Trinidad
Capítulo 16
A continuación vinieron las horas macabras. Cuando el fuego se hubo apagado del todo, revolvieron los derribos, luego buscaron entre las cenizas y mientras el impuesto en vidas aumentaba, un nuevo estupor se acumulaba sobre el antiguo. Las personas que lloraban la ausencia de seres queridos se aferraban a la loca esperanza de que un santo hubiese intercedido por ellos y hubiese obrado un milagro, pero ninguna vio cumplidos sus deseos. Los ausentes habían perecido, y no había más que contar.
La mayoría de las cuarenta mujeres que saltaron del terrado quedaron aplastadas de tal modo que no se las podía identificar y formaban una hilera sanguinolenta, retorcida y mutilada en el depósito de cadáveres, cuya atmósfera desgarraban los alaridos de la procesión de familiares aterrorizados que iban a reconocer a los suyos mediante una prenda de vestir, una sortija o los zapatos. Los cadáveres extraídos de debajo de las ruinas estaban peor todavía. A los que habían sido víctimas del fuego, era completamente imposible reconocerlos. El número de muertos ascendía a un centenar, y en el hospital había otro centenar de personas con quemaduras graves.
El capítulo más elevado de víctimas lo constituían setenta y dos mujeres que habían quebrantado las normas de seguridad de la compañía subiendo al terrado para gozar de diecisiete minutos de luz de sol. Dos docenas de estas mujeres llevaban hijos en las entrañas.
Diez cortadores, la mayoría de los cuales se habían quedado para ayudar a evacuar a las mujeres, murieron aplastados o asfixiados cuando el edificio se hundió, y así perecieron también cinco bomberos cuando las columnas se hicieron pedazos.
El resto eran chiquillos, dieciocho en total, de nueve a quince años.
La familia Tully perdió tres mujeres. Otras perdieron más todavía.
No hubo compensaciones, ni subsidios de gastos médicos para los que habían sufrido quemaduras, y una sola fosa común engulló los desperdicios ennegrecidos, no identificados.
Entretanto se había abierto y cerrado una investigación y la Navidad llegó como una aparición sórdida. Y amaneció el siglo xx, símbolo de esperanza festejado en todos los otros rincones del mundo.
El Bogside pasó largas semanas azotado por una demencia de dolor.
Los músculos y los cartílagos, ya bastante debilitados, se desgarraban y destrozaban más aún. A nadie le sorprendió que la investigación terminara en un amaño escandaloso, porque no había nadie con una memoria tan larga como para retroceder hasta una época en que hubiera habido justicia. En el pasado, las comisiones de la Corona habían resuelto así todos los problemas y conflictos; así los resolverían una vez más. Entre los oprimidos tomaba cuerpo el anhelo de devolver el golpe a los opresores y atormentadores. En los entierros, junto a la fosa, los arrebatos de dolor y de cólera se mezclaban con los llantos y arrancaban singulares oraciones de los labios de unos supervivientes enloquecidos. Agotado este furor de la sangre, la antigua letargia, la vieja tradición de doblegarse a la tragedia les hundió más y más todavía en su acomodación religiosa y en el triste recurso de buscar la vía de escape en la bebida y la droga. El Bogside era el Bogside, ni más ni menos que el Bogside.
Cuatro meses transcurrieron sin que volviera una apariencia al menos de normalidad en el habla y en los movimientos, cuatro meses para que empezase a mitigarse levemente el dolor. Durante este tiempo la gente estaba demasiado atontada para darse cuenta de que Kevin O'Garvey ya no estaba con ellos. No se había encontrado ni rastro del diputado. Pasada la agonía del Viernes Santo, otra agonía nueva, el despertar a la realidad de la pérdida de su campeón, se abatía sobre ellos con retardado impacto.
