Trinidad

Leon Uris · Capítulo 2 de 119

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Trinidad

Capítulo 2

De cuerpo presente, en la mejor habitación, Kilty Larkin tenía un aire

majestuoso. En el condado de Donegal nadie igualaba a mi madre,

Mairead, en lo referente a lavar, afeitar y arreglar un cadáver para el

velatorio. Además, era la matrona de la parte alta y había asistido al

alumbramiento de todos los hijos de los Larkin. Parece que se pasaba la

mitad de las noches trayendo nuevas criaturitas al mundo. Hasta que el

municipio contrató al médico protestante, la llamaban a menudo familias

de dicha confesión para asistir a partos difíciles.

Cuando llegamos a la casita de campo, la cama de Kilty ardía en el

patio como una medida más para ahuyentar a los duendes. El estaba

tendido, dentro, sobre una tabla de madera sostenida por cuatro sillas, y

cubierto como un santo con una sábana blanca de hilo…, excepto la

cara, las manos y los dedos gordos de los pies, que le habían atado uno

con otro para impedir que reTomase después en forma de espectro.

Alrededor de la cabeza bailoteaban las llamas de unos cirios, y habían

dejado junto a él unas botas nuevas para ayudarle a cruzar el purgatorio.

Le habían cerrado los ojos, como si durmiese; sobre su pecho descansaba

un crucifijo de piedra recién labrado, y entre las plegadas manos le

habían enroscado las cuentas de un rosario. A mí, que no había visto

nunca al viejo Kilty en oración estando en vida, me parecía ahora igual

que el mismísimo san Columbano, muy estirado y hermoso.

Las mujeres del pueblo y los ancianos que ya no trabajaban en los

campos fueron los primeros en llegar. Finola los saludaba a la puerta.

– Te acompañamos en el sentimiento.

– Es una pérdida irreparable.

-Ojalá haga un año que esté muerto antes de que el diablo se entere.

– ¿Cómo resistes, querida mía?

– Muy bien…, muy bien - conseguía articular Finola.

Cuando se acercaban al difunto, todo eran «¡Oooh!» y «¡Aaah!»

sobre el estupendo trabajo que mamá y Finola habían hecho.

– Nunca le había visto tan parecido a sí mismo.

Se arrodillaban, salmodiaban una rápida plegaria y se apartaban

hasta los extremos de la habitación. Brigid había llenado docenas de

pipas de arcilla con tabaco impregnado de virtudes sobrenaturales para

ocasiones como la presente, y las iba pasando y ofreciendo por todo el

contorno, junto con una bandejita de rape, para apresurar el viaje y la

resurrección de Kilty.

Habían degollado tres corderos. En el caldero hervía un estofado

descomunal y una docena de hogazas de fadge, un pan hecho de patata,

iban tomando color en los estantes del horno; y la cocina de mi casa

también había entrado en trepidante actividad, porque la reunión duraría

muchas horas.

Eran muchos los alimentos de que solíamos prescindir parque les

recordaban a los mayores la pobreza que sufrimos durante la gran

hambre, y el primero entre ellos era el queso; en cambio, en un velatorio

no faltaba nunca, y era pródigamente amontonado en escudillas de

madera. Finola no paraba un momento, ora saludaba a los que llegaban,

ora corría hacia el fuego, ora incitaba a los asistentes a que comiesen

más. Estos, atacando el queso, salmodiaban: «Comeremos este alimento

con cuchara de aflicción.»

Los granjeros del monte vivían en diversos estados de pobreza; pero

los Larkin, por haber tenido hombres decididos y fuertes, siempre

poseyeron más que los otros. Según nuestros raseros, la riqueza se medía

por la cantidad de mantequilla con que uno se untaba el pan. Había un

pequeño espacio de turbera, al otro lado mismo de la primera fila de

vallas de piedra, en el que habían excavado cierto número de

subterráneos para almacenar mantequilla, a fin de que no se hiciera

rancia. Liam llegó con dos grandes baldes de ella, poniendo en evidencia

que en aquel velatorio no se repararía en gastos.

