Trinidad
Capítulo 4
En el desamparado cenagal del Bogside había un oasis; este oasis lo constituían el Celtic Hall, las actividades que engendraba y los terrenos de diversión vecinos. La resurrección de los antiguos deportes celtas llevada a cabo por la Gaelic Athletic Association, acompañada, como es lógico, de la reanimación de una cierta dosis de orgullo nacional, se extendió por toda Irlanda mucho más de lo que podía esperarse. El Bogside en particular había dado muy pocos motivos de orgullo o vanagloria a Irlanda y, sin embargo, ahora el hockey irlandés y el fútbol gaélico traían apretadas masas de gente a los polvorientos campos de juego todos los domingos después de la misa.
Varios años después de constituirse la GAA, cobró existencia una réplica urbana y sofisticada, la Liga Gaélica, promoviendo el renacimiento del idioma y la cultura antiguos.
Se trataba de organizaciones legales, pero todo el mundo sabía que la GAA y la Liga Gaélica incurrían en actividades republicanas ya casi en la misma frontera de la legalidad, nacidas del clima de descontento.
Su glorificación de la historia irlandesa y de los disidentes irlandeses señalaba un rumbo opuesto al secular intento británico de anglicanizar la colonia. Estos olores de nacionalismo irlandés eran considerados peligrosos por la Corona, que los miraba como un criadero de futuros agitadores fenianos, y por ello vigilaba estrechamente sus actividades, así como a sus miembros más vocingleros.
No extraña, pues, que la presencia frecuente de Conor en la pobre biblioteca de la Liga fuese acogida al principio con bastante recelo. Un extraño fornido como él podía ser muy bien miembro de alguna de las escuadras especiales del Constabulary o del Castillo de Dublín a quien hubieran confiado la misión de infiltrarse en sus filas. Había que recelar constantemente de los confidentes, lepra de la vida irlandesa.
Después de agotar todas las posibilidades de encontrar empleo, Conor quería marcharse. Teresa O'Garvey lo advirtió y escribió a su marido, el cual, a su vez, escribió a Conor desde Londres, recordándole la promesa de aguardarle hasta que regresara de los Comunes.
Mientras esperaba, Conor erraba hacia los lugares de reunión de los desocupados para hablar de cosas ociosas. Eran hombres como él
mismo que habían agotado ya el último medio penique, de forma que hasta el pequeño alivio de una cerveza significaba un gran lujo.
Después de su visita diaria a la biblioteca de la Liga Gaélica, solía pasar el rato por los campos de deportes, viendo los entrenamientos. La regularidad de su presencia originó las pesquisas defensivas habituales, y sólo entonces descubrieron que vivía con Kevin O'Garvey.
Verificadas las satisfactorias credenciales, se le aceptó y se le saludó con acogedores movimientos de cabeza.
–¡Eh, tú, tío recio!
–¿Yo? – preguntó Conor.
–Sí; nos falta un hombre para el entrenamiento. ¿Te apetecería cubrir el puesto de mediocampista?
–Me temo que no conozco mucho el juego.
–¿No has jugado nunca?
–Unas pocas veces nada más.
–Para entrenarnos, sirves.
Conor había jugado unas cuantas veces al fútbol que los escoceses introdujeron en el Ulster, así como también unos partidos de fútbol gaélico. Tenía sobrado vigor, no cabe duda, y además corría como una liebre. En el centro, la variante gaélica requería mucha fuerza bruta, pues uno se encontraba en medio de una piña de hombres y tenía que saltar más que los otros, coger la pelota y sujetarla con fuerza. Se decía que era un juego tan antiguo como san Patricio, y es muy posible que el santo patrón hubiera pensado ya en Conor para medio centro. Como la mayoría de muchachos campesinos, apenas supo andar aprendió enseguida a saltar setos de piedras como un venado, y poseyendo unas manos de herrero para sujetar lo que fuese, un cuerpo
extraordinariamente vigoroso, una talla de metro ochenta y ocho y casi noventa y ocho kilos de peso, constituía una materia prima formidable.
Apenas había entrado Conor en el campo cuando he aquí que un jugador de plantilla con camiseta azul vino corriendo hacia él, cruzando el terreno. Al llegar a su altura, se paró, hizo ademán de sortearle con un movimiento de cadera y pierna, y luego quiso seguir adelante. La maniobra hizo perder el equilibrio a Conor, a pesar de lo cual logró asirse a la camiseta del otro, levantarlo y echarlo al suelo con golpe sordo, atajándole de la manera más efectiva, si bien nada
científica El corredor rodó en una dirección y la pelota en otra. Luego, el primero se puso a gatas, boqueando en busca de aire y unos instantes después se acercaba a Conor con paso vacilante, aunque blandiendo el puño.
