ya, temblaba pensando en la grave falta de no haber confesado antes sus pecados. Y le pedía a Dios que no estuviera loca de veras como sugería su madre, y que se obrase un milagro que viniera a socorrerles, a ella y a Myles. Al final de una larga lista de peticiones, suplicaba también que se le concediera la fuerza suficiente para resistir la tentación de tener comercio carnal con Myles antes de que pudieran casarse.
–Oh, bendita Virgen María, Madre de Dios, mi querido ángel de la guarda y todos vosotros benditos ángeles y santos del Cielo, rogad por mí, para que pueda hacer una confesión bien hecha y desde hoy en adelante lleve una vida santa, a fin de que pueda reunirme con vosotros en el Cielo para alabar a nuestro amado Señor por los siglos de los siglos.
Derretida en lágrimas, recitó el acto de contrición dos veces por haber ofendido a Dios. Rezó hasta quedar casi en trance e hipnotizada.
En este estado se acercó al confesionario y llamó débilmente.
La portezuela se abrió.
–Perdóneme, padre, porque he pecado. Padre, perdóneme, por favor, que he pecado durante tres años.
La aguda voz del padre Cluny era inconfundible.
–Es muy grave lo que me estás diciendo. ¿Cuál es tu pecado, hija mía?
Después de un desesperado rato de silencio, durante el cual hasta cruzó por su cabeza la idea de levantarse y escapar, Brigid carraspeó, se acercó más todavía a la portezuela y susurró:
–Compréndalo, por favor, padre. He confesado todos los otros pecados regularmente, todos los que recordaba, menos los referentes a esta materia particular.
–Lo comprendo, hija mía.
–Padre -gimió ella-, padre…
–Di, hija mía.
–Oh, padre -estalló por fin-, durante tres años he incurrido en miradas y contactos impuros con un chico. He… he besado… y abrazado.
–Comprendo -respondió tristemente la voz-. ¿Con un solo chico?
–¡Naturalmente, sólo con uno!
–Vamos, ¿cuántas veces has hecho eso con ese chico?
–Antes de venir hoy aquí me he esforzado cuanto he podido por recordarlas. Me habré encontrado con él un centenar de veces. La mitad de estas veces en lugares secretos. Por lo que puedo recordar, cada vez que nos encontrábamos en secreto le di una veintena de besos, por lo menos.
–Veamos, hija mía, eso serían mil besos, aproximadamente.
–Al menos -asintió Brigid, cogiéndole la palabra al padre Cluny.
–Dime, hija mía, ¿eran de los muy apasionados?
–Oh, sí, muy apasionados. Y le dirigí miradas impuras dos años antes de empezar a besarle.
–¿No ha habido pecados de otra clase? ¿Todos terminan aquí?
–Oh, Dios mío… -a la muchacha le temblaba la voz-. Me ha tocado unas cuantas veces… no más de veinte o treinta… y sólo por poco rato… y… y… yo le toqué… una vez… bueno, dos o tres veces.
–¿Y eso es todo?
–Me he complacido con pensamientos poco castos tantísimas veces que no sabría contarlas.
–¿Cuándo tuviste el último pensamiento poco casto en relación con ese chico?
–Para ser sincera, momentos antes de entrar a confesarme.
Durante la media hora siguiente, Brigid se extendió en revelaciones completas que incluían el rodar por la hierba y el heno con el muchacho, el apretar su cuerpo contra el del chico intencionadamente y hallando placer en ello, hasta el punto de permitirle nuevas libertades con sus pechos, y tres veces entre las piernas, aunque con la ropa interpuesta.
Desde la muerte del padre Lynch, el padre Cluny había escuchado buen número de confesiones retroactivas. Algunas eran más graves que ésta; otras, menos. Se le estaba ocurriendo ya la idea de conceder una amnistía general, antes que tener a la mitad de la parroquia haciendo penitencia. Con tanto rezar, las cosechas correrían peligro de perderse.
Hacía dos días solamente, había escuchado la confesión de un joven que concordaba claramente con la que acababa de oír, con lo cual daba por entendido que la pareja la formaban Myles McCracken y Brigid Larkin. Durante las horas de meditación hallaba un deporte más interesante todavía en comparar confesiones. Sea como fuere, durante algún tiempo el confesionario, de la parroquia no resultaría demasiado aburrido.