Finola poseía un don mágico para la mantequera, que le habían

fabricado por encargo siguiendo al dedillo todas sus instrucciones y sus

secretos. Lo de echar la leche desnatada para evitar que se formaran

grumos se decía que era una fórmula que había aprendido de las hadas.

Su mantequilla era un terciopelo…, sabrosa, cremosa, suave, untuosa,

inalterablemente lisa y fina.

Bueno, aparte del hecho ya sabido de que Conor era mi amigo más

íntimo y mi ídolo, una de las recompensas de rondar por la casita de los

Larkin consistía en una rebanada diaria de pan con mantequilla.

– No te dé miedo echar bastante - solía decirme Finola. Y yo me ponía

una capa más gruesa que la misma rebanaba de pan. Sobre ella extendía

la mantequilla en grandes rimas lo mismo que los protestantes extendían

el mortero entre piedra y piedra de sus casas.

Viendo a Liam entrar con aquellos dos baldes enormes, pensé que

sería el momento adecuado para arrodillarse a los pies de Kilty y rezar

unas cuantas Salves. Precisamente cuando terminaba de rezar,

introdujeron en la habitación un borrico perteneciente a las viudas

destiladoras de poteen con unas jarras llenas de whisky de la montaña. El

estofado se iba espesando y la habitación se cargaba de humo de tabaco,

cuando, ¿quién llega sino Dooley McCluskey, el legendario avaro, todavía

con el delantal y el sombrero hongo, los ojos siempre bizqueando de tanto

clavar la mirada en las tinieblas vigilando que nadie le estafase lo

bebido? ¿Y no saben qué? Dooley McCluskey venía con una docena de

botellas de whisky, todas legales, con los timbres del Gobierno… En

verdad, era el tributo más grande que un tacaño como él podía rendir a

Kilty Larkin. Aquello estaba tan atestado que apenas se habría podido

pasar una paja entre la gente, que ya invadía el establo de los vacas y el

patio.

Entonces, el ruido del exterior subió de tono un instante, cesó por

completo, y el silencio se extendió como una oleada por la casita al

aparecer Tomas Larkin. Tomas no miraba a derecha ni a izquierda, ni

respondía a los susurrados pésames. La masa de gente se apartaba, lo

mismo que las aguas bíblicas, mientras él se acercaba a su difunto padre

y se detenía junto a él.

Sabiendo que Kilty había pedido la absolución, una tensión terrible

invadía el aposento. ¿Caería Tomas de rodillas, o lo echaría todo patas

arriba? Pues… Tomas se limitó a sentarse al lado del cuerpo de Kilty,

posando la mano dulcemente sobre la del muerto… y toda la habitación

exhaló al unísono un suspiro de alivio. Conor se acercó, y padre e hijo se

dirigieron unas leves sonrisas de pena…

-Sí -decía Tomas-, sí…

Dooley McCluskey se quitó el sombrero, lo sostuvo sobre su corazón y

alargó una botella de whisky a Tomas, que casi la dejó mediada a la

primera embestida, y luego cogió una pipa de manos de Brigid, le dio a

ésta unas palmaditas a la cabeza y se refugió en un rincón.

El aposento volvió a suspirar.

Fue la señal para que Finola iniciara el keening , o sea la tanda de

lamentos. Emitiendo un alarido horrendo, penetrante, que hizo

estremecer la casita, cayó de Rodillas y se arrastró hacia el cadáver.

– ¡Kilty! ¡Kilty! ¡Yo sabía que ibas a dejarnos, porque anoche vi a la

bruja de la muerte con mis propios ojos!

Pues bien, esto impuso un poco de orden. Se levantó un murmullo

asustado.

-¡Oh, Dios!

– ¿Dónde, querida mía?

– Os lo contaré - jadeó Finola, espantada por la sola idea del terrible

acontecimiento-. Yo entraba en el establo…, allá… - señaló-, a dar de

comer a las gallinas. Recuerdo que dirigí una mirada al bueno de Kilty

cuando vi que el cielo se ponía gris…, exactamente igual que el día que el

viejo Declan O'Neill nos abandonó…

– Sí - fue la respuesta de recuerdo con un universal dibujar la señal de

la cruz y un magnético aproximarse más a la doliente, que ahora estaba

como en trance.

