Trinidad
Capítulo 6
El Ardoyne era una de las pequeñas áreas del asentamiento católico en Belfast Oeste aislada del núcleo principal. La rodeaban los barrios protestantes de Woodvale, Cliftonville y el Shankill.
Conor abandonó su cubil, una habitación en Flax Street, y bajó por la arteria de Crumlin Road. Era sábado, noche de taberna antes del día del Señor. Musculosos trabajadores de los astilleros y otras empresas se apiñaban en los bares, trasegando cerveza Guinness y charlando en el dialecto de Belfast, rápido y cortado. El lenguaje era rudo. El humor era rudo. La rudeza era la marca de fábrica, la escarapela de gloria; se vanagloriaban constantemente de ser rudos. Los hombres rudos descubren instintivamente y respetan a los que también lo son, y Conor bajaba por el Crumlin sin contratiempo.
El New Lodge, un poco apartado, contenía otro enclave católico.
Conor pasó por delante de un cuartelillo del Constabulary, preparados ya para los combates nocturnos del sábado, lo mismo en los límites que en el interior de las demarcaciones tribales, dobló la esquina y penetró en Shandon Lane, parándose a mitad de una deslustrada hilera de casitas de muñecas hipertrofiadas, con tejas de ladrillo blanco sobre puertas y ventanas. Llamó. Sin saludarle siquiera le hicieron pasar a la habitación donde le esperaba Dan Sweeney, sentado a una mesita cuadrada de madera. Largo Dan levantó la vista; después intensificó la claridad de la lámpara y los dos hombres se pusieron a cambiar impresiones sobre un plano de la ciudad. No parecía que ocurriese nada de particular. En los sectores católicos la gente discurría pausadamente de un bar a otro, de una iglesia a otra. Entre aquella corriente sólo unas pocas preguntas, en voz baja, sobre un antiguo
«hermano» o un simpatizante declarado. Conor y sus camaradas eran como diminutas células que flotaran sin rumbo y sin una forma definida, tanteando en busca de puntos donde solidificarse.
Todo continuaba guardado en las mentes de unos cuantos hombres.
Mientras la agitación y la presión verbal conseguían las metas apetecidas, o las fallaban, esos dirigentes supremos de la Hermandad andaban sigilosamente en las sombras. Conor había aprendido ya que la paciencia es el elixir de la revolución. Ninguna prosa puede obligar a
un hombre con el estómago lleno a salir a las calles y sublevarse, como tampoco ninguna ley puede impedir que un hambriento sí se lance a la calle. Dan Sweeney no tenía prisa. Había dejado de creer hacía ya muchísimo tiempo en milagros inflamados; no le gustaba engañarse a sí mismo. Trazaba sus planes lo mismo que un cirujano.
El Belfast católico acabaría comprometido en una guerra por las calles. Estudiaban minuciosamente la táctica bóer, puesto que el mencionado tipo de lucha requeriría pequeños grupos móviles, aprovechándose del apoyo de la población católica, para retener a gran número de tropas convencionales. Quizá este procedimiento no estuviera al nivel de las normas del cuarto de caoba, pero lo habían ideado para igualar las probabilidades y hostigar, frustrar y desgastar la paciencia de un poder militar tardo y pesado.
¿Cuánto había de tardar? Dos elecciones más, quizá tres, y los conservadores saldrían del gobierno, en Inglaterra. Se hablaría de la autonomía una vez más; pero la gente tenía poca fe en John Redmond y el partido irlandés. Redmond lo intentaría. Y fracasaría. La gente empezaría a ingresar a bandadas en el partido Sinn Fein de Arthur Griffith. Otra cosecha perdida, una depresión más, otro nuevo engaño por parte de los británicos y la gente empezaría a buscar a la Hermandad. Y la Hermandad estaría preparada; sería pequeña, pero estaría bien organizada en unidades concretas y con planes concretos.