–¡So canalla estúpido! – le gritó-. ¡Esto es un entrenamiento nada más!
–Lo siento. ¿Hice algo malo?
–¡Por poco me matas! Eso es lo que has hecho, so basura tonta. – El hombre dio media vuelta para marcharse, todavía tembloroso; pero, de pronto, se paró y volvió-. Eh, lo siento, amigo -dijo, tendiéndole la mano-. He quedado un poco atontado, ya sabes. Me llamo Pat, Pat McShane.
–Yo soy Conor Larkin. No quería jugar tan duro.
–No has sido duro. Después del entrenamiento, te invito a una cerveza en la taberna de Nick Blaney.
Cooey Quinn, entrenador y gerente de los Bogsiders, observaba atentamente al tal Larkin, quien parecía aprender las tretas del juego, mejorándose a cada minuto que pasaba. Cooey pertenecía al GAA desde el comienzo, era uno de los más destacados futbolistas gaélicos de Derry, gran corredor, a pesar de tener arqueadas piernas. Al retirarse como jugador, convirtió a los Bogsiders en una potencia regional. Sus años de deportista no le habían forrado los bolsillos; era un deporte de aficionados, jugado por el orgullo de ganar y con ciertos tintes y matices de nacionalismo. Apenas terminó el entrenamiento fue en busca de Conor.
–Hola, chico fuerte, yo soy Cooey Quinn.
–Te había oído nombrar -respondió Conor. Y se presentó a su vez.
–¿Has jugado mucho?
–Tres o cuatro partidos, a lo sumo. Allá en Inishowen generalmente jugábamos al fútbol con los equipos protestantes.
–¿Estarás un tiempo en Derry?
–Sí.
–Creo que serías un medio centro formidable. Si vienes a
entrenarte, me encargaré personalmente de que te practiques un poco en los puntos más delicados.
–Estupendo por tu parte, pero ando en busca de trabajo.
–Como no lo encontrarás, tanto da que te entrenes unos ratos. –
Cooey estudiaba el fornido cuerpo de Conor con ojo avaricioso; luego, se le acercó v le habló en confianza-. Francamente, de paso uno puede ganarse un par de chelines.
–¿Cómo?
–Algunos gomosos que vienen a vernos apuestan sobre el resultado del partido, y si ganamos… pues, ya sabes…
–En verdad que no es la manera que yo había pensado de ganarme la vida -respondió Conor.
–A menos que tengas algo mejor que hacer, ¿por qué no intentarlo?
–¿Por qué no? – repitió Conor, levantando los hombros.
–Bueno, ven a la taberna de Nick Blaney y conocerás a los chicos.
El establecimiento de Nick Blaney era el más distinguido del Bogside, debidamente equipado de suelos embaldosados y caoba reluciente, y con un espejo sobre el mostrador en el que se leían unas palabras que eran un alarde de chovinismo local: Carney's Derryalf, la cerveza que pretendía quitarle el trono a la Guinness. Nick pertenecía al mundillo del deporte, había sido boxeador, en otro tiempo el tercero de todos los pesos medios del Reino Unido. A no ser porque lo sorprendieron en frío con un puñetazo afortunado, solía explicar siempre, habría podido aspirar a campeón. A la taberna acudía cierto número de parroquianos habituales, hombres con empleos fijos o pequeños negocios. Los atletas constituían sus alter egos, y ellos siempre estaban dispuestos a llenar el vaso de un jugador.
–Mira qué tío tan desarrollado -exclamaba Mick McGrath, que parecía llevar en todos los puntos de su cuerpo la marca de as de los Bogsiders, fuerte como un roble y seguro de sí mismo. Y adelantó una vigorosa mano, presta para el saludo-. ¿Cuánto pesas, Larkin?
–No lo sé con seguridad. Creo que más de noventa y cinco kilos.
–Por Jaysus, es precisamente lo que necesitamos -dijo Mick.
–Puedo dar fe de que pega como un vagón de cerveza dejado suelto
-dijo Pat McShane desde la periferia del grupo.
Conor miró hacia él y se puso color carmesí. Pat McShane llevaba cuello duro de sacerdote católico.
–¡Sálvame, Virgen María! – murmuró Conor-. Resulta que he
tirado por el suelo a un cura.
