Trinidad

Leon Uris · Capítulo 38 de 119

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Trinidad

Capítulo 8

Después de reparar la cabaña y arrancar turba, pasamos a ocuparnos

de nuestra provisión de víveres. El rebaño nos proporcionaría un

suministro inagotable de leche, que podríamos agriar o convertir en

mantequilla para mezclarla con las patatas. O también, con la leche de

las ovejas, podríamos preparar un queso algo primitivo. Recorríamos el

terreno lo mismo que colonos de la Edad de Piedra, recogiendo sacos de

setas que crecían silvestres en el húmedo suelo de debajo las espesuras de

coníferas. Había tres o cuatro variedades de bayas que se podían comer,

si se las mezclaba con nata, y en los bordes de los estanques habitaban

millares de caracoles comestibles. Después de reunir simientes de las

vainitas de las aliagas, probamos nuestra suerte pescando. Había truchas

y escarchos que ya medían más de medio metro. El primer pescado que

conseguimos lo abrimos, lo partimos en filetes y lo pusimos a secar,

reservándolo para los días que no picaría ninguno. Las espinas y las

tripas las dejamos al sol a fin de que produjeran larvas de mosca que

luego emplearíamos como cebo.

Conor puso trampas para la liebre y la ardilla roja, animales que

también cazábamos a tiros con bastante buena fortuna. Lleno el sótano a

rebosar, pasamos aenfrascarnos en nuestros libros, en compañía de

chovas, urracas y cuervos que se encargaban gozosamente de recoger la

basura del campamento, manteniéndolo muy limpio y mostrándose más

sociables a medida que transcurrían los días, de modo que al poco tiempo

comían de nuestras manos.

Al amanecer, solíamos precipitarnos a realizar los trabajos del día,

para luego poder entregarnos a la lectura. Al acercarse el verano, las

horas diurnas se prolongaban. Entre los ratos dedicados a la caza, la

pesca y a ordeñar, descabezábamos algún que otro sueñecito, guardando

la conversación para las horas de la noche, a fin de ahorrar velas. Pocos

serían los temas que no abordáramos aquel verano. Los libros nos habían

encendido el alma en sueños y anhelos: en este instante luchábamos y

moríamos como mártires por la libertad de Irlanda, y el siguiente

viajábamos hacia místicas tierras muy lejos de Ballyutogue.

De vez en cuando teníamos compañía. Eran aquellos caldereros

nómadas, siempre en movimiento, o bien otros pastores, de los prados

bajos. Alguna que otra vez, hombres fugitivos buscaban un día de

descanso. Ninguno solía pertenecer a la casta de los furiosos, y era

costumbre generalizada darles albergue. Con nuestras armas y nuestros

perros, estábamos a salvo, además de que era muy raro que un fugitivo

intentara causar el menor daño porque con ello habría faltado a la

antigua ley de la hospitalidad. Siempre se presentaban como luchadores

por la libertad de Irlanda que no habían recibido merced de los tribunales

por haber perpetrado un delito contra la Corona, aunque Dios sabía por

qué los reclamaba realmente la justicia. Nosotros les dábamos de comer,

les dejábamos descansar durante el día y luego los acompañábamos hasta

el grupo vecino de cabañas de monte de Crocknamaddy, donde tampoco

corrían peligro.

Había un tema importante y que cada día nos interesaba más, y era el

referente a cuestiones sexuales. Lo que más echaríamos de menos este

año sería la recogida de algas, dado que ambos habíamos pensado en

conocer más íntimamente a Brendt O'Malley. Era tanto lo que

ignorábamos que estábamos sopesando la idea de acudir a Ingram para

que nos proporcionase libros sobre la cuestión. Conor calculaba que sería

hombre de espíritu abierto sobre estas cosas.

Sería por los alrededores de la noche de San Juan cuando vino,

porque casi había luz durante las veinticuatro horas del día, y leíamos

tanto que nos pasábamos la mitad del día echando siestecitas junto a las

cañas de pescar.

Los perros ladraron, avisándonos que venía gente extraña. Conor y yo

fuimos a ocupar nuestros puestos de observación y divisamos a dos jinetes

en el horizonte conduciendo a un par de burros cargados de provisiones.

Cuando estuvieron más cerca y los vimos bien, ¡nuestros corazones

saltaron de gozo! En uno de los dos caballos cabalgaba nada menos que

Andrew Ingram. Corrimos a saludarle. Con gran asombro nuestro, el otro

caballo lo montaba una dama.

