Trinidad
Capítulo 10
–¡Atty! – gritaba Conor. Como no recibía respuesta, subió los escalones corriendo, de dos en dos, y entró en el piso con una extraña sensación de pánico-. ¡Atty!
–Aquí estoy -respondió ella, saliendo de la cocina.
Conor se permitió un gran suspiro de alivio. Ella le examinó con la mirada y frunció el ceño. Se le veía notablemente sucio, fuera de quicio, en un estado muy poco habitual en él.
–¿A qué demonios viene todo eso? – preguntó la mujer.
Conor movió la cabeza, dejó caer los brazos y se desplomó en el sillón. Atty le puso un vaso de whisky entre las manos. Conor lo despachó y levantó el vaso para que se lo volviera a llenar.
–¿Lo has visto? – preguntó él.
–He tratado de llegar hasta tu oficina, pero era imposible pasar por la calle Royal. ¿Hará algo esta vez el Gobierno?
Conor movió la cabeza negativamente.
–¿Qué van a hacer, Atty? ¿Encerrar en la cárcel a medio millón de protestantes? ¿Cuántos millares de los que firmaron el Pacto son militares, miembros del Constabulary o forman parte del Gobierno ellos mismos? Vamos, dame otro trago de esa pócima… Así, buena chica.
Son astutos esos malditos unionistas. Han puesto al pueblo inglés de su parte, y han dividido por la mitad al partido de la oposición.
Atty fue a situarse detrás de él y sus dedos entraron en acción, dándole masaje en la nuca y los hombros. Aunque Conor quería aceptarlo, hoy se formaba allí una gruesa muralla, y Atty no logró penetrar.
Conor echó el brazo para atrás y dio unas palmaditas a la mano de Atty; se levantó, se puso a pasear y bebió unos sorbos más.
–Esto ha sido una obra maestra de organización y resolución. Lo que más aterra es la facilidad con que saben dar cuenta a medio millón de personas como si se tratara de muñecas mecánicas para que desfilen en perfecta formación a una señal determinada, y luego pulsar otro botón que dice «estallido de histeria general». ¿Cómo diablos no sabe levantarse así nuestra gente? Porque está vencida, he ahí la causa. La única ocasión en que podemos convocar una muchedumbre es para
subir en romería a la santificada cresta de una montaña sagrada para expulsar serpientes y brujas del país.
–Una vez fueron a reunirse con Daniel O'Connell -contestó Atty-.
Acudieron centenares de miles.
–Sí -replicó él-, pero eso fue antes de que el pueblo irlandés feneciera.
–¿Qué diablos quieres? – le espetó Atty-. ¿A quién querrías por padre, a tu Tomas Larkin, o a un gran maestre de Orange con cara de patata? Si obrásemos como ellos, nos volveríamos como ellos. ¿Es eso lo que quieres? Nosotros somos irlandeses, confundidos, supersticiosos e ingobernables…, pero ¡por Dios!, que no ves que el Ulster críe ningún poeta!
–Supongo que tienes razón -murmuró Conor, volviendo a estirar el brazo hacia la botella. Aunque esta vez se hallaba bajo la mirada reprobadora de Atty. Conor miró un instante a la mujer; luego descorchó la botella, a pesar de todo.
–Además -dijo entonces-, si fuesen católicos los que hoy desfilasen por Dublín para ir a firmar un pacto, nos derribarían a tiros por las calles. ¡Hijos de perra! – gritó súbitamente-. ¡Cochinos hijos de perra!
– El vaso se vació y volvió a llenarse.
–Estás furioso y bebes en exceso -le soltó Atty.
–No necesito tus consejos sobre mis hábitos de bebedor.
–Yo creo que sí. Te estás poniendo desagradable.
–¡Y supongo que te arrepientes de haber venido a verme!
–Yo no he dicho eso, Conor.
–Pero lo has dado a entender -insistió él.
–Saca las deducciones que quieras. Dios sabe cuánto desalienta y aterroriza ver hoy por las calles esas manadas de fieras. Cálmate, hombre…
–Sí, lo intentaré.
–¿Te apetece comer algo?
–No. Come tú -respondió Conor-. Yo no tengo apetito.