Hechas las presentaciones, Conor se acercó al padre McShane, todavía angustiado. Al sacerdote le divertía aquella turbación y abrió los labios en una franca sonrisa, dejando al descubierto el hueco de dos dientes que faltaban, prueba fehaciente de que alguien le había entrado al ataque antes que Conor.
–No lo entiendo, padre -dijo el herrero.
–He estudiado todos los libros sagrados y no he hallado en ninguna parte ni una sola palabra prohibiendo que un sacerdote juegue al fútbol gaélico.
–Pero ¿y el obispo Nugent? ¿No se pone furioso?
–Sólo cuando pierde el Bogside.
Como nunca había encontrado sacerdotes de aquella especie, Conor seguía poniendo cara de asombro, pero Pat McShane había visto ya a otros campesinos recién llegados del pueblo. Era un padre que había salido de un molde distinto que el cura de misa y olla, indiferente pero entrometido, que suele llenar los seminarios. Procedía de una familia de nuevos ricos del sur y estudió dos años en Cambridge antes de decidirse por el sacerdocio.
En los días siguientes se estableció entre ambos una camaradería espontánea y profunda, pues en cierto modo ambos eran ajenos al mundo del Bogside. Pronto descubrieron que la poesía y la literatura eran lazos que los unían. Si por una parte los sacerdotes del Bogside pertenecían a otra especie que los dogmáticos que Conor había conocido, por otra el padre Pat se distinguía incluso de los del Bogside.
En secreto, era la luz que guiaba a la Liga Gaélica y el día que Conor asistió a una reunión, invitado especialmente, fue el más dichoso que había pasado en Derry.
Habían apostado vigías en todos los accesos al establo abandonado de Lone Moor Road. Sólo cuando éstos dieron el parte de «todo despejado» empezaron a entrar los asistentes, en grupitos de dos y de tres. Eran jóvenes, pobres y andrajosos, y con gran sorpresa de Conor, casi la mitad eran chicas de las tejedurías y las fábricas de camisas.
Una vez en el establo subían por la escala hasta el desván, donde una recia lona tapaba la luz que habría podido filtrarse al exterior. Dentro había una claridad tan mortecina que apenas se distinguía a las
personas congregadas. Todos hablaban en voz baja, reprimida, a pesar de lo cual se respiraba una atmósfera de excitación y desafío.
Conor había venido acompañado de Mick McGrath y Cooey Quinn, y al ser presentado a los demás, éstos le saludaban con silenciosos apretones de manos y movimientos de cabeza.
Maud Tully, un pedacito de chiquilla con unos grandes ojos castaños, pidió que prestaran atención.
–Apiñaos más -dijo-, y así no tendré que hablar tan alto. – Los treinta y pico que poblaban el desván se sentaron en corro a su entorno-. El padre Pat -anunció ella- ha enviado aviso de que le han llamado al lecho de un feligrés gravemente enfermo.
Se elevó un murmullo seco de desencanto.
–Ha dicho que vendría tan pronto como le fuese posible. Entretanto, sugiero que iniciemos la discusión del tema de esta noche: Theobald Wolfe Tone.
Los reunidos se miraron con aire desamparado. Conor había traído su biografía de Wolfe Tone, porque el padre McShane le había hablado de la conferencia. El se mantenía en forma.
–¿Nadie sabe lo suficiente sobre Wolfe Tone para empezar? –
preguntó Maud.
Y como una vez más sólo cosechaba un rumor de lamentaciones, Conor levantó la mano, titubeando.
–Parece que tenemos un poco de suerte -dijo Maud-. Nuestro nuevo hermano, Conor Larkin, se ofrece voluntario. ¿Por qué no vienes aquí, Conor?
El forastero se levantó del suelo y cruzó entre los demás en medio de unos susurros de curiosidad. Las reducidas dimensiones del desván hacían resaltar todavía más su gallarda figura. Maud señaló la caja donde podía sentarse. Los otros se apretujaron a su alrededor. En aquel instante mágico, los vio a todos como a otros tantos Conor y Seamus sentándose animadamente a los pies de Daddo, ansiosos, sedientos de aprender.
–Confío que no me tomaréis por un presuntuoso-empezó-. Yo no sería capaz de dar una charla comparable a la de un hombre tan erudito como el padre Pat.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó el pequeño volumen titulado
Vida y aventuras de Theobald Tone escritas por él mismo y extraídas de
sus diarios. Editado por su hijo, William Theobald Wolfe Tone.
