Trinidad
Capítulo 14
Mientras Robert Emmet McAloon conferenciaba con sir Lucian Bolt,
yo me dediqué por entero a tratar de averiguar y combinar los
acontecimientos que habían desembocado en la emboscada de
Sixmilecross. No tuve que esperar demasiado.
Terry O'Rourke, compañero de equipo de Conor en el Boilermakers,
vino a verme al periódico una mañana. Terry procedía de una familia
republicana de viejo abolengo y sabía la amistad que me unía a Conor.
Entre los muchachos católicos del equipo, Conor era el jefe admirado,
y después de Sixmilecross se reunieron y trataron de deducir qué había
ocurrido. Cuando lo hubieron deducido, enviaron a Terry a verme. Mis
tendencias republicanas no eran un secreto. Sin que lo dijera claramente,
Terry opinaba que yo trasladaría la versión a la Hermandad.
El confidente había sido Doxie O'Brien, sin lugar a dudas. Durante
una de sus periódicas borracheras, Duffy O'Hurley habló de la maniobra
secreta que estaba llevando a cabo. Doxie y otro elemento católico del
equipo lo oyeron. En otra ocasión, el mismo Terry oyó a Duffy y Doxie
discutiendo con motivo de la continuada participación del primero.
A Doxie se le presentaba la gran oportunidad de su vida, el puesto en
el rugby de Sidney implicaba fama y fortuna. Pero el empleo continuaba
en el platillo de la balanza, y dependía principalmente de cómo jugase el
Boilermakers y de si se hacía la gira por Australia. Doxie ansiaba
desesperadamente el mencionado puesto y sabía que, aparte de las
condiciones antes mencionadas, el factor decisivo sería, simplemente, el
antojo de su patrocinador sir Frederick Weed. La tentación era tan
grande que Doxie estaba dispuesto a todo para granjearse el favor de sir
Frederick y «demostrarle su lealtad.
Al parecer, pues, Doxie se trasladó a Derry y presentó un ultimátum a
Duffy. Al final, Duffy se dejó convencer de que había de presentarse a sir
Frederick y contárselo todo, a cambio de ser tratado con una
consideración especial.
La versión parecía convincente, porque la familia de Doxie había
salido ya para Australia y a él le protegían con rigurosas medidas de
precaución. Una cláusula del acuerdo entre McAloon y sir Lucian Bolt
especificaba que la Hermandad no había de vengarse.
Mientras el resto de los comprometidos en lo de Sixmilecross
esperaban en la cárcel, Duffy y Calhoun se declaraban culpables y eran
condenados a menos de un año. Parecía evidente que hasta volverían a
darles trabajo en un lugar lejano.
El acuerdo final se estructuró según las pautas que Bobby previera.
Excluido Conor, con quien no se había establecido contacto todavía, los
encartados de Sixmilecross pleitearían como culpables y serían
sentenciados a penas de uno o dos años de cárcel en aplicación de los
artículos menos severos del código. A cambio, la Hermandad no buscaría
la simpatía pública, no se vengaría de los confidentes, y yo me
comprometía a no escribir sobre estos temas.
Por así decirlo, era un irónico cumplido que me dedicaban. Los
británicos no me habían perdonado jamás los artículos sobre los campos
de concentración de la guerra boer. Nadie sabía con certeza si yo
pertenecía a la Hermandad; pero era imposible equivocarse sobre mis
simpatías. Y concedían bastante mérito a mi pluma para obligarla al
silencio. Naturalmente, a Conor lo guardaban como rehén para
asegurarse este silencio.
Por el momento ambos bandos parecían satisfechos. La existencia de
la Hermandad era ya del dominio público, y los dos adversarios disponían
del tiempo que solicitaban. Brendan Sean Barrett tenía razón en una
cosa: nosotros negociaríamos con los alemanes para que nos facilitaran
armas, cuando estuviéramos preparados y los británicos se adormilaban
en la creencia de que el problema irlandés desaparecería, lo mismo que lo
habían creído en él pasado.
Bobby nos convocó de nuevo, y cuando nos reunimos le encontramos
en un aprieto. Le habían dado permiso para ver a Conor Larkin, y quiso
utilizarlo, pero Conor no quiso hablar con él. Se había producido un
desquiciamiento en el acuerdo y nadie sabía exactamente por qué.
Dan estaba enojado y se extendía amargamente en sus dudas sobre
Conor.
– Es un hombre que vale, no cabe duda - argüía-, pero es demasiado
individualista, y si hay que decir la verdad, tiene otros defectos que me
han preocupado mucho, además.
– Un momento, Dan - interrumpí-. Si Conor tiene alguna idea metida
en el cerebro, puedes estar seguro de que la ha meditado con gran
detención.