Ingram nos la presentó. Era la señorita Enid Lockhart, maestra

también, que ejercía en la escuela nacional de Muff. Disimulando

prestamente nuestro asombro, le estrechamos la mano, fingiendo que su

presencia allí no tenía importancia ninguna. Ingram nos dijo que se

proponía pasar unos cuantos días de pesca. ¡Qué suerte la suya!

A casi un kilómetro de nuestra cabaña había otra que se conservaba

en buen estado. Conor y yo corrimos allá para adecentarla y que pudieran

ocuparla nuestro maestro y su amiga. Pronto la dejamos lista. Luego,

mientras les ayudábamos a descargar, Ingram nos dio la más hermosa

sorpresa de nuestras vidas en forma de seis libros más. Nunca olvidaré los

títulos: Los cabecillas confederados, sobre el levantamiento de 1641, la

Historia de Irlanda, de John Mitchell, y La historia de la rebelión irlandesa de 1798. Luego había La vida y la época de Daniel O'Connell

y La vida de lord Edward Fitzgerald, de Thomas Moore. El último libro

era, en realidad, sólo para Conor, que se estremeció de pies a cabeza

cuando leyó el título. Era una traducción inglesa de la gran epopeya

celta. La invasión del ganado de Cooley, parte de los cuentos fenianos de

Finn MacCool, Queen Maeve y Cu Chulainn, drama vibrante, conocido

también como la Odisea irlandesa, y las más preciosas palabras que

nacieran nunca en el Ulster.

– Bien - dijo Ingram, viendo unos grandes espacios blancos en

nuestros salientes ojos-, estos libros deberían mantener en efervescencia

la antigua insurrección. Parece que en Filadelfia hay una librería

feniana muy bien abastecida y que tu hermano Ed la ha descubierto. La invasión del ganado es un regalo que os traigo yo de Dublín. - Estábamos

demasiado sorprendidos aún para poder articular palabra cuando él

volvió la mochila del revés, dejando caer dos libretas y una docena de

lápices-. Quizá conviniese anotar unas cuantas ideas de las que se os

ocurran andando por ahí. A la señorita Enid le encantará enseñaros a

dibujar una silueta según las reglas del arte.

Por fin logré dar las gracias a Ingram; pero Conor continuó sumido

en un estupor eufórico. Luego cogió mi escopeta y dijo que volvería

dentro de un ratito, alejándose por el prado, seguido de los perros. Al

cabo de un rato volvió, efectivamente, trayendo un hermoso faisán de

cuello anillado. Era su manera particular de dar las gracias a Ingram.

-Sabía que estaba allí -dijo, entusiasmado-. Descubrí el nido hace

unos días y esperaba que se nos presentara una solemnidad.

Enid resultó ser una cocinera fantástica; sabia preparar platos de los

que nuestras madres ni habían oído hablar siquiera. Rellenó el ave con

una harina hecha de diversos productos y con setas y caracoles,

echándole ron sin regateos ya en el momento de prepararla, y la asó sobre

un asador. Nosotros teníamos unos cuantos huevos que habíamos cogido

en un nido de águilas doradas, y bayas, y nata, y té rociado con unas

gotas de whisky poteen que habíamos adquirido de un calderero de los

que pasaron por allí. Quiero hacer notar que no dijeron ni media palabra

de que nosotros bebiéramos poteen.

Enid Lockhart era una dama muy bonita, por así decirlo, si a uno le

gustaban los tipos frágiles protestantes. Parecía poseer un espíritu tan

abierto como Ingram, porque fue ella la que sugirió que el poteen

resultaría bien, si teníamos un poco. De lo contrario, no nos habríamos

atrevido a sacar el jarro delante de ellos. Sea como fuere, viendo cómo se

comportaban, no era difícil adivinar que tenían ganas de casarse.

Creo que Conor y yo estábamos orgullosísimos de que existiera entre

nosotros cuatro un lazo implícito. Las parejas que no fuesen marido y

mujer no vagaban por las montañas, ni siquiera las protestantes. Si

aquello llegaba a saberse, despertaría las iras mojigatas de todos los

predicadores de Inishowen. El hecho de que confiaran en nosotros, sin ni

siquiera hablarnos de esta confianza, nos hacía sentir más íntimos suyos,

e imagino que Conor y yo comprendíamos que Ingram reservaba un

lugar especial en el corazón para sus dos papistas. El maestro encendió la

pipa y se puso a contemplar el prado que se llenaba de morados y violetas

atenuados, reflejo del sol poniente. Y todos roncábamos de satisfacción.

– ¿Quién toca la flauta? - preguntó la señorita Lockhart.

