Trinidad

Leon Uris · Capítulo 96 de 119

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Trinidad

Capítulo 15

La llamada a la puerta me sacó de un pesado sueño. Yo pasé unos

momentos dando traspiés y tanteando, y musitando que ya me había

puesto en movimiento; luego encendí la luz y me puse el albornoz. Como

el aire traía el frío que suele preceder al alba, deduje que se trataría de

asuntos de la Hermandad.

¡Qué agradable sorpresa abrir la puerta y ver el hueco de la misma

ocupado por la alta y bien formada persona de Atty Fitzpatrick!

– Vístete - me ordenó-, tengo un automóvil abajo.

Ella no me ofrecía más informaciones, ni yo se las pedí. Eran las

cuatro y media de la madrugada. Mientras yo acababa de arreglarme, ella

puso el puchero en el fuego. Bebimos una taza de té y despachamos los

desabridos restos de mi alacena de solterón. Luego salimos a

enfrentarnos con los alfilerazos de una escarcha helada.

El chofer era un muchacho de la Hermandad con talento para

mecánico, lo cual permitía que Atty y yo nos acurrucásemos en el asiento

trasero. El motor arrancó y el vehículo maniobró hacia el sur por las

desiertas calles.

– Hace una hora poco más o menos, Robert Emmet McAloon me ha

llamado por teléfono - dijo Atty-. Esta misma mañana, los británicos

celebrarán el juicio contra Conor y los otros muchachos.

– Son las cinco de la madrugada y es domingo, ¿Adónde diablos

vamos?

– No estoy bien segura. Parece que han montado una sala de tribunal

en algún punto de los montes Wicklow.

– Es un asunto feo - dije.

Tal como yo interpretaba el convenio, los británicos celebrarían el

juicio en una ciudad pequeña y olvidada donde llamaría muy poca

atención y las actuaciones habrían terminado antes de que pudieran

suscitar protestas. Pero al parecer estaban manipulando el acuerdo,

convirtiéndolo en una artimaña. A esta hora de una mañana de domingo

y en un lugar secreto olía a sesión «a puerta cerrada».

Atty siguió explicándome que Bobby sólo dio su consentimiento

después de que los británicos se avinieran a que Atty y yo estuviéramos

presentes como observadores. Una vez más, habían hecho un trato

ventajoso, porque éramos los dos que habíamos prometido guardar

silencio.

– Esto no me gusta ni poco ni mucho - murmuré, enojado.

Pasado el último suburbio de Dundrum continuamos hacia el sur,

elevándonos pronto por las laderas de los montes Wicklow por un

Eniskerry silencioso y dormido, a través de la heredad de Powerscourt,

grande y majestuosa casona de granito de Wicklow arrasada y

reconstruida repetidas veces a causa de las guerras, y cedida últimamente

a Richard Wingfield, sirviente leal de la Corona. Sus decenas de millares

de acres igualaban las concesiones de los Hubble, y si a ello añaden otro

centenar de baronías y condados podrán hacerse idea de quiénes eran los

dueños de Irlanda y qué poseían.

Sea como fuere, aquellos parajes eran la puerta de entrada a las

maravillas alpinas. Aunque hacía frío y no se trataba de un viaje de

placer, mi corazón no podía dejar de acelerarse al contemplar el telón de

la noche levantándose sobre los bosques, las cascadas y los riachuelos de

un panorama de duendes y bandidos. Atty y yo quedamos atónitos ante el

desfile de bellezas más allá de Great Sugar Loaf, arriba de Roundtree y el

gran depósito de agua de Dublín.

Luego seguimos el río Avonmore hasta donde se juntaba con el de

Glenmacnass en el valle de Clara, a sólo una pedrada de las místicas

antiguas ruinas monásticas de Glendaloch, que habían sido feudo de san

Kevin.