– La Hermandad le ha enviado un abogado y él se ha negado a verlo.
Eso es desobedecer una orden. No tiene derecho a tomar decisiones como
ésta a su antojo. Quiero saber qué diablos se propone.
Brendan Sean Barrett ponía semblante de hombre enterado.
– Todos sospechamos qué ideas navegan por su mente, ¿verdad que sí,
Dan? - chufleteó.
– A mí se me ocurre que nos fastidiará de lo lindo si trata de hacer
algo por su propia cuenta. Y no me vengas con tu estudiada basura,
Barrett. Esto es una organización con un código y una disciplina, y él
tiene que obedecer.
– Aquí se nos plantea un problema - interrumpí yo-. Fuiste tú, Dan,
quien nos dijo unas palabras que deseábamos oír y queríamos creer desde
que éramos niños. Tú extendías aquella porquería con la misma
generosidad que la mamá de Conor me extendía mantequilla sobre el
pan. «No te dé miedo la mantequilla», solía decir. Bien, Dan, ¿te está
dando miedo la porquería que tú extendías? Ya sabes, aquello de que la
capacidad de resistencia de un solo hombre vale por todo un ejército… Ya
sabes, Dan, él soliloquio de los mártires. Cito a Dan Sweeney el Largo,
nuestro ídolo. «Los británicos no tienen nada en todo su arsenal, ni en su
poder imperial, que pueda contrarrestar a un solo hombre que se niega a
dejarse vencer», etcétera, etcétera, etcétera.
– Te oigo, Seamus, te oigo. Sabes condenadamente bien que yo tengo
que llevar más de un sombrero en esta organización. A veces, cuando me
encuentro delante de reclutas nuevos, tengo que tratar de inflamarles.
Pero día sí y otro también soy el organizador, pragmático, de un ejército
clandestino. Nuestras listas estarán llenas de mártires muy pronto. En
este momento no estamos en situación de desencadenar un combate.
– Claro, de esto no sé nada - replicó el cáustico Brendan Sean Barrett
antes de que pudiera tomar la palabra yo-. Dan, tú nos estás diciendo que
el combate empezará cuando tengas las unidades organizadas, instruidas
y armadas, y los planes de batalla en el tablero. Dan aprieta el botoncito
mágico y pronuncia estas palabras inmortales: «…Muchachos, empieza
el levantamiento.» El feniano no empezó así precisamente. ¿Verdad que
no, Dan?
– Se cómo empezó y sé cómo terminó para ti y para mí.
– ¿Y qué te hace pensar que esta vez será distinto? Con todos nuestros
sueños, complots, reuniones secretas y el paso de armas clandestinas, sólo
podremos sacar a la calle unos pocos millares de hombres. Y no lo
haremos sin el arma que un hombre solo lleva en el corazón. Esa es la
realidad que Larkin pone ante nuestras narices, y esto es lo que nos da
miedo. Yo te diré, Dan, cuándo empezará, y no antes ni después.
Empezará cuando un hombre, un hombre solo, decida que ya está harto.
Los demás digeríamos estas frases, temblorosos. Sweeney se pasaba la
mano por el blanco cabello con un nerviosismo poco frecuente en él, y no
se oía otra cosa que los golpecitos que Robert Emmett McAloon se daba
en los dientes con las gafas, esperando que decidiéramos algo.
– ¿Atty…? - preguntó Dan.
– A mí me parece que los británicos hacen un trato muy ventajoso
imponiéndonos silencio. Estoy de acuerdo con Brendan en que
deberíamos ponernos en pie y gritar mientras tenemos oportunidad de
hacerlo y mientras la gente está ansiosa por escucharnos.
Dan descorchó un suspiro bastante sonoro mientras nos miraba a uno
tras otro, derrotado por completo en la votación. Luego cerró los ojos, se
los frotó con la palma de la mano y dijo:
– Agradezco vuestros puntos de vista. Pero como jefe de Estado Mayor,
no puedo tomar una posición contraria a lo que considero reclama la
seguridad de la organización. Decido, pues, ordenar a Bobby que vea si
los británicos permitirán que Seamus visite a Conor en su calidad de
antiguo amigo. Seamus llevará a Conor el mensaje de que debe pleitear
como culpable, lo mismo que los otros. Si se niega, la Hermandad ya no
tendrá nada que ver con él - levantó la vista-. ¿Pensáis rebatir mi
decisión?
Nosotros nos tragamos el nudo de la garganta; luego aceptamos el
ultimátum sin contestar.
– De acuerdo, Bobby. Dile a sir Lucian que estamos conformes.
Intentaremos convencer a Larkin. Si no quiere colaborar, queda fuera del
acuerdo.