– Yo. Aprendí de mi padre Fergus, que es el poeta de nuestro pueblo.

– ¿De veras?

Reinaba un silencio total, excepto por una levísima brisa que movía el

brezo, y sin otro sonido que el de mi flauta, mezclado de tarde en tarde

con una armonía de los animales, mientras los perros corrían de un lado

para otro, jugaban a la pelea y se revolcaban. Yo me sentía sinceramente

impresionado por los sones que producía; nunca en mi vida me habían

parecido tan sublimes. Cuando hube terminado, Conor cantó una antigua

melodía de pastores, tan sosegada y bella como el campo que nos

rodeaba.

– Ha sido hermosísimo - dijo la señorita-. Lo de los dos.

– Siempre sostuve la teoría - dijo Ingram- de que cuando vayamos al

cielo nos parecerá un lugar bastante aceptable. Las necesidades y los

temores que sufrimos aquí en la tierra habrán desaparecido para siempre.

Sin embargo, es preciso considerar que con los miles de millones de

almas que hay allá, la administración de aquel lugar ha de dar un trabajo

espantoso.

– A fe mía que nunca había pensado en ello - dije.

– Por ejemplo, llevar y traer las almas del purgatorio. Alguien ha de

inscribirlas y les ha de seguir el historial, precisamente para ver si tienen

méritos para quedarse. Estoy seguro de que a cada uno le asignan un

trabajo, algo que le guste; pero la organización del lugar ha de ser cosa

tremenda. Cuando uno ha pasado cinco o seis siglos allí, los placeres que

encierre aquello han de parecerle un poco sosos.

Evidentemente, el padre Lynch nunca nos había hablado en esa

forma, y nosotros suponíamos que allá arriba todo se haría por una

especie de magia. La disertación de Ingram sobre la logística del gobierno

del cielo resultaba, indudablemente, toda una revelación.

– Lo que quise decir, en última instancia - continuó él-, es que parece

que las personas hemos de sufrir momentos de agitación para establecer

el contraste con los momentos de paz, si queremos comprender y apreciar

verdaderamente esa paz. Aquí, ahora, en este prado, hemos gozado de

unos instantes de paz. Ahora, en estos momentos, esto es el paraíso. ¿No

estáis de acuerdo?

–Sí, lo es - asintió Conor.

– Pero nos confundimos al creer que el cielo y el paraíso son una

misma cosa. Siempre que seamos capaces de gozar de unos momentos de

paraíso aquí, debemos saborearlos, porque quizá no tengamos paraíso en

el cielo.

– ¡Bravo! - exclamó la señorita Lockhart.

– Tiene razón - dije yo-. El cielo no puede ser mejor que esto.

A continuación toqué la flauta de nuevo y, dirigidos por Ingram, todos

cantamos unas canciones escocesas.

Conor se paró a la orilla del riachuelo y tiró una piedra al quieto remanso del otro lado.

–Aquí encontrará buenos puntos para pescar escarchos,

especialmente ahora que se nubla el firmamento.

Ingram se frotaba las manos, como hombre que seguía viviendo en el paraíso.

–Yo te enseñaré a pescar, chaval, tal como pescan los escoceses.

–Bien, hágalo a su manera -respondió Conor-. En ocasiones he sido testigo de una suerte rara que desafía a la razón.

–Te acordarás de estas palabras luego, cuando contemples mi cesta.

–Bueno, vea si saca bastante para que podamos comer a placer los cuatro -replicó mi amigo-. Ahora voy a ocuparme de mis tareas. Hasta luego, señor.

–¡Conor! – llamó vivamente el maestro.

–¿Qué?

–¿No te parece que tendríamos que hablar un rato?

Conor suspiró e hizo un signo afirmativo.

–Creo que sí. – Y se sentó en la margen, dejando colgar los pies dentro del agua-. Mi papá le dijo dónde estábamos, ¿verdad?

–En efecto -contestó Ingram, sentándose a su lado y preparando la caña de pescar.

–¿Qué le dijo?

–Muchísimas cosas. Fundamentalmente, que tú eres labrador.

–¡He sido tan feliz en la herrería y con mis libros! ¿Por qué querrán que lo mire como un pecado? ¿Y por qué, en nombre de Dios, se me ha de amenazar con perder lo uno y lo otro?

–¿No sabes la respuesta, Conor?

–¿Qué le dijo usted a mi padre, señor Ingram?

–Le dije que ser labrador no es motivo para hacerte renunciar a la luz y la belleza que puedes encontrar en los libros. Un labrador tiene tanto derecho a enriquecer su mente como cualquier otra persona.