Belfast era un problema intrincado. Largo Dan refunfuñaba, quejándose de que esa ciudad estaba siempre a un paso de la demencia.
Sabía que Larkin desempeñaba una misión difícil. En todas las demás partes (en Cork, en Dublín, en Galway, en el campo) había una abrumadora mayoría de población católica. La Hermandad siempre encontraba algún simpatizante situado en un puesto clave, y llegado el momento de la acción, la mayoría de la gente los respaldaba. En Belfast todo era protestante y ultrabritánico, y todo estaba bien sujeto: el gobierno, los muelles, el transporte, el Constabulary…, todo. Por la fecha del levantamiento, la Hermandad habría preparado unas cuantas unidades combatientes buenas, reclutadas en los purulentos barrios bajos católicos; pero el resto de la población se mantendría leal a la Corona. Y sería un auténtico quebradero de cabeza tratar de hallar alguna persona en un puesto de mando que quisiera colaborar.
Largo Dan dobló el plano y las demás informaciones que Conor había reunido, sin formular elogios ni comentarios.
–Tengo una idea respecto a cómo pasar las armas -dijo Conor.
Dan le alentó con un movimiento de cabeza.
–Me parecería conveniente pedir trabajo en los Talleres Weed.
Largo Dan arrugó el ceño, desconcertado.
–En un conjunto de diez mil obreros empleados en el astillero hay menos de doscientos católicos, de manera que tendrías menos probabilidades de ser admitido que una botella de ginebra en un club de abstemios. Pero aun en el caso de que lo consiguieras, ¿de qué serviría?
–Están los muelles particulares -respondió Conor.
–Sigue.
–No sé si en otros lugares de Irlanda hay mucha vigilancia en los puertos; aquí en Belfast es rigurosa. Tienen un personal de aduanas, protestantes casi del primero al último.
–Así es en todas partes -dijo Sweeney.
–Los Talleres Weed tienen una especie de instalación particular.
Hay una corriente constante de material y barcos que van y vienen de Inglaterra casi diariamente. Casi no hay ninguna vigilancia y los pocos veteranos de aduanas no inspeccionan demasiado. He pensado que los astilleros podrían ser una puerta trasera sin vigilancia. No sé qué, dónde, cuándo ni cómo, pero me gustaría introducirme y echar un vistazo.
La única debilidad que tenía Largo Dan era su afición al tabaco. La faz se le contrajo en un gesto de profunda meditación, al mismo tiempo que se rodeaba de una nube de humo. ¡Qué idea! ¡Entrar armas por el baluarte más firme y poderoso que tenían los protestantes en toda Irlanda, los Talleres Weed de Ship Iron Works! Era una locura; y sin embargo, parecía tan maravillosamente sencillo…
–Nada perderemos intentándolo -dijo-. Claro, supongo que ya has pensado en cómo te las arreglaras para que te den trabajo allá.
–Sí, tenía una idea -respondió Conor.
La expresión irónica de Sweeney se desvaneció.
–¿Cómo?
–Movilizando un par de antiguas amistades.
La mente del viejo rebelde pasaba y repasaba la cuestión.
–Inténtalo -dijo con un gesto afirmativo.
–Sí.
La temporada había sido dura y difícil para el East Belfast Boilermakers, orientada toda ella hacia el desastre. Después de perder sucesivamente ante el Batley, el Rochdale Hornets y el Wigan, el gerente Derek Crawford sobrevivía gracias a un notable consumo de galletas de carbón vegetal, Lavalle's Gout Mixture y una diversidad de específicos para combatir la colitis crónica. Habiendo de jugar todavía más de media docena de partidos en Belfast antes de la gira por los Midlands ingleses, por todas partes se oían gruñidos y murmullos de disgusto, desde Rathweed Hall hasta los hinchas de las tabernas.
Sentado en su oficina, detrás del estadio del Boilermakers, Crawford hacía crujir ruidosamente los nudillos mientras estudiaba las listas de jugadores de todos los clubs de aficionados de los condados vecinos. Pero, al parecer, el mal no tenía remedio.
