Trinidad
Capítulo 10
La crisis, que para Frederick Weed empezó con la caída del gobierno conservador, había terminado. La inquietud laboral, la huelga general y la amenaza de formación de sindicatos obreros se habían despejado. Al final resultó que los obreros habían vivido pisoteados tantísimos años, y había tanta desunión entre católicos y protestantes, que, simplemente, no tuvieron nervio para alcanzar la victoria.
En su guerra particular contra Oliver Cromwell MacIvor, los resultados iban siendo igualmente concluyentes. El encarcelamiento inmediato de Vessey Bain y los alborotadores del astillero, el cierre de los talleres y la destrucción del seminario del moderador hicieron temblar el Shankill y todo Belfast Este. La temporada de desfiles se deshinchó y el tono de los discursos cambió de vitriólico a moderado.
Cuando la temporada de los desfiles llegaba a su fin, lo que más preocupaba era si Weed abriría de nuevo el arsenal.
La victoria definitiva de Weed se produjo en la elección parcial del Shankill donde el candidato unionista aplastó al teniente coronel Howard Huntly Harrison y al partido lealista llevándose el ochenta por ciento de los votos. El pueblo quizá hubiera quedado desilusionado de la nobleza, pero tampoco estaba dispuesto a confiar su destino ni a MacIvor ni a las ideas liberales, que desembocaban en la autonomía.
Oliver Cromwell MacIvor se lamía las heridas, se tragaba el orgullo; y a fin de salvar un prestigio que se desvanecía rápidamente solicitó una entrevista con sir Frederick.
Weed le tuvo esperando una semana; luego le invitó a ir a Oxford, donde él estaba pronunciando una serie de conferencias de verano en el Magdalen College, ante una numerosa reunión de industriales y dirigentes.
Cuando se encontraron cara a cara en el apartamento que daba sobre el río Cherwell, el ambiente de la entrevista era muy distinto al de la última vez que estuvieron juntos. Sir Frederick fastidiaba al reverendo con el humo de un tabaco prohibido y echándose gaznate abajo un whisky igualmente prohibido.
El moderador calculaba que había habido un terrible
malentendido. Rechazando toda responsabilidad por el motín, lo
achacó a un exceso de celo de unos cuantos Caballeros de Cristo disparatados, a los que había que perdonar, por caridad cristiana. En cuanto a su partido lealista, dijo que nunca había tenido intención de retar al unionista, sino el deseo de identificarse más con el pueblo en problemas locales. Finalmente se preguntaba cuánto tiempo pensaba sir Frederick continuar teniendo el astillero cerrado, porque el miedo y la inquietud se extendían por Belfast Este. ¿Había la posibilidad de enmendar la situación? ¿Se podía poner de relieve la antigua unidad para levantar el abatido espíritu de la gente?
Weed miraba fija y fríamente al reverendo, mientras este llevaba adelante su disertación.
–Ha cometido un error estúpido -contestó luego-. Ha querido adueñarse del poder, y se ha caído en el fango.
–No sé qué puede llevarle a semejante conclusión -se lamentó MacIvor.
–Dejémonos de porquerías -le atajó Frederick Weed. El reverendo palideció. No podía enfurecerse, porque no tenía ningún naipe en la mano-. Quizá dentro de cincuenta años parte de esa basura populista gladstoniana llegue a las masas del Ulster y… ¡Dios las socorra!… sigan a un hombre como usted. Pero por el momento presente, las decisiones continuarán en manos de las personas más competentes para
imponerlas. ¿Me expreso con bastante claridad?
–Yo he venido aquí con ánimo de conciliación -dijo MacIvor.
–Usted ha venido aquí porque le han derrotado -Weed se levantó, enlazó las manos detrás de la espalda, se acercó a la alta ventana y se puso a contemplar el hermoso y serpenteante río del exterior. Y siguió diciendo, siempre de espaldas a MacIvor-: Por desgracia todavía nos queda cierto número de intereses comunes, y se nos presentarán años difíciles. A pesar de lo aborrecible que es usted y del deseo que siento de apartarle de mí, todavía desempeña una función necesaria. Confío que en lo sucesivo la desempeñará sin dar queja ninguna.
Por primera vez en su vida, Oliver Cromwell se quedó sin saber qué decir. Tenía la cabeza hueca y privada de energías. Sin embargo, cuando se hubo empapado bien de las palabras de Weed agradeció el indulto que le concedían.
–Creo que hemos encontrado la base para un nuevo entendimiento -
capituló.
–Bien. Vaya a Liverpool y espéreme. Estaré allí dentro de unos días.