–¿Ha conocido a mi hermano Liam?

–Lo tomé como una cuestión de honor.

–Liam es un buen chico. El no quiere otra cosa que la finca y ser el continuador de mi padre. Papá sabe qué quiere Liam y qué quiero yo.

Si cumpliese con un deber que me parece indiscutible, labraría la felicidad de ambos.

–¿Lo sabe, eso que dices?

–Es posible que finja no saberlo. ¿Por qué, señor Ingram?

El maestro movió la cabeza.

–El mira los libros y las ideas como una amenaza, un señuelo que te alejará de Ballyutogue. Tiene un miedo horrible a que te pongas a luchar por la causa de la libertad de Irlanda. Para él, ése es un camino

que sólo conduce a la desdicha y a la muerte. Por otra parte, no quiere que la dinastía de los Larkin termine. Todos los Larkin han sido hombres fuertes, uno tras otro; han sido jefes de los demás, y Liam no podrá serlo nunca.

–Pero ¿por qué no puedo serlo igual trabajando de herrero?

–No. Tu padre da un valor infinito a la tierra; en un campesino irlandés este amor cala más hondo que el mismo aliento vital. Conor, todos los padres con quienes hablé me dijeron que amaban

exactamente igual a todos sus hijos. Y la mayoría de padres hasta se lo creen. No es cierto. Tu padre te ama más a ti que a los otros. Como sabes, la tragedia de la vida irlandesa está en que la gente se va de Irlanda. Al verte con libros, con un oficio, tu padre se desespera, porque el transmitir la tierra es la única manera que sabe de cerrar el ciclo de su vida.

–Señor Ingram, yo amo a mi padre, pero… pero…

El brazo del maestro rodeó el hombro de Conor con gesto

comprensivo.

–En la mayoría de lugares casi todos los padres llegan a darse cuenta de que sus hijos encontrarán por sí mismos el camino que deban seguir. Acaso no les guste que sea así, pero acaban por resignarse a ello.

–Pero mi padre no se resignará nunca. ¿No es eso lo que me está diciendo?

–Le sería tan imposible resignarse como seguir viviendo sin respirar.

–¿Qué debo hacer? – preguntó Conor, trastornado.

–Mira, ambos, tú y yo, somos de raza celta. Sabemos que los de nuestra estirpe somos capaces de pasar cien años sin hablarnos. Vendrá el momento en que tendrás que plantarte ante tu padre y enterarle claramente de la decisión que hayas tomado.

–No puedo, señor Ingram, no puedo hacerlo.

«Está bien, muchacho -pensaba Andrew Ingram-, sigue adelante y ten tus afanes encerrados dentro de ti días y años. Un día llegará el momento crítico, y cuando llegue será día de gran tormento.»

– Conor.

-¿Qué?

– ¿Duermes?

– Desde este momento que me has despertado para preguntármelo, no.

– He decidido ya lo que haré con eso.

– ¿Con qué?

– Con el cuaderno de notas que el señor Ingram me ha dado. Escribiré

mi versión de la historia de Irlanda.

– Será magnífico. Duérmete.

– ¿Y tú? ¿Qué harás con el tuyo?

– Todavía no lo he pensado.

– Bah, me estás mintiendo, amigo. Yo te vi escribir en él. ¿Qué

escribías?

Conor no me contestaba; y se lo pregunté otra vez.

– Poemas - acabó diciendo.

– ¿Puedo leerlos?

– Quizá más tarde. Y no andes metiendo las narices a mis espaldas si

no quieres que te dé un puñetazo en la barriga. Vamos, duérmete,

¿quieres?

– Conor.

-¿Qué?

–Es simpática.

– ¿Quién?

– La señorita Lockhart.

– Ya lo creo, muy cierto - convino él.

– ¿Has pensado alguna vez qué significaría ser sacerdote? - le

pregunté.

–Jaysus, Seamus, Jaysus.

– Mamá siempre me está soltando indirectas. Creo que por eso decidió

dejarme ir a la escuela nacional. Al fin y al cabo, dice ella, ¿qué voy a

hacer de mi vida? La finca será para Colm. Y aquí me tienes a mí que ya

sé leer y escribir exactamente igual que un sacerdote. Dice que sería la

persona más importante del pueblo; no, de toda la parroquia, quizá la

única persona que sabría leer y escribir. Y si llegase a obispo, sería lo

mismo que tener un condado para mí solo. Me bastaría con decir a la

gente lo que hubiera de hacer, y me obedecerían. Después de todo, dice,

¿para qué sirve, si no, tanta instrucción?

