Trinidad

Leon Uris · Capítulo 89 de 119

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Trinidad

Capítulo 8

¡Frederick Murdoch Weed y el brigadier Maxwell Swan replicaron al motín con una rapidez que quitaba el aliento! La segunda mañana la turba seguía remolineando por el canal del rey Guillermo, y cuando los católicos vinieron a trabajar, estalló la lucha. Como el día anterior no habían podido llenar su copa de sangre, los Caballeros de Cristo querían más. Mataron a un católico, y a otro le infligieron heridas graves.

El personal de la escuadra especial de Swan localizó a los dirigentes, y durante el día se dictaron órdenes de detención. Aquella misma tarde.

Vessey Bain, Joey Hooker y otros veinte Caballeros fueron

aprehendidos, acusados y encerrados en la cárcel de Crumlin Road, sin fianza, por incitación a la revuelta, notables daños contra la propiedad, en el astillero, y el asesinato del obrero católico.

A los demás se les advirtió que estaban bajo sospecha, en el trabajo, hasta que se hubiera demostrado su inocencia. Y se prohibió toda nueva reunión «devota» y toda asamblea de Caballeros de Cristo, en el astillero, so pena de despido inmediato.

El reverendo MacIvor, que se hallaba en Cookstown, regresó inmediatamente a Belfast y anunció una concentración de protesta, al aire libre, en los escalones del Ayuntamiento. Convocó al teniente coronel Harrison y al cuadro superior de Caballeros para trazar planes de reagrupamiento, consecuencia lógica de los cuales había de ser una marcha, luego, hacia la cárcel de Crumlin Road. La reunión quedó interrumpida por la súbita aparición de un representante de la oficina del fiscal general, quien les informó de que el permiso solicitado para dicho reagrupamiento había sido denegado, que la reunión sería ilegal y que si desobedecían la orden se exponían a sanciones muy graves.

Mientras se montaban con gran rapidez las líneas de combate, MacIvor recibió aviso de que los cuarteles militares de Holywood, Lisburn y Bainbridge se hallaban en estado de alerta, contando además con unas unidades de apoyo del Constabulary para converger sobre Belfast, si MacIvor quería poner a prueba la seriedad de la prohibición.

En el pasado, pequeñas formalidades como éstas de solicitar permisos para reuniones al aire libre se cumplían muy por encima, y

tampoco se solía exigir que se cumplieran. Las revueltas que se producían habían tenido siempre un carácter anticatólico y se consideraban actividad legítima para aliviar la tensión y los temores de los obreros protestantes. Después de una revuelta de aquel tipo, en caso de que hubiera tenido cierta importancia, una comisión de

investigación solía condenar el comportamiento de los que habían participado en ella, pero raras veces se llamaba a nadie para que prestara declaración.

Esta vez la revuelta se había dirigido contra Frederick Murdoch Weed y la reunión y la marcha se dirigían contra un establecimiento penal de la Corona. De modo que el juego era muy distinto. Oliver Cromwell MacIvor podía haber conquistado la atención de las masas, pero el conjunto Hubble-Weed destacaba entre los que gozaban de la consideración del Castillo de Dublín, desde generaciones, eran amigos personales de los comandantes militares y estaban íntimamente aliados con el aparato judicial y el de orden público.

Durante las horas siguientes, el moderador y su gente hubieron de considerar la diferencia que había entre abrirse paso a guisa de matones por un enclave católico indefenso, y arremeter contra la Corona. El reverendo esquivó el enfrentamiento definitivo alegando divinas revelaciones y motivos humanitarios de evitar nuevos derramamientos de sangre.

El cenit de la temporada de los desfiles solía ser época de trabajo lento en Weed Ship Iron Works. Muchísimos obreros pedían fiesta entre mediados de julio y mediados de agosto para poder participar en la plétora de actividades orangistas. La pauta solía darse el 12 de julio con una concentración de logias y bandas de toda Irlanda, la marcha a través de Belfast y la reunión en Finaghy Field. Al día siguiente tenía lugar una multitudinaria concentración en Scarva Castle para la representación anual de la batalla del Boyne. Los pies orangistas estaban en movimiento un mes entero, culminando en Londonderry para el día de los Aprendices.

Por otra parte, se iba entronizando más y más la costumbre de dar vacaciones a los trabajadores, durante esta época del año. Las agencias de viajes, institución que operaba en Inglaterra, desde varios decenios

atrás, se estaban introduciendo en el Ulster y organizaban giras colectivas por Inglaterra y el sur de Irlanda, a precios especiales.

