Trinidad

Leon Uris · Capítulo 94 de 119

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Trinidad

Capítulo 13

Nosotros aguardábamos, medio enloquecidos, alguna noticia del

desastre de Sixmilecross. Primero llegó Shelley MacLeod, con su

hermano, y yo la acompañé al momento a un domicilio seguro.

Luego nos enteramos.

Kelly Mallow había muerto. Conor Larkin estaba gravemente herido.

Sterling McDade y los labradores de las colinas Carberry, Macken,

McGovern, Gorman, Gilroy y McAulay estaban en la cárcel de Mountjoy.

Al otro lado del mar, Owen O'Sullivan, sus hijos Barry y Bryan, y Dudley

Callaghan habían sido internados en Brixton. Parecía que un granjero

había escapado sin ser aprehendido. Aquello era el caos y la ruina, una

catástrofe irreparable para la Hermandad.

Pero cuando leímos los periódicos un día después no podíamos dar

crédito a lo que veíamos. En su obstinado celo, los británicos habían

cometido un error tremendo. La oficina de información de la Corona se

jactaba de que habían «Aplastado un organizado grupo de contrabandistas de armas de la Hermandad Republicana Irlandesa, que había utilizado durante meses una ruta secreta de entrada». El

reportaje continuaba dando la versión completa de cómo se había

utilizado el tren de sir Frederick Weed para la operación aquella.

El Castillo de Dublín se había negado años y años a reconocer que

existiera ninguna Hermandad Republicana Irlandesa. Una y otra vez se

había declarado que no existía semejante organización, salvo en las

mentes de unos pocos fenianos viejos y chochos. Bueno, pues, ¿cómo

podía una entidad inexistente entrar armas en Irlanda? Con las prisas

por hacer sonar su trompa, los británicos reconocieron que los años de

propaganda invariable habían sido dedicados a mentir. Y de pronto, el

desastre de Sixmilecross adquirió una dimensión distinta. La audacia del

plan pertenecía al tipo de demencias que cautivan los corazones

irlandeses y fue acogida con un humor que nosotros entendíamos y los

británicos no comprenderían nunca. Todo el país estalló en una gran

carcajada. Los del Castillo de Dublín reconocieron demasiado tarde lo

que habían hecho y se sonrojaron humillados. Al confesar nuestra

existencia, nos habían dado una fama que no habríamos logrado por

nosotros mismos.

De modo que el perro irlandés se negaba a permanecer quieto y la

Hermandad vivía. Mientras la incertidumbre sustituía a la arrogancia (y

el oficial de información era sustituido también) la noticia de nuestro

resurgimiento llegaba a todos los ámbitos del país. El Castillo de Dublín

se convirtió en el gran reclutador de adeptos para nosotros al mismo

tiempo que Sixmilecross pasaba de ser una derrota a constituirse en una

muy rara variedad de victoria. Habíamos perdido las armas, pero

habíamos ganado la atención del país y, acaso, millares de hombres

decididos.

Robert Emmet McAloon, arrugado viejo brujo de las leyes, había sido

amigo íntimo de Desmond Fitzpatrick y heredado la plena

responsabilidad de las cuestiones republicanas después de la defunción de

este último. Emmet saltó a la brecha, pero fue a topar contra una muralla

de piedra.

El gobernador de la cárcel de Mountjoy le advirtió que tenía la orden

de mantener aislados a los prisioneros de Sixmilecross y no permitirles

recibir visitas, ni siquiera la de sus abogados. El paradero de Conor

Larkin se mantenía en secreto. Lo único que se sabía era que continuaba

vivo, y todo lo que podíamos comunicarle era que Shelley se encontraba

bien y había salido de Belfast.

Robert Emmet McAloon era un táctico de raro talento y había

luchado demasiado tiempo en la resaca de una ley antiirlandesa para

desalentarse. Durante tres semanas sus peticiones al tribunal cayeron en

oídos sordos. Al insistir todavía más, vino la comunicación de los Cuatro

Tribunales (hogar de la justicia británica en Irlanda) de que el habeas corpus había sido suspendido en este caso. El tribunal citaba algunas

leyes coercitivas (cuyo número total sobrepasaba el centenar) dictadas

contra los irlandeses durante el siglo xix.

Entonces Robert Emmet McAloon empleó una táctica distinta. Los

británicos estaban furiosos todavía por el incidente y querían recobrar la

dignidad. Algunos miembros del concejo de la Hermandad ocupaban,

asimismo, cargos importantes en el partido Sinn Fein, legalmente

aceptado, y se trazaron planes para utilizar el Sinn Fein como fachada

para soltar una plétora de oradores que redoblaran los tambores, hicieran

hervir el puchero, recogieran fondos, atrajeran la atención, la

indignación y la simpatía de todo el país en favor de los hombres de

Sixmilecross. Como oradora callejera, Atty Fitzpatrick no tenía rival, y

estaba templada y preparada.