–Entre -refunfuñó, contestando a unos golpes a la puerta.
Conor entró en la espaciosa madriguera y se acercó a la mesa escritorio.
–Usted no me recordará, probablemente. Hace unos años, en Derry, bebimos un trago juntos. Usted me invitó a una prueba para jugar en su club. Soy Larkin, Conor Larkin.
Crawford le miraba, entornando los ojos, sin llegar a reconocerlo.
–En el Bogside -apuntó Conor.
–¡Jesús! Habrá pasado un siglo, al menos.
–Sí, hace mucho tiempo. He dejado el barco y pensaba venirme a Belfast, de modo que estoy buscando trabajo y equipo.
–¿El Bogside? Vosotros jugabais al fútbol «garlic», ¿no es verdad?
–Es cierto, pero en Australia, hace un par de temporadas, jugué al rugby en la Liga del Norte. Pertenecía a los Melbourne Outbacks.
Crawford estudió las hebras blancas de las sienes y la curtida faz del marinero.
–¿Cuántos años tienes, Larkin?
–Treinta y uno.
Un retortijón en los intestinos contrajo la faz del entrenador, quien luego movió la cabeza negativamente.
–Bueno, nosotros no somos blandengues como los Outbacks. Este año me han derrumbado a tres hombres sin comerlo ni beberlo, y los tres más jóvenes que tú. Es un juego demasiado duro para ancianos.
–Soy bastante duro -aseguró tranquilamente Conor.
A Crawford le gustaba la jactancia en los hombres. Rebuscó por las vaguedades del pasado y recordó algo así como que ese Larkin le había impresionado por su fuerza. Su mirada subió y bajó por el cuerpo del aspirante. En el aspecto de Larkin nada indicaba que se hubiese debilitado. Por otra parte, veinticinco años como entrenador y jugador le habían enseñado que no había nada mejor que un tipo que saltara de un barco e ingresara en un club.
–¿Dónde juegas?
–De delantero centro de apoyo.
«¡Jesús, uno de los puntos más escandalosamente débiles del equipo!», pensó. Bart Wilson lo había ocupado durante nueve años, y entonces, de repente, falló. El equipo no había sabido imponerse en las peleas por falta de fuerza física en la primera línea. Por otra parte, un delantero centro no se te presenta así, salido de un barco.
–¿De veras crees que puedes incorporarte?
Conor levantó los hombros.
–Estoy aquí. En este punto de la temporada no podemos perder nada dejándome probar.
–De acuerdo, Larkin, voy a probarte -dijo el entrenador haciéndose el magnánimo-, pero no te hagas demasiadas ilusiones, ¿eh?
–El juego va acompañado de un puesto de trabajo, ¿no?
–Si vales para el club.
–Soy herrero.
–¡Ah, caramba! – exclamó Crawford-. ¡Doxie!
A la llamada acudió un hombre bajo, con mucha barriga, que parecía desentonar con sus pantalones cortos de rugby. La rubicunda cara de luna lucía una nariz aplastada y otros recuerdos de los servicios prestados al deporte.
–Doxie O'Brien, entrenador de los juveniles y ayudante mío. Te presento a Conor Larkin, paisano tuyo de Londonderry. Quiere que le
probemos. Jugó al «garlic» y en la Liga del Norte de Australia…, en los Sidneys Outhouses, o cosa así. Échale una mirada.
Mientras le decía a Conor que esperase fuera, Crawford abrió el cajón de la mesa y desenvolvió una botella de paddy.
–No deberías ni probarlo, con lo destrozado que tienes el estómago.
Crawford ignoró la advertencia de Doxie y pasó la botella.
–De veras, sinceramente, me gusta el espíritu de ese hombre -dijo Derek en respuesta a la mirada de extrañeza de Doxie-. Le recuerdo claramente. Fuerte como una chapa de caldera.
