Trinidad
Tercera Parte
LA CABANA DEL MONTE
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Junio de 1885
Una semana después del día que Kilty Larkin fue llevado a su última morada, Tomas se presentó de madrugada en casa de los O'Neill acompañado de sus tres hijos.
–A Finola le ha llegado la hora -anunció.
Mairead, que llevaba en la memoria el calendario de más de una docena de embarazadas, arrugó la frente.
–Le falta más de un mes. Habrá sido a causa de la excitación del velatorio de Kilty.
Fergus reunió a los chicos en la parte del establo que servía de dormitorio, los acostó y se vistió a tientas.
–Voy allá y te haré compañía -le dijo a Tomas, como le había dicho en todas las otras ocasiones. Cogió el tablero de glink y a los pocos minutos seguía los pasos de su mujer.
A medida que transcurrían las horas, Tomas empezó a ponerse intranquilo. Cada alarido que salía del dormitorio despertaba el recuerdo de casos funestos de tiempos pasados. Habitualmente, Mairead entraba y salía, haciendo comentarios picarescos; en cambio, esta mañana no salía del cuarto. Al amanecer, ambos hombres descabezaron el sueño; ahora estaban dormidos como troncos. Un fuerte zarandeo despertó a Tomas.
–Tomas…, Tomas… -repetía Mairead.
–¿Qué? – gruñó él.
–No quiero asustarte, pero se nos presentan dificultades. Creo que convendría que mandases alguien a la ciudad en busca del doctor Cruikshank.
Era muy raro que una mujer que había asistido al alumbramiento de docenas de docenas de niños sin ayuda de nadie hiciera semejante recomendación, y Tomas se puso en pie de un salto.
–¿Qué pasa?
–El niño viene mal. Creo que tiene el cordón rodeándole el cuello. Si lo sacamos a la fuerza, puede estrangularse, y Dios sabe que no continuará dentro mucho rato más.
Conor quedó encargado de la misión. Montó en pelo el viejo caballo que tenían para arar y entre las primeras nieblas salió al galope de la parte alta. Ya llegado el día, los cascos del caballo tronaban sobre los guijarros de la plaza del Ayuntamiento. Conor paró delante de la casa de Ian Cruikshank, ató al rocín, se acercó a la puerta, inspiró hondo y llamó fuertemente con la aldaba. La esposa del médico abrió la puerta.
–Se trata de mi madre. Tiene un parto difícil, y Mairead O'Neill me ha enviado en busca del doctor.
–¿Quién es? – preguntó Ian Cruikshank desde lo alto de las escaleras.
–Un niño católico de la parte alta. ¿Cómo te llamas, hijo?
–Conor Larkin, y mi padre es Tomas, y mi madre es Finola.
–Ya -dijo el médico desde arriba-. Ve al establo, Conor, y ensilla la yegua negra.
–Oh, Dios le bendiga, doctor -decía Mairead, haciéndole entrar en el dormitorio sin pérdida de tiempo. Liam y Brigid se escabulleron hacia su casita, aterrorizados por la presencia del médico.
–¿Se pondrá bien mamá? – lloriqueó Brigid.
–Perfectísimamente. Hemos tenido problemitas así otras veces; no es nada grave -la tranquilizó Tomas-. Volved a la cocina de los O'Neill y preparadnos unas tortas de sartén.
En Ballyutogue las desgracias no hacía falta verlas, ni olerlas, ni oírlas. La de hoy se fue difundiendo, se notaba en los aires, y a medida que se percibía más y más, los vecinos se iban reuniendo
aprensivamente alrededor de la casita de los Larkin. Algunas mujeres procuraban animar a Tomas explicándole las espantosas dificultades sufridas por ellas en algún parto.
Los alaridos del dormitorio subían de volumen. Tomas despejó la casita, donde sólo quedaron Fergus y él. Fergus rezaba, y él iba bebiendo hasta quedar medio atontado.
Los tres primeros años de matrimonio, Finola había permanecido estéril. Aunque costaba mucho sustentarlos, los hijos seguían dando la
medida de la riqueza de un labrador, y a una mujer no le podía sobrevenir mayor desgracia que la de quedar estéril.
Finola se había pasado todas las horas de vigilia de aquellos tres años en oración, implorando la gracia de la preñez. Había consultado a la curandera del pueblo, la bruja, que le ordenó descortezar raíces de fresno, partir patatas en el hogar de la lumbre, echar sal de la manera prescrita, y todos los demás rituales, no sólo para concebir hijos, sino para impedir que los duendes le cambiaran el suyo por uno de los de ellos.
