Trinidad
Primera Parte
No hay presente ni futuro -sólo el pasado que acontece una y otra vez- ahora.
Eugene O'Neill, A Moon for the Misbegotten
(Una luna para los bastardos).
Primera Parte
BALLYUTOGUE
1
Mayo de 1885
Recuerdo con toda claridad la primera gran conmoción de mi vida.
De la casita de campo vecina vino un fuerte alarido. Yo me precipité
dentro de la habitación, para mí tan familiar como mi propia casa. Los
hijos de los Larkin, Conor, Liam y Brigid, estaban repartidos por la
alcoba donde un jergón de hojarasca servia de cama al viejo Kilty.
Permanecían inmóviles, boquiabiertos de espanto.
Me escabullí junto a Conor.
– Abuelo ha muerto - me dijo.
Su madre, Finola, que estaba embarazada de ocho meses, se había
arrodillado y apretaba la cabeza contra el corazón del anciano. Era la
primera, la primerísima vez que yo veía una persona muerta. Un muerto
color de cera, huesudo, tendido allí con la abierta boca completamente
huérfana de dientes, mirándome fijamente con unos ojos vidriosos, y yo
contemplándole también fijamente a él hasta que sentí los míos a punto
de saltar fuera de sus cuencas.
¡Ah, fue para mí un momento terrible, revelador! Todos los chavales
creíamos que el viejo Kilty poseía la magia de los duendes y que viviría
eternamente, leyenda corroborada por el hecho de ser el superviviente
más viejo de la gran hambre, y no hablemos ya de que fue un héroe del
levantamiento feniano de 1867 y que le habían encarcelado y torturado
en premio a sus fatigas.
Por aquellas fechas yo tenía once años. Kilty estaba lelo desde que me
alcanzaba la memoria, siempre acurrucado junto a la lumbre,
murmurando palabras incoherentes. Era una antigualla preciosa, más
que viejo ya; pero nadie había pensado nunca en serio que pudiera morir
algún día.
La pequeña Brigid se puso a llorar.
– ¡Calla! - ordenó vivamente la madre-. No debes llorar hasta que
hayamos preparado debidamente al abuelo. Los duendes han rodeado la
casa esperando el momento de echársele encima, y tu llanto los animaría
a irrumpir dentro y arrebatarnos su alma.
Finola, su madre, se puso en pie con esfuerzo y se entregó a un
torbellino de actividades. Abrió puertas y ventanas para echar fuera a los
malos espíritus y se apresuró a cubrir el espejo para esconder la imagen
del difunto.
– Liam, tú irás a dar la noticia. No te olvides de llegar hasta los
establos y los colmenares, para anunciar a vacas y abejas que Kilty
Larkin ha fallecido. No dejes de hacerlo, si no quieres que los duendes se
lleven su alma - se estrujaba las manos y se lamentaba-: ¡Oh, Kilty, Kilty,
eras un buen hombre, en verdad que lo eras! - Después se dirigió a mí-:
¡Seamus!
– Sí, señora - respondí.
– Ve a buscar a tu madre. Necesitaré sus buenas manos para
ayudarme a vestirlo. ¡Conor!
Conor no respondía, no hacía más que seguir mirando a su abuelo.
Ella lo zarandeó por el hombro.
– ¡Conor!
– Sí, madre.
– Ve a la turbera a buscar a tu padre.
Brigid había caído de rodillas y se estaba santiguando a un ritmo
vertiginoso.
– Levántate y ayúdame - ordenó Finola. Porque arreglar el cadáver era
tarea de mujeres.
Liam corrió primero al establo. Yo le veía a través de la media puerta
hablando a las vacas, mientras Conor salía lentamente de la alcoba,
andando para atrás, sin apartar los ojos de su abuelo.
Fuera, le di un golpecito en el brazo.
– Eh, si vienes primero a mi casa, te acompañaré a la turbera, a
buscar a tu padre.
Trepamos por la pared de piedra que separaba nuestras casitas. A mi
madre, Mairead O'Neill, como a todas las madres de Ballyutogue, la
recordaremos siempre acurrucada en su eterno puesto junto al hogar.