Para adaptarse a la situación, se habían establecido turnos entre la fuerza obrera, dejando la mitad libre y la mitad en sus puestos. Este año, en cambio, se anunció lisa y llanamente que Weed Ship Iron Works cerraría el 10 de julio y seguiría cerrado hasta nuevo aviso. Con esta medida, sir Frederick atacaba directamente el corazón y las gónadas de la situación. Aunque ligeramente disimulado, se trataba de un cierre económico con el índice apuntando claramente a Oliver Cromwell MacIvor como instigador.

El 8 de julio, dos días antes de la fecha señalada para el cierre, todo Belfast se despertó, a las tres de la madrugada, a causa de una tremenda explosión en el Shankill, una explosión que destrozó los cristales de las ventanas en un radio de mucho más de medio kilómetro e iluminó la noche con una claridad cegadora. Cuando el polvo se hubo posado, el Centro Misionero y Teológico Universal Presbiteriano y su servicio contiguo de publicaciones habían dejado de existir.

Aunque la explosión se cargó en el haber de los agitadores laborales, sediciosos y papistas, muchas personas pensaban de otra manera. La breve guerra parecía condensarse en un solo problema, o sea, el de las inminentes elecciones para el puesto vacante del Shankill.

Si triunfaba el teniente coronel Howard Huntly Harrison, su victoria proclamaría el éxito de un candidato populista y que el orden nuevo había llegado para quedarse, a pesar de las duras contramedidas de la clase dominante.

Naturalmente, si triunfaba el candidato unionista de Weed, el sueño que el moderador acariciaba desde tanto tiempo sufriría un contratiempo espantoso.

La casa de Doxie O'Brien, grande y confortable estaba enclavada cerca de la Quenn's University y del Jardín Botánico, en un hermoso sector de Belfast donde se recibió gustosamente a los católicos opulentos. La proximidad a la universidad insuflaba aires de liberalismo y de alejamiento del sectarismo típico del resto de Belfast.

Los profesores, abogados y médicos católicos que, con Doxie O'Brien, vivían allí se daban cuenta y se enorgullecían de esta diferencia, de su carácter de personas selectas.

Duffy O'Hurley, íntimo amigo de Doxie, vivía unas manzanas más allá, como también los Hanly. Era un hermoso lugar donde criar a los hijos.

Un mes después de la revuelta del astillero, Conor pudo levantarse, todavía con el cuerpo rígido y las costillas protegidas con esparadrapos.

Su colección de heridas quedaba reducida a límites tolerables.

Doxie se hinchaba de satisfacción y vanagloria mientras enseñaba la casa a Conor y le presentaba su interminable lista de hijos, uno de los cuales (una niña) llevaba el nombre de la reina, y otro, el de Frederick Weed. Fueron a sentarse en el rincón de las glorias de Doxie, una guarida recubierta de fotografías. Doxie abrió la botella de whisky. Lo mismo que se vanagloriaba de su casa, sus muebles y sus bien vestidos hijos, se enorgullecía también de la calidad de su licor: «Bushmills», etiqueta negra.

–¿Qué pasa, Doxie?

–Como sabes, aunque el astillero está cerrado, sir Frederick ha continuado pagando el salario a los muchachos del club, la mayoría de los cuales trabajaban discretamente en Rathweed Hall.

–Así me lo habían contado.

–Confidencialmente, nos ha informado, a Derek y a mí, de que este año piensa salir de gira, como siempre. Sería una lástima cancelarla. Yo creo que podemos aspirar al campeonato. Bueno, sea como fuere, me he tomado la libertad de consultar al médico, y éste opina que dentro de unas seis semanas volverás a estar en condiciones de jugar.

Conor no dijo nada. Doxie había sido un buen jugador y un

entrenador bastante decente; pero no poseía el arte de disimular sus propósitos. El hombre paladeó el «Bushmills» y se puso a deambular por la habitación, vivamente preocupado.

–Como ya sabes, probablemente, ninguno de los muchachos

católicos ha vuelto a los entrenamientos.