Luego iremos juntos a Londonderry para el día de los Aprendices, solemnidad que servirá para que usted pregone claramente que apoya en absoluto los principios unionistas en cuestiones de política nacional.
Yo apareceré por su templo dentro de unos domingos y, cuando esté presente, usted anunciará desde el pulpito que gracias a mi generosidad puede empezar a reconstruir aquel centro teológico que tenía. Cuando todo esto se haya cumplimentado a mi entera satisfacción, anunciaré la reapertura del astillero, pero ni un segundo antes. Y tenga a sus cochinos Caballeros de Cristo apartados de mis asuntos -sir Frederick volvió a su mesa escritorio, echó intencionadamente una larga columna de humo al rostro del predicador y concluyó-: Puede marcharse.
MacIvor se retiró apresuradamente. Cuando su mano cogía la empuñadura de la puerta, Weed se puso en pie y golpeó la mesa con el puño.
–¡MacIvor!
El predicador se quedó de piedra.
–¿De dónde ha sacado la idea de que un aventurerillo falsamente evangélico como usted podía poner patas arriba trescientos años de experiencia imperial y usurpar el puesto de los Frederick Murdoch Weed en el Ulster?
El 8 de agosto de 1907, Seamus O'Neill recibió el siguiente cablegrama de Owen O'Sullivan, de Liverpool: Feliz cumpleaños.
Ojalá vivas hasta cumplir dos mil. todo nuestro amor. la familia.
El día siguiente Conor se reunió con Duffy O'Hurley para almorzar juntos en el Grand Central Hotel. El hombre parecía bastante tranquilo mientras hablaban en voz más baja que el conjunto, más sosegado, de la estancia.
–¿Qué aspecto tiene el tren?
–El de un maldito arsenal; eso parece. Estaré muy contento cuando eso haya terminado.
–También lo estaré yo -dijo Conor-. Entiendo que todo marchó bien con O'Sullivan.
–Es un artista. Todo está bien escondido. Por lo demás, no me gustaría pasear demasiado tiempo aquel arsenal.
El camarero les interrumpió.
–¿Cómo te encuentras ahora?
–Voy mejorando. Ayer chuté unas cuantas pelotas. Principalmente para dar moral al equipo.
–¿Crees que jugarás esta temporada?
–Puede que sí, y puede que no. Me han pedido que acompañe al equipo en su gira. Los muchachos todavía están un poco trastornados, a consecuencia de la revuelta.
Ambos levantaron la vista y pidieron lo que querían. El camarero se fue.
–Mañana salgo de Belfast -explicó entonces Duffy-. Dejaré a sir Frederick y acompañantes en Derry, para las fiestas. De momento hay grandes posibilidades de que vaya de vacío a Dublín, por la ruta Gran Septentrional.
–Veamos… Strabane… Omagh… Portadown… Newry…
–Eso es.
–Hasta ahora nunca habíamos descargado en esa zona. Veré si puedo organizar la tarea sobre la base de una urgencia. ¿Cuándo lo sabré cierto?
–Cuando lleguemos a Derry, preguntaré a sir Frederick qué planes hay para el tren. Deberíamos llegar a media tarde.
–A partir de las cinco estaré en la Oficina General de Correos esperando que me llame por teléfono. Así dispondré del resto del día y la mitad de mañana para organizar algo.
–Por amor de Dios, saca de mi niña aquellas malditas cajas.
–Haré cuanto pueda. Sobre esta cuestión ambos pensamos igual.
–Conor.
–¿Qué?
–Ya sé que lo hice por dinero; pero después de lo que has hecho tú por Calhoun y por mí, me alegro de haberlo hecho.
10 de agosto, 1907
Conor leía pacientemente la revista, levantando los ojos de vez en cuando hacia el gran reloj de pared de la sección de telegramas de la
Oficina General de Correos de las avenidas Royal y Berry. El reloj dio las ocho.
–Señor Larkin.
Conor cerró la revista y se acercó al mostrador.
–La llamada de Londonderry ha llegado por fin, señor. Puede recibirla en la cabina número cuatro.
–Hola.
–Hola, soy yo. He tenido buen viaje. Siento no haber podido acercarme a un teléfono más pronto.
–Está bien así. ¿Qué noticias hay?
–Marcharé de aquí mañana noche a eso de las nueve o las diez por la ruta que dijimos.
–Estaremos preparados esperándote.
Conor oyó un suspiro de alivio.
–Estaremos aguardando, digamos, de las diez y media en adelante.
La señal estará en algún punto entre Beragh y Pomeroy ¿Conoce el paraje a que me refiero?
–¿Cerca de Sixmilecross?
–Sí, Sixmilecross.
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