Cuando nosotros entramos, estaba levantando el caldero (mediante una
polea de cadena) sobre el fuego de turba.
– Buenos días tenga usted, señora O'Neill - dijo Conor-. Me temo que
nos hallamos en una aflicción.
– Kilty Larkin ha estirado la pata - expliqué.
– ¡Ah!, ¿de modo que es eso? - mi madre suspiró y se persignó.
– Y sin duda la señora Larkin la necesitará a usted para vestirlo. Mi
madre se había quitado ya el delantal.
– Conor, esta noche te quedarás aquí, y tu hermano y tu hermana
también- dijo.
– Yo esperaba tomar parte en el velatorio - respondió él.
– Esto corre de cuenta de tus padres. ¿Ya llevas sal?
– Oh, Señor, con el nerviosismo lo hemos olvidado todos.
Madre se acercó al gran salero de la capillita del costado del hogar de
la lumbre y sacó un pellizco para mi bolsillo, para el de Conor y para sí
misma, a fin de ahuyentar a los malos espíritus.
– Yo voy a la turbera con Conor - anuncié, corriendo tras él.
– No os olvidéis de avisar a las vacas y las abejas - nos gritó ella
mientras marchábamos.
– De esto se ha encargado Liam.
Nuestro pueblo empezaba a una altura de unos cien metros sobre la
bahía Foyle, y nuestros campos se encaramaban laderas arriba unos
ciento cincuenta metros más, partidos en peldañitos de escalera. Algunos
pedazos eran poco mayores que nuestra habitación principal y pocas
personas habrían sabido afirmar con seguridad a quién pertenecía cada
cual, exactamente. Todos los campos estaban vallados, componiendo una
telaraña de piedra por la ladera.
Conor corría como si lo llevara el viento; no se detuvo hasta haber
salvado la última pared. Ahora jadeaba en busca de aire. Se sentó,
sudando, temblando y sollozando.
– El abuelo… - dijo a sacudidas.
Conor Larkin tenía doce años, era mi amigo íntimo y mi ídolo, y yo
sentía, en verdad, unas ganas inmensas de prodigarle palabras de
consuelo; pero no encontraba las expresiones precisas.
Mis más tiernos recuerdos estaban ligados a los Larkin. Yo era el
benjamín de mi familia, las arrebañaduras del bote. Todas mis hermanas
eran mujeres mayores y se habían casado; mi hermano mayor, Eamon,
había emigrado a Estados Unidos y era bombero en Baltimore. Cuando
Kilty murió, el hermano mediano, Colm, tenía diecinueve años, ocho más
que yo.
Conor y yo aguardamos un rato porque se daban pocos días tan claros
como aquél, con una vista tan espléndida. Ballyutogue, que significa
«lugar de conflictos-» se extendía, majestuoso, en el costado este de
Inishowen, veinticinco kilómetros al norte de Derry, en el con dado de
Donegal.
Desde donde nos encontrábamos lo abarcábamos todo…, todos los
campos que nos robaron y que ahora pertenecían a lord Hubble, conde de
Foyle. El panorama era tan luminoso aquel día que podíamos divisarlo
en todos sus detalles, por encima de Foyle Lough, hasta el condado de
Derry, así como toda la línea de la costa, desde Muff a Moville. Debajo
mismo de nosotros, junto al lago, estaba el municipio, y a ambos lados del
mismo, la larga, perfectamente proporcionada simetría rectangular de
unos lozanos y verdes campos protestantes, cada uno de ellos con una
casa de piedra bellamente construida, de dos pisos y tejado de pizarra.
La parte alta del pueblo, donde vivíamos nosotros, los católicos, estaba
«en el brezal» con su demente laberinto cuadriculado de paredes de
piedra trepando por las salvajes colinas.
Conor se mordía el labio con fuerza para contener las lágrimas.
– ¿Crees que todavía está en el purgatorio? - le pregunté.
El sacudió la cabeza para indicar que no lo sabía, luego escarbó el
suelo, cogió una piedra y la tiró ladera abajo. Yo también tiré otra, porque
solía imitar todo lo que él hacía.
