Trinidad
Capítulo 15
El brigadier Maxwell Swan tenía como cosa normal en la rutina de su vida llevar esmeradamente al día el historial de enemigos declarados, enemigos potenciales, anarquistas y competidores. Sus años de lucha contra la insurrección le hicieron muy valioso a los ojos de sir Frederick. Los movimientos diarios, las costumbres y las
peculiaridades de una persona tan importante como Kevin O'Garvey debían estar forzosamente guardados y catalogados en la cabeza de Swan.
Cuando sir Frederick pudo comunicar con el brigadier, ambos consideraron un elemento favorable, un afortunado azar que tanto éste como O'Garvey se encontraran en Londres en aquellos momentos, y que lord Roger hubiera tenido la presencia de espíritu de no dejar salir de Londonderry la noticia del incendio.
Swan tenía en Londres cierto número de personas a las que podía acudir en cualquier momento y que le ayudarían de muy buena gana.
Algunas de estas personas eran antiguos oficiales de policía y confidentes. Otras eran católicos irlandeses que habían trabajado a sus órdenes en operaciones secretas realizadas en el Castillo de Dublín, habían conseguido el pasaje y se habían situado bien en Inglaterra.
Eran hombres que estaban en deuda con él. Swan se puso
inmediatamente a buscar entre las mencionadas personas a los paniaguados que le convenía utilizar en esta ocasión.
Seis horas después (ni un minuto más) de haberle comunicado la noticia sir Frederick, llegaba Swan a su domicilio de Londres, el Colonial Club, en cuyo foyer le saludaba el jefe de camareros Steward Tompkins.
–Buenas tardes, brigadier -dijo Tompkins en el murmullo que constituía la norma habitual del club, mientras liberaba a Swan de la capa, el bastón y el sombrero de copa-. ¿No ha oído la noticia, señor?
–No, estuve muy ocupado.
–Ha habido un incendio terrible en Londonderry. Si no me
equivoco, ha sido en una fábrica de lord Hubble.
–¡Espantoso! – comentó Swan.
–Sir Frederick ha intentado ponerse al habla con usted por cablefono a gran distancia hace unos cuarenta minutos. Yo me he tomado la libertad de ver para qué hora había pedido usted la comida, y he concertado una conferencia para esa misma hora.
–Muy bien, señor.
Swan, que era un solitario incluso en su propio círculo de oficiales, fue a refugiarse en su canapé habitual escondido detrás de una columna y hundió la cara en los periódicos del día hasta que llegó la llamada.
–Hola, Freddie. Aquí Max.
–¿Algo nuevo en Londres? – preguntó Weed.
–Ciertas noticias sobre un incendio en Londonderry. Las primeras llegaron hace cosa de media hora. ¿Ha sido grave? – preguntó Swan.
–Mucho. Varias docenas de muertos, me temo. No se sabrá en toda su extensión hasta dentro de un par de días.
–Espantoso.
–¿Pudo acudir a la cita que tenía concertada, Max?
–Sí, todo marchó extraordinariamente bien. Las negociaciones llegaron a buen fin sin tropiezo alguno. El trato está cerrado y sellado.
Asistí personalmente a la firma definitiva.
–Estupendo. ¿Cómo está el teatro esta temporada?
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