–Basura. Tal como va la temporada miras con ojos de deseo a todo descargador del muelle o patinador de buena talla. Una cosa es correr sobre un puñado de micks flacuchos y otra jugar en la Liga del Norte.
¿Qué diablos tenemos aquí, una guardería de niños?
–¿Qué me dices de los Australian Outcasts…?
–¿Y qué requetedemonios saben del deporte allá abajo?
–Lo bastante para que sir Frederick esté pensando en irnos a dar una vuelta por allí; ya ves. Pruébale.
–Por amor de Dios…
–Lárgate, Doxie.
El estadio del Boilermakers, auténtica joya de dieciocho mil plazas y uno de los primeros con armazón de acero, era otra de las golosinas personales de Frederick Weed. Sir Frederick había sido uno de los grandes del rugby en Cambridge, un gallo de pelea de quien se acordarían durante mucho tiempo. Después de Cambridge ganó ocho distinciones en partidos internacionales como miembro del equipo nacional escocés, y después de trasladarse al Ulster, otras dos para el equipo nacional irlandés.
Poco después de inaugurar su astillero, el East Belfast Boilermakers se convirtió en su creación, su alter ego, el monumento a sus hazañas pretéritas. Los entrenaba y jugaba en compañía de reparadores de barcos y remachadores hasta que las exigencias de su creciente imperio, y las de su creciente cintura, dictaron que debía retirarse como jugador activo. Pero su interés por el deporte no menguó jamás. Weed organizó un club que era el orgullo del Ulster, azote de Irlanda, y se había conquistado el profundo respeto de los del otro lado del mar. Weed lo proveía de jugadores a los que otorgaba una consideración especial,
empleos y preferencias. Esto motivó que él y su equipo tomaran parte en el gran enfrentamiento que la cuestión del profesionalismo desencadenó en el rugby.
El deporte de aficionados era mirado con desdén no sólo por sir Frederick, sino también por los potentados de los industriales Midlands ingleses, donde los jugadores eran mineros y obreros de fábrica y se les regalaba dinero sin recato. Ante la disyuntiva de deshacer sus clubs, lo que hicieron fue repudiar la Rugby Union, de la que procedían, y formar la Northern Rugby League de profesionales. Los Boilermakers se unieron a ella, convirtiéndose en el primer y único equipo profesional irlandés.
Además del salario, una vivienda gratuita en Bangor y el uso de un pabellón de caza en Escocia, el nuevo estadio del Boilermakers encandiló a Derek Crawford, induciéndole a dejar el Brighouse Rangers, del que era copropietario. El estadio estaba al lado del astillero, todo adornado de verde oscuro, el color del Ulster, con un fondo de pequeños muelles, gradas, diques secos y no secos y las cuatro grandes chimeneas de la fundición de acero. Más allá, la extensión azul de la bahía de Belfast, el palco y el pabelloncito particulares que sir Frederick tenía en la terraza eran únicos, lugar de exposición de trofeos, puesto de espectador lujoso como no hubiera otro, con su bar y su comedor.
También únicas eran las instalaciones para uso de los jugadores debajo del estadio, con espacio para cada uno y duchas con jabón y toallas suministradas por el club. Allí había la única sala para jugadores de todo el Reino Unido, con sillones de cuero, una mesa de billar, flechas y un bar con una provisión interminable de Guinness.
No hay que extrañar, pues, que todos los chiquillos de Belfast se viesen ya en el equipo del Boilermakers, porque ello significaba un empleo de los mejores, ser famoso en la localidad, una gira por los Midlands y la oportunidad de ganar un salario doble del normal.
Conor y Doxie O'Brien salían del túnel, y emergían en el campo en el preciso momento que sonaba la sirena del astillero, poniendo en marcha una maciza columna de obreros por King William Channel.
Con los cestos de la comida en la mano y la suciedad de la jornada en el
rostro, iban acortando el paso y algunos hasta se detenían para mirar unos momentos cómo se entrenaban los héroes.