Media milla más allá, Atty ordenó al chofer que doblase hacia una

antigua carretera militar que corría entre las cimas de las montañas, de

este a oeste. La habían construido los británicos después del

levantamiento de Wolfe Tone para que las futuras generaciones de

rebeldes no pudieran buscar refugio en los bosques de las alturas. Al cabo

de poco rato, nos deteníamos delante de una barricada.

Un capitán británico, extraordinariamente cortés, pidió que nos

identificáramos, después de lo cual nos cachearon. Luego ordenaron que

el coche y el chofer se quedaran allí mientras Atty y yo continuábamos

ascendiendo, en un camión militar, por los arcos y recodos del camino

hasta penetrar en la sombra de la Lungnaquillia, la montaña más alta de

Irlanda. Nos detuvimos allí donde el río Ow desciende más abajo de

Aghavannagh.

Habíamos llegado a un viejísimo cuartel, un enorme edificio

rectangular de tres pisos, que seguía albergando a un contingente de

tropas para hacer patrulla por aquella zona. Por rara coincidencia,

Charles Stewart Parnell había tenido un pabellón de caza en

Aghavannagh; pabellón que seguía utilizando John Redmond, jefe actual

del partido irlandés. Por lo demás, no podíamos encontrarnos en un

paraje más distante y extraño. El cuartel estaba rodeado de soldados en

formación de combate, y antes de entrar sufrimos otra identificación y

otro cacheo. Por fin, un tal mayor Westcott nos acompañó hasta una sala

de armas abandonada, que habían convertido en improvisada sala de

tribunal.

Atty y yo estuvimos dos horas solos allí, bajo la vigilancia del mayor

Westcott y una escuadra de soldados. Un poco antes de las doce

empezaron a entrar. Primero vino Robert Emmet McAloon, más

desaliñado que nunca, después de una noche sin dormir. McAloon arrojó

los paquetes sobre la mesa del defensor, nos saludó con un movimiento de

cabeza y murmuró unas frases.

Luego vino sir Lucian Bolt. Era un sujeto glacial, en verdad, una

piedra de seto vivo dotada de ojos.

Los presos, excepto Conor, entraron con una sucesión de ruidos

metálicos, esposados y encadenados uno con otro bajo la escolta de una

docena de soldados que llevaban los fusiles con la bayoneta calada y los

hicieron sentar en un largo banco aislado a un lado de la sala.

Daba pena ver allí a aquellos labradores montañeses de aspecto

pobre, y, sin embargo, no parecían intimidados. Nacidos en el seno de

una batalla eterna, habían cometido el delito de continuar la lucha, lo

mismo que la habían continuado antes sus padres. Luchar contra los

ingleses no despertaba escrúpulos morales; era una clase de vida que todo

el mundo conocía de rutina en todos los pequeños Sixmilecross de

Irlanda. Si ni siquiera en sus mejores tiempos tuvieron un aspecto muy

rozagante, ahora la cárcel y los atropellos especiales con que se honraba

a los republicanos les daban la apariencia de una camada de animales

peligrosos.

Levanté la vista para ver entrar a Conor, barbudo, cojeando y

demacrado. Conor nos dedicó un atisbo de sonrisa. Por la expresión de

los ojos de Atty comprendí al instante que todo el amor que aquella mujer

pudiera sentir volaba hacia él. Atty me cogió la mano, sintiendo la

necesidad de estar en contacto con alguien; la suya estaba húmeda y

temblorosa. A Conor lo separaron de los otros, y lo ataron a unas gruesas

anillas de la pared como si hubiese fuera una muchedumbre preparada

para irrumpir en la sala y libertarle. Por lo contenido de los movimientos

a su alrededor y la extraña mirada que le dirigía sir Lucian Bolt, se

advertía claramente que los británicos respetaban la energía de aquel

hombre que no quería arrepentirse.

