Trinidad
Capítulo 13
Nosotros aguardábamos, medio enloquecidos, alguna noticia del
desastre de Sixmilecross. Primero llegó Shelley MacLeod, con su
hermano, y yo la acompañé al momento a un domicilio seguro.
Luego nos enteramos.
Kelly Mallow había muerto. Conor Larkin estaba gravemente herido.
Sterling McDade y los labradores de las colinas Carberry, Macken,
McGovern, Gorman, Gilroy y McAulay estaban en la cárcel de Mountjoy.
Al otro lado del mar, Owen O'Sullivan, sus hijos Barry y Bryan, y Dudley
Callaghan habían sido internados en Brixton. Parecía que un granjero
había escapado sin ser aprehendido. Aquello era el caos y la ruina, una
catástrofe irreparable para la Hermandad.
Pero cuando leímos los periódicos un día después no podíamos dar
crédito a lo que veíamos. En su obstinado celo, los británicos habían
cometido un error tremendo. La oficina de información de la Corona se
jactaba de que habían «Aplastado un organizado grupo de contrabandistas de armas de la Hermandad Republicana Irlandesa, que había utilizado durante meses una ruta secreta de entrada». El
reportaje continuaba dando la versión completa de cómo se había
utilizado el tren de sir Frederick Weed para la operación aquella.
El Castillo de Dublín se había negado años y años a reconocer que
existiera ninguna Hermandad Republicana Irlandesa. Una y otra vez se
había declarado que no existía semejante organización, salvo en las
mentes de unos pocos fenianos viejos y chochos. Bueno, pues, ¿cómo
podía una entidad inexistente entrar armas en Irlanda? Con las prisas
por hacer sonar su trompa, los británicos reconocieron que los años de
propaganda invariable habían sido dedicados a mentir. Y de pronto, el
desastre de Sixmilecross adquirió una dimensión distinta. La audacia del
plan pertenecía al tipo de demencias que cautivan los corazones
irlandeses y fue acogida con un humor que nosotros entendíamos y los
británicos no comprenderían nunca. Todo el país estalló en una gran
carcajada. Los del Castillo de Dublín reconocieron demasiado tarde lo
que habían hecho y se sonrojaron humillados. Al confesar nuestra
existencia, nos habían dado una fama que no habríamos logrado por
nosotros mismos.
De modo que el perro irlandés se negaba a permanecer quieto y la
Hermandad vivía. Mientras la incertidumbre sustituía a la arrogancia (y
el oficial de información era sustituido también) la noticia de nuestro
resurgimiento llegaba a todos los ámbitos del país. El Castillo de Dublín
se convirtió en el gran reclutador de adeptos para nosotros al mismo
tiempo que Sixmilecross pasaba de ser una derrota a constituirse en una
muy rara variedad de victoria. Habíamos perdido las armas, pero
habíamos ganado la atención del país y, acaso, millares de hombres
decididos.
Robert Emmet McAloon, arrugado viejo brujo de las leyes, había sido
amigo íntimo de Desmond Fitzpatrick y heredado la plena
responsabilidad de las cuestiones republicanas después de la defunción de
este último. Emmet saltó a la brecha, pero fue a topar contra una muralla
de piedra.
El gobernador de la cárcel de Mountjoy le advirtió que tenía la orden
de mantener aislados a los prisioneros de Sixmilecross y no permitirles
recibir visitas, ni siquiera la de sus abogados. El paradero de Conor
Larkin se mantenía en secreto. Lo único que se sabía era que continuaba
vivo, y todo lo que podíamos comunicarle era que Shelley se encontraba
bien y había salido de Belfast.
Robert Emmet McAloon era un táctico de raro talento y había
luchado demasiado tiempo en la resaca de una ley antiirlandesa para
desalentarse. Durante tres semanas sus peticiones al tribunal cayeron en
oídos sordos. Al insistir todavía más, vino la comunicación de los Cuatro
Tribunales (hogar de la justicia británica en Irlanda) de que el habeas corpus había sido suspendido en este caso. El tribunal citaba algunas
leyes coercitivas (cuyo número total sobrepasaba el centenar) dictadas
contra los irlandeses durante el siglo xix.
Entonces Robert Emmet McAloon empleó una táctica distinta. Los
británicos estaban furiosos todavía por el incidente y querían recobrar la
dignidad. Algunos miembros del concejo de la Hermandad ocupaban,
asimismo, cargos importantes en el partido Sinn Fein, legalmente
aceptado, y se trazaron planes para utilizar el Sinn Fein como fachada
para soltar una plétora de oradores que redoblaran los tambores, hicieran
hervir el puchero, recogieran fondos, atrajeran la atención, la
indignación y la simpatía de todo el país en favor de los hombres de
Sixmilecross. Como oradora callejera, Atty Fitzpatrick no tenía rival, y
estaba templada y preparada.