–Lo pondré todo en la nevera. Se conservará -dijo Atty, volviendo a la cocina. Al cabo de unos momentos regresó y se acercó a él tanteando el terreno.
–Me sabe mal enfocar ningún tema cuando estás de semejante humor, pero he traído órdenes. Debes regresar a DUNLEER mañana, sin falta.
–¿Quién se encargará de las armas?
–O'Leary te sustituirá.
–Lo desbaratará todo -dijo Conor.
–Hasta el momento se ha desenvuelto magníficamente en el papel de F. Clarke-MacCoy…
–Lo echará todo a perder -repitió Conor-. Cada vez que va a la Aduana tengo que volver a repetirle las instrucciones, palabra por palabra…
–Esa es la orden, Conor. Dan te quiere fuera de Belfast. Llevas demasiado tiempo aquí. Sabemos que estos meses pasados estuvieron a punto de cazarte un par de veces.
–Seamus O'Neill charla demasiado.
–¿Vas a darme guerra también por eso?
–No. ¿Qué diablos importa? Al fin y al cabo, todo lo que hago aquí es recoger las arrebañaduras del bote. Por cada arma que conseguimos nosotros, los protestantes entran un centenar… ¿Qué diablos importa que me quede?
–¡Deja tus pesares aparte un minuto al menos! – le gritó Atty.
–Consigue las armas, no consigas las armas…, ojalá Dan se
decidiera de una vez.
–Si le ayudases algo más en el Concejo, quizá pudiera decidirse mejor.
–Dan, Dan, Dan, Dan -soltó Conor-. A veces pienso que habría sido mejor continuar con lo de Jesús y María. ¡Vaya dios maldito elegí yo!
–Tu dios tiene cáncer -dijo ella.
Conor la miró fijamente, petrificado.
–Sí, me has oído bien -repitió Atty.
Conor se cubrió la cara con las manos, cerró los ojos y se meció lentamente.
–¿Cuánto tiempo…? – gimió con voz ronca.
–¿Quién puede saberlo?
–¿Cuándo te enteraste?
–Lo descubrí por pura casualidad. Sea como fuere, él me lo confesó.
Soy la única del Concejo que lo sabe.
Conor saltó del asiento y poco menos que se escondió entre las cortinas de la ventana mientras miraba al exterior, sin despegar los labios. Al final Atty fue a situarse detrás, le dio una palmadita en el hombro y le quitó el vaso de la mano, plantándose ante él en una actitud que invitaba a que la rodease con los brazos.
–Espero con ilusión tenerte otra vez en DUNLEER -dijo en voz baja-. Solíamos ponernos tremendamente apasionados en aquella casita de campo.
Conor se apartó bruscamente.
–¡El suelo se hunde bajo nuestros pies, y en lo único que quieres pensar es en hacer el amor!
Atty se irguió, ofendida.
–Salgo a tomar un poco el aire -dijo.
Conor oyó el portazo, se derrumbó nuevamente en la silla y permaneció inmóvil muchísimo rato. Luego levantó la cabeza como en sueños, recobró el vaso y lo vació, así como el resto de la botella.
Se despertó con mal sabor de boca y sintiendo que la cabeza le estallaba. Luego se puso en pie emitiendo unos gruñidos. Fuere como fuese, Atty había logrado desnudarle y acostarle. Conor tentó en la oscuridad. Atty estaba acostada de espaldas a él, hecha un ovillo junto al borde de la cama, despierta, intensamente despierta, pero sin dar el brazo a torcer y fingiéndose dormida.
Conor anduvo inseguro hasta la pila, hundió la cabeza en el agua, se lavó los dientes y luego se sometió a un minucioso examen en el espejo.
Lo que veía no le gustó nada. Miró de soslayo hacia el dormitorio, expresó su pesar con unos sonidos inarticulados, regresó de puntillas, borreguilmente, se deslizó entre las sabanas y culebreó hasta arrimarse a la espalda de Atty. Sabía que estaba despierta, que sofocaba el disgusto en su interior, que no derramaría una lágrima.
–Estás furiosa contra mí, y tienes motivo sobrado para estarlo -le dijo.