Poco después que el Sinn Fein anunciase una serie de

concentraciones públicas de protesta, llegaba de Inglaterra sir Lucian

Bolt con el título de fiscal de la oficina del fiscal general. Bolt no era

amigo de los irlandeses, ni mucho menos, y había dictado parte de las

leyes más represivas contra nosotros durante su estancia en la Cámara de

los Comunes. Los círculos republicanos le temían. McAloon calculaba

que el Gobierno había acabado estructurando una política sobre la

cuestión y sir Lucían Bolt no tardaría en ponerse en contacto… Acertó,

como de costumbre.

Brendan Sean Barrett fue introducido clandestinamente en Irlanda,

donde se consideró que estaría más a salvo, y junto con Dan Sweeney,

Atty y yo constituyó el enlace de la Hermandad con McAloon sobre

Sixmilecross. Después de la primera reunión de Bobby con sir Lucian,

nos convocamos en la elegante biblioteca de una casa segura de

Ballsbridge. En espíritu, Robert Emmet nunca estaba muy lejos de la sala

del tribunal y aquel día se paseaba delante de nosotros como si fuésemos

el jurado que iba a constituirse.

– He convenido por el momento - empezó- en cancelar las reuniones

públicas de protesta.

Atty refunfuñó de descontento.

– Sir Lucian anda tanteando el terreno para un acuerdo. De regreso

acá se me permitió visitar, extraoficialmente, a los siete de Mountjoy. No

es maravilla que no quisieran que les viésemos antes. Han sido

brutalmente torturados.

Brendan Sean Barrett y Largo Dan no manifestaron la menor

emoción ante estas revelaciones. Para ellos era una vieja historia.

– Los tuvieron encapuchados, – forzados a permanecer en posición de

firmes contra la pared, con las piernas y los brazos abiertos por periodos

de hasta veinticuatro horas, sin alimento, ni agua, ni poder hacer sus

necesidades. El llamado Gorman presentaba unas enconadas

quemaduras de cigarrillo. Se habían orinado varias veces sobre Gilroy, y

a McDade le habían obligado a correr descalzo por un pasillo sembrado

de trozos de vidrio. Todos declararon que les dieron a comer algo que les

provocó vómitos y alucinaciones.

– Métodos antiguos, pero eficaces - comentó Sweeney.

– Por supuesto, quisieron utilizar las declaraciones de unos contra

otros. Pero los pobres no podían informarles de nada, excepto del nombre

del compañero que, según parece, ha conseguido huir. Ninguno sabía

nada, sino que Kelly Malloy los había reclutado para esta tarea, y Kelly

murió.

McAloon dejó caer su vieja mole de setenta años en un sillón de cuero

excesivamente forrado y al instante quedó totalmente desaliñado.

– ¿Qué se sabe de Conor Larkin? - pregunté.

– Al parecer no está en Mountjoy. Me prometieron que a su debido

tiempo permitirán que le vea. Os lo digo porque me he comprometido a

que tu pluma permanezca callada, de momento, Seamus, lo mismo que

tus pulmones, Atty.

– ¿Qué crees que se propone el Gobierno? - inquirió Dan.

Robert Emmet McAloon se inclinó adelante, se pellizcó la piel del

cuello y luego levantó el índice.

– Yo colijo que los británicos quieren que esto quede quieto y que el

público no se apasione. Y lo quieren por tres motivos. Primer motivo - dijo,

cogiéndose el índice y moviéndolo rápidamente-: nada beneficiaría tanto

a la Hermandad como un juicio severo y unas condenas a largos años de

cárcel. ¿De acuerdo?

Asentimos.

– Segundo motivo - continuó Bobby, añadiendo el dedo del corazón-: la

situación en Europa. ¿No lo crees así, Brendan?

El aludido asintió con un gesto, y continuó por su cuenta:

– Una guerra en Europa es inevitable. La Gran Bretaña acaba de

concertar la triple entente con Rusia y Francia para contrapesar la

alianza de Alemania, Austria y Hungría. Como sabemos, una de las viejas

justificaciones que alega Gran Bretaña para ocupar Irlanda es la de que

nos encontramos a caballo de sus rutas marítimas; ellos son una isla y

nuestra situación geográfica nos hace necesarios para su defensa.

– Exactamente - interrumpió McAloon-. Y esto entre ellos puede llegar

a constituir una fobia. Seguro que se imaginan una Hermandad

Republicana Irlandesa hipertrofiada coqueteando con los alemanes para

conseguir armas.

– ¿Qué importa? - musitó Barrett-. Cuando llegue el momento

oportuno, acudiremos a los alemanes, tanto si les gusta como si no.

Bobby abrió los brazos de par en par.

– Bien, ahí están, sentados alrededor de una larga mesa de caoba,

jugando a sus jueguecitos, negándose a aceptar lo inevitable de la

situación e imaginando cómo retrasarla todo lo que puedan.