–No te hagas demasiadas ilusiones -advirtió Doxie, entre dientes.
–Hoy ya me lo han dicho otra vez.
–Mira, hombre, sir Frederick y Crawford no tienen reparo alguno en que tú y yo seamos católicos, si vales lo suficiente para entrar en el club. Sin embargo, ya tenemos un católico romano más de lo que solemos, y para que acepten otro conviene que superes al que ya está.
–Lo supero -afirmó Conor.
Al entrar en el terreno y dirigirse hacia el túnel, los jugadores miraban a Conor con respetuoso odio. El sabía que le estaban tomando las medidas y que durante la hora, el día y la semana siguientes recibiría palos, golpes y otras delicadezas que le pondrían a prueba para determinar si era digno de la compañía de aquellos hombres.
Unos saludos, escasos y fríos; sin apretones de manos.
–Ah, de paso -dijo Conor-. Había un chaval de Derry llamado Mick McGrath que hizo la prueba unos ocho años atrás. He repasado unas fotografías del equipo. Y no he podido localizarlo.
–¿Un McGrath de Derry? ¿Un católico romano?
–Sí.
–Lo recuerdo vagamente. No pasó de los juveniles. Sufrió una lesión. Luego pasó a trabajar en el astillero. Me parece recordar que me dijeron que se había marchado. Habla con el número suficiente de curas de Belfast y quizá lo encuentres.
–¡Conor! ¡Conor Larkin! – llamó una voz.
–¡Vaya! ¿Quién había de pensarlo? ¡Nada menos que Jeremy
Hubble! ¿Cómo estás, peque?
Lord Coleraine no era hombre ni muchacho, sino una cosa
intermedia. Con sus diecinueve años era un hierbajo lozano y fuerte.
–Veamos, echémoste un vistazo, Jeremy. ¿Qué tal tienes a mano la navaja estos días?
–¡Conor, qué alegría verte!
–También me la da el verte a ti. ¿Cómo está tu encantadora madre?
–Perfectamente. Estará contentísima al saber que te he encontrado.
–¿Y tu hermano Christopher?
–Ah, está en Londres, estudiando en la Escuela de Economía y en el Colegio de Abogados. Leyes, negocios y cosas así.
–¿Acaso trabajas para tu abuelo?
Jeremy tenía una sonrisa luminosa como la de su madre.
–Yo estudio para oveja negra. Al terminar el año iré al Trinity de Dublín, pero abuelo y yo estamos confabulados para que vaya de gira con el equipo. Ya sabes, yo soy de la plantilla del juvenil. – Jeremy se detuvo de repente, advirtiendo que Conor llevaba el uniforme de entrenamiento, y una sonrisa ensanchó su hermosa faz-. ¿Vas a jugar con los Boilermakers?
–Es muy probable -respondió Conor, posando la mano en el hombro del muchacho-. De veras que no quiero sacar ventaja de amistades pasadas, pero si consigo que me admitan en el club trabajaré en el astillero. Quizá, quizá pudieras pedirle una cosa a tu buena madre.
–¿Qué, Conor?
–Oh, es una tontería.
–No, dímelo; insisto.
–Desde que tenía tu edad, poco más o menos, tengo unas ganas locas de trabajar en los trenes. Sería la ilusión de mi vida si pudiera trabajar de herrero en el taller de locomotoras.
Jeremy lanzó el destello de otra sonrisa, guiñó el ojo y desapareció por el túnel para cambiarse. Conor se sonrojó ante aquella tanda de buena suerte. Los acontecimientos marchaban tal como le convenía. Si él cumplía como le correspondía, Jeremy le plantaría en el centro del astillero.
Varios días después de la primera actuación, seguían llamando a Conor para los entrenamientos. Los jugadores le miraban con malos ojos y le habían apodado «el herrero»; pero las tentativas por mantenerle fuera del club salían bastante caras.