– Vamos, peque -ordenó, volviéndose y empezando a correr camino
arriba hacia los fangales de la montaña. Casi una hora después llegamos
allá. El guardián de la turbera nos indicó el sector donde Tomas Larkin y
mi propio padre, Fergus O'Neill, estarían cogiendo turba. En aquel
punto, el tajo era profundo. Cuatro brigadas de hombres manejaban las
sesgadas azadas con la precisión de las máquinas, sacando y cortando
ladrillos que levantaban con poleas y amontonaban en forma de casitas
para que se secaran. Semanas después, cuando el agua se había secado
del todo, habían perdido mucho peso y estaban en condiciones de arder.
Los ladrillos de turba, ya secos, los cargaban en una reata de carritos de
asnos y los llevaban a un almacén del municipio.
Nuestra gente se quedaba el quince por ciento de la turba en pago del
trabajo de arrancarla; el resto iba, o bien a Derry, para hacer funcionar
las fábricas de sus señorías, o lo vendían a granjeros protestantes, a
tiendas y a hogares. Conor ya trabajaba en los fangales de vez en cuando,
y dentro de un año, poco más o menos, yo me uniría a él durante la
estación seca, propia para el arranque, en mayo.
A Tomas Larkin no costaba mucho localizarle, pues aventajaba en un
cincuenta por ciento la estatura de mi padre, que estaba cavando a su
lado. ¡Era un hermoso ejemplar de hombre! Al ver a Conor dejó la azada
a un lado y le hizo un ancho ademán de llamada; pero al momento
percibió la excitación de su hijo.
– ¡El abuelo! - gritaba Conor, corriendo hacia los brazos de su padre.
-Sí - suspiró Tomas Larkin, desde unas terribles profundidades- , sí.
Y se sentó en el suelo, tomando a Conor en el regazo. Yo envidiaba enormemente a los Larkin. Por supuesto, amaba de todo corazón a mi padre, y a mi madre, y a Colm y a mis hermanas, pero cuando miro hacia atrás no puedo recordar ni siquiera un abrazo. Ninguna familia de Ballyutogue se distinguía mucho en eso de las manifestaciones externas de afecto, salvo los Larkin. En este sentido, eran diferentes.
La noticia dio la vuelta al corro en un murmullo, y una tras otra las
azadas quedaron a un lado y los hombres desfilaron por delante de Tomas
y Conor, se calaron las gorras y empezaron a descender montaña abajo.
El largo camino de regreso fue como un canto fúnebre, aunque sin
palabras. Conor se cogía fuertemente a la mano de su padre, y ambos
tenían los dientes apretados. Pareció que transcurría media eternidad
antes de que llegáramos al cruce de caminos donde Conor y yo
aguardábamos todas las mañanas hasta que nos recogían la leche. Aquí,
a los cien metros de altura, empezaba la parte alta del pueblo, con la
carretera principal serpenteando hacia el Ayuntamiento de Ballyutogue y
el lago. Abajo se extendía una limpia, cuadrada y sólida población del
Ulster protestante, con su despliegue de comercios, fábricas de lino,
molinos harineros, vaquerías, y las viviendas correspondientes. En la
plaza, centro de la población, el cuartel de la Royal Irish Constabulary y
unas oficinas de la Corona cuidaban de señalar la omnipresencia de Su
Majestad británica. Todo lo de allá abajo, la población y las fincas
protestantes, fue en otro tiempo tierras de los O'Neill, bien robadas por
los antepasados de lord Hubble y plantadas por escoceses traídos acá,
bien dadas en recompensa a los soldados del ejército de Oliver Cromwell.
En el cruce de caminos se encontraba el único comerciante católico
floreciente, Dooley McCluskey, propietario de una taberna y una posada
minúscula. Los protestantes defendían la sobriedad con pasión rabiosa y
no querían ensuciarse las manos dirigiendo un establecimiento de esa
clase. No obstante, el de McCluskey no entraba en el campo visual de los
rugientes predicadores, ni en el de las esposas presbiterianas, aquellas
damas de labios delgados y mejillas chupadas. ¡Canastos! Hemos visto a
presbiterianos desgarrando de tal modo la pobre sobriedad que se les
habría podido poner a dormir colgados de una cuerda de tender ropa.