–En primer lugar -empezó Conor-, nuestras aspiraciones
republicanas se honran con la historia de cierto número de patriotas descendientes de protestantes. Es una tradición que pasa por Robert Emmet, Napper Tandy, Henry Joy McCracken, Thomas Davis, Isaac Butt, así como por el mismo fundador de esta Liga Gaélica. Dos de estos protestantes tuvieron tanta importancia para la emancipación de los católicos y el anhelo de libertad de los irlandeses como el mismísimo libertador, Daniel O'Connell. Me refiero a Charles Stewart Parnell, cuya pérdida no ha quedado compensada jamás, y a Theobald Wolfe Tone, padre de los republicanos irlandeses, de quien os hablaré esta noche.
En el desván reinaba un silencio absoluto.
–Wolfe Tone nació en Dublín el 20 de junio de 1763-continuó con una voz no muy bien avenida a la tarea encomendada.
Pero enseguida percibió la instantánea comunicación que se había establecido entre él y el grupo alineado a sus pies. Con lo cual su malestar se transformó en una sensación de poder, observando que los ojos y los oídos del auditorio se centraban en él y que las palabras que pronunciaba conquistaban sus mentes. De súbito, los largos años de escuchar los relatos de Daddo, las conversaciones con Andrew Ingram y los libros que había leído por los campos y a la luz de las velas empezaron a insuflar en sus palabras esa magia irlandesa única, sin par, llevándole a salpicar la narración con rasgos de fantasía, picaresca y humorismo. En virtud de una transformación instantánea, él era el
shanache y la historia salía de sus labios como si hubiera sido testigo presencial de lo que narraba.
Línea por línea, verso por verso y capítulo por capítulo, reprodujo la turbulenta carrera del primer gran patriota; el voto hecho en Belfast de reunificar Irlanda, la huida a América, la influencia de la Revolución francesa, las intrigas en París para conseguir apoyo, la tempestad en el mar que destruyó la armada francesa, el segundo y fútil intento de invasión en Lough Foyle, la captura, la condena, la sentencia de muerte… y el suicidio.
Los ojos del galvanizado auditorio estaban húmedos, y las mejillas, mojadas sin excepción. Durante un buen rato, imperó un silencio sepulcral.
–¡Bravo!
Todo el mundo se volvió. Allí estaba el padre McShane, que había entrado sin que lo advirtiesen y había presenciado el final de aquella mesmerizante actuación.
–Por favor, caballeros, una última ronda -decía Nick Blaney.
Conor hubiera querido pasarse la noche hablando con el padre Pat, pero Cooey Quinn y Mick McGrath le estaban dando palmadas a la espalda, presentándole a unos y a otros y soltando aire caliente como fuelles de fragua.
–Si, sí, ha sido una noche memorable -repetía Cooey por milésima vez- y todo el mundo está entusiasmado. Vamos, si aprendes a jugar al fútbol tan bien como sabes hablar, serás el alcalde extraoficial del Bogside.
–Indiscutiblemente -convino Nick.
–Espero que no; en mi familia eso ha sido como una maldición -
respondió Conor.
–Caballeros, caballeros -suplicaba Nick Blaney.
Los cuatro amigos abandonaron la pastosidad de la Derryale para internarse por los olores y sonidos de pobreza que perduraban como una erupción incurable. El padre Pat se detuvo súbitamente como si le diera miedo cruzarlos una vez más. Un borracho descarriado orinaba en la base de las murallas sagradas, el sonido vil del rencor doméstico hería el aire trayendo sobre sus lomos el discordante llanto de un niño que muy probablemente estaría tan hambriento como asustado.
Fabricaban niños en las tinieblas, tenían el mayor porcentaje de nacimientos de todo el reino. Niños que comerían desperdicios de cerdo y trabajarían en la fábrica de camisas, niños que arrojarían medios peniques contra la pared, niños que crecerían y envejecerían y esperarían la muerte en cubículos desnudos como celdas de fraile.
El padre Pat se cogió un momento al brazo de Conor para recobrar el equilibrio.
–Si al menos pudiéramos hacer algo… -murmuró.
Conor asintió con un movimiento de cabeza.
–Un día cualquiera me escapo de aquí -afirmó Mick.
–Sin duda -respondió Cooey-, es lo que decís todos.
–Recuerda lo que te digo, me escaparé.
–¿Viene con nosotros, padre? – preguntó Conor.
–Debo ir a ver a mi feligrés. Me temo que morirá esta noche.