– Como se ponía tan gris, encendí una cerilla y dirigí la luz de la

linterna sobre los dedos de mis pies y entonces me vino un tremendo

escalofrío, como traído por un puñal de hielo, que me hizo temer por mi

hijo nonato. La linterna se apagó por sí sola; yo la volví a encender, entre

temblores, seis veces seguidas, y las seis veces se apagó de nuevo, dejando

el establo oscuro como una tumba.

¡Jesús! Todo el mundo guardaba silencio.

Las palmas de las manos se habían humedecido y las bocas estaban tan secas que las lenguas se pegaban a los dientes.

– Y entonces - gemía Finola con voz fantasmal- surgió por sí mismo

una especie de brillo. Me aparté muy despacio de la linterna y vi un

fulgor en el fondo del establo. Como tuve miedo de acercarme más, no

pude distinguir el cuerpo, pero sobre la cara llevaba… un sudario…

manchas de sangre y lágrimas.

– ¡Santa María! - murmuró alguien.

– Tenía el cabello largo y negro como ala de cuervo, pero mezclado

con mechones rojos, y en el sudario… manchas de sangre y lágrimas.

– ¡La banshee de Dooreen O'Neill! Seguro. ¿Y no vi yo la misma

aparición en el óbito de mi amado Caley? - gritó una de las viudas del

poteen.

Entonces estalló una salva de gritos y alaridos; pero Finola los venció

todos.

– La banshee soltó una risa cascada y repitió infinidad de veces:

«Kilty… Kill-tee… Kill-tee…» y diciendo esto iba tratando de cogerme, y

luego… se deshizo…, se hundió en el suelo…

– ¡Claro que era el signo!

– ¡Kilty! - gritó Finola- . ¡Dulce Kilty Larkin! ¡Dios te ame, Kilty! ¡Oh,

te has alejado de nosotros, dulce Kilty…! - Ahora lloraba y le besaba los

pies.

– ¡Abuelo! - gritó en seguida Liam. Y pronto los cuatro (Finola y sus

tres hijos) estallaron en incontenibles muestras de un dolor

vehementísimo, mientras Tomas continuaba sentado en su rincón,

despachando silenciosamente, a pequeños sorbitos, el whisky de Dooley

McCluskey. Finola se plañía con un fervor capaz de suscitar un trueno,

cogida a la sábana de hilo que cubría a Kilty y aullando con angustia

incoherente.

Liam se puso histérico y soltó alaridos hasta que se dobló por la

cintura y sufrió convulsiones. Su padre fue a cogerlo, se lo sentó en el

regazo y lo rodeó con aquellos enormes brazos hasta que los

estremecimientos se deshicieron en sollozos.

Finola siguió plañendo hasta que la casita entera ardió de fiebre…

porque Finola era la mayor plañidera de toda la costa este de Inishowen y

sus lamentos por los difuntos tan penetrantes, que la solicitaban

muchísimo para los velatorios. Desde la muerte de sus propios padres

había pasado varios años sin tener que plañir por ningún pariente

cercano, y ahora soltaba todo lo que guardaba dentro, decidida a mandar

a Kilty al más allá en un arco iris de gloria.

Conor y Brigid no tardaron en quedar agotados de tanto alarido y se

reunieron con Liam en el regazo de Tomas; pero Finola siguió adelante,

revolcándose en los dolores de una angustia refinada. Y como yo era muy

pequeño, y el regazo de Tomas muy grande, también me hice sitio en él.

Arrastradas por el frenesí de la dueña de la casa y un tanto

achispadas por el whisky, un puñado de personas, entre las que figuraba

mi madre, se había puesto de rodillas y plañía de tal modo que salían de

aquella casita más balidos y lamentaciones que de un millar de cabezas

de ganado en Derry, en días de feria.