Tomas Larkin estaba solo en casa y tenía que recurrir a Brigid para que le descargase de una considerable parte de su trabajo. Se acercaba un nuevo siglo, trayendo una pequeña simiente de esperanza; pero esto le preocupaba muy poco. Los hijos se habían marchado uno tras otro; a los amigos los iban enterrando en el cementerio de San Columbano. Se habían marchado muchísimos jóvenes, y muchísimos viejos se habían cansado de la vida. La muerte no se contentaba llevándose a la gente al otro mundo, nada más. Su hedor se filtraba por todo el pueblo y hasta en la tierra de los campos, porque la tierra era vieja y estaba tan agotada como los hombres.
Durante el día, Tomas miraba un centenar de veces atrás, más allá de los campos, como si confiara ver a Conor, o hasta a Liam, subiendo por el sendero. Vivía con el recuerdo de la mano de Conor descansando dentro de la suya, de los penetrantes ojos de Conor fijos en los suyos, mirándole gozosamente, henchidos de amor y admiración. Y el andar se le iba volviendo cansino. Cada vez pasaba más tiempo en la caseta de los baños de vapor para alejar a los demonios del reumatismo que le
paralizaban las manos y le hacían sentir un dolor constante en la espalda.
Un día se extendió por la turbera un murmullo, como lo habría originado la presencia de un intruso. Aunque al padre Cluny mal habría podido considerársele un intruso, sólo se le veía por allí en algún caso de urgencia. El padre Cluny dirigió los pasos por el tajo hasta encontrar a Tomas, el cual se enderezó, dejó la azada a un lado y se fue con el sacerdote hasta un matorral de carrascos donde no pudieran ser oídos.
–Gracias por haber venido, padre Cluny.
–Creo que podría decirse algo así como aquello de la montaña viniendo a Mahoma.
Tomas soltó la carcajada. El cura había florecido en su propia personalidad, desde la defunción del padre Lynch, y resultaba un hombre bastante agradable.
–Mi presencia aquí, con usted -continuó el padre-, ha despertado toda suerte de habladurías, y hasta yo siento un poco de curiosidad, Tomas.
–Sí -respondió el labrador-. Sin ánimo de ofensa, creo que no estaría demasiado bien que yo entrase en el templo, y hace un día precioso para dar un paseo.
–El terreno parece perfectamente neutral -convino el sacerdote.
–Bueno, téngalo presente, padre, sólo quiero charlar un rato. No será una confesión; pero necesito consejo y hallo en usted al hombre adecuado, compasivo y comprensivo.
El padre Cluny movió la cabeza asintiendo enormemente
complacido para sus adentros, advirtiendo que esto, en el caso de Tomas Larkin, significaba un paso gigante, y recordándose que no había de parecer mojigato.
–La situación es la siguiente, padre, he cometido una infinidad de errores y lo he estropeado todo -Tomas se humedeció los labios y exhaló un profundo suspiro-. Quiero enmendar todo lo que pueda antes…
antes de que llegue mi hora.
–¿Qué clase de enmiendas, Tomas?
Al labrador se le humedecieron los ojos.
–Creo que hasta yo mismo sé que Conor no volverá. Ya no es tiempo de querer seguir engañándome. Tengo que enmendar algunas cosas. Mire usted, yo cogí los corazones de mis hijos en mis manos, y los resultados han sido desastrosos. Lo que voy a decirle ahora ha de quedar como absolutamente confidencial.
–Así quedará.
–Hace un tiempo sufro ataques de vértigo y hay ocasiones en que me quedo casi ciego. Hasta hoy he conseguido que ni Finola ni Fergus se enterasen.
–¿No cree que debería ir a consultar al doctor Cruikshank?
–Bah, no tiene importancia. Lo que haya de pasarme, pasará. Lo que importa es poner las cosas en orden. Quiero que Liam vuelva a casa y me suceda en las tierras. ¿Querría escribirle una carta por mí?
El padre Cluny se puso en pie torpemente; era un hombre pesado, sin gracia ni músculo. Luego se quedó observando a Tomas, cuyo rostro continuaba mirando al suelo.