Ella continuó inmóvil un rato. Cuando él se apartaba, derrotado, ella estiró el brazo para tocarle ligeramente. El volvió a rodar hacia ella, aliviado.
–¿Estás furiosa? – preguntó.
–Un poquito, no demasiado -respondió Atty.
–No sé qué demonios me sucede -explicó Conor-. Me he pasado tres semanas, día y noche, esperando el momento de verte; y lo mismo me ocurrió la vez anterior, y la penúltima. Y luego siempre me las compongo para estropear la fiesta.
–Es muy natural -dijo Atty-. Vives solitario, sin poder desahogarte en nadie. Tienes que soltarlo todo sobre mí, supongo. Y lo comprendo.
Conor buscó la lámpara de la mesita de noche; luego la encendió con una cerilla y abrió los brazos. Atty se refugió entre ellos sin reservas.
–No sé cuántas bobadas como las que dije tendrán que soportar tus oídos -se lamentó Conor.
–Porque te emborraches de tarde en tarde, no voy a dejarte marchar, hombre. Además, en lo que se refiere a ti, tengo muy poco orgullo.
–Necesito un cigarrillo -dijo Conor.
–Yo también.
La mujer se anudó holgadamente la cinta de la bala y al encender el cigarrillo se pudo divisar buena parte de su lozano cuerpo. Conor se ató el albornoz y siguió tras Atty hasta el saloncito. Ambos estuvieron un rato chupando avariciosamente los pitillos y siguiendo cada uno el hilo de sus propios pensamientos. Luego, Atty aplastó su cigarrillo.
–He de confesar que la primera vez que nos amamos -dijo-
cruzaron por mi mente algunas ideas mezquinas. Me decía: «Ese canalla me ha tenido dos años, esperando, y al cabo de este tiempo aún he tenido que acudir a él casi a gatas. Ahora que me necesita como mujer, voy a pagarle con la misma moneda.» Ni más ni menos que el viejo anticuado orgullo sediento de revancha en la batalla entre hombres y mujeres…, una batalla que hasta entonces yo no había perdido nunca. Pero ¿no sabes, Conor Larkin? Mi corazón no quiere luchar contra ti. Apenas me pones la mano encima, todo se ha disipado.
En mi vida no había aparecido jamás ningún hombre capaz de conseguir conmigo, ni remotísimamente, lo que consigues tú…, ni Desmond Fitzpatrick ni otro alguno. ¿Comprendes, chico? Yo no fui verdaderamente mujer hasta que tú lloraste en mis brazos. Entonces
brotó de mi corazón un amor que yo misma no sabía que poseyera. Y
decidí esperar hasta que en tu interior se cerrase la herida por la pérdida de Shelley.
Ahora Atty estaba junto a él, llenándole el rostro de delicadas caricias.
–Esperaría media eternidad, si era preciso -siguió diciendo-. Pero cuando me di cuenta de que estaba en situación de abrirme a ti, y tú no me dejaste…, al principio fue como para matarme. A veces quizá te venga la idea de que no eres un hombre completo, que estás plagado de debilidades; pero para mí eres doblemente hombre desde el día que me dejaste que te cogiera la cabeza y lloraste. En fin…, eres todo lo que quiero, y cuando me tocas no puedo rebelarme contra ti.
–Mala suerte la tuya, Atty. Mereces mucho más.
–Conor, ¿verdad que no vamos a romper? – preguntó, con un dejo de desesperación.
–Mientras puedas soportarme, no.
–Ah, entonces tardaremos muchísimo tiempo -suspiró ella-. ¿Te preparo algo de comer?
–No…
–Los acontecimientos de hoy se te han clavado muy hondo.
–Sí, es cierto -respondió-. De todas formas, será conveniente que me marche de Belfast. Si uno está fuera de aquí, puede engañarse diciéndose que no existe siquiera esa ciudad, o que puede cambiar de manera de ser. Pero en días como hoy has de reconocer cuál es la realidad del Ulster.
Estaban sentados frente a frente. Atty esperó que Conor abriese la puerta de su alma y dejase salir todo lo que le atormentaba.