El líquido alcohólico de mayor consumo entre los católicos era el
poteen, un whisky blanco destilado en destilerías ilegales que se podían
desmontar en unos minutos para trasladarlas antes de que llegaran los
recaudadores de impuestos y los guardias del Royal Irish Constabulary.
La auténtica participación tenía lugar en una shebeen (taberna
clandestina), un establo de vacas modificado, escondido en nuestro
pueblo. La tradición, en Ballyutogue y en muchas otras poblaciones de
Inishowen, establecía que la destilación y venta de poteen se concediera a
viudas que no tuviesen otros medios de vida.
Enfrente de la taberna de McCluskey, al otro lado del camino, se
levantaba nuestro segundo establecimiento poderoso, la iglesia de San
Columbano, bautizada así en honor al bendito fundador de Derry y
misionero en ultramar que convirtió a millares de ingleses y escoceses
paganos al cristianismo, siglos atrás. Casi la mitad de los lugares santos
de Donegal y Derry llevan su nombre.
Mirando el templo de San Columbano uno habría pensado que
navegábamos en un mar de prosperidades. ¡Caramba, si San Columbano
aventajaba en una mitad en cuanto a dimensiones y doblaba en belleza a
las Casas del Señor protestantes de todo el municipio! Viniendo de
nuestras desnudas casitas, parecía como una antesala del paraíso. A uno
le habría dado por preguntarse cómo y por qué una gente que se
alimentaba de patatas y arenques salados había de levantar tan
grandiosos monumentos al Todopoderoso.
Durante generaciones no se nos permitió rendir culto a nuestra
manera tradicional. Unas leyes penales inglesas nos obligaban a celebrar
misas en secreto dentro de cuevas y lugares escondidos, en los prados
altos. Cuando la religión se emancipó, a principios del siglo xix, la Santa
Madre Iglesia se lanzó a un derroche de edificaciones, a pesar de que con
ello mantenía a los campesinos en un estado de pobreza espantoso.
El padre Lynch (Dios bendiga al condado de Tipperary que nos lo dio)
gobernaba la parroquia como un ángel vengador. Lo primero que aprendí
en mi vida, después del nombre de mi madre y de mi padre, fue el terrible
poder que tenía aquel padre. Un poder total y absoluto, porque incluía la
infalibilidad sacerdotal y la posesión de nuestros pensamientos más
íntimos. Nada se le podía esconder, so pena de una interminable
colección de castigos. Teníamos tanta hambre y sed de un hombre
instruido, de alguien que, sencillamente, supiera leer y escribir, y en
menor escala representara una dirección mística hacia el más allá, que la
gente del pueblo le concedió las prerrogativas de un señor feudal. Para
bien o para mal, el padre Lynch nos proporcionaba un vago sueño al que
agarrarnos para mitigar el dolor de nuestras tristes existencias. Yo
descubrí el significado del miedo al recibir las consecuencias de su ira
por haber roto las normas de su autocracia. El padre Lynch disponía de
un suministro de actos reprochables perfectamente inagotable…, sin
fondo.
Kilty Larkin, el difunto, había sido excomulgado por haber tomado
parte en el levantamiento feniano de 1867. Por este motivo, su hijo Tomas
raras veces ponía los pies en el templo de San Columbario. Había que ser
muy fuerte para desafiar a la Iglesia en aquella difícil existencia que
llevábamos, pero él lo era. Más todavía, aunque no coronado, era el
cabecilla. El cura se resintió porque en una parroquia no podía haber dos
que la gobernasen.
Permitidme que os diga que la misa dominical constituía un
espectáculo lamentable, con más de la mitad de los hombres del pueblo
siguiéndola recostados contra la pared de piedra de enfrente del templo,
como ganado a punto de ser llevado y esperando desazonado un respiro
que nunca llegaba.
