Trinidad

Leon Uris · Capítulo 41 de 119

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Trinidad

Capítulo 11

1895

Cuando cumplí los veintiún años, los Larkin se habían consolidado en

este tipo, demasiado corriente, de familia en la que el afecto entre los

padres ha quedado sustituido por la indiferencia. La devoradora idea de

posesión que Finola manifestaba con respecto a Dary forzaba todavía

más la normalidad y la razón. Finola había pasado a engrosar el

mayoritario número de madres de Ballyutogue que habían perdido hacía

tiempo la facultad de experimentar sensaciones físicas o esotéricas de

ninguna clase en el acto sexual. Su hogar se igualó a todos los demás en

cuanto a que el marido era un huésped a pensión y a los hijos se les

trataba como a marqueses.

Cada día parecía más seguro que se cumplirían las predicciones de

Conor de que Dary sería sacerdote. La mujer que ha perdido hasta el

recuerdo de los placeres de la carne no comprende por qué nadie ha de

ansiarlos o echarlos de menos. Es una mujer siempre dispuesta a empujar

al hijo hacia el celibato, concordante con la más pura tradición irlandesa.

Dary era él niño mimado de mamá, la cual sofocaba los impulsos del hijo

y lo equipaba con unas anteojeras que no le dejaran mirar sino en una

sola dirección: la del seminario. A los diez años (en el de 1895) el

muchacho había adquirido toda una serie de costumbres y maneras

clericales. Menos llamarle «padre», Finola hacia cuanto podía por

estimularle todavía más.

Tomas perdió la voluntad de combatir la obsesión de su esposa, a la

que dejó el campo libre. Pero con frecuencia estallaba en arrebatos de

hostilidad contra Dary, muy poco naturales en él, y luego el orgullo no le

dejaba pedir excusas.

Sólo Conor mantenía un precario equilibrio dentro de la familia. Por

una parte llenaba el vacío dejado por Tomas y actuaba como padre

putativo de Dary. Ignorando los apremios de Finola, Conor se llevaba al

hermano menor de caza y de pesca, compartiendo con él las largas

caminatas y los buenos ratos de filosofar que estas actividades

implicaban. Los días de feria, Dary se los solía pasar montado sobre los

hombros de su hermano. Por otra parte, Conor comprendía el dilema de

su padre e impedía que Tomas cayese todavía más bajo. Sin Conor, los

Larkin habrían sido víctimas de la terrible maldición irlandesa: la guerra

en el seno de las familias.

Dary seguía algo delicado, pero a pesar de los mimos de su madre

llegó a ser un muchacho adorable. Era un chico amable, de ingenio

despierto y con unas dotes de persuasión que le hacían jefe de otros

chavales más robustos y fuertes que él. Era el shanache, el narrador de

leyendas, y en el pueblo todo el mundo compartía el entusiasmo de

Finola, considerándole un muchacho especial.

Gracias a su estatura, Dary llegó a ciertas conclusiones acerca de sí

mismo. Desde que supo que había de ser cura, comprendió que la primera

condición para serlo bueno era la facultad de resistir el dolor y la

mortificación como Cristo los había resistido. Era capaz de derrotar a

enemigos más corpulentos con el arma de la compasión. Su capacidad

por resistir más castigo que el que nadie pudiera imaginar sin derramar

nunca ni una sola lágrima asustaba desde el comienzo a los posibles

torturadores. Dary era hijo auténtico de Tomas Larkin en muchos más

sentidos de lo que su padre comprendía.

Conor y yo fuimos a ingresar en la «hermandad» de los solterones

beodos, elemento típico de la vida del período posterior al hambre. Los

ancianos, tanto solteros como casados, que bebían con nosotros, habían

renunciado casi a todo lo de esta vida.

Los de nuestra misma edad mataban el tiempo, principalmente. Unos

cuantos heredarían las fincas de sus padres. Otros emigrarían, o se irían

a la ciudad… o también renunciarían a la lucha por la vida. Los

muchachos que no tenían posibilidades de heredar tierras no querían

comprometerse con las chicas, ni, por lo demás, eran muy apetecidos

como futuros maridos. La carga del matrimonio se miraba como una

predestinación insoslayable. Y como cortejar y perseguir chicas sin

intención de casarse era pecado, cortejábamos muy poco. La mayoría de

chicas sólo aceptaban intentonas serias con la idea del matrimonio.