Conor y Mick siguieron con la mirada a Cooey y al padre Pat, que desaparecían calle abajo, entre la doble fila de casitas de muñecas, mientras un coro de gatos muertos de hambre pregonaba su
descontento a maullido pelado. Luego se subieron el cuello de la chaqueta para combatir el frío y emprendieron por Leck Road. La muralla de Derry se levantaba sobre ellos, sosteniendo el omnipresente obelisco y la estatua del reverendo Walker con el dedo apuntando a la media luna, guardia invariable que escarnecía a las heces de abajo, del Bogside.
–Cooey se figura que voy a pudrirme aquí. Está loco. Lo malo del caso es que casi no sé hacer nada, en absoluto.
–¿No posees ninguna habilidad, Mick?
–Tiempo atrás fui aprendiz de carnicero, y no pasé de aquí. Esperé cuatro años que me dieran un puesto en los oficios de la construcción, y todo quedó en nada. Pero fíjate en lo que te digo, no voy a hundirme en esta población. – Mick volvió la cabeza con gesto nervioso para echar un vistazo por encima del hombro-. Diablos, Conor -susurró-, nos siguen desde la taberna.
Conor miró atrás. Un par de constabularys que los seguían acortaron el paso; pero enseguida lo aceleraron todavía más.
–Alguien te ha delatado ya -dijo Mick.
–¿Por qué?
–Por la charla que has dado esta noche. Apuesto a que te toman por un agitador de Dublín. Escucha, al llegar al final de la manzana, nos separamos y ponemos pies en polvorosa.
–No podremos -respondió Conor. Allá enfrente venía hacia ellos otra pareja de constabularys en traje de paisano, pero armados de garrotes. Estaban acorralados. Mick se quitó el cinturón de los pantalones y se lo enrolló en la mano, dejando que la enorme hebilla de latón colgara como un azote, y al mismo tiempo cogió un guijarro
suelto. Luego dio un codazo a Conor, y ambos a la vez se lanzaron contra los dos perseguidores, cogiéndolos de sorpresa.
Conor paró el garrote con el antebrazo, mientras Mick enviaba la hebilla contra la cara del constabulary, el cual se cerró el desgarrón que le bajaba desde el ojo a la boca, soltó un alarido y cayó de rodillas.
Mick acabó de tumbarle y dejarle sin sentido con el guijarro.
El segundo agente se lanzó contra Mick y lo alcanzó dos, tres veces con el garrote, derribándole a su vez. Pero cuando se plantó sobre él, Conor le dio un puñetazo entre los ojos y lo tumbó. En el momento que intentaba sacar a su amigo de debajo del cuerpo del guardia, llegó la segunda pareja y fue arrojado al suelo por unos palos que partían el aire silbando.
–¡Canallas fenianos!
Cuando Mick iba a ponerse en pie con gran esfuerzo, una bota le hirió en el estómago, cortándole la respiración. Mick tuvo arcadas y vomitó. Conor se incorporo e inició la retirada al mismo tiempo que se defendía para librarse de la lluvia de golpes, la mitad de los cuales hacían blanco en su cara y sus costillas. Pero al ver que los dos mercenarios iban a ensañarse con Mick McGrath, caído al suelo, brotó de su interior tal estallido de cólera que arremetió contra ellos, hundiendo el puño en el vientre de uno de los dos atacantes con tal furia que le derribó. A continuación puso en pie a Mick. El cuerpo del muchacho aparecía cubierto de sangre y vómito. Conor le rodeó con un brazo, al mismo tiempo que enseñaba el otro puño al constabulary
restante, el cual miró a sus compañeros semiinconscientes, hizo ademán de atacar, pero al ver que Conor dejaba a Mick en el suelo y se ponía en guardia para plantarle cara, dio media vuelta y huyó.
El campo de batalla se pobló de gritos y luces, y unos instantes después los silbatos de la policía rasgaban el aire del Bogside.
Más tarde, los constabularys trataron de echar tierra al asunto, como hacían con todo lo relativo a los sospechosos de la Liga Gaélica, pero el hecho de que tres policías hubieran tenido que ser hospitalizados fue la comidilla general. En los tres minutos que duró el encuentro hubo un número sorprendente de narices rotas, costillas quebradas, cortes y dientes saltados. Para salvar la faz, se hizo circular
la especie de que los guardias habían sido atacados por una cuadrilla de una docena de rufianes.
Para las autoridades, el incidente quedaba cerrado oficialmente; pero no lo quedó entre los habitantes del Bogside, bien enterados de lo ocurrido.
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