Trinidad
Capítulo 9
Aunque no gustaba a nadie que Conor volviese a Belfast, el plan exigía una organización y una mano izquierda que sólo él sabría darle.
En Belfast, millares de apasionados del rugby y docenas de antiguos amigos conocerían a Conor apenas verle. Por ello, el Concejo no era muy favorable a este plan.
Cuando Conor presentó la idea al Concejo Supremo por primera vez, los dejó atónitos a todos. No obstante, era tan sencillo y lógico que todos quedaron interiormente convencidos de su viabilidad.
A principios del verano de 1912 alquilaron un local para oficinas en el segundo piso de un edificio de la calle Royal, que era la mayor avenida central y discurría cerca de la Administración General de Correos. El rótulo de la puerta ofrecía la nada llamativa inscripción de: B. R. I. IMPORTACIONES-EXPORTACIONES, F. Clarke-MacCoy,
Corredor de Aduanas.
B. R. I. era la sigla de «Baptist Revival in Ireland» (o sea, Renacimiento Baptista en Irlanda) y parecía, exteriormente, una agencia de compras, apenas velada, para una docena de clubs unionistas paramilitares de la región de Inishowen, en el condado de Donegal. El B. R. I. se contaba entre la docena o más de operadores que habían recibido credenciales de corredores de aduanas. Todo el mundo sabía qué hacían, pero raras veces hablaba nadie de ellos, porque se habían establecido fundamentalmente con objeto de conseguir armas para los unionistas.
La B. R. I. adoptaba todas las apariencias de una suministradora más de los clubs, desde el papel de cartas hasta una oficina llena de suministros religiosos, tan necesarios en un movimiento de renacimiento. Cuando F. Clarke-MacCoy recogía su consignación semanal de dos a cuatro cajas de rifles, los funcionarios de aduanas le obsequiaban con un guiño y un cabezazo de asentimiento. El papeleo se despachaba con gran presteza, y el género pasaba automáticamente y sin inspección.
El caso es que el servicio de aduanas no se había fijado en que invirtiendo las iniciales del «Baptist Revival in Ireland» podía leerse Irish Republican Brotherhood (o sea, Hermandad Republicana
Irlandesa). El simulacro continuaba funcionando una semana tras otra sin ningún contratiempo. Lo que más preocupaba era la seguridad personal de Conor, que seguía conservando su calidad de fugitivo (como se sabía perfectamente en Belfast) y debía alojarse entre media docena de «casas seguras», aunque sin ordenación fija.
Uno de tales pisos se encontraba en el barrio mixto de Finaghy. A éste sólo acudía cuando Atty podía hacer una escapada hasta Belfast.
Las visitas de Atty eran forzosamente muy escasas y de muy corta duración. Para Conor los días transcurrían generalmente con una monotonía y una soledad abrumadoras; de modo que aguardaba las visitas de Atty como una ducha fresca en un día asfixiante.
A finales de otoño había cesado ya el último ciclo de motines; pero sir Edward Carson seguía elevando el envite, a la vista de la débil oposición por parte del Gobierno. Los unionistas se habían trazado minuciosos planes para rematar el año con un crescendo de alborotos, y eligieron el 26 de septiembre como fecha para desatar la mayor manifestación política de toda la historia de las islas Británicas.
Atty vendría el mismo día de la manifestación, y había de llegar asimismo un cargamento de rifles. La oficina del B. R. I. daba sobre la calle Royal, corazón del trayecto que seguiría el desfile. Muy entrada la noche, después de terminar el trabajo burocrático, Conor se tendió en un catre de la oficina. Quería ver con sus propios ojos y de cerca a los unionistas en acción para deducir las conclusiones pertinentes.
Era un día tranquilo de otoño, de colores suaves, un día apacible como para ser el del Señor, aunque en realidad sólo fuese sábado. El Ulster reposaba sin la batahola de las hilanderías y fábricas de la orilla de Lough Belfast, en un silencio que resbalaba por el campo, hasta el condado de Londonderry al menos. Nadie segaba heno en los campos y los puestos del mercado tradicional de los sábados estaban casi desiertos, mientras una callada atmósfera de santidad se extendía delante de la tormenta justiciera.