Un coche militar me llevó desde Dublín al condado de Kildare, al
lugar secreto donde estaba encarcelado Conor. Poco más de una hora
después de salir cruzábamos el puesto de guardia del campamento militar
británico de Curragh. Después de cachearme detenidamente, me hicieron
aguardar en el barracón disciplinario. Habían pasado seis semanas desde
lo de Sixmilecross.
Cuando la puerta se abrió y Conor fue introducido en el aposento, mi
corazón vacilaba entre derramar lágrimas de alivio, o derramarlas de
pena. Lo traían esposado por el cuello, la cintura, las muñecas y los
tobillos.
– Hola, peque - saludó con voz ronca, cojeando a consecuencia de una
bala en la pierna.
El brazo y el hombro izquierdo los tenía aún cubiertos de vendas y en
cabestrillo. Había recibido también varios balazos en la espalda. Los ojos
se le habían hundido en unas cuencas con círculos morados, tenia la
barba y el cabello sucios y greñosos, y los huesos de los pómulos muy
salientes. Su cuerpo en general había perdido una enormidad de carnes.
Yo le rodeé con los brazos y no pude dominar los sollozos. El se
apartó, se dejó caer en el banco de junto a la pared y dirigió una mirada
interrogativa al destacamento de guardia, cuyo joven oficial movía las
aletas de la nariz como un conejo.
– Sí necesito camareros, les llamaré - dijo.
El oficial refunfuñó en tono despectivo y se fue, cerrándonos con
llave y cerrojo.
– ¿Tiene oídos esta habitación? - pregunté.
– Dios mío, no - respondió Conor-. Son capaces de sacarte los sesos a
golpes, pero muy demasiado dignos para recurrir a una cosa tan baja
como fisgar tras las puertas. ¿Cómo está Shelley?
– Muy bien, muy guapa - respondí, con un movimiento afirmativo-. En
cuanto a ti, creo que durante el hambre cosechábamos patatas mejor
parecidas.
– Este año no estaré en condiciones de jugar al rugby - dijo él,
levantándose la camisa.
Yo cerré los ojos al ver los terribles morados que decoraban su
azotado cuerpo. Luego acerqué el taburete, y hablándole al oído, le puse
al corriente de todo. Era la primera noticia que tenía de que Kelly Malloy
hubiera muerto y de que Callaghan y los O'Sullivan hubieran sido
detenidos también.
A continuación le expuse lo demás: La traición de Doxie O'Brien, que
ya sospechaba, y las negociaciones secretas con los británicos. Y le
expuse la dicha que me causaba pensar que se libraría con una condena
leve.
– Comprendo los problemas de la Hermandad - susurró Conor-. Pero
todavía comprendo mejor los míos propios. Lo comprendo todo, los días y
las noches de lectura, el andar errante y el meditar. Y los años de ir
tanteando. Lo comprendo todo.
– ¿Qué vas a hacer? - grité, asustado.
– No lo sé muy bien. De lo que estoy seguro es de lo que no voy a
hacer. Mira, peque, es muy sencillo: Para dar el paso que tengas que dar
en la vida, lo mismo si se trata de casarte, o sembrar algo, o tener hijos…
o sublevarte, no puedes esperar a que las estrellas estén en la órbita
favorable. ¡Ah, sí! Podemos engañarnos a nosotros mismos y decir que
esperaremos hasta que la situación nos sea favorable; pero, créeme, ellos
pueden esperar más que nosotros. Podemos negociar, pero ellos
negociarán con más ventaja que nosotros. Después de trescientos años de
estar con las caras en el barro y de trescientos años de hablar y hablar y
hablar, hemos de trazar la línea y poner a prueba nuestro temple como
pueblo. Mira, hasta es posible que no demostremos ser dignos de la
libertad. Es posible que no tengamos lo que hace falta. Pero hemos de
descubrir si lo tenemos o no. Quizá yo no sea un buen elemento para la
Hermandad porque ya no puedo seguir reprimiendo la ira que rebosa en
mi ser, sean cuales fueren las órdenes que me den.
-Oye, el que habla no eres tú mismo. Te han idiotizado a golpes. Esta
vez confía en mí lo suficiente para dejar que te guíe.
Sus negros ojos me traspasaron con la mirada.
– Mírame, amigo; mírame y dime que no sé qué me hago. Soy Conor
Larkin. Soy irlandés, y ya estoy harto.
Me sentí terriblemente avergonzado. Con el desesperado afán de
salvarle, lo había olvidado. Estaba casi dispuesto a repudiar los
verdaderos principios que regían mi existencia. El sí sabía lo que se
hacía, en efecto. Y yo también supe en aquel instante que, fuese como
fuere, debía encontrar la manera de romper la promesa de silencio…,
aunque hubiera de correr lo misma suerte.
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