La sala de piedra, los presos encadenados y la abundancia de

soldados hacían que aquello más bien pareciese un cuadro de la era

posterior a la Revolución, en Francia, que un juzgado británico. No

faltaba sino la chusma en la galería y la guillotina en el exterior.

– ¡Levántense todos!

Sir Arnold Scowcroft, con un ropaje adecuado hasta para la

coronación de un rey, entró apresuradamente acompañado de su séquito

y se sentó detrás de la mesa de enfrente. La vista se resolvió en cuestión

de minutos. Se leyó las acusaciones…, unos quince cargos; desde robar

bienes del Gobierno, transportarlos ilegalmente y pertenecer a una

organización ilegal hasta el incurrir en falta contra varios artículos de

diversas leyes penales. Según lo pactado de antemano, Robert Emmet

McAloon aceptó las acusaciones con respecto a dos cargos y el fiscal se

avino a que los acusados fuesen juzgados según las normas pertinentes.

Los otros trece cargos fueron retirados. Los presos serían trasladados a

un penal ignorado donde serían sentenciados en fecha posterior, y les

hicieron desfilar fuera de la sala.

– Su Señoría, tenemos que resolver el caso aparte del acusado Larkin -

dijo sir Lucian.

– Traigan al preso al banquillo de los acusados - ordenó el juez. Pero

enseguida se puso a reír-. Veo que no tenemos banquillo. Bien, tráiganlo

delante del tribunal.

Conor fue desatado y esposado con las manos delante. Hasta cargado

de cadenas imponía, y todavía más por su aire retador. Yo temblaba de

miedo.

– Señor McAloon, ¿debo entender que el preso no ha querido abogado

defensor?

– Tal es la situación, Señoría.

Scowcroft estudió a Conor con el desprecio que sólo un lord inglés

podía dedicar a un croppie.

– Lea los cargos.

Las acusaciones fueron cayendo sobre Conor, estructurando un delito

de traición de la peor especie. Después de mirarle unos momentos más, el

juez continuó con acento amenazador en su murmullo de voz:

– Usted se da cuenta, ¿verdad?, de las consecuencias de continuar esta

charada sin abogado defensor.

Conor paseó una mirada lenta por la sala.

– Me doy cuenta, efectivamente, de que se está procediendo a una

charada - dijo.

La sala se hundió de pronto en un silencio sepulcral

-¿Qué alegato presenta? – preguntó finalmente el juez.

Conor permaneció callado.

– Anote que alega no ser culpable - indicó Scowcroft.

– Yo no alego tal cosa - dijo Conor.

– ¿Le gustaría quizá explicárselo bien al tribunal?

– Sí - respondió Conor-. Yo no reconozco la existencia y mucho menos

la legalidad de este tribunal.

Bobby nos miró, desconcertado, pero muy interesado. Después de

meditar un momento, Arnold Scowcroft quedó perfectamente sosegado.

Por lo visto, se decía que después de tanto viajar para llegar a aquel

escondido lugar y habiendo despachado tan prestamente los otros

asuntos, podía divertirse un rato. Se arrellanó, pues, en el asiento, movió

la cabeza e incitó a Conor a puntualizar la cuestión.

– Al tribunal le interesa informarse de cómo ha llegado el detenido

Larkin a esta conclusión.

– Este tribunal es ilegal - respondió Conor.

– ¿Y en qué funda esta asunción el preso?

– En el código civil inglés.

Miren, se lo digo, si hubiesen escuchado con suficiente atención,

habrían oído ustedes a Charles Stewart Parnell y a Daniel O'Connell

revolviéndose en sus tumbas.

– Llévenselo - dijo Scowcroft, con un ademán. ¡Bobby se había puesto

en pie!

– El preso tiene derecho a hablar en su propia defensa - dijo, citando

una de las piedras angulares de la justicia británica-. A menos, por

supuesto, que el tribunal se contente con que figure en autos que se le

obligó a guardar silencio.

Sir Lucian Bolt vino en socorro del juez.