Durante aquellos meses, Conor vivía en una noche interminable. El era fuerte, y los otros débiles; pero estaba pálido, tenía la mente embotada y los ojos enrojecidos. El vigor huía de su poderoso cuerpo, la poesía huía de su corazón, y la canción de sus labios. Conor se degradaba hasta confundirse con sus ebrios hermanos del Bogside, encontrando unos pocos momentos de atormentado descanso cuando tenía el cerebro empapado de adormecedora ginebra. Se arrastraba por el Bogside más resentido cada día, correspondiendo apenas con un leve movimiento de cabeza a los que le adoraban, y despreciándoles precisamente por el hecho de que le adorasen. «No tengo soluciones mágicas -alegaba calladamente, respondiendo a las anhelosas miradas-, no tengo solución alguna.»
Lo único que parecía salvarle de cruzar la línea después de la cual no hay retorno era el desesperado afán de evitar que Myles McCracken se dejara hundir por la pena. Se lo llevaba consigo, escuchaba sus interminables gemidos de desesperación, se ahogaba con sus lágrimas, lo vestía, lo alimentaba, le hablaba noche tras noche. A pesar de la profundidad de la herida, parecía que para Myles la solución era más simple. Era evidente que la encontraba en el fondo de la botella. Bebía y bebía hasta pasar de la demencia a la imbecilidad y de ésta al estupor… para volver a rodar por este ciclo sin principio ni fin. Conor se decía que no era momento para privar al hombre de aquella droga, porque si se le quitaba recaía en ataques de puñadas al pecho de pura desesperación. Por el momento, necesitaba el licor tanto como el aire.
Acaso, pensaba Conor, suplicaba Conor, cuando la terrible impresión se hubiese mitigado, llegara el momento de cogerle por los hombros, zarandearle y obligarle a ser hombre de nuevo, aunque hubiera que convencerle a cachete limpio. Ahora no. No valían sermones; sólo valía el estar alerta, esperando que se iniciara el proceso curativo, que se extendiera, que ayudase. Conor suplicaba a Dios que Myles volviera a ser lo que había sido; aunque de momento sólo fuese polvo de la tierra.
Si se alejaba de Myles McCracken, Conor caía en una depresión espejo e imagen de la de todo el Bogside. La confusión se hacía dueña del cerebro hasta que los pensamientos perdían valor y no se tenía ganas de despertar después de dormir, sino únicamente de dormir de nuevo. Pero ni el sueño traía ningún descanso; traía un alboroto de llagas purulentas, de bombas humanas estallando contra las murallas de Derry y arriba de aquellas murallas, grandes calderos de aceite hirviendo derramados sobre viejos pordioseros que se ahogaban en él y gatos huesudos sacando los ojos a los niños y tonantes tambores encabezando columnas de hombres vestidos de negro, que desfilaban a paso fúnebre con cruces de Orange en las manos, y campos
blanqueados por el moho de las patatas podridas y cientos de mujeres cogidas en una trampa mientras las llamas bramaban, y las pobres mujeres no podían cruzar la cancela de hierro.
El Bogside le estaba devorando la voluntad. El Bogside le estaba destripando vivo. El Bogside vencía.
El obispo Nugent, anodino príncipe de la Iglesia, cuyo reinado de seis lustros sobre la diócesis se caracterizaba por la mediocridad, había entrado en el octogésimo año de su existencia. Ordinario sacerdote de Derry dotado de una facundia más que regular y una buena
comprensión de la política de la Iglesia, dirigía sus negocios con espíritu pragmático, cuya nota dominante era la de dudar y titubear en todas las cuestiones hasta que se sabía situado en el bando de los que se llevarían la victoria. En ese hombre, la descomposición y la ruina del Bogside no hacían nacer otra cosa que una insípida y vacía sucesión de oraciones.
En su último decenio, la vieja actitud de sentarse en la valla, para saltar hacia la parte que más conviniera, había degenerado en la incapacidad de elaborar ningún juicio concreto, por lo cual la diócesis vivía suspendida en una especie de limbo teológico. Rodeaba al obispo un equipo de clérigos severamente autoritarios que le tenían aislado del resto del mundo y se dedicaban a trazar planes para una era de onerosa hegemonía eclesiástica.