–¿Y Brigid, qué? – preguntó.
–Esto lo hago por su bien, asimismo -respondió Tomas-. Es cosa segura que Finola me sobrevivirá, y no aceptará nunca al hijo de los McCracken. Por lo demás, cuando Liam regrese y se encargue de la finca, Brigid tendrá que renunciar a sus ambiciones sobre ella. Ahora bien, yo tengo unas cuantas libras ahorradas, y Conor se desenvuelve satisfactoriamente en Derry. Entre los dos podríamos pagarles los pasajes a Brigid y su chaval para que pudieran irse lejos de aquí y casarse.
El padre Cluny intentaba seguir el razonamiento. Parecía sencillo, y sin embargo…
–No sé, Tomas. Es un plan arriesgado. Son muchas las cosas que pueden salir mal.
–¿Qué puedo hacer si no, padre?
El cura, que no era hombre de mucha inventiva, no supo indicarle nada mejor.
–Le escribiré la carta para Liam. No hará ningún mal, y es posible que dé resultado.
–Vamos, usted es un buen hombre, de veras. Ojalá pudiera estar allá en Nueva Zelanda cuando su párroco se la lea. Mi Liam será un
muchacho feliz.
Tomas se puso en pie con dificultad, y el padre Cluny advirtió lo desmejorado que estaba. Parecía envejecer ante sus ojos. Tomas levantó la vista sendero arriba, hacia la turbera y la azada que le estaban esperando. Se había dicho una y mil veces que seguiría trabajando, como pudiera, hasta que Liam llegase a casa. Entonces…
quizá descansaría un poco.
–También quiero recobrar el cariño de Dary -añadió Tomas-. Usted le ve mucho más que yo. Es un buen muchacho, oiga, a pesar de ciertos problemas de su crianza. He llegado a comprender que será un buen sacerdote; sí, un buen sacerdote.
Esta súbita concesión a la Iglesia desconcertó al padre Cluny, que se puso a estudiar a Tomas con recelo. Este tenía algo más que decir, pero se retuvo, y los dos hombres guardaron un silencio embarazoso. Y en aquel preciso instante, el labrador cruzó la frontera con decisión.
–Queda otra cosa -dijo-. Ahora, al hablar de Dary, la he recordado.
No sé cómo expresarlo en palabras, padre, pero si me ocurriera algo…
Bueno, digámoslo de otro modo: Finola ha tenido que compartir mi vida, y aunque las cosas no marchan demasiado bien entre nosotros desde hace bastante tiempo, tuvimos unos años magníficos,
maravillosos. Lo menos que puedo hacer por la mujer que ha compartido mi cama es pedir la absolución. Lo haré por ella. De modo que si usted se entera de que he caído enfermo, adelante.
–Tomas Larkin, usted no me está diciendo la verdad, hombre de Dios.
–No, no; ésa es la verdad, toda entera -insistió el otro.
–¿No tiene otros motivos para pedir la absolución?
–Pues, me gustaría descansar al lado de Kilty.
–Lo siento, Tomas, no aceptaré esta clase de convenios.
–Vamos, padre. Usted es cura. Tiene el deber de darme la
absolución.
–Se la daré, pero tendrá que recibirla ahora, aquí mismo, y habrá de venir a la iglesia el resto de sus días.
–¡Ah, padre Cluny! Todos los curas son iguales. Ea no quiera utilizarme como ejemplo.
–Ya sabe que no sería capaz de tal cosa.
–Entonces, ¿por qué no me la da un momentito antes de los últimos ritos?
–En primer lugar, porque usted no me dice la verdad absoluta acerca de por qué quiere la absolución, y en segundo, porque no quiero que Conor se enfurezca contra mí como se enfureció usted contra el padre Lynch en el funeral de Kilty.
Tomas se rascó el mentón y refunfuñó:
–Comprendo su punto de vista.
–Muy bien, pues. Los feligreses le verán regularmente en misa. No quiero que, a mis espaldas, toda la parroquia murmure que fui a hacerle presión en su lecho de muerte.
–Sí, sí. Comprendo su punto de vista. Permítame que lo piense un poco más.
–Sin duda; no hay prisa. Bueno, si viene a mi casa esta noche, resolveremos lo de la carta a Liam.
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