Eliminada de nuestra existencia, por la Iglesia y la situación económica

del país, esta actividad tan normal, de andar tras las muchachas,

hallábamos una válvula de escape en la «hermandad» de bebedores.

Liam era un muchacho bueno y sencillo que parecía aceptar su estado

de segundón sin tierras sin rencor alguno. No poseía el atractivo, ni el

ingenio, ni la fuerza de su hermano mayor. Se acercaba el momento en

que tendría que tomar la decisión de si se marchaba o se quedaba a

marchitarse allí, porque estaba a punto de cumplir los veinte años. A

pesar de lo limitado de sus facultades, Liam se sentía más y más

desgarrado. Las tierras lejanas, desconocidas, le daban miedo, pero el

ejemplo vivo de los que se quedaban allí resultaba igualmente aterrador.

En Ballyutogue, los débiles, los que carecían de coraje para emigrar,

tenían las mayores probabilidades de permanecer célibes para siempre.

En el mejor de los casos, llegarían a contraer matrimonio ya muy

maduros. Había allí una dotación completa de tíos y tías viejos y

desdentados que se habían quedado solterones, viviendo en el establo o el

desván y ayudando en las labores de la granja por unos tristes peniques.

A medida que nuestros pueblos se llenaban de esta clase de personas, y

las enérgicas y fuertes se marchaban, nuestra raza se iba debilitando.

Pero a pesar del conflicto del exceso depoblación y de gente sin tierras, el

padre Lynch insistía en que se tuvieran muchos hijos y se empeñaba en

que nos quedáramos sumidos en la pobreza de Irlanda antes que emigrar

a unos países donde viviríamos entre paganos, negros y chinos.

Liam Larkin era un joven asustado que se acercaba a su hora de la

verdad.

Pero el destino más triste era el de Brigid y las otras chicas. Tenían

unas posibilidades de elección prácticamente nulas y su hado estaba

sellado de antemano. Todas competían denodadamente por conseguir

maridos, a pesar de que el matrimonio significaba una cadena perpetua

de servidumbre y preñeces incesantes, pues, de lo contrario, ¿qué

quedaba? Quedaba la condición de tía solterona, de patata desecada, o el

irse a un convento y hacerse monjas. A una chica le resultaba mucho más

difícil emigrar. La posibilidad de una vida plena, gozosa, parecía no

existir. Con el martillo de la castidad machacándolas desde la cuna, el

miedo a cometer el mayor pecado mortal de todos volaba en círculo sobre

sus cabezas lo mismo que un buitre en busca de carroña. A Brigid y a sus

amigas les estaba negado el alivio de la bebida, los deportes y las

caminatas en los campos. ¡Qué largos habían de ser para ellas los días,

sin risas; qué largas las noches, sin placer!

Brigid Larkin no era una belleza, pero siendo hija de personas como

Tomas y Finola tampoco podía estar desprovista de algunos atractivos.

Parecía contenta con la perspectiva de buscarse un muchacho que tuviera

tierras y no marchar nunca de Ballyutogue. El apellido de Larkin

significaba una dote decente; de forma que se le ofrecían unas

probabilidades bastante satisfactorias en la competición por hallar

marido.

Conor… ¡Este sí que era todo un hombre! Nunca estaba detrás de la

puerta cuando pasaba por la calle una chica guapa. Se crió alto y robusto

como su padre, y aunque ganaba a todos en beber y en fuerza física, su

verdadera fuerza radicaba en su afabilidad. Cuando aquel muchacho

cantaba, los ángeles lloraban de emoción, y había música en sus poemas,

que sólo veíamos Dary y yo, porque no era hombre de vanaglorias.

La herrería del señor Lambe recibía a una procesión incesante de

muchachas que hacían reparar cosas que no estaban averiadas. Hasta las

muchachas protestantes andaban tras él. Pero Conor jamás hizo nido con

un solo pájaro; sus ojos miraban más allá del horizonte. Llegó a maestro

herrero, parigual del señor Lambe, y como éste envejecía y trabajaba

mucho menos que antes, el gobierno de la herrería pesaba en buena parte

sobre Conor. A Josiah Lambe le había sobrevenido la calamidad de

engendrar cuatro hijas, únicamente, y de que las cuatro se casaran con

labradores; de modo que se rumoreaba insistentemente que la herrería

pasaría a manos de Conor. Entre amo y mozo existía ese lazo especial que

se forma entre hombres que han trabajado mucho tiempo codo a codo,

labrando el hierro.