El Bogside había constituido siempre un elemento moderador. Las tristes circunstancias allí imperantes daban origen a unos curas liberales que aplicaban las leyes de la Iglesia con espíritu libre y tenían de las mismas un criterio más libre aún. Cuando la mente del obispo Nugent empezaba a desvariar, una pequeña cuadrilla de «jóvenes turcos» dirigida por el padre Patrick McShane procuraba imponer sus ideas propias y adaptaba las normas a la medida de sus propias necesidades y de las de sus acorralados rebaños. Dichos sacerdotes ingresaban en la Liga Gaélica para resucitar el idioma y la cultura irlandeses, postura tan contraria a los grandes señores de la Iglesia como a los del Estado.
Cuando el obispo Nugent se hallaba en los estertores de la muerte, la guardia de palacio cerró filas, formó un frente unificado y envió al cardenal de Armagh el nombre de Charles Donoghue como sucesor.
Donoghue fue elegido.
Apenas existía en Irlanda poder más absoluto que el le un obispo autocrático que gozara de la confianza le los británicos. El nuevo obispo Donoghue afirmó sin pérdida de tiempo su autoridad mediante una serie de fallos y disposiciones destinados a someter a los «jóvenes
turcos» del Bogside. La doctrina que se imponía era la de aceptar sin reparos la interpretación más tosca del catolicismo. Humildad por parte de los curas v los legos; ésta fue la nueva consigna. El liberalismo del Bogside había sido sentenciado.
Durante las semanas que siguieron al Viernes Santo, pareció por el Bogside un sarpullido de organizadores obreristas, reformadores y republicanos, y los «jóvenes turcos» se identificaron con ellos. Gesto intolerable para el entramado de dueños del país, fuesen éstos de Orange , protestantes, británicos, el conde o el nuevo obispo Donoghue.
Este aprovechó el momento para reordenar la situación, a paso de carga.
El padre Pat entraba en la fragua en el preciso momento que la carreta de reparto quedaba lista para salir y Conor se había encaramado ya al asiento del conductor. El sacerdote se alegró de verle afeitado, bien vestido y con los ojos relativamente despejados. El padre trepó al pescante mientras Conor soltaba los frenos y ambos guardaron silencio mientras el vehículo subía por la cuesta y penetraba al otro lado de las murallas, donde había de efectuarse el reparto. Luego, el padre indicó un paraje donde estarían a solas y ataron al caballo en el Gran Paseo, para continuar ellos a pie hasta la muralla. Desde allí, el Bogside, extendido abajo, no parecía tan malo. Había cierta belleza en las hileras de tejados de pizarra perfectamente uniforme elevándose y descendiendo simétricamente y en las ollas de las chimeneas, todas elevando al cielo las delgadas cintas de humo de turba, de olor siempre tan penetrante. Los dos hombres hallaron un rincón en el que nadie les estorbaría.
El padre Pat, lo mismo que Andrew Ingram, había renunciado ya a sermonear a Conor acerca de aquella orgía de depresión que duraba tantos meses, sabiendo que el herrero empezaría a remontarse cuando ya no pudiera hundirse más abajo. Obviamente, se había iniciado ya la esperada ascensión.
–Eso de ahí abajo empieza a mostrar pinceladas del vida -comentó el padre Pat-. Y lo mismo pasa contigo.
–Yo viviré porque no quiero morir -respondió Conor-, pero ese pueblo ha muerto. Había perecido ya antes del Viernes Santo, antes de la desaparición de Kevin O'Garvey. Jamás volverá a levantar la cara
del fango. Es Myles quien me preocupa. No parece que logre nada con él, padre Pat.
–Es hora de que le sueltes, Conor, si no quieres que empiece a arrastrarte hacia el fondo.
–No sé avenirme a soltarle; no puedo.
–Myles McCracken nació destinado a perder siempre -afirmó el cura-. Dos veces en su vida tuvo el atrevimiento de amar, y las dos han terminado en un desastre. Nunca más dará su corazón a nadie. Le aterrorizaría la sola idea.