El rostro de Finola se había puesto blanco como la pintura de la casa

del sacerdote, el cabello se le había convertido en una enredada madeja

de algas, anchas cintas dejadas por los chorros de lágrimas le manchaban

las mejillas y descendían por la nariz, la barbilla y las comisuras de los

labios, y sudaba como si la estuvieran hirviendo en la caldera del

estofado. El vientre, que contenía al futuro hijo, se movía con tales

convulsiones y sacudidas que di por seguro que el niño nacería a los pies

del difunto.

– Habéis tenido bastante para vuestro primer velatorio - dijo Tomas-.

Ahora marchaos todos a casa de Seamos y a dormir. - La protesta de

Conor fue sofocada severamente, y se nos hizo salir con orden de no

volver.

Viviendo fuera de casa mis otros hermanos y hermanas, yo sólo tenía

que compartir el llamémosle dormitorio con Colm, el cual estaría hoy de

velatorio y persiguiendo muchachas toda la noche. Cerca de donde se

acostaban las gallinas, disponíamos de un ancho espacio, con un gran

jergón de hojarasca, lo bastante grande para acogernos a los cuatro.

Recuerdo siempre que, aunque mi amigo íntimo era Conor, si dormíamos

todos juntos yo procuraba situarme junto a Brigid, pues aunque yo

estimaba a Conor, Brigid daba una sensación distinta, que ya entonces yo

sabía distinguir. Sospechaba incluso que aquellas ganas de refregarme

contra Brigid tenían algo que ver con los pecados contra los que nos

prevenía el padre Lynch, aunque al mismo tiempo, y como me daba tanto

gusto, fingía no saber que fuera pecado. Sea como fuere, Liam y Brigid

pronto quedaron como troncos mientras Conor y yo seguíamos

revolviéndonos.

– Conor…

-Eh…

– ¿Duermes?

– Nooo.

– ¿Qué supones que ocurre ahora?

– No lo sé con seguridad.

– ¿Crees que podrás dormir?

– Nooo. Me retumba la cabeza.

Al cabo de un rato insistí:

-Conor, ¿duermes?

– Nooo…

– ¿Te parece que tu padre se enfadaría mucho con nosotros si

volviéramos allí y nos escondiésemos en vuestro desván? Es que estoy

pensando que Kilty era el único abuelo que tenías vivo y sé seguro que le

gustaría que estuvieras con él, en el velatorio.

Hubo un silencio meditativo para sopesar los pros y los contras, al

cabo del cual Conor entonó las mágicas palabras de:

– Vayamos, pues, peque.

Nos escabullimos fuera de mi casa con gran cuidado y, con el sigilo de

unos cuatreros operando en la finca de Su Señoría, rodeamos la valla.

Ahora el bullicio era tan grande que habríamos pasado inadvertidos

aunque hubiésemos sido un par de toros embistiendo. Conor colocó la

escalera bajo la abertura de la ventana del desván y trepamos arriba,

saltando sobre el heno, en el que nos hundimos, esforzándonos en calmar

nuestra alterada respiración.

El desván era el dormitorio de los pequeños Larkin. Aparte de la

ventana, tenía otras dos aberturas, que daban al interior de la casita.

Desde una trampa, una escala conducía a la sala grande, y en el costado

opuesto otra escalera comunicaba con el establo que albergaba las vacas,

el caballo y las gallinas. A los cerdos, los Larkin los hacían vivir fuera.

Desde el desván veíamos perfectamente todo lo que sucedía.

Terminadas por un rato las terribles lamentaciones, la gente mayor se

acomodaba en sus refugios, fumando pipas de arcilla, jugando a las

cartas y contando anécdotas. Unos cuantos chavales andaban por ahí

metiendo pimienta en las teteras y los botes de tabaco, provocando

accesos de estornudos, mientras que fuera de la casita los jóvenes solteros

de uno y otro sexo se cobijaban en las sombras para jugar al juego de los

besos y celebrar matrimonios de mentirijillas. Había un grupo de

camorristas demasiado desgarbados para mezclarse con las chicas y se

divertían tirándose agua en la misma habitación principal, mientras junto

al cadáver un grupito de hombres mayores se había enzarzado en una

competición de habilidad consistente en coger el mango de una escoba,

una mano en cada extremo, y saltarlo de delante atrás y viceversa.

