Trinidad

Leon Uris · Capítulo 99 de 119

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Trinidad

Capítulo 18

«No dejes que tu corazón se incline hacia sus procederes, no te desvíes

hacia los senderos de la malvada. Su casa es el camino del infierno, que

desciende hacia las cámaras de la muerte.»

«¿Sabes que los inicuos no heredarán el reino de Dios? No te

engañes: ni los fornicadores…, ni los adúlteros…, ni los ladrones…, ni

los degenerados… heredarán el reino de Dios.»

Un miércoles tras otro, después de Sixmilecross, se arengaba a las

Damas Auxiliares de los Caballeros de Cristo sobre la condición de

ramera de Shelley MacLeod. Era una lección ocasional demasiado

horrenda y demasiado clara para dejarla en olvido, y el moderador estaba

decidido a grabarla en el cerebro de todas las mujeres de su iglesia.

Al final de la reunión de damas de los miércoles, MacIvor aparecía en

el local social para una última oración y unas palabras sabias.

– Lo mismo que Sodoma y Gomorra, e igualmente las otras ciudades

próximas, que se entregaban a fornicaciones y corrían en pos de carne

extraña, se ofrecen como ejemplo de sufrimientos y venganza por el fuego

eterno, así también esas sucias soñadoras manchan la carne, desprecian

la potestad y hablan maldades…

Y se ponía a rezar, abiertas las manos, temblorosos los carnosos

labios, lacrimosos los ojos.

– ¡Hermanas! Damas, madres, hijas, esposas cristianas. Os han

rebajado. La ramera ha huido, pero la ramera no se ha librado ni de los

ojos, ni de la venganza del Señor. ¿Qué madre, entre vosotras, no tiembla

de horror y de rabia al pensar que su propia hija virgen pudiera yacer,

carne contra carne, con un traidor papista? No debemos abandonar la

vela en busca de la ramera que ha arrojado esta vergüenza sobre su

pueblo. No debéis olvidar nunca esta terrible lección en vuestra marcha

hacia la pureza y la feminidad digna…

Una mano invisible había dibujado la marca de Caín sobre los

hogares MacLeod de Tobergill Road. El silencio, que es la forma más

cruel de tormento que pueden infligir los vecinos, había descendido sobre

ellos; silencio roto únicamente por ataques de ira. Durante semanas,

nadie dirigió la palabra a Morgan ni a su hijo. A Lucy le habían

escupido, le hablan arrojado verduras, le hablan regado con una

manguera. A Matt le dieron tantas palizas que sus padres lo internaron

en un colegio particular. Hasta la buena de Nell hubo de sufrir que le

tiraran basura a la cara.

Durante un tiempo Morgan y Nell continuaron desfilando retadores

hacia la iglesia de los Mártires, de Shankill, cortando el banco de hielo

que representaba el conjunto de sus vecinos. En tales ocasiones, MacIvor

murmuraba, por el rincón de los labios, frases de odio dando la pauta de

conducta a los demás.

Muchos amigos de los MacLeod, de otros barrios, consideraban que

ellos no tenían ninguna culpa. Entre los hermanos de la logia hubo

división de pareceres. Aunque no se podía culpar a Morgan ni a Robin de

lo que hiciera «ella», podía darse por seguro que ninguno de ambos

volvería a ocupar ningún puesto elevado en la orden.

Lo mismo ocurría en el astillero. Muchos antiguos compañeros se

acercaron para manifestarles su simpatía. Unos cuantos vecinos tuvieron

el valor de imitar esta conducta, aunque no muchos, por miedo a ser

víctimas a su vez de parecido trato.

La pestilente atmósfera de odio que no se alejaba nunca del Ulster

cuidaba de que los Caballeros de Cristo y sus Damas no pudieran olvidar

ya nunca más a Shelley MacLeod. MacIvor les enteró de que las

consecuencias de todo ello eran mucho peores para las mujeres, por

haberse tratado de un pecado cometido por una de ellas y porque quizá

Shelley MacLeod reflejase ciertos deseos femeninos secretos, con lo cual

todas habían de cargar con parte de la culpa.

La dignidad de Morgan MacLeod y su familia y la negativa a levantar

los domicilios y huir les encerró en un terrible aislamiento. Cierto que

hablaron de la posibilidad de marcharse, pero no pertenecían a la casta

que llenaba barcos de emigrantes, ni iban a permitir que les echasen de

su refugio.

Un día, en el astillero, Morgan sintió de pronto un dolor terrible en el

pecho; no podía respirar, se tambaleaba impotente, y cayó del andamio

desde una altura de seis metros sobre el duro pavimento, rompiéndose la

columna vertebral.

De la noche a la mañana, Oliver Cromwell se sintió iluminado por la

caridad cristiana. El próximo domingo dijo que el Señor había recibido

reparación suficiente por los pecados de su extraviada hija y que ahora

todos habían de empezar a perdonar.

Cubiertos de vergüenza por el comportamiento que habían seguido,

los vecinos empezaron una tanda de rezos que duraba las veinticuatro

horas del día mientras Morgan MacLeod estaba entre la vida y la

oscuridad eterna.

En el paquete no quedaban cigarrillos. Robín aplastó el envoltorio y

lo echó al cubo de la basura. Robin abandonó el andén para acercarse a

la ventanilla del jefe de estación.