– Mi madre meterá a Dary a sacerdote - dijo Conor.

– ¡Oh! ¿De veras? ¿No se pondrá furioso tu padre?

– Sobre aquel pequeño no tiene voz ni voto.

– ¿Cómo lo sabes?

– Por la manera como mamá lo tiene atado a ella. Ha cumplido dos

años nada más y ya la imita poniéndose de rodillas. Sabrá rezar antes que

hablar.

– Te entiendo perfectamente - respondí-. Un día estuvo a punto de

abrirme la cabeza, porque le chillé a Dary.

– Mamá no permite siquiera que nadie mire de reojo al pequeño.

Hasta le hace dormir con ellos. - Conor se incorporó sobre un codo-. Yo

no serviría para cura. Me gustará demasiado acostarme con mujeres.

– Ha de haber algo bueno en eso para que sea un pecado tan grande -

asentí yo-. Hasta casi confiaba que podríamos hacerlo con Brendt

O'Malley este año en la cosecha de las algas.

– Estarías loco si lo hicieras - advirtió Conor.

-¿Por qué?

– Siempre está confesándose.

-Sí, creo que tienes razón. Lo tendré presente - dije corriendo al

rescate de mis masculinas intenciones-. De todos modos, esas cosas no

valen tanto la pena, probablemente. Nunca he oído decir de nadie que

disfrutara con ellas después de casado. Bueno, sobre todo después del

primer hijo, ¡nada!

– Mamá y papá siempre disfrutaban mucho - opuso Conor.

– Tú quieres tomarme el pelo.

– No, es cierto.

– ¿Cómo lo sabes?

– Pues aunque cerrasen la puerta del desván, hay suficientes rendijas

para mirar. Siempre se reían muchísimo cuando lo hacían, y se besaban y

decían las cosas más raras del mundo.

– ¡Canastos!

–Sí, te lo aseguro. Y solían hacerlo tres o cuatro veces por semana.

– Pero ¿será cierto?

–Sí, sí. Cenando, yo adivinaba siempre si les venían las ganas. Papá

se quedaba cerca de la lumbre y le daba palmadas en las nalgas a mamá y

la pellizcaba, y ella se ponía a reír. Te lo digo…

–¡ Uf! - exclamé-. En casa no ocurre así, ni mucho menos. Yo oía a

papá y mamá desde el establo, y no se parecía nada a lo que dices, te lo

puedo asegurar, Papá hacía una especie de gruñidos horribles, ya sabes,

como algunos animales de la granja, y mamá se quejaba de no sé qué

dolores y le pedía que terminase pronto. No recuerdo ni una sola vez que

gozasen con ello. Oye, Conor, ¿Tontas y Finola le encontraban gusto

después de haber tenido hijos y de todo lo que han pasado?

– Bueno, desde que nació Dary no han vuelto a hacerlo. ¿Recuerdas

cuando tuve que ir a buscar al doctor Cruikshank?

– Sí, lo recuerdo - exclamé yo-. Las mujeres esperando allá, todas,

alrededor de vuestra casa, cuchicheando que Finola se iría de este

mundo. ¡Tenía un miedo…!

– Yo creo que a mamá algo le quedó mal, por dentro - dijo Conor-,

porque ahora ya no lo hacen nunca. Pero una vez, antes de nacer Dary,

se enviaban uno a otro la misma clase de mensajes secretos que el señor

Ingram y Enid.

– ¿Crees que también lo hacen? - pregunté, atónito.

– ¿Estás tonto? Fíjate en ellos.

Aquello sobrepasaba mi capacidad de comprensión. Gozar de la

carne… y no pecar.

-Quizá a los protestantes les estén permitidos esos placeres por algún

motivo que nosotros no sabemos.

– Están permitidos a todo el mundo - aseguró Conor.

El verano huía demasiado raudo y nuestros corazones iban muriendo

a medida que las horas de sol se reducían más y más. Se nos echaba

encima la hora de marcharnos. Habíamos engordado el ganado y traído

al mundo una docena de terneras, sin perder ni una, y las ovejas estaban

cubiertas de lana como las grandes nubes blancas que navegaban por el

cielo.

Liam subió con el carro y los caballos a buscarnos. Guardamos

nuevamente las armas, sacamos las redes del riachuelo, levantamos el

campamento, apagamos el fuego y bajamos de Slieve Main casi llorando.

Yo había terminado mi cuaderno de historia irlandesa y pensaba

regalárselo al señor Ingram. La última noche, Conor me dejó leer un

poema suyo.

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