Enfrente mismo de ellos, en la otra punta del cadáver, una docena de

mujeres arrodilladas rezaban y se lamentaban. El combate con agua

adquirió una nueva y más viva dimensión con la adición de patatas como

proyectiles, que silbaban alarmantemente cerca de las devotas. Fuera de

la casa, Donall MacDevitt, un primo de Finola que vivía en el pueblo

vecino, hacía circular una botella de éter por un grupo que se dedicaba a

levantar pesos y saltar una pared de piedra. En cosa de pocos minutos,

todos perdieron el seso convertidos en locos de remate, y se retorcían de

risa como maníacos, creyéndose pájaros que iban a volar sobre el tejado o

salvando la pared y dándose unos golpes espantosos, aunque sin sentir

casi nada. Alguien desenfundó un violín y una gaita, y los que no

cantaban canciones revolucionarias golpeaban los tacones bailando una

giga, y a las viudas se les revolvían los humores mirando a los elegibles de

un modo que no presagiaba nada bueno. Y estallaron discusiones sobre

todos los temas discutibles, que eran casi todos en general… ¡Ah, sí, fue

un gran velatorio; un gran velatorio de veras! Si no hubiese estado

difunto, Kilty se habría sentido el hombre más orgulloso del mundo, y sin

duda estaba causando una profunda impresión en san Pedro y todos los

ángeles al tener tantos y tan entrañables amigos.

– Sssiiittt - me advirtió Conor, dándome un codazo. Alguien subía por

la escalera, desde el exterior. Nosotros nos hundimos más en él heno,

dejando sitio únicamente para que las narices pudieran respirar y los

ojos, ver. ¡No faltaba más!, era Billy O'Kane que ayudaba a Bridie

O'Doherty a subir al desván, y en menos que canta un gallo estaban

revolcándose por allí y riendo, y él metía las manos bajo las enaguas de

ella. Conor y yo nos agarrábamos uno a otro para no estallar en

carcajadas. Billy y Bridie interrumpieron sus juegos tan repentinamente

como los habían empezado y corrieron o esconderse, pues oían que

alguien más subía por la escalera. Maggie O'Donnelly y mi propio

hermano Colm entraron en el desván y emprendieron el mismo juego.

Por fortuna el velatorio quedaba fuera de la demarcación de los

padres Lynch y Cluny, aunque todos sabíamos que se habían apostado en

algún sitio oscuro desde donde poder escuchar para reunir pruebas de

obscenidad, desnudismo, lenguaje soez, consumo de éter, besos, o cosa

peor… y de todo lo demás de su interminable catálogo de pecados de la

carne.

El padre Lynch había llegado al extremo de prohibir que los chicos y

las chicas caminaran juntos por él mismo lado de la calle, y vigilaba

siempre con ojos de lince todas las reuniones, observando si personas de

sexo contrario se tocaban, se dirigían miradas cariñosas…, y ¡por Cristo!,

que sabía adivinar si alguno pensaba siquiera en hacerlo. Su bastón de

endrino había levantado chichones en más de una cabeza al golpear los

heniles de Ballyutogue como el mismísimo rayo de Dios.

Fue una suerte que no se hallara en casa de Tomas Larkin aquella

noche, porque el desván se iba llenando en exceso. Nuestro regocijo se

convirtió en espantada admiración ante las cosas que empezaban a

hacerse las parejas. Y precisamente cuando la situación se ponía más

interesante, ocurrió un hecho espantoso. Una brizna de heno me hizo

cosquillas en la nariz, y estallé en una racha de estornudos. Hubo como

un brotar de cabezas por todo el desván.

–¡Jaysus!

– ¡Santa madre, ten piedad!

– Dilo al cura y te mato, Seamus - me dijo mi propio hermano.