–Pero enderezarse y vivir…, esto tiene que hacerlo, padre Pat.
–Hay hombres capaces de sobreponerse a la tragedia, la cual hasta puede servir de estímulo que les haga escalar las más altas cimas. La mayoría no lo son, y el Bogside está lleno de estos últimos.
–Comprendo lo que me está diciendo, porque esa misma idea había cruzado por mi mente… ¿Y qué será de él?
–Está demasiado asustado para volver atrás y más asustado aún para seguir adelante. Entonces se quedará quieto. El Bogside se lo tragará, y con el tiempo Myles se habrá convertido en un viejo borracho inofensivo que se mantendrá a sí mismo en un estado permanente de beatitud alcohólica como muro de defensa contra la pesadilla.
Conor sabía que la sentencia era cruel, pero acertada; eran las mismísimas palabras que él había procurado no pronunciar. Esa era la situación. Los débiles se quedarían, irían marchitándose, como pasaba siempre en Irlanda.
–Me marcho de aquí, Conor -dijo súbitamente el padre Pat.
Conor tuvo una sacudida, cerró los ojos y no hizo ningún esfuerzo por contener las lágrimas. La náusea de los meses pasados invadía una vez más todo su ser. Levantó los ojos hacia su amigo, con el corazón sangrante.
–Parece que el padre Eveny, el padre Keenan, el padre Ballory y yo hemos sobrepasado en extremo la ración de pecado que se nos toleraba-dijo, procurando dar un tono de naturalidad a sus palabras.
–¡Jesús, padre! ¡No es posible eso, encima de todo lo demás! –
estalló Conor.
–Sí, amigo, lo es. No se puede pactar con Dios en este negocio nuestro.
–¡Qué Dios ni qué niño muerto! No es Dios quien le echa de aquí.
¡Es ese canalla de obispo!
–Será preferible que no me meta en una discusión jesuítica acerca de quién hace tal cosa o tal otra y por qué motivo. Me trasladan, me voy; así, sencillamente.
–¿Adonde? ¿Cuándo?
–Me van a encerrar en el seminario para que medite, me limpie y me reoriente. Podré ver a Dary. Además…, ¡qué diablos!…, siempre quise irme del Bogside.
–¿Adonde, padre?
Las luces de gas se encendían una después de otra, clavándose en la oscuridad que iba descendiendo. El padre Pat encogió los hombros con gesto indolente, pero no pudo sustraerse a la insistencia de Conor.
–Oh, hay un viejo sacerdote venerable llamado padre Clare que ya no puede atender demasiado bien a su parroquia. Y la parroquia es demasiado pobre para que él pudiera reunir algún dinero con que retirarse… Y como sabes, nuestra orden no reserva nada para el sustento de los sacerdotes ancianos.
–He preguntado: ¿adonde?
–A los confines más apartados de los dominios del obispo
Donoghue. En lo más al norte de Carrickart, en la península de Rosgull.
–¡No, maldita sea! No quiero verle de cura, silbando letanías al viento en iglesias medio vacías de místicos celtas moribundos.
–Lo siento, Conor, pero también ellos tienen derecho a un cura -el padre cogió a Conor por los brazos-. O ir allá, o emigrar a América; y yo no me dejaré echar fuera de Irlanda, como tampoco te dejarás tú.
Además-añadió riendo-, eso es precisamente lo que América necesita:
¡otro sacerdote irlandés!
Conor reprimió la indignación y la protesta que le agitaban. El padre Pat le soltó, y estuvo largo rato titubeando.
–Necesito confesarme -susurró por fin.
–No le comprendo.
–He dicho que tengo necesidad de confesarme. ¿Quieres escucharme, Conor?» El padre Pat se alejó unos pasos por la muralla, lo suficiente para ver la reventada cáscara de Witherspoon McNab. Y
en aquel momento murió la luz.
–Frank Carney y yo nos comprometimos en una conspiración; la conspiración del silencio. Por la época que viniste a Derry, la Asociación del Bogside estaba completamente destrozada, virtualmente difunta. Luego, de manera repentina, dispuso de abundantes fondos, a través de Kevin O'Garvey. Tu propia fragua se pagó con dichos fondos.