– La Corona no tiene nada que objetar.

– Estoy dispuesto a permitir al preso Larkin que hable - dijo el juez-,

pero le advierto de antemano que esto es un tribunal de justicia y que sus

argumentos deberán circunscribirse al caso que nos ocupa,

exclusivamente. Puede continuar, Larkin.

Conor se acercó unos pasos a la mesa, siempre mirando, ora a sir

Lucian Bolt, ora a sir Arnold Scowcroft.

– Hay centenares de casos en la ley civil inglesa en los que un vecino

poderoso ha utilizado la fuerza, bajo una u otra forma, para imponer su

voluntad a un vecino más débil, y los tribunales ingleses han considerado

siempre ilegal semejante empleo de la fuerza como método. Aunque no

disponga de una biblioteca jurídica adecuada para apoyar mis

argumentos, intentaré, no obstante, citar una docena, aproximadamente,

de casos sobresalientes que estoy seguro usted conoce muy bien.

Conor se extendió en la más estupenda y extemporánea disertación

que hubiéramos escuchado jamás ninguno de los allí presentes. Al

principio nadie podía creer que semejante oratoria saliera de labios de un

hombre vestido de andrajos y cargado de cadenas; luego todos quedamos

arrobados. Citó casos, conocidos por todos los abogados, de querellas en

las que se declaró ilegal el empleo de la fuerza entre vecinos en

situaciones conflictivas en ciudades, entre labradores, entre grandes

terratenientes, entre municipios, entre condados y entre provincias

británicas de la isla madre: Gales contra Inglaterra; Escocia contra

Inglaterra. A continuación recitó otra docena de decisiones,

generalmente tomadas por tribunales coloniales en resolución de disputas

entre tribus guerreras y clanes o provincias de una misma colonia. La

última serie de citas que hizo se refería a querellas internacionales en las

que los británicos habían actuado de árbitros y, de conformidad con la ley

civil inglesa, declararon que el empleo de la fuerza por parte de un vecino

más fuerte contra otro más débil no daba base legal para resolver una

querella.

– Lo que ustedes dicen por boca de la ley civil inglesa - prosiguió

Conor- es que están deseosos de vivir con sus vecinos en un país y un

mundo en el que no se admita la fuerza para la resolución de querellas,

porque la fuerza por sí misma no constituye un derecho. Como sabemos,

según todas las definiciones, Irlanda es la vecina de Inglaterra.

La sala había quedado estupefacta. Lo que yo creo tenía atónitos a sir

Lucian Bolt, sir Arnold Scowcroft y los otros británicos que escuchaban

las palabra de Conor era que una teoría tan profunda emanase de un

representante de una raza a la que creían, sinceramente, inferior. Tuve la

sensación de que aquellos hombres de leyes se daban cuenta de que no

estaban escuchando una perorata ociosa, destinada a morir en aquella

sala, sino una declaración que harían suya todos los pueblos ocupados

del mundo que anhelaban su libertad. Si la ley civil inglesa era una

prolongación de la ley suprema de Dios, les sería verdaderamente difícil

explicar la formación de su imperio.

– Si Inglaterra hubiese dicho: «Nos apoderaremos da Irlanda porque

somos más fuertes y queremos explotarla», quizá se comprendería mejor

su presencia aquí. No obstante, los ingleses realizaron esfuerzos ingentes

para sentar una base legal para su entrada en Irlanda. Evidentemente,

querían decir a las generaciones futuras: «Este es el motivo de que

viniéramos aquí.» ¿Qué le sirvió de instrumento a la legalidad inglesa

para la invasión de Irlanda? Fue una bula papal publicada el año 1154

concediéndoles mi país a ustedes. ¿Quién les dio Irlanda a ustedes? El

documento lo otorgó un papa inglés a requerimiento de un rey inglés…

que se proponía acumular reinos para sus hijos… Ustedes desempolvan

este documento y, en este año de 1908, dicen: «He ahí nuestro derecho

sobre Irlanda.» ¿Era legal siquiera entonces? ¿Era el Papa dueño de

Irlanda? ¿Acaso la invasión armada no destruía la legalidad de la bula

papal, según la ley civil inglesa?