Todos escaparon del desván como si en llamas. De todos modos, la

diversión no tardó en proseguir, pues pronto nos llamó la atención lo que

ocurría en el establo, donde Dinny O'Kane y Bertie MacDevitt se pegaban

por un quítame allá esas pajas…, intercambiando puñetazos que les

abrillantaban la cabeza, con un acompañamiento de gruñidos. Sus golpes

tenían poca puntería y menos fuerza aún, pero las vacas se inquietaban y

se les agriaría la leche por toda una semana.

Había sido sólo cuestión de tiempo que se produjera esta pelea, pues

por tradición histórica había mala sangre entre los O'Kane y los

MacDevitt.

Estos dos habían formado una sociedad condenada a terminar

forzosamente en desastre. Un día, animados de espíritu fraterno,

decidieron comprar un caballo a medias. Convenía comprarlo a

principios de primavera para arar los campos y luego venderlo después de

la última cosecha para que las dos familias pudieran pasar el invierno.

Por consiguiente, la compra y la venta del caballo era un asunto muy

serio.

Al fin de pagar su mitad del caballo, Dinny O'Kane cruzó el charco y

se fue a trabajar en los muelles de Liverpool durante la temporada de

embarque de ganado, y para pagar la suya, Bertie MacDevitt recogió las

cosechas de Dinny.

Imaginando que entre ambos sabían todo lo que saberse pueda sobre

carne de caballo, se pusieron a engatusar a un vendedor ambulante de

caballos en la feria de Carndonagh. Y de regreso a casa ambos se reían a

mandíbula batiente.

No obstante, Dinny opinaba que a él le correspondía la peor parte en

el negocio, porque había tenido que trabajar en Inglaterra y, para mayor

escarnio, al tirar la moneda al aire le tocó a Bertie el ser el primero en

servirse del caballo.

Bien, ¿saben qué pasó? Apenas después de haber acabado de arar los

campos de Bertie, el rocín murió de un ataque cardíaco. A partir de

entonces las complicaciones se hicieron monumentales.

Ahora ambos daban traspiés por el establo, cada uno más mellado por

el licor que por los golpes del otro, mientras los otros O'Kane y los otros

MacDevitt saldaban cuentas por toda la casa, y los O'Neill se inclinaban

en favor de los O'Kane, y los O'Doherty en favor de los MacDevitt. La

pelea tomaba proporciones épicas, cuando vino el pacificador, en la

persona de Tomas Larkin. Parecía tan corpulento como los otros dos

juntos; con el brazo derecho rodeó a Bertie por la cintura y lo levantó del

suelo, al mismo tiempo que con el otro mantenía a distancia a Dinny.

– Caballeros, caballeros - advertía Tomas.

Los dos combatientes seguían dando puñetazos al aire, poniendo

mucho cuidado en no tocar a Tomas, mientras se arrojaban

recíprocamente atinadas observaciones.

– Si no calláis voy a golpear la cabeza del uno contra la del otro - decía

Tomas; pero las peleas y discusiones habían prendido por todo el establo-.

Muy bien. Pondré la cuestión en manos del padre Lynch.

Las hostilidades cesaron al momento. Tomas y sus gladiadores se

sentaron en el heno, jadeando faltos de aire y limpiándose las heridas.

– Yo me avendré a lo que diga Tomas, si tú quieres - logró decir Dinny.

– Sólo en nombre de la paz y por la memoria del fallecido,me avengo-

respondió Bertie- porque eres un miserable…

– Vamos, vamos, vamos - interrumpió Tomas.

– ¿Qué? - dijo Dinny.

– Que… de acuerdo…

Tomas sacudía la cabeza.

– Sí, esto es superior a mis facultades. Es un problema para Salomón.

¿Hay por aquí una gota de whisky para que pueda iluminar mis

pensamientos? - un generoso sorbo de licor desapareció por su gaznate, y

luego se limpió los labios exclamando-: ¡Ah…!, a mi juicio, una

asociación significa que hay que compartir los desastres al igual que las

recompensas.

– ¿Qué te decía yo? - exclamó Dinny, llevando el puño debajo de la

nariz de Bertie.