Frank y yo nunca preguntamos de dónde venía el dinero, porque la verdad era que no queríamos saberlo. Siempre sospechamos que Kevin aceptaba dinero sucio de lord Hubble a cambio de avenirse a no llevar a cabo ninguna investigación en la fábrica esa.
–¡Oh, Dios mío! ¡No quiero escuchar nada más sobre ese tema!
–Será preciso que lo escuches, muchacho.
–No, Kevin no habría sido capaz de una cosa semejante, no…
¡Maldita sea, no, no y no! – pero se interrumpió de pronto. Iba ya a preguntar: «¿De veras? ¿Lo aceptaba de veras?» Y suplicaba con la mirada que no le obligasen a creerlo.
–No tengo verdaderas pruebas -continuó el padre Pat-. Se trata únicamente de una suposición. Me había confiado el odio que sentía por esa fábrica, y no una sola vez, sino cien veces. Y últimamente me dijo que iba a someterla a una investigación. De súbito, no lo hizo. Pero, todos los que vivimos aquí, en el Bogside, hemos pactado alguna vez con el diablo. Frank pactó ante la comisión que investigó el incendio.
No se necesita ser un genio para imaginarse quién se le acercó y por qué Frank atestiguó aquello. Yo he pactado algunas veces. Y lo mismo hizo Kevin.
–¡No!
–Sólo para poder ver a unos pobres desdichados sonreír una vez en la vida. No se puede condenar a un hombre por esto, Conor. Yo he sentido una desesperación tan grande que he pensado en abandonar el sacerdocio. Hasta pensé en quitarme la vida. Bueno, Kevin se la quitó por otros. Y no olvides nunca que se la quitó por ti.
–Sí -susurró Conor, comprendiéndole-. Sería muy duro no
corresponderle.
–De modo que, ya ves, somos hombres, nada más. Los Hubble y los británicos nos poseen de tal modo que no son solamente los causantes de nuestras penas, sino que hasta nos reparten nuestros pedacitos de alegría. Eso es lo que Kevin compró, un momento de alegría para unas cuantas personas. Tienen poder hasta para racionar y gobernar nuestras esperanzas.
El semblante de Conor se endureció por una idea repentina.
–¿Cree que le mataron?
–No, realmente, no. Le mató el Bogside. Quizá se enterase del incendio, quizá no. Sea como fuere, ya no habría vivido mucho tiempo, después de esta calamidad.
–¡Cristo!, siento náuseas, padre Pat. Tengo el alma seca. Siento náuseas -gimió Conor.
–He ahí un lujo que no puedes seguir permitiéndote. Esos de ahí abajo se apoyarán en ti, más y más.
–No -gemía Conor-, no. – Bajo el chorro de luz de la lámpara, proyectaba una sombra bien recortada. Hundió las manos en los bolsillos y levantó los ojos hacia el cielo, aunque sin ver. Luego se acercó a su amigo-. Yo no soy el padre Pat. Tampoco soy su Frank Carney. Yo no puedo pactar con mis enemigos. Tampoco puedo andar entre esas almas perdidas rezando mis oraciones en silencio. Ni puedo presentar la otra mejilla. No puedo hacer lo que no puedo hacer, ni ser lo que no puedo ser. He de encontrar mi camino, padre. Yo también me marcho.
–¿Adonde irás, Conor?
–Se habla de que en Belfast y en Dublín vuelven a organizar la Hermandad.
–Ya sabes que no puedo dar mi bendición a ese camino.
–Ni yo la pido.
–Supongo que no podré convencerte de que es un camino
equivocado.
–Eche una mirada ahí abajo, padre. ¿Me asegura que el camino de usted o el de Kevin han sido mejores? En una ocasión, por un fugitivo instante, Kevin me miró y dijo: «Al final tendremos que organizar un levantamiento; no hay otro camino.» Estamos en el siglo veinte, padre.