Se planchaban los pantalones domingueros; se limpiaban las botas de las fiestas. En cincuenta mil casas de la ciudad y en cincuenta mil casas de labradores se sacaban ceremoniosamente del armario la faja de Orange, las medallas al servicio y al valor, el sombrero hongo, el bien plegado paraguas negro…
El movimiento todo se puso en marcha suavemente al conjuro de las campanas de los templos. En aquel inusitado sábado, metodistas, baptistas, presbiterianos y anglicanos intercambiaban oraciones; pero el mensaje que traía todo aquello era tan viejo como la experiencia imperial en Irlanda.
Quien se encontrase entonces en Cave Hill, el punto más alto de Belfast, y escuchase atentamente habría podido oír, sin duda, cincuenta mil voces salidas de dos centenares de iglesias, todas cantando un solo himno.
Oh, Dios, nuestro sostén en el pasado,
Esperanza nuestra para el futuro,
Amparo en la tormenta que ha estallado,
Hogar eterno nuestro, bello y puro.
A la sombra de tu excelso manto,
Tus santos viven sin temor ni apuro.
Basta que Tú muevas levemente el brazo,
Para que yo esté tranquilo y seguro…
Este instrumento de supremo desafío había de constituirse en un Pacto de Compromiso, en juramento de sangre destilado de un antiguo voto escocés. Liga y compromiso solemnes del Ulster era un documento épico que señalaba los males de la Ley de Autonomía, la calificaba de conspiración y juraba fidelidad a Dios y al rey. Después de tal declaración de fidelidad, el Pacto de Compromiso seguía diciendo: «Y
en el caso de que nos impusieran a la fuerza tal Parlamento (el de Dublín) nos obligamos solemne y mutuamente a negarnos a re conocer su autoridad. En la segura confianza de que Dios defenderá el derecho, firmamos la presente con nuestros nombres…»
Todos los hombres, maestros, niños que habían aprendido de memoria la poesía de Kipling, la repetían a menudo esta mañana. En el gran Presbyterian Assembly Hall la repitieron a coro, respondiendo a las palabras del pastor.
Sabemos que la guerra alguien prepara
Contra todo hogar de paz y honra.
Sabemos que el infierno se declara
Contra quien no quiera servir a Roma.
Reina el terror, la amenaza y la muerte
En mercado, fábrica y taller.
Sabemos y guardamos en la mente
Que morimos, consintiendo en ceder.
Creedlo, lo decimos sin jactancia:
Aquello que el hombre tiene en más aprecio
Lo defenderemos con arrogancia,
Sin miedo y sin que nos importe el precio.
¿Qué responde el Norte al debate?
Sólo una Ley, una Patria y un Rey.
Y si Inglaterra nos lleva al combate,
¡Moriremos matando toda una grey!
Después de dar desde primera hora el tono del día, la gran catedral blanca y los demás barcos de la armada belfastiana de la Reforma vomitaron a la calle las purificadas feligresías.
La piedra del hogar de todo aquello era el Ayuntamiento de Belfast, donde una guardia de honor de doscientos veinte orangistas, formados con garrotes blancos y otros dos mil quinientos sin el mencionado adorno, desfilaban solemnemente detrás de la descolorida bandera de seda que Guillermo de Orange enarboló en la batalla del Boyne.
En el centro de la pomposa comitiva rodaba el acompañamiento de sir Edward Carson, flanqueado por los poderosos capitán James Craig y sir Frederick Weed, amén de una pequeña legión de nobles, aristócratas, hidalgos campesinos y jefes orangistas, conservadores y unionistas. Todos subieron majestuosamente los escalones, detrás de los maceros, para entrar en la rotonda donde el sagrado Pacto aguardaba sobre una mesa redonda, y encima colgaba la Union Jack mayor del mundo. Detrás de la mesa se levantaba la cancela de hierro labrado que representaba la grandeza del Ulster tal como la había diseñado y ejecutado Conor Larkin.
La tensión del mundo anglo crecía a medida que se acercaba más y más el gran momento. Los encopetados jefes golpeaban nerviosamente el suelo con los bastones de empuñadura de plata mientras estallaba una nube de lámparas de fotógrafos. En el instante preciso, sir Edward Carson se acercó a la mesa, desenvainó una pluma cuadrada, de plata, destinada a la inmortalidad, y puso su firma en el documento. Uno tras otro, los grandes santificaron el Pacto y salieron mayestáticos.