– Cállate, hasta que haya terminado - pidió Tomas-. Yo te prestaré mi

caballo, Dinny, para que ares los campos, a condición de que Bertie

acarree tus cosechas.

– ¡Pero luego no tendremos caballo que vender, Tomas!

– Claro, y la culpa está en que ambos fuisteis a la feria con el corazón

lleno de malos propósitos, para estafar al vendedor…

– Pero…

– Pero…

– Yo soy quien decide, caballeros. Y si seguís mi consejo, me encargo

de que todo el pueblo contribuya con una parte de su cosecha para que

paséis el invierno… a condición de que jamás compréis caballos a

medias, porque ninguno de los dos seria capaz de saber sí estaba mirando

el culo de un caballo aunque se os cagara sobre las botas.

Después de obrar este milagro de santo, Tomas se levantó, hizo poner

en pie a Dinny y Bertie y sugirió que sería prudente que se estrecharan

las manos en su presencia…

– Van a empezar el rosario.

La energía había descendido mucho de nivel con el aguacero de dolor

comunal, combinado con éter, licor y otros excesos, de modo que había

llegado, y bien llegado, el momento de que todo el mundo se pusiera de

rodillas y rezara. Finola se arrastró una vez más hasta el cadáver de

Kilty; al verlo, sentí que me invadía un mareo. Cuando se ponen a recitar

las letanías siempre me dan ganas de vomitar.

Si encuentro la puerta del cielo cerrada será por culpa del rosario,

pues aunque intentara no pensar cosas feas de él, Dios lo sabe todo,

incluso mis verdaderos sentimientos, y sabe que las horas peor

intencionadas de mi vida fueron las pasadas recitándolo, y es un hecho

decidido que a nadie le obligarán a rezarlo sobre mi cadáver.

Mientras me ponía de rodillas, me sacudía el heno de encima y

exhalaba suspiros de angustia.

– Oh, no es preciso que lo reces, Seamus - me decía Conor.

Yo estaba demasiado asustado para no rezarlo.

– Podremos fingir que estamos dormidos, o basta regresar a tu casa.

– Nooo - gemí-. Dios lo sabría, a pesar de todo.

– No vayas a vomitar - me avisó Conor.

Yo me persigné…

«Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, y

en Jesucristo, su único Hijo, Señor nuestro, que nació de María Virgen,

padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y

sepultado y resucitó el tercer día de entre los muertos…»

Terminé esta parte antes que los demás con objeto de poder recobrar

un poco de aliento. Abajo, los cirios luchaban por una última boqueada

de vida, deslindando sombras locas en la faz ajada y brillante de Kilty

Larkin; afuera, el viento venía de la parte del lago y cuando se puso a

soplar a través del desván comprendí que la tormenta no quedaría muy

atrás. Mientras los demás continuaban runruneando, el estómago se me

revolvía más y más, de modo que cerré los ojos, rechiné los dientes y seguí

rezando con los dientes apretados… una señal de la Cruz, cuatro

Padrenuestros, seis Gloriaspatris, cinco misterios de dolor y cincuenta y

tres Avemarías en total…

– El primer misterio de dolor - gemía Finola- es la agonía en el Huerto

de los Olivos.

Allá abajo estaban los fatigados trabajadores de cara riscosa, cuerpo

nudoso, manos de cuero, ensayando sus respectivos óbitos,

abandonándose con lamentable debilidad a la hoz del misterio arrimada

por toda la vida a sus yugulares…, demasiado simples y demasiado

cansados para protestar…, demasiado amedrentados para buscar la

verdad…, rindiéndose calladamente, porque sin aquello…, ¿en qué otra

cosa podían creer?

Cinco minutos…, diez minutos…, quince minutos… golpéate el

corazón, inclina la cabeza…, runrunea, runrunea, runrunea. ¿Quién

sabía ya qué estaba diciendo? ¿Quién lo sabía de veras excepto el

sacerdote, y a éste no se le pregunta?