Al final del segundo año, Finola hizo los viajes necesarios para visitar cuatro manantiales santos diferentes, y en otra ocasión durmió dos noches en una cueva de montaña que se decía había sido lecho de Brigid, y juró que a la primera hija que tuviese le pondría el nombre de la bendita santa.
El primer hijo nació muerto.
En el tercer año de matrimonio, Finola emprendió la terrible peregrinación a Crough Patrick, recorriendo a pie doscientos cuarenta kilómetros hasta llegar a la montaña sagrada del condado de Mayo.
Allí, siguiendo el ejemplo de decenas de millares de personas devotas, invirtió una noche entera en subir a la cumbre de la montaña desde la cual san Patricio había echado a las serpientes fuera de Irlanda.
La ascensión la realizó descalza, en compañía de campesinos, monjas, mendigos y sacerdotes que buscaban alivio a los sufrimientos cotidianos a la vez que reafirmaban la profundidad de su fe.
Tropezando por el camino y poniéndose a rezar, arrodillada, en las estaciones, llegó a la cima con el alba, sangrantes los pies y repitiendo en un frenético estupor, saturado de fanatismo, la desesperada petición de que Dios le diese hijos.
Finola Larkin fue recompensada con un milagro: el feliz
alumbramiento de un niño sano, Conor. Luego vendrían Brigid y Liam, con enormes dificultades, entre abortos y el alumbramiento, además, de otro hijo muerto.
A una hora aterradoramente avanzada del día, Ian Cruikshank emergió del dormitorio, anunciando:
–Tienes un hijo.
Tomás escuchó atentamente, pero no oía nada. Una oleada de espanto invadió su ser.
–¿Por qué no llora? – susurró.
–Es muy chiquito y está muy cansado.
–¿Y mi esposa?
–También está muy cansada. Me gustaría hablar contigo, amigo mío.
–Sí, venga a tomar un sorbo de té. Tiene que estar rendido de hambre.
–El té me sentará muy bien, y quizá reforzado con unas gotas de whisky.
–Sí, sí, venga.
Fergus ya tenía la tetera a punto. Animó el fuego y desapareció.
Después de lavarse, el doctor Cruikshank cogió un escabel enfrente de Tomas, junto a la lumbre, y meneó el té con gesto cansado.
–El pequeño tiene problemas -dijo.
–¿Qué pasa, doctor? – preguntó Tomas secamente y con voz ronca.
–Ha venido antes de tiempo, ya sabes, y con gran dificultad. Tiene fluido en los pulmones. Mairead O'Neill está preparando unas piedras calientes para ponérselas debajo. Has de tener a todo el mundo apartado de él, hasta a los niños.
–¿Qué posibilidades tiene?
–Muchas. Aunque quizá quieras llamar al sacerdote para que le diga las últimas oraciones, sólo por si acaso.
El rostro de Tomas se puso tenso.
–Esos canallas siempre se te meten en el dormitorio, por uno u otro camino -exclamó-. Allí los tienes, la noche de bodas, después de haber manipulado el cerebro de la pobre mujer, utilizando todas las tretas posibles para asfixiarlo a copia de miedo y sentimiento de culpa. Lo utilizan todo menos la razón. En el mismo lecho de muerte, la absolución es la teología del miedo, desterrando a la teología del amor.
El miedo e mete hasta dentro de la matriz de una mujer, tan ridículamente qué es preciso lavar las culpas de una criatura de un día.
–¿No te parece que deberías dejar tus opiniones aparte, amigo?
Aquella mujer que está allá en la cama ha soportado un trabajo
terrible. ¿Qué daño podría acarrear a vuestro matrimonio si le negaras esto?
Tomas se puso en pie, hundió las manos en los bolsillos y dirigió una mirada hosca al grupo de mujeres del exterior, tocadas todas con pañuelos negros.
–¿Qué harás? – insistió el doctor Cruikshank.
–¡Traer al maldito sacerdote! Siempre acabamos así; no hay escapatoria -con paso cansado, fue hasta la puerta y la abrió de un tirón-. ¡Conor!
El chico estaba allí, esperando. Tomas lo hizo entrar y cerró la puerta.
–Deslízate por el establo y no digas nada a nadie. Ve a buscar al padre Lynch.