De modo que ahí estaba la cuestión. Conor se preguntó por qué Frederick Weed había elegido a Doxie como emisario, estando, como estaba, en buena relación con él. El único motivo posible lo daba el caso de los jugadores católicos, y la verdad era que mejor habrían podido discutir el caso sir Frederick y él que ahora él y Doxie. A Conor se le ocurrió pensar una vez más lo que ya sabía, o sea que los británicos

todavía no habían aprendido nada sobre los irlandeses, después de siglos de tratar con ellos.

–No hay que maravillarse de que no volvieran -comentó-. Tenían muchas probabilidades de terminar como terminé yo.

–Este es el caso, seguramente -convino Doxie-. De todas formas, yo he hablado con ellos, uno por uno, separadamente. Ya sabes, como todos somos de la misma fe… Bueno, sir Frederick me ha encomendado la misión de volver a reunir toda la familia, por así decirlo. Ha concedido una gran prioridad a la cuestión, que también significa muchísimo para mí, personalmente. Además, hay que tener en cuenta la gira por Australia.

El silencio de Conor le irritaba.

–Bien, he ahí el caso, Conor. Si tú convocases una reunión de los muchachos católicos y les dieras la consigna, volverían a entrenarse. Sir Frederick me ha encargado que te diga que te necesitamos en el club, aunque no puedas jugar.

–Ya le responderé -dijo Conor, levantándose para marcharse.

–¡Vaya una manera de portarse! – estalló Doxie, con un dejo de desesperación. Necesitaba una respuesta-. Le debes cierta fidelidad a sir Frederick.

–¿Por qué?

–¿Por qué, hombre de Dios? ¿No ha encerrado en el calabozo a Vessey Bain y a Hooker? ¿Y qué me dices de haber disfrutado la hermana de Robin y tú de dos semanas de vacaciones en la bahía de Bantry? ¿No te presentaron excusas toda la familia, incluidos Jeremy y lady Caroline en persona? ¿Dónde está tu cochina fidelidad, hombre?

–Después de haberme regalado lo mío a mí, al día siguiente volvieron y asesinaron a Nappy Flynn. Lo destrozaron a golpes de tal modo que su mujer y los ocho hijos ni siquiera lo reconocían. Y Dick Talbot, después de veinte años en el astillero, se pasará el resto de la vida en una silla de ruedas. ¡Y sin una cochina libra de subsidio!

–Sir Frederick no puede comprometerse a sostener a todas las condenadas viudas ni a todos los imposibilitados de Belfast. Sería un precedente peligroso. El hombre ha de cuidar de sí mismo, ni más ni menos.

–Sí, claro, es bueno con sus monos favoritos, pero no te creas que encerraron a Hooker y Bain en la cárcel por mí. En cuanto a Larkin y Weed, el saldo está nivelado. Valor entregado, valor recibido; de modo que ahórrate esa historia de la fidelidad.

Doxie se retorcía las manos. No podía decirle a Conor que

necesitaba imperiosamente la gira por Australia. Weed y Crawford habían prometido nombrarle entrenador y gerente del nuevo equipo de Sidney. Tenía que llevarles nuevamente los muchachos católicos.

–Tú lo entiendes mal, Conor. Es la agitación de los radicales y los anarquistas lo que enloquece a los protestantes y los subleva. Weed ha levantado ese astillero con sus propias manos.

–Sin duda, Doxie. Y es conveniente que algunos católicos, como usted mismo, lo comprendan tan bien.

Doxie se puso color carmesí; luego empezó a resoplar.

–Puedes censurarme por mi lealtad. Yo era un mick del otro lado, con un pie en el arroyo y el otro en la sepultura cuando Derek me recogió. Tienes muchísima razón; soy leal y pienso que ha llegado la hora de que los otros católicos del equipo a quienes el amo trata con tanta decencia le otorguen a él la misma consideración. Me ha dicho, personalmente, que quiere este campeonato como no ha querido nada en su vida. En nuestras manos está dárselo.

–¡Cristo, Doxie! ¿Cuándo se compra el sombrero hongo y la faja color naranja?

–¡Vete al diablo, Larkin! ¡Sé muy bien qué basura llevas entre manos!

Apenas se le escaparon las palabras de los labios, cerró la boca vivamente y abrió en exceso los ojos.

–¿Qué basura llevo entre manos? – preguntó suavemente Conor.

–No quise decir nada.

–¿Qué basura?

–Nada, nada. Yo… yo… yo sólo quise decir… que no tolero una deslealtad con sir Frederick.

Conor posó una mano sobre el hombro de Doxie.

–No haga tonterías, amigo.

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