– Su Señoría - interrumpió sir Lucian, poniéndose en pie-, no veo por

qué el tribunal se ha de someter a lo que ha degenerado en una diatriba

feniana.

– No veo que nada de lo dicho por el prisionero se salga de las pautas

establecidas por el tribunal - atajó McAloon.

Scowcroft repiqueteó en la mesa con los dedos. La cuestión había

llegado al punto en que temía tener que emitir juicio sobre la tesis de

Larkin, y él era un jurista muy preciado de sí mismo.

– Deseo escuchar el resto de lo que Larkin tenga que decir.

Conor inspiró profundamente y dio un paso más hacia el juez,

señalándolo con el dedo.

– Dando por sentado que la presencia de Inglaterra en Irlanda se

obtuvo fundada en una base legal falsa, las acciones subsiguientes, de

carácter cuasilegal, carecen en verdad de fundamento. También ahora,

sin el auxilio de una biblioteca jurídica, podría citar unos cuatrocientos

ejemplos de leyes promulgadas contra el pueblo irlandés para

incrementar, incitar y extender la presencia británica en las que había el

propósito deliberado de destruir una antigua civilización mediante leyes

contrarias a todo concepto de Dios y de democracia, leyes que desmienten

las declaraciones públicas de ustedes de traer la civilización a los

irlandeses salvajes.

Conor se interrumpió, deglutió varias veces para eliminar la sequedad

de la boca y tosió un poquito.

– Se promulgaron leyes - gritó luego- para destruir el concepto celta de

catolicismo, que era la luz y la flor de la civilización occidental en una

época en que Inglaterra y el continente europeo se revolvían en la Edad

Media. Cuando el intento de imponernos la Reforma fracasó, ustedes

dictaron leyes y sobornaron vergonzosamente a los obispos irlandeses

para que sustituyeran el catolicismo celta por el anglocatolicismo,

completamente ajeno al carácter irlandés. Igualmente y en la misma

medida se dictaron leyes para erradicar nuestro idioma, nuestro avanzado

sistema de gobierno democrático, nuestra economía, nuestras costumbres,

nuestra herencia. La base legal que han buscado para justificarse ha

consistido en convencerse a ustedes mismos de que somos una raza

inferior incapacitada para compartir una vida justa ni siquiera en nuestro

propio país y de que si queremos seguir viviendo en él hemos de volvernos

ingleses. Ustedes han tratado de convencer al mundo y a su propio pueblo

de que somos inferiores y de que esto les da licencia para tratarnos como

animales. No, a los animales se les da de comer, sólo a los irlandeses se

les mata de hambre en la misma Irlanda. Mediante el precedente de

establecer a los irlandeses como salvajes y la misión de redimirlos de ellos

mismos han seguido luego levantando un imperio en el que están

salvando igualmente salvajes negros, amarillos y aceitunados,

rescatándolos de sí mismos.

Ahora iba y venía con las cadenas sonando, pero nadie se sentía con

ánimo para detenerle.

– Esos decenios - continuó él- generaciones y siglos de cómica

perversión de la justicia y de Dios, esas leyes coercitivas en beneficio

propio, esas leyes al minuto que se promulgan en un tris, al primer aviso,

según las necesidades del momento, esas uniones de farsa impuestas

sobre pueblos que no las querían se han llevado a cabo siempre con un

desprecio total por el salvaje. Ningún inglés pide nunca opinión al salvaje

sobre cómo le gustaría ser gobernado, porque por lo visto ése es un

derecho otorgado por Dios a la excelente, adelantada cultura occidental

de ustedes y a su Parlamento, padre de parlamentos.