Poco después que el Sinn Fein anunciase una serie de
concentraciones públicas de protesta, llegaba de Inglaterra sir Lucian
Bolt con el título de fiscal de la oficina del fiscal general. Bolt no era
amigo de los irlandeses, ni mucho menos, y había dictado parte de las
leyes más represivas contra nosotros durante su estancia en la Cámara de
los Comunes. Los círculos republicanos le temían. McAloon calculaba
que el Gobierno había acabado estructurando una política sobre la
cuestión y sir Lucían Bolt no tardaría en ponerse en contacto… Acertó,
como de costumbre.
Brendan Sean Barrett fue introducido clandestinamente en Irlanda,
donde se consideró que estaría más a salvo, y junto con Dan Sweeney,
Atty y yo constituyó el enlace de la Hermandad con McAloon sobre
Sixmilecross. Después de la primera reunión de Bobby con sir Lucian,
nos convocamos en la elegante biblioteca de una casa segura de
Ballsbridge. En espíritu, Robert Emmet nunca estaba muy lejos de la sala
del tribunal y aquel día se paseaba delante de nosotros como si fuésemos
el jurado que iba a constituirse.
– He convenido por el momento - empezó- en cancelar las reuniones
públicas de protesta.
Atty refunfuñó de descontento.
– Sir Lucian anda tanteando el terreno para un acuerdo. De regreso
acá se me permitió visitar, extraoficialmente, a los siete de Mountjoy. No
es maravilla que no quisieran que les viésemos antes. Han sido
brutalmente torturados.
Brendan Sean Barrett y Largo Dan no manifestaron la menor
emoción ante estas revelaciones. Para ellos era una vieja historia.
– Los tuvieron encapuchados, – forzados a permanecer en posición de
firmes contra la pared, con las piernas y los brazos abiertos por periodos
de hasta veinticuatro horas, sin alimento, ni agua, ni poder hacer sus
necesidades. El llamado Gorman presentaba unas enconadas
quemaduras de cigarrillo. Se habían orinado varias veces sobre Gilroy, y
a McDade le habían obligado a correr descalzo por un pasillo sembrado
de trozos de vidrio. Todos declararon que les dieron a comer algo que les
provocó vómitos y alucinaciones.
– Métodos antiguos, pero eficaces - comentó Sweeney.
– Por supuesto, quisieron utilizar las declaraciones de unos contra
otros. Pero los pobres no podían informarles de nada, excepto del nombre
del compañero que, según parece, ha conseguido huir. Ninguno sabía
nada, sino que Kelly Malloy los había reclutado para esta tarea, y Kelly
murió.
McAloon dejó caer su vieja mole de setenta años en un sillón de cuero
excesivamente forrado y al instante quedó totalmente desaliñado.
– ¿Qué se sabe de Conor Larkin? - pregunté.
– Al parecer no está en Mountjoy. Me prometieron que a su debido
tiempo permitirán que le vea. Os lo digo porque me he comprometido a
que tu pluma permanezca callada, de momento, Seamus, lo mismo que
tus pulmones, Atty.
– ¿Qué crees que se propone el Gobierno? - inquirió Dan.
Robert Emmet McAloon se inclinó adelante, se pellizcó la piel del
cuello y luego levantó el índice.
– Yo colijo que los británicos quieren que esto quede quieto y que el
público no se apasione. Y lo quieren por tres motivos. Primer motivo - dijo,
cogiéndose el índice y moviéndolo rápidamente-: nada beneficiaría tanto
a la Hermandad como un juicio severo y unas condenas a largos años de
cárcel. ¿De acuerdo?
Asentimos.
– Segundo motivo - continuó Bobby, añadiendo el dedo del corazón-: la
situación en Europa. ¿No lo crees así, Brendan?
El aludido asintió con un gesto, y continuó por su cuenta:
– Una guerra en Europa es inevitable. La Gran Bretaña acaba de
concertar la triple entente con Rusia y Francia para contrapesar la
alianza de Alemania, Austria y Hungría. Como sabemos, una de las viejas
justificaciones que alega Gran Bretaña para ocupar Irlanda es la de que
nos encontramos a caballo de sus rutas marítimas; ellos son una isla y
nuestra situación geográfica nos hace necesarios para su defensa.
– Exactamente - interrumpió McAloon-. Y esto entre ellos puede llegar
a constituir una fobia. Seguro que se imaginan una Hermandad
Republicana Irlandesa hipertrofiada coqueteando con los alemanes para
conseguir armas.
– ¿Qué importa? - musitó Barrett-. Cuando llegue el momento
oportuno, acudiremos a los alemanes, tanto si les gusta como si no.
Bobby abrió los brazos de par en par.
– Bien, ahí están, sentados alrededor de una larga mesa de caoba,
jugando a sus jueguecitos, negándose a aceptar lo inevitable de la
situación e imaginando cómo retrasarla todo lo que puedan.