Solíamos reunimos por las noches en la shebeen, la taberna

clandestina, o en la taberna legal con la hermandad de bebedores, y

jugábamos a los naipes, o a las carreras de galgos de la ciudad, o a

cualquier cosa que se pudiera jugar. Procediendo de Armagh, los Larkin

habían traído el juego de bolos por la calle, y cuando Tomas dejó de

practicar este deporte, Conor pasó a ser el campeón indiscutible en el arte

de lanzar las dos bolas, de casi un kilogramo de peso cada una, por la

pista que iba desde la parte alta hasta el Ayuntamiento. También sobre

esto hacíamos apuestas, desplumando a los invasores que pretendían

arrebatar el trono a Conor.

Conor Larkin era nuestro jefe. Todo el mundo daba por descontado

que cuando Tomas abandonara el mando, él le sucedería; pero Conor

nunca prometió nada en tal sentido. El Conor más auténtico era el de los

meditativos paseos por la montaña con Dary y conmigo, leyéndonos un

poema nuevo a la orilla del riachuelo. Habían pasado nueve años desde

aquel verano en la cabaña del monte; pero nuestros corazones no se

alejaban de ella. La horrenda batalla de voluntades entre Conor y Tomas

continuaba incesante. Este ya no tenía tanta energía como antes, pero

seguía siendo la figura dominante, lo mismo que Kilty lo fue antes que él.

Al cabo de un tiempo renunció a los excesos en la bebida y se conformó a

su condición de huésped de Finola, la cual se había constituido en furiosa

celadora de sus hijos, retando a las muchachas que osaran acercarse a

estas posesiones suyas, las más preciadas de una madre irlandesa.

La terrible carta del presidente de la Baltimore Fire Fighters

Benevolent Association comunicándonos que Ed había muerto en el

cumplimiento de su deber, nos llegó apenas haber terminado la recogida

de las mieses. En el transcurso de los años se había establecido entre

nosotros una relación entrañable, y nunca me consolaré de no haber

podido volver a verle. Ed había suscrito una póliza de seguros de mil

quinientos dólares americanos, que me legaba a mí, a condición de que

los emplease en instruirme. Su muerte significó mi liberación.

Esta herencia fue el acontecimiento del año en Ballyutogue. ¿Se

imaginan la cantidad de consejos que me daban? Allá vino el padre

Lynch, con la cara larga y melancólica de un amargado y el corazón de

una quincena de lluvia. Arguyendo con una lengua capaz de cuajar la

nata, insistía en que aquel generoso regalo a la Iglesia (queriendo decir a

sí mismo) hallaría mucho favor ante el Todopoderoso. La presión se hizo

espantosa, pues mamá apoyaba las pretensiones del padre Lynch de

meterme en el seminario.

Con aquel dinero había más que suficiente para pagarme los estudios

en un colegio, cosa que yo ansiaba con toda el alma y pensaba no

conseguir en mi vida. Conor exigió que no entregase las armas, y, gracias

a Dios, la convivencia de tantos años había infiltrado en mí suficiente

acero de los Larkin como para defender mis reales. El asunto seguía

siendo objeto de una discusión monumental el día que Kevin O'Garvey

mandó aviso de que había recibido ya los documentos y el dinero. El calor

de la discusión habría bastado para derretirme la piel de la espalda; pero

por primera vez en la vida, dejando aparte el motín del Bogside, me planté

ante mis padres, irguiendo toda mi estatura de un metro treinta y cuatro

centímetros anunciando:

– Me iré a Derry, a consultar al señor Ingram.

Por el llanto y los gemidos que siguieron, aquello más parecía un

velatorio que otra cosa.

– ¿Para qué diablos puede servirte esa instrucción, sino para hacerte

sacerdote? - suplicaba mamá.

– Pienso hacerme maestro y quizá también escritor - ¡Ahí lo tenían!

¡Lo había dicho por fin!

– Pero ¿y el padre Lynch?

– El padre Lynch cierra mentes; yo me propongo abrirlas.

¡Oh!, mamá se cubrió los oídos con las manos para no escuchar más

blasfemias como ésa y papá se limitó a rascarse la cabeza tanto rato, que

temí llegara a raer su cuero cabelludo. En el mismo momento en que yo

partía hacia Derry, ambos estaban en San Columbano, rezando por mi

alma inmortal.