»Los hombres que componen su gobierno en estos momentos son los

mismos que se sentaban en el último banco del Parlamento hace unos

años, expresando públicamente el horror y la aversión que les causaba el

trato que los británicos daban a los boers. Pero ahora esos excelentes

caballeros han subido al poder, y su compasión y su honradez han

desaparecido de un modo extraño, como han desaparecido siempre

cuando se ha tratado de los irlandeses.

– ¿Debe continuar esta arenga? - gritó sir Lucian.

-¡Sí! – replicó McAloon-. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

– Yo estoy aquí, en un mundo lleno de voces coléricas que suben de

tono y no quieren seguir tolerando que sus vidas sean juguete de los

perversos caprichos de hombres codiciosos. Este siglo xx no terminará sin

haberles visto a ustedes recogiendo sus bártulos, expulsados a redoble de

tambor, con desprecio, de todos los rincones del mundo. Ustedes son un

puñado de hipócritas malditos que se presentan ante el mundo como los

sucesores de las democracias antiguas, con las manos empapadas de

sangre y albergando esta burla en su Parlamento. ¡Lo único que

realmente buscan ustedes es el dinero!

– ¡Silencio! - estalló Scowcroft, con las mejillas color carmesí, saliendo

de su trance hipnótico.

Conor echó la cabeza atrás y soltó una carcajada mientras los

guardias le rodeaban.

– Pero, Señoría - rugió-, hasta el irlandés más bajo tiene derecho a

pronunciar su discurso de defensa.

– ¡Hagan callar al preso!

– ¿Qué temen? Nadie me oirá. Se han asegurado bien de que no

puedan oírme.

Mientras los guardias cogían a Conor, el mayor Westcott hacía una

reverencia al juez.

– ¿Desea Su Señoría que el preso sea amordazado?

– ¡Sí, háganlo! - gritó Conor-. Acabemos con la pamplina de que

obtendré justicia de la misma gente encantadora que promulgó las leyes

penales.

Sir Arnold reflexionó sobre su propia actitud, se dominó y despidió al

mayor Westcott con un ademán.

– Este tribunal ha sido excesivamente generoso. No hace falta que el

detenido comparezca de nuevo.

– ¿Tribunal? - se mofó Conor-. Yo no veo ningún tribunal. Veo una

sala escondida, enterrada en los montes Wicklow. Aquí no hay libros de

leyes, ni periodistas, ni ojos observadores, ni mentes imparciales. ¿Infiere

usted, señor, que esto es la sala de un tribunal británico?

El juez estaba paralizado de sorpresa.

– ¿Me dirá usted que me trajeron acá para administrarme justicia? –

continuó el preso-. ¿O me dirá que ésta es la justicia que realmente tienen

pensada para los irlandeses? - Conor se volvió hacia todos los puntos

haciendo sonar las cadenas, y sus ojos se clavaron en todos los presentes

en la sala. Los otros se apartaban del fulgor de su mirada-. ¿Tribunal?

Esto es uno de aquellos escandalosos simulacros de tribunal de los Tudor

y los Estuardo, un día sacado de las negruras de la Edad Media, una

semblanza diabólica de la justicia, un retorno a la Inquisición. ¿O es que

se toman en serio esta comedia?

Conor se arrastró hasta la mesa del juez, se inclinó sobre ella para

mirarle a los ojos, y el juez parpadeó.

– Usted es un extraño en mi tierra, señor. Al final la pretendida

legalidad de ustedes quedará en evidencia y tendrán que marcharse a

rastras de Irlanda, envilecidos.

Se produjo un silencio, un largo y terrible silencio.

–Se devuelve el prisionero a su encierro - dijo el juez, con voz

alterada- , mientras el tribunal estudia el caso.

Cuando Scowcroft salía presuroso de la sala, su alguacil se levantó

como un resorte, gritando:

– Todos en pie.

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