– ¿Motivo número tres? - preguntó Atty.
– El motivo número tres -continuó el abogado- quizá sea el más
práctico de todos. Como sabemos, los protestantes del Ulster se arman
desde hace años. Evidentemente, ése es el cesto en el que los británicos
quieren poner sus huevos. La defensa de este flanco británico vulnerable
debería estar en manos de vasallos leales, ¿no es cierto? Exteriormente
no pueden aprobar la entrada de armas en el Ulster sin otorgar la misma
consideración al sur. Se trata de un consentimiento tácito y se manifiesta
en volverse de espaldas, cerrar los ojos y taparse los oídos. Quieren un
Ulster armado con valla de contención contra la crisis de un gobierno
autónomo y una guerra en Europa. Y por el momento quieren aparentar
que no favorecen más a unos que a otros. Si imponen sentencias graves a
los hombres de Sixmilecross, se encontrarán con peticiones de que
procedan igual con los que introducen armas en el Ulster.
– En otras palabras - dijo Atty- , nos pegan y reducen, y nos persiguen
si procuramos entrar armas, pero permiten que arriba, en el norte, sí las
entren.
– Esto es - respondió Robert Emmet McAloon-, esto es, exactamente -
estiró las piernas cuanto pudo, se llevó las manos a la nuca y se puso a
mirar al techo, como si el techo celebrase audiencia-. Tengo la firme
convicción de que sir Lucian Bolt está dispuesto a contentarse con
sentencias moderadas, de unos pocos años, digamos, a cambio de que
nosotros guardemos silencio sobre el trato a los presos y detengamos las
reuniones públicas.
Los demás permanecieron callados un buen rato, digiriendo sus
palabras. Atty se vería privada de su tribuna pública, su pedestal de
gloria. En cuanto a mí, me movía el egoísmo de ahorrarle a Conor veinte
años detrás de las rejas. El peso de la cuestión caía sobre Dan Sweeney,
que se enfrentaba con la tarea de organización de la Hermandad.
Superficialmente parecía que debía pedir infinidad de protestas públicas,
para cosechar una riada de nuevos afiliados. No obstante, fue él quien
defendió la moderación con argumentos más poderosos. El alistamiento
de gran número de reclutas para la Hermandad en esta fase de su
desarrollo dejaría a nuestra organización terriblemente vulnerable.
Todavía no habíamos formado los estados mayores, los cuadros de mando
ni las unidades. No teníamos procedimientos establecidos para
informarnos de los candidatos. A los británicos les costaría muy poco
trabajo poblar nuestras filas de confidentes.
¿Qué haríamos con varios millares de hombres en esta fase? No
teníamos armas con que instruirles, ni siquiera bastantes lugares seguros
donde dar esta instrucción. Dan estuvo convincente. Admitiendo a
demasiada gente antes de haber establecido los cimientos necesarios nos
pondríamos al descubierto.
– Hemos de edificar lentamente, hombre por hombre - sostenía Dan-.
En este momento todo nuevo recluta ha de ser persona de la mayor
confianza. Cuando tengamos diez hombres buenos en Cork, diez en
Derry, diez en Galway, podemos empezar a formar unidades. Tengo que
manifestarme de acuerdo con Bobby y pedirle que concierte un pacto con
Lucian Bolt.
Habiendo manifestado Atty, Dan y yo nuestra conformidad con esta
política, nos volvimos hacia Brendan Sean Barrett, que había
permanecido callado durante gran parte de la discusión. Estaba
amargado, quizá más de lo que correspondía a su época y sus objetivos, y
no sabría decir cómo noté cierto calor humano en aquel hombre.
– Evidentemente, ya no puedo alterar la votación - dijo en tono
sarcástico.
– ¿Qué ideas bullen en tu cerebro, Brendan? - refunfuñó Dan.
– Este país está en la miseria. Las huelgas obreras han fracasado
porque estamos demasiado rendidos y pisoteados para plantarnos firmes.
Necesitamos desesperadamente algo que remueva las conciencias. Ahora
tenemos el momento en nuestras manos. Si no lo aprovechamos, quizá
tarde muchísimo tiempo en volver, suponiendo que vuelva alguna vez.
– Yo sigo creyendo que será prematuro - replicó Dan-. Abramos
nuestras filas y los británicos nos aplastarán en menos de un mes.
Brendan Sean Barrett levantó los brazos en gesto de «rendición»
mientras los demás indicábamos con un movimiento de cabeza a
McAloon que podía pactar con sir Lucian Bolt. La vida de Barrett había
sido una sucesión de derrotas, por consiguiente, una más no importaría.
Se levantó antes que nadie, fue hasta la puerta, y se volvió cara a
nosotros.
– Decidme, tú Bobby, y tú Dan, ¿cuándo lo aprendisteis?
-¿El qué?
– Que un irlandés pueda sentarse a negociar un acuerdo con los
británicos sin que le engañen.
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