Ingram era director del mayor colegio de todo Derry. Su esposa Enid

le había dado dos hijos. En mi vida he tenido una satisfacción mayor que

cuando entré en su despacho y vi los soportes para libros que le habíamos

regalado, allí enfrente, en el estante de detrás de su escritorio.

El número de colegios a elegir era extremadamente limitado. El

Trinity College de Dublín representaba un sueño inalcanzable. Durante

siglos había sido una institución reservada a los protestantes, y aun

suponiendo que un católico hubiese podido entrar en él, nuestros obispos

se lo habrían prohibido bajo la pena de excomunión. Ingram me aconsejó

un colegio católico nuevo en Dublín, dirigido por los jesuitas, pero las

perspectivas para estudiantes no religiosos eran extremadamente

limitadas.

– Parece que sólo nos queda el Queens College de Belfast.

¡Dios mío, eso producía espanto! Ingram me sometió a una serie de

pruebas, que casi duraron un día entero, y cuando las hube terminado

fue a su casa. Por la expresión preocupada que tenían él y su esposa,

comprendí que los resultados no habían sido buenos.

– Has continuado muy bien en lo referente a inglés y literatura, pero

necesitarás muchas clases particulares para poder aprobar los exámenes

de ingreso. Conociendo tu capacidad de trabajo, yo diría que después de

cuatro o cinco meses de trabajar de firme, estarás en condiciones.

¡Clases particulares! Mis sueños se los llevaba el viento y mi cuerpo

se quedaba sin energías.

– ¿Cuánto costarán esas clases particulares? - pregunté con un hilito

de voz.

– ¿Todavía tocas la flauta? - preguntó Enid.

- Sí.

– ¿Qué te parecerían dos tonadas por noche?

– Creo que no la entiendo - respondí.

– Desde que me encerraron en casa con los dos niños, tengo hambre

de dar clases - contestó-. Poseemos un espléndido cuarto en el ático, ideal

para estudiar de día y soñar de noche. Te pondremos bien relleno y

preparado para el Queens. De modo que, vete a casa, empaqueta tus cosas

y pongámonos a la tarea.

Me mordí la lengua e hice cuanto pude, pero a pesar de todo se me

escaparon las lágrimas. Cuando pude hablar, les prometí que se

enorgullecerían de mí.

– Nos hemos enorgullecido ya muchísimas veces - contestó Ingram.

La hermandad de los bebedores, vírgenes todos, excepto Conor, que

había tenido tratos íntimos con chicas protestantes, se reunió para una

última farra en la taberna de Dooley McCluskey. Me aconsejaron que no

destrozara demasiados corazones en Derry, y me aseguraron que, sin

duda alguna, las chicas se morirían por mí, cuando fuera a Belfast Yo…

Seamus O'Neill, el primer estudiante universitario de Ballyutogue.

Ganaría un millón de libras y le compraría el condado a lord Hubble…

…todos, excepto Conor, estaban rendidos de gozo… Conor, en

cambio, sufría.

…la espalda me dolía de tantas palmadas y los oídos me retumbaban

de tantos hurras invitándome a conquistar el mundo. McCluskey pagó

una ronda de su bolsillo, cosa rarísima no tratándose de velatorios; luego

señaló el reloj. La diligencia para Derry estaría en la plaza del

Ayuntamiento dentro de poco rato…

…fuera de la taberna y bajo el árbol de los ahorcados nos echamos

una vez más unos en brazos de otros…

…luego McCluskey en persona retuvo a los otros para que Conor y yo

pudiéramos irnos a la plaza del Ayuntamiento solos…

…y así lo hicimos sin cruzarnos palabra y aguardamos allí…

…y al poco rato, vino la diligencia…

– Adiós, peque - me dijo Conor, haciéndome la clave del cuello

cariñosamente, luego me dio una palmada en la nalga y me señaló el

carruaje…

…¿acaso olvidaré nunca a Conor Larkin allí de pie, solo, en la plaza,

mientras la diligencia se alejaba al redoble de los cascos de los caballos…

de pie allí nada más… las manos muy hundidas en los bolsillos… la

gorra con la garbosa inclinación como solía llevarla… mirando al

horizonte hacia el cual me dirigía yo?

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