– ¿Motivo número tres? - preguntó Atty.

– El motivo número tres -continuó el abogado- quizá sea el más

práctico de todos. Como sabemos, los protestantes del Ulster se arman

desde hace años. Evidentemente, ése es el cesto en el que los británicos

quieren poner sus huevos. La defensa de este flanco británico vulnerable

debería estar en manos de vasallos leales, ¿no es cierto? Exteriormente

no pueden aprobar la entrada de armas en el Ulster sin otorgar la misma

consideración al sur. Se trata de un consentimiento tácito y se manifiesta

en volverse de espaldas, cerrar los ojos y taparse los oídos. Quieren un

Ulster armado con valla de contención contra la crisis de un gobierno

autónomo y una guerra en Europa. Y por el momento quieren aparentar

que no favorecen más a unos que a otros. Si imponen sentencias graves a

los hombres de Sixmilecross, se encontrarán con peticiones de que

procedan igual con los que introducen armas en el Ulster.

– En otras palabras - dijo Atty- , nos pegan y reducen, y nos persiguen

si procuramos entrar armas, pero permiten que arriba, en el norte, sí las

entren.

– Esto es - respondió Robert Emmet McAloon-, esto es, exactamente -

estiró las piernas cuanto pudo, se llevó las manos a la nuca y se puso a

mirar al techo, como si el techo celebrase audiencia-. Tengo la firme

convicción de que sir Lucian Bolt está dispuesto a contentarse con

sentencias moderadas, de unos pocos años, digamos, a cambio de que

nosotros guardemos silencio sobre el trato a los presos y detengamos las

reuniones públicas.

Los demás permanecieron callados un buen rato, digiriendo sus

palabras. Atty se vería privada de su tribuna pública, su pedestal de

gloria. En cuanto a mí, me movía el egoísmo de ahorrarle a Conor veinte

años detrás de las rejas. El peso de la cuestión caía sobre Dan Sweeney,

que se enfrentaba con la tarea de organización de la Hermandad.

Superficialmente parecía que debía pedir infinidad de protestas públicas,

para cosechar una riada de nuevos afiliados. No obstante, fue él quien

defendió la moderación con argumentos más poderosos. El alistamiento

de gran número de reclutas para la Hermandad en esta fase de su

desarrollo dejaría a nuestra organización terriblemente vulnerable.

Todavía no habíamos formado los estados mayores, los cuadros de mando

ni las unidades. No teníamos procedimientos establecidos para

informarnos de los candidatos. A los británicos les costaría muy poco

trabajo poblar nuestras filas de confidentes.

¿Qué haríamos con varios millares de hombres en esta fase? No

teníamos armas con que instruirles, ni siquiera bastantes lugares seguros

donde dar esta instrucción. Dan estuvo convincente. Admitiendo a

demasiada gente antes de haber establecido los cimientos necesarios nos

pondríamos al descubierto.

– Hemos de edificar lentamente, hombre por hombre - sostenía Dan-.

En este momento todo nuevo recluta ha de ser persona de la mayor

confianza. Cuando tengamos diez hombres buenos en Cork, diez en

Derry, diez en Galway, podemos empezar a formar unidades. Tengo que

manifestarme de acuerdo con Bobby y pedirle que concierte un pacto con

Lucian Bolt.

Habiendo manifestado Atty, Dan y yo nuestra conformidad con esta

política, nos volvimos hacia Brendan Sean Barrett, que había

permanecido callado durante gran parte de la discusión. Estaba

amargado, quizá más de lo que correspondía a su época y sus objetivos, y

no sabría decir cómo noté cierto calor humano en aquel hombre.

– Evidentemente, ya no puedo alterar la votación - dijo en tono

sarcástico.

– ¿Qué ideas bullen en tu cerebro, Brendan? - refunfuñó Dan.

– Este país está en la miseria. Las huelgas obreras han fracasado

porque estamos demasiado rendidos y pisoteados para plantarnos firmes.

Necesitamos desesperadamente algo que remueva las conciencias. Ahora

tenemos el momento en nuestras manos. Si no lo aprovechamos, quizá

tarde muchísimo tiempo en volver, suponiendo que vuelva alguna vez.

– Yo sigo creyendo que será prematuro - replicó Dan-. Abramos

nuestras filas y los británicos nos aplastarán en menos de un mes.

Brendan Sean Barrett levantó los brazos en gesto de «rendición»

mientras los demás indicábamos con un movimiento de cabeza a

McAloon que podía pactar con sir Lucian Bolt. La vida de Barrett había

sido una sucesión de derrotas, por consiguiente, una más no importaría.

Se levantó antes que nadie, fue hasta la puerta, y se volvió cara a

nosotros.

– Decidme, tú Bobby, y tú Dan, ¿cuándo lo aprendisteis?

-¿El qué?

– Que un irlandés pueda sentarse a negociar un acuerdo con los

británicos sin que le engañen.

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