–¿Madre? – preguntó Conor, temblando.
–El niño.
Tomas puso otro ladrillo de turba en la lumbre, que no lo
necesitaba, y murmuró algo acerca de enviarle un cordero asado al médico en pago de sus honorarios.
–Debo hacerte unas preguntas acerca de la salud de tu esposa -dijo Ian Cruikshank-. ¿Ha tenido dificultades en otras ocasiones?
–Sí, todos los partos los ha tenido difíciles. Ha perdido cuatro hijos por abortos, y dos nacieron muertos.
–¿Ha consultado alguna vez a un médico sobre esto?
–¿A un médico? Desde aquí a Derry no había ninguno, hasta que llegó usted. De lo único que estamos bien abastecidos es de sacerdotes y lo único que le recomendaban siempre era que rezase.
–Me temo que los problemas de tu esposa no se resuelven con oraciones.
–¿Qué quiere decir?
–¿Sufre hinchazones desacostumbradas durante el embarazo?
Quiero decir hinchazón de los tobillos y abotargamiento alrededor de los ojos.
Tomas movió la cabeza afirmativamente.
Ian Cruikshank refunfuñó y se inclino hacia el fuego, desviando la mirada hacia Tomas de vez en cuando.
–Hoy se nos ha presentado un problema serio ahí dentro, Tomas.
Creo conveniente que lo discutamos -levantó el vaso para que se lo volviera a llenar de whisky, apuró el licor de un sorbo y exhaló un suspiro desazonado-. Como sabes, yo subo con frecuencia a la parte alta. Hace un tiempo asistí un parto en el que se planteó el dilema de perder el niño o perder la madre. La mujer pidió con histérica tozudez que enviara a buscar al padre Lynch. Fundándose en motivos religiosos, el padre me obligó a salvar al pequeño y dejar morir a la madre. Una madre que ya tenía cinco hijos, Tomas. Con el cura a mi alrededor, no pude elegir. ¿Sabes de quién te estoy hablando?
–¿De Meara O'Malley?
–De Meara O'Malley -repitió el médico.
–Oh, Jaysus. No lo sabía…, pobre almita.
–Hoy, aquí, nos hemos encontrado en las mismas circunstancias. Tu mujer no lo sabe. Cuando me he dado cuenta de lo que ocurría, he cuidado de que perdiese el conocimiento por unos instantes y he dicho a Mairead O'Neill que había que optar entre Finola o el niño. La verdad es que ya se lo figuraba. Mairead ha estado de acuerdo conmigo en que lo primero era salvar a tu esposa y me ha jurado que se llevaría el secreto a la tumba.-Tomas escondió la cara entre las manos, y el médico trató de consolarle-. Ahora no puede tener más hijos -dijo por fin-.
Tener otro la mataría.
La manaza inmensa de Tomas Larkin apartó dulcemente los
pañales que cubrían al niño. Este no semejaba mayor que un paro, esas avecillas de los campos, todo moradito y boqueando con ansias de vida.
–Ah, mira al chaval, el pequeño Dary Larkin -exclamó-, otra azada para la turbera.
Por el rostro de su esposa se extendió una expresión demente; los ojos rodeados de un círculo rojo, la piel yesosa y el cabello enmarañado.
–Nunca -jadeó.
Tomas le cogió la mano y se la besó.
–Finola, amor mío, el pequeño está en peligro, pero sé con toda seguridad que lo salvaremos. Tan cierto como estoy sentado aquí, a tu lado, que el niño llegará a ser todo un hombre. Sólo que ahora tiene
algunas dificultades, y dadas las circunstancias no haríamos nada malo encargando que le recen las últimas oraciones.
La mujer lloraba con patética aflicción, no queriendo dejarse consolar por su marido.
–Se pondrá bien y fuerte -repetía Tomas a unos oídos sordos. Hasta que renunció.
La mujer interrumpió el llanto.
–Estamos pagando los pecados que has echado sobre esta casa-dijo-.
Pesa una maldición sobre nosotros por las blasfemias contra la Iglesia que tú has pronunciado. ¡Dios nos castiga!
Tomas dejó caer la cabeza sobre el borde de la cama y la puerta se abrió con un gemido. Tomas levantó la vista. El padre Lynch se reclinó en su mejor actitud abatida para el momento de la muerte y entró. La gravedad de la situación le obligaba a disimular la gozosa emoción de triunfo por el castigo que Dios había infligido a Tomas Larkin.
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