Lo más cerca posible del final, entraban, formando una hilera de
cachorrillos apaleados; llenaban las dos o tres filas últimas, caían de
rodillas, se persignaban y se daban puñadas en el pecho, sin otro
propósito que el de quedar exonerados por otra semana. Como grupo
daban a entender que odiaban aquello; pero no se sentían con ánimo
para ponerse en conflicto con sus vecinos o con el sacerdote.
Dooley McCluskey nunca se olvidaba de llegar a su establecimiento el
primero de todos después de la misa, en cabeza de aquel rebaño en
estampida que necesitaba desesperadamente beber unos tragos.
Al bajar de las turberas y los pastos comunales, teníamos que pasar
por delante del templo de San Columbano. Un gran silencio solía
invadirlo todo mientras tratábamos de escabullirnos disimuladamente
más allá de la iglesia, esperando que quizá el padre estuviera ocupado en
otra cosa que no fuera un ratito de meditación solitaria. Algunos hombres
saltaban la pared, utilizándola luego como parapeto para arrastrarse por
las Zanjas. Y unos pocos conseguían llegar al final. Hasta que entró en
escena el nuevo cura, el padre Cluny.
Desde una posición estratégica, que cortaba toda huida posible, el
padre Lynch le hacia seña al padre Cluny, el cual se ponía a tocar el
condenado Angelus…, bong, bong, bong…, y nosotros caíamos de
rodillas como árboles cortados, mientras el padre Lynch levantaba una
bandada de presuntos fugitivos como si hubiera sido una bandada de
codornices… Bong, bong, bong, bong, bong, bong, bong, bong, bong…, y
ahí salía el padre Lynch como una caña flaca, chupada y arrugada,
canturreando monótonamente… «el ángel del Señor anunció a
María…»…para introducir nuestro inaudible murmullo de respuesta…
« y concibió por obra del Espíritu Santo… Dios te salve María, llena eres
de gracia, el Señor es contigo y bendita tú eres entre todas las mujeres…»
…Y todos miraban por el rabillo del ojo, con el corazón dolorido y la
boca seca como el fondo de una jaula de pájaros, a Tomas Larkin, que
desfilaba retador hacia la taberna de Dooley McCluskey. Decían que
McCluskey era tan avaro que antes habría preferido mondar una patata
dentro del bolsillo que compartirla con alguien. A pesar de lo cual
consideraba sensato procurar que Tomas Larkin le mirase con simpatía y
le ofrecía una copa; porque Tomas sabía poner fin a una pelea o lograr
que un cliente pagara lo que hubiese roto mucho mejor que los
constabulary …
La noche que falleció Kilty, los hombres caminaban pesadamente
hacia el pueblo después de otra escaramuza, perdida, con el Angelus.
Tomas salía de la taberna precisamente cuando yo me sacudía el polvo de
las rodillas. El padre Cluny, el cura recién salido del seminario de
Maynooth, en el condado de Kildare, hollaba el camino dirigiéndose
nervioso hacia nosotros. Era una persona relativamente amable, para ser
cura, y su presencia significaba que podíamos contar con alguien que nos
enseñaría a leer y escribir. Sus movimientos eran torpes, estaba ya
demasiado grueso como consecuencia de cerca de cuatro kilogramos
diarios de patatas y demasiado poco ejercicio físico, y se había habituado
muy pronto a imitar los gestos del padre Lynch, acercándose a nosotros
con las manos embutidas en la sotana, para luego saludarnos con una
especie de piadoso ademán papal.
– El padre Lynch y yo compartimos vuestra aflicción.
-Se lo agradezco mucho - contestó Tomas.
– ¿Puedo hablar unas palabras contigo? - preguntó el cura.
-Sí.
El padre Cluny indicó, con un movimiento de las cejas, que la
conversación debía ser de índole privada, y Tomas dio a entender, del
mismo modo, que no pensaba hacernos marchar. Parecía que el cura
había agotado de pronto el coraje y reforzaba el aliento con una serie de
profundos suspiros.
– Hay una cosa que debes saber - empezó-. En sus últimos momentos
tu amado padre tuvo unos súbitos remordimientos, deseó rescindir la
excomunión que le había impuesto la madre Iglesia, y pidió la
absolución.