Yo estaba decidido a ser bueno aquella noche, por el alma de Kilty

Larkin, y me concentré hasta que me dolió la cabeza en pensar en la

agonía del buen Jesús, y quise sentir su dolor, que es lo que tenía que

hacer, puesto que - y ésta era la razón que se me daba para hacerlo así-

Jesús era tan bueno, y yo un pecador. Yo probaría el sudor salobre y me

doblaría bajo el peso de la cruz, y la sangre manaría de mi corona de

espinas, y saltaría a chorro de mis muñecas como jamás había saltado

antes.

Oh, diablos, el estómago empezaba a rebelárseme irremediablemente,

y Conor se pondría furioso.

Fuera, el cielo se ennegrecía como lo hizo el día que crucificaron a

nuestro bendito Señor Jesucristo y ahora Dios en persona fijaba la

mirada en la casita de los Larkin… y me estaba mirando a mí porque

sabía que yo aborrecía el rosario. Me daban miedo, cada vez más,

aquellos sentimientos que no sabía esconder ni a pesar de que Dios me

estuviera mirando directamente, y por ello me esforzaba más en sentir los

sufrimientos de Jesús.

«Padre Nuestro que estás en los cielos…»

«Dios te salve, María, llena eres de gracia…»

Con ésta, ¿cuántas son? Treinta y cuatro, pienso; pero no debo

contarlas, porque contarlas es pecado, porque uno tiene la obligación de

estar enamorado del rosario…

«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.» Veinte minutos…,

veinte horas…, veintitrés minutos, inclina la cabeza…, golpéate el

corazón…, a veces todo ello se mezcla en una mancha confusa y no es tan

malo.

Al menos una vez por semana, vomitaba durante el rosario. Cuanto

más trataba de pensar en Jesús y en sus sufrimientos, más pronto

vomitaba. No sabía qué hacer.

Treinta minutos…, cuarenta minutos…, cuarenta años en el

desierto…

– ¡Jesús, qué pálido estás, Seamus! ¿Vas a vomitar?

– Pro…, procuraré no hacerlo…

– Deja de rezar.

– Tengo que terminar, Conor. Hemos llegado al acto de contrición, y si

lo rezo bien quizá Dios no quiera castigarme.

– ¿Por qué habría de castigarte Dios?

– Porque aborrezco el rosario…

– Bah, no tienes nada que temer. Mi papá dice que, en primer lugar,

Dios no hizo el condenado rosario, y, en segundo, ni siquiera lo escucha.

Conor me asustaba, cuando hablaba así.

– No digas más. Si sigues hablando tendré que confesarme por haberte

escuchado.

– Bah, mi papá dice que Dios tiene cosas más importantes que hacer

que eso de escuchar a un meón recitando las letanías.

Yo me puse las manos sobre las orejas para no oír nada más…

«Oh, mi Salvador, estoy sinceramente arrepentido de haberte

ofendido, puesto que Tú eres infinitamente bueno y el pecado te disgusta.

Detesto todos los pecados de mi vida…»

Conor me cogió las muñecas y me apartó las manos de los oídos.

– ¿Qué pecados? ¡Si sólo tienes once años!

Me libré de él con una sacudida, me hundí en el heno y contuve el

aliento, apretándome las orejas con mucha, muchísima fuerza…

«Detesto todos los pecados de mi vida - rezaba con fervor demente- , y

deseo purgarlos con los méritos de tu preciosa sangre. Limpia mi alma de

toda mancha de pecado, de modo que lavado en cuerpo y alma pueda

acercarme dignamente al Santísimo Sacramento del Altar…»

Cuando Conor me izó fuera, yo sollozaba y me estremecía, y él me

sostenía como hizo su padre con él cuando lo tuvo en el regazo.

– Tómalo con calma, peque… Yo cuidaré de ti.

En la habitación principal, la masa de gente se ponía en pie con un

cansancio infinito. La mayoría se despidieron, arrastrando los pies e

inclinado el cuerpo, camino de sus casitas de campo, quedando sólo la

familia y los amigos más íntimos para continuar velando al muerto.

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