Entonces se le abrieron las puertas al hombre vulgar. Todo marchó muy ordenadamente, con una organización esmerada. Si algo se pretendía demostrar aquel día era que el Ulster era uno, humilde y poderoso a la vez. Los pasillos del Ayuntamiento contenían ochocientos metros de pupitres en los que se podían acomodar quinientas personas, y, consiguientemente, mil quinientas por minuto.
Se hicieron cortes en las primeras muñecas (y fueron centenares las cortadas aquel día) y se escribieron los nombres con sangre.
Ahora todo el Ulster latía excitadamente con el espectáculo.
En Hillsborough firmaron el Pacto en el mismo lugar en que el rey Guillermo se había parado a descansar.
En Templepatrick lo firmaron sobre el parche de un tambor
Lambeg.
En Derry, el Guidhall, lleno de cicatrices de balas de los motines anticatólicos, estaba bajo la protección de una guardia de soldados con la bayoneta calada mientras el conde de Foyle y su condesa encabezaban la procesión de firmantes.
A los enfermos y ancianos los llevaban adonde estuviera el Pacto en camillas o sillas de ruedas, como en una segunda romería a Lourdes.
En Ulster Hall, famoso por la escena del «Naipe de Orange», las mujeres firmaban el compromiso por separado, pero no con menos celo ni menos masivamente que los hombres.
En el Shambles de Monaghan, la bandera verde y la efigie de Carson fueron desgarradas por los excitados manifestantes en el mercado de cerdos.
Al mediodía, la disciplina que había imperado primero en Belfast se hizo añicos y millares de personas invadieron la calle Royal esperando para entrar en el Ayuntamiento.
Desde su ventana en la oficina de la B. R. I., Conor Larkin podía seguir el frenético y acompasado vocerío pidiendo que Edward Carson saliera a saludar desde el Reform Club, situado en el recorrido.
Cuando Carson, sir Frederick Weed y Craig; salieron al balcón, se produjo el primer estallido frenético del día. En el momento que trajeron al balcón la santa bandera del Boyne y la izaron, diez mil cabezas se descubrieron con gesto reverente, y hombres y mujeres derramaron lágrimas sin rubor alguno.
Perforaban el aire los cláxones de mil automóviles que rodaban hacia la calle Royal y bajaban por la calle North, al frente de legiones de Orangemen, Purple Marksmen, Black Preceptories, Royal Scarlets,
Garters, Crimsons Arrows, Link and Chains, Red Crosses, Apprentice
Boys y todo el resto de entidades y organizaciones más o menos
«cívicas», todos contoneándose en columna de a ocho en fondo, detrás de los retumbantes Lambegs y las gaitas que tocaban al combate.
Otra columna descendía por la calle Howard, otra cruzaba el puente desde la fortaleza de Belfast Este, otra subía por la carretera de Dublín, pues todo Belfast parecía converger sobre el pesebre, el centro del universo.
Para acá seguían viniendo como furiosa catarata, a razón de mil quinientos firmantes por minuto. Y esto se repetía en todas las ciudades y aldeas de la provincia.
La escena de las calles había adquirido una turbulencia demente, con antiguas señales tribales haciendo erupción en Cave Hill, Divis, Stormont, y luego en un collar continuo alrededor de la bahía y por las montañas hasta las últimas poblaciones del Ulster. Llegada la noche, los reflectores asaltaban el cielo y los fuegos artificiales iluminaban la bahía.
La muchedumbre pisaba los talones de Edward Carson, que corría presurosamente de acá para allá. La gente se subía a las farolas y se acercaba de puntillas a los bordes de los tejados para echar una mirada. Los hombres tiraban de sus carruajes admirando
profundamente a los nuevos rey Guillermo y Cristo de Orange fundidos en una sola persona. La emoción cortó todas las amarras y sobrepasó todos los límites cuando Carson y su séquito se dirigieron hacia los muelles, atestados de bandas y de cañones que disparaban salvas.
Al subir al barco de servicio nocturno, Carson trató de gritar a la muchedumbre que siguiera enarbolando la antigua bandera y les prometió regresar, en guerra o en paz.
A lo largo del día, Conor presenció gran parte de esa escena, transfigurado. Cuando el barco de Carson se apartó del muelle, todo se disparó, inflamando el cielo en una sola, última y violenta iluminación, y por un instante, Conor se dijo que o se encontraba ante las puertas
del infierno, o había presenciado la destrucción de Sodoma y Gomorra por la mano del Señor.
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