-Kilty… absolución. Vaya, usted está tonto, amigo.
– No, es la verdad. El padre Lynch en persona celebró el rito hace
menos de una semana.
– Siga por ahí. Kilty habría preferido beber veneno de serpiente
primero. ¿Y cómo no está aquí personalmente el padre Lynch para
pronunciar esa blasfemia?
El cura expelía gotas de sudor.
– Conociendo vuestros mutuos sentimientos, hemos creído mejor que
te diera yo la noticia.
– No, no la creo - y rechazándola de un manotazo, Tomas se puso en
marcha, mientras el padre Cluny seguía dando zarpazos al aire y
balbuciendo.
– Papá - dijo Conor-, es cierto.
Tomas se detuvo y se volvió, con una expresión extraña.
– Es cierto - repitió Conor.
– ¡Dios mío! Creo que lo dices en serio - exclamó.
– En bien del pueblo y de tu familia y por respeto al difunto, te ruego
que no te opongas cuando traigamos a Kilty a San Columbano y le
digamos una misa de réquiem.
– ¿Kilty? ¿Una misa de réquiem?
– Volvió al seno de la Iglesia por deseo propio, y estos deseos hay que
respetarlos.
– ¡Pero, hombre, ahora me entero! ¿Y cómo pudo suceder semejante
cosa?
– En los días que enseñaba a los chiquillos de tu casa llegué a conocer
bien a Kilty. Solía quedarme allí, e iba a visitarle; sólo para hablar, fíjate
bien… sin segundas intenciones. En verdad, parecía que mi presencia le
consolaba. Hace una semana, sintiendo que se le acercaba el fin, le asaltó
una necesidad desesperada de confesarse…
– No le creo, padre Cluny. Usted fue enviado a una cochina misión por
esa pesadilla que es el padre Lynch, sin duda bajo las insistencias y las
bendiciones de mi propia esposa… ¡Le enviaron a asustar a un
moribundo!
– Como Dios es mi juez… - musitó el padre Cluny, sonrojándose y
retrocediendo-, como Dios es mi juez. Maldíceme cuanto quieras; pero
tengo un deber clarísimo, cuando un hombre solicita absolución; y no me
proponía otra cosa sino salvar su alma inmortal.
– ¡Oooh! - gimió Tomas- , ha sido demasiado sucio…, eso de irle
pinchando con alusiones al infierno, hurgando hábilmente con esa santa
chachara hasta que le despojaron de la única dignidad que le quedaba.
– No fue así, ni mucho menos, papá - interpuso Conor enérgicamente-.
Había ocasiones, incluso durante su último día, en que el abuelo veía las
cosas con claridad. Yo le decía que usted se pondría hecho una furia, pero
él insistía en pedir la absolución. «Conor - me decía-, en el caso
improbable de que haya una vida después de la muerte, no quiero que sea
como la que he tenido antes de ella.» El abuelo afirmaba que no quería
exponerse al riesgo de tener que sufrir otra vez, como había padecido
aquí en la tierra.
– ¿Por qué no me lo explicasteis? ¿De manera que os movíais a mi
espalda en una maldita conspiración?
– Porque sabíamos que tú tratarías de impedirlo, papá.
– ¡Y seguramente lo habría impedido! ¡Aprovecharse de un anciano
enfermo y chiflado…!
– Chiflado o no, el abuelo tenía derecho a que se respetase su último
deseo.
– ¡Y tú te has pronunciado contra tu padre!
– No, papá. Yo me pronuncié en favor de Kilty.
Se produjo un silencio aterrador. Les aseguro a ustedes que Tomas
Larkin parecía mucho más alto que de costumbre. Nunca olvidaré la cara
que no expresaba cólera ni odio, sino un desprecio infinito. El desprecio
que un hombre muy fuerte puede otorgar a los débiles. Se alejó de
nosotros, ladera arriba, y Conor echó a correr tras él.
-¡Papá!
– Vete a casa, Conor - le respondió afablemente.
– ¡Papá! - suplicaba Conor.
– Vete a casa, muchacho. Necesito estar solo.
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