A los pocos minutos de las primeras topadas, Conor se hallaba indefectiblemente en posesión del balón y obligado a correr con él.
Claro, se lo habían tirado flojo y mal para dar ocasión a que la manada se le echase encima. Apenas sus manos lo habían apresado, los cuerpos saltaban sobre él con impacto audible, amenizado por una variedad de zancadillas, golpes en los riñones, coces, golpes con los antebrazos, golpes a las espinillas y rodillazos.
Conor prefería no pagar en la misma moneda, sino jugar al rugby.
Rebasaba a los zagueros de menor talla y dejaba sin sentido a cierto número de los más fornidos. El deseo de devorarlo vivo se iba moderando incesantemente por la necesidad en que se hallaban los otros de velar por su propia integridad personal.
En cuanto Conor dejó bien sentada su capacidad de sobrevivir, las otras cualidades de su juego se hicieron patentes. Era un chutador fenomenal y hombre de mano segura lo mismo al pasar que al recibir.
Sabía aprovechar con gran criterio sendas y ángulos para atajar a los zagueros más rápidos. Y cuando ponía la mano encima de un atacante, no había que discutirlo, el atacante rodaba por el suelo. Pero su faceta más brillante era la facilidad con que sabía llevar el balón junto a la línea de meta enemiga y abrirse paso con aterradora potencia entre los que intentaban atajarle.
A pesar de la sorprendente demostración, Conor distaba mucho de ser un jugador refinado; poseía defectos que le menoscababan considerablemente. Tanto Derek Crawford como Doxie O'Brien consideraron que lo lógico sería ponerle en el equipo de los juveniles y desear que su proceso de perfeccionamiento fuese mucho más rápido que el de acumulación de edad.
Una llamada para que se presentara en la oficina de sir Frederick nunca dejaba de trastornar el delicado equilibrio gástrico de Derek Crawford. El entrenador se acercaba al edificio como si estuviera al final de un largo tablón que saliera fuera de la borda. En esta ocasión, sin embargo, al entrenador le sorprendió ver que el rostro de sir Frederick no tenía el ceño malhumorado habitual, y más todavía ver a lady Caroline paseando por la oficina.
–Derek -dijo sir Frederick, yendo al caso sin rodeos-, lady Caroline tiene un interés personal por el tal Larkin.
–Sí, señor. – Crawford suspiró de alivio-. Lo imaginé al oír a lord Jeremy. ¿No trabajó en Hubble Manor hace algún tiempo?
–Sí, en efecto -respondió Caroline.
–¿Qué tal marcha? – inquirió sir Frederick.
Crawford se rascó la mandíbula.
–Tiene madera, no cabe duda. Es fuerte como un co…, perdone, milady, fuerte como un toro. Tiene un buen par de manos, bota bien el
balón; pero ya sabe usted, nuestro equipo es el Boilermakers, y ese hombre pasa de los treinta años. Sencillamente, no puedo decir qué tal resistirá la paliza del partido semana tras semana. Luego está el detalle de los secretos importantes del juego. Se necesita tiempo y experiencia para aprenderlos.
–Larkin es muy inteligente -adujo Caroline, simplificando en exceso la cuestión-. Se pondrá en forma rápidamente.
–Quizá sí, pero yo no quiero seguir perdiendo partidos sólo para que él aprenda antes.
Sir Frederick tamborileaba sobre la mesa e intercambiaba miradas con su hija.
–Derek, ¿qué te parecería si lo llevásemos como reserva?
Hasta el momento, Weed se había mostrado más bien afable y sin exigencias. Crawford comprendía, no obstante, que la «petición» traía gancho.
–Si yo pudiera someterle a un entrenamiento intensivo…, hacerle forzar el paso…
–¿Qué necesitarías, Derek?