–Si existe un Dios -murmuró por fin Conor-, y estoy convencido de que así es, habrá fijado la mirada sobre católicos y protestantes de esta provincia y habrá movido la cabeza tristemente dándose cuenta de que es el único lugar del mundo donde el diablo le ha derrotado por completo.
Atty asintió con un gesto.
–Siempre creí -prosiguió él- que la bondad absoluta y la maldad absoluta no existían realmente, y que el bien y el mal podían vivir juntos, incluso dentro de una sola célula humana; pero pienso que hoy
he visto por primera vez a la gente del Ulster tal como es realmente.
Dios sabe que la Iglesia católica ha cometido todos los errores imaginables, ha hecho todo lo posible para alimentar el miedo que los protestantes tienen de Roma; pero el trabajo auténtico, a fondo, lo ha hecho la aristocracia británica. La aristocracia británica ha creado una raza mongoloide. Una raza que nunca se elevará por encima del nivel de una ignorancia autoimpuesta. La mente de estos hombres se ha convertido en un vacío impenetrable por la luz, el aire, las ideas y la belleza. Son robots que jamás sabrán verse tan lamentablemente esclavizados como… ¡Oh, Dios mío, ya estoy despotricando!
–Despotrica, Conor -pidió Atty.
–Oye, me has hablado de Dan porque quiere que asuma el mando de la Hermandad. Es eso, ¿no?
–Sí.
–Pues no puedo.
–Ese miedo que tienes de no ser capaz de triunfar no es motivo suficiente -objetó ella-. Como comandante, podrás organizar la derrota gloriosa que buscas. Yo creo que Dan lo entiende así.
–No, Atty, no.
–¿Por qué, Conor?
–Porque voy viendo continuamente verdades que destruyen mis ilusiones.
–¿Qué verdades?
–Tápate los oídos, mujer; yo digo blasfemias que van contra el meollo e indignan el alma misma de toda idea republicana. Y aunque sean verdad, nadie de nosotros se atreve a decirlas. Lo cierto es que tenemos tantas posibilidades de inocular algo de razonamiento (y no hablemos ya de amor) a esa turba de ahí fuera como de sacarle sangre al viento. Mientras sigamos apegados a la ilusión de una Irlanda única, indivisa, los del Ulster ahogarán esta ilusión en sangre. ¡Ah, te hice palidecer, amiga mía! – prosiguió Conor-, pero ¿qué diablos hacemos con un millón de fanáticos? Tú misma has dicho que ellos no son nosotros, ni nosotros somos ellos. Ellos son los trágicos huérfanos de esta trilogía irlandesa, son los regios leprosos de Su Majestad Británica y, ¡por Dios, mujer!, nosotros los irlandeses somos gente civilizada y las personas civilizadas no dejan que un millón de leprosos anden sueltos
entre ellas y contaminen sus manantiales. Yo digo: Aislémosles en su colina de leprosos maldita de Dios y dejemos que canten sus malditos himnos y que redoblen los cochinos tambores y que enarbolen sus malditas Union Jacks hasta que el infierno se llene de hielo; pero apartémoslos de nuestras vidas…, o acabaremos infectados por su odio.
El hombre del Ulster es quien necesita un espejismo para sobrevivir. Si los dejamos que se las entiendan entre ellos, ¿cuánto tiempo aguantarán sin que su odio haya de buscar algo que destruir? ¿A quién odiarán, si nosotros nos hemos marchado? Se lanzarán unos contra otros, lo mismo que un mar lleno de tiburones sanguinarios. Al final, se revolverán contra la aristocracia que los llevó a tal situación y seguirán a maníacos como Oliver Cromwell MacIvor.
»¡Oh, Atty! ¿Por qué hemos de seguir agarrados a este sueño engañoso? Yo digo: Démosles su cochina provincia, porque si no se la damos habremos sentenciado al pueblo irlandés a una pena eterna.
Hasta este momento Atty Fitzpatrick no comprendió plenamente que Conor Larkin nunca sería el jefe de la Hermandad. Y sin embargo,
¿quién sino Conor Larkin se pondría en pie y gritaría la verdad contra un huracán de ilusiones engañosas?
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