Sobre esta tierra ha de brillar algo de luz. No podemos seguir andando entre tinieblas.
Conor bajó la escala que conducía a su habitación y movió la cabeza mirando al padre Pat. Myles estaba allí arriba, inconsciente, en una situación terrible.
–Veré de hacer algo por él, mañana -dijo Conor-. Si no para, tendrá que ir al hospital -dio una vuelta por la tienda, examinando este trabajo y el de más allá, y dirigió la linterna hacia su despachito, lleno de planos y dibujos-. Es chocante, acabo de pagar el último plazo del empréstito. Ahora soy dueño de este cochino taller.
Los dos hombres caminaban con la cabeza baja y las manos
hundidas en los bolsillos por las rutas de miseria de Bligh Lane y a continuación de Stanley's Walk casi sin oír los regueros de: «Buenas noches, padre Pat. Buenas noches, Conor.» Este aguardó fuera mientras el cura hacía la última visita. Después ambos doblaron hacia la taberna de Nick Blaney. Al acercarse a ella oyeron una voz que cantaba. Hacía muchísimo tiempo que no se oía cantar a nadie en el Bogside. No cantaba con la dulce voz de un Myles McCracken, pero era una canción a pesar de todo.
Oh Danny mío, las flautas te llaman,
De valle en valle de la montaña…
La entrada de los dos amigos solía desatar un vigoroso chorro de bienvenidas. Hoy, en cambio, hasta por las ropas rezumaba la amargura de las almas y los demás se apartaban en silencio para dejarles sitio.
Mas vuelve a mí si ya llegó el verano,
O la fría nieve tapiza el prado…
Tres copitas de whisky hallaron pronto su fin, reforzadas con vasos de cerveza de Derry. Conor y Pat señalaban otra vez sus respectivos vasos.
Yo estaré aquí, siempre esperando,
Oh, Danny mío, ¡te quiero tanto!
En la taberna lloraba todo el mundo, sin excepción, ¡era una canción tan hermosa!
–¿Es usted Conor Larkin en persona? – preguntó un tipo elegante.
–Sí.
–Sammy Meehan le está hablando desde Cleveland por larga distancia. Estoy visitando el viejo terruño de mi padre y mi abuelo.
¿Puedo invitarles a usted y al buen padre a beber una copa?
El forastero retrocedió un paso, asustado al ver correr las lágrimas por las mejillas de Conor. Este levantó las poderosas manos, cogió a Sammy Meehan por debajo de los brazos y lo sentó en el mostrador como si levantase una pluma.
–¡Me siento inclinado a obsequiar a nuestro amigo yanqui con una cancioncita insurreccional! – gritó.
Y en el silencio de la taberna, su voz se elevó, fuera de tono y cascada:
– Oh, dime pues. Sean O'Farrell, la reunión ¿dónde ha de ser?
– Como siempre, junto al río; tú y yo lo sabemos bien.
Como santo y seña silbad, y silbad todos a una,
Con la pica sobre el hombro, CUANDO SALGA YA LA LUNA.
Conor se echó otra copa al coleto.
–¿Habré de cantar solo? – gritó arrojando la copa contra la pared.
El silencio se prolongaba, torpe, miedoso, mientras Nick sacaba una copa nueva y volvía a llenarla. El padre Pat hizo una seña al flautista y al acordeonista, posó la mano en el hombro de Conor y añadió su menguada voz a la de éste.
Por las grietas de las tapias, mil ojos buscaban luz,
Latían los corazones, rebosantes de virtud.
Las consignas circulaban, como murmullos de bruja,
Y mil aceros brillaban, CUANDO SALÍA LA LUNA
Una tras otra, las voces se iban sumando al coro, vencidas, arrogantes; desamparadas, retadoras.
Por la vieja y pobre Irlanda, murieron los desdichados,
¡Qué gran orgullo y qué pena, el recuerdo de aquel año!
Pero quedan corazones, viriles para la lucha,
Que seguirán sus pisadas ¡CUANDO SALGA YA LA LUNA!
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