–Pues… -respondió Crawford, inquieto- digamos que se le dieran clases muy especiales. A mi entender, Robin MacLeod es quien más entiende en rugby de todos nosotros. Si sir Frederick no tuviera inconveniente en permitir que MacLeod dejara el trabajo muy temprano y se dedicara a entrenar a Larkin, digamos dos o tres horas diarias, antes de que lo hiciéramos jugar en el equipo…
–Me parece muy bien. Ve y arréglalo así.
Crawford exhaló un suspiro. El estómago se le había puesto furioso.
–Hay otro pequeño problema. Tenemos seis católicos romanos en el equipo. Y nunca hemos tenido siete. Si Larkin entra, sustituirá a Bart Wilson. Como usted sabe, Bart juega bien, y es de los antiguos; el cambio podría ser impopular. Quiero decir que Bart es una figura importante en la Orden de Orange. Eso de que a mitad de temporada se le reemplazase por un católico podría caer mal por Belfast Este.
–Bah, tonterías -refunfuñó Weed. Dio un mordisco a la punta del cigarro, cortando un trozo y haciéndolo rodar luego entre los labios en actitud meditativa-. Llamaré a Bart personalmente y le indicaré que
abandone, en bien del equipo. Se le brindará un puesto de capataz, de modo que no sufra disminución en sus ingresos.
–En este caso -dijo Crawford- lo encontrará completamente leal al bien del equipo. Y él personalmente cuidará de acallar todo intento de murmuración. – El entrenador se levantó y salió visiblemente aliviado.
Weed levantó los brazos en un gesto indicador de que había capitulado a los deseos de su hija, la cual le dio un pellizquito en la mejilla y le dijo que era un encanto.
–Ah, de paso -añadió-, Larkin trabajará en la herrería.
–Hummm, sí, eso me imagino; es herrero, o algo así, creo.
–Apenas se le puede llamar herrero, Freddie. Ya viste el trabajo que hizo en la Manor. No creo muy adecuado que un artista del hierro se entretenga herrando caballos. Por pura casualidad, Jeremy dijo algo acerca de que Larkin sentía una preferencia por la fragua contigua al taller de locomotoras.
–Oye, Caroline, aquella gente se toma muy en serio lo de la antigüedad de cada uno en la empresa… No puedo exponerme a disgustar a todo el astillero.
–¿Sabes qué se me había ocurrido? Sería una idea formidable que Larkin hiciera algo que tú pudieras regalar para el nuevo
Ayuntamiento. ¿Comprendes? Si hace un trabajo especial no cabe el cuento de la antigüedad ni caben celos mezquinos.
–¡Buen Dios, lo tenías meditado hasta el último detalle! De acuerdo.
Es más de lo que quería conceder; pero te complaceré. Ahora viene tu capítulo de concesiones. Jeremy acompañará al equipo en su gira.
–Freddie, yo no he concedido tal cosa.
–Oh, claro que sí. Ya ves, yo me he dejado desplumar sin protesta.
–Freddie, ese muchacho hace lo que quiere de ti. Si ha de entrar en el Trinity necesita unas clases preparatorias especiales. No puede irse a trotar por los Midlands.
–Ah, sí; puede muy bien.
–Christopher tiene un año menos que Jeremy y está a mitad de un curso dificilísimo.
– Quid pro quo, querida Caroline, quid pro quo. Yo acabo de echar patas arriba, por ese Larkin, la distribución que había hecho; y tú habrás de cumplir tu parte del convenio.
–Eres un canalla. Roger se pondrá loco de cólera.
El padre soltó una carcajada estentórea.
–De Roger te encargas tú, cariño. Además, tener a ese paddy tuyo en el equipo te proporciona un argumento de mucho peso.
–No te comprendo.
–Oye, ¿qué mejor acompañante para Jeremy que ese Larkin? Un día quizá convenga recordar que fueron buenos amigos, etcétera, etcétera.
Caroline fijó los ojos en la sonrisa picaresca de su padre y comprendió que el viejo se saldría con la suya.
–Muy bien -suspiró-, pero deja que se lo comunique a Roger cuando me parezca oportuno.
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