-¿Llegará a la hora el tren de Dublín?

– Sí, en seguida.

Robin se había mostrado tan excitado en aquellos cuarenta minutos

de andar por allí como fiera en la jaula, murmurando en voz baja,

sentándose, restregándose las manos y fumando incesantemente, que

había llamado la atención del empleado. El anciano jefe de estación sabía

que muchas caras desconocidas venían a Lisburn para esperar a

personas con las cuales no querían ser vistas en Belfast. He ahí un sujeto

bien parecido que vestía con elegancia…, sin duda había de reunirse con

una amiguita, a espaldas de su mujer.

Robin miró la hora. Faltaban diez minutos. Fue al quiosco.

– Un paquete de Player's de los de veinte, estilo marinero.

Volvió al andén, tragándose el humo y mirando a lo lejos, sobre la vía

del ferrocarril.

Robin no estaba seguro de si había tomado una medida acertada. El

primer mes, después de lo de Sixmilecross, había sido una pesadilla. El se

había dicho a si mismo que seria capaz de resistir la carga de la

situación; pero hasta los jugadores estaban divididos unos contra otros.

Primero eliminaron a todos los católico- romanos, y cuando los hicieron

reingresar, éstos se mantuvieron aparte, formando grupitos que miraban

con ojos inflamados, no bebiendo ya con los demás, ni - cosa todavía peor-

jugando en equipo de verdad. La cosa se puso tan mal que sir Frederick

canceló la gira por Australia.

Durante el tiempo que Shelley y Conor vivieron juntos, Morgan, su

padre, impuso el silencio, ordenando que en aquella casa no volviera a

pronunciarse el nombre de Shelley. Una prohibición que le destruía más

que a nadie, le roía las entrañas, le minaba la vida. Morgan sabía que

Robin veía a Shelley a escondidas, pero no decía nada, no preguntaba

nada, no le daba recuerdos, ni bendiciones… nada. Pero Robin sabía que

su padre se pasaba horas enteras a solas, sentado en la habitación de su

hija, cuando creía que no había nadie en casa. El dolor del viejo no tenía

fin.

Luego vino lo de Sixmilecross y la puñalada del ostracismo que

instigó contra ellos la iglesia de su padre. Si su hermana era una ramera,

entonces la Virgen María lo fue también, porque Shelley era la mujer más

hermosa y buena que hubiera existido jamás. Tan buena como Lucy. Tan

buena como Nell. Nunca hizo daño a nadie; nunca tuvo malas palabras

para nadie.

Después de lo de Sixmilecross, Morgan trató de reunirlos nuevamente

a su alrededor; pero se agostaba ante los ojos de todos ellos. Todas las

noches les leía la Biblia, buscando pasajes que reclamaban

arrepentimiento e intentando dar entrada a la luz del amor.

-«Los que moran en casas de arcilla, que tienen los cimientos en el

polvo que se deshacen apolillados. Estos están destruyendo desde la

mañana a la noche; perecen eternamente sin que nadie se fije… mueren,

hasta sin saberlo.»

«¡Al diablo los vecinos, Morgan! - quería gritar Robin-. No te tomes la

molestia ni de excusarlos ni de maldecirlos»…

Luego Morgan se ponía a leer pasajes sobre la muerte, siempre sobre

la muerte. La noche antes de fallarle el corazón habló de la muerte con

una voz rendida por el cansancio.

Fue la última vez que les leyó…

«Glorificad al Señor vuestro Dios, antes de que traiga la oscuridad y

antes de que vuestros pies tropiecen por las montañas oscuras, y, mientras

vuestros ojos buscan la luz, El la convierta en la sombra de la muerte y la

transforme en una tremenda oscuridad. Pero si no queréis escucharlo, mi

alma llorará en lugares secretos por vuestro orgullo; y mi ojo llorará

más… y habrá agotado las lágrimas…»

–¡Robín, es tu padre! ¡Ha caído del dique seco Big Mabel!

Roca de los siglos, hendida por mí,

Deja que me esconda, dentro de Ti;

Deja que el agua y la sangre que manaron,

De tu hendido, santo, herido costado

Por el pecado doblemente curado,

Me laven la culpa y el poder que ha engendrado…

Malditos hipócritas que se amontonan alrededor de la casa

gimiendo y rezando. ¡Vosotros lo habéis matado, cochinos hipócritas!

Yo no quería causar ningún daño, Robin…

Le tenemos presente en nuestras oraciones…

Si quisieras estrecharme la mano, Robin MacLeod…

Ha durado demasiado, Robin…

Si tú y Lucy quisierais venir a comer…

¡Hipócritas! ¡Hipócritas! ¡Hipócritas! ¡Cochinos, Jodidos

Hipócritas!

Robin tuvo un sobresalto al oír el silbido de la locomotora allá abajo. Apagó la colilla y volvió a ponerla en el paquete, automático gesto de ahorro adquirido a fuerza de años en el astillero, y se recobró, mientras el tren paraba junto al andén.

Shelley y Robin continuaban abrazados mientras los últimos viajeros les miraban al pasar, antes de perderse en la noche, y el tren continuaba hacia Belfast. Por la vehemencia del abrazo, el jefe de estación comprendió que había acertado, y se dijo que aquellos dos estaban enamoradísimos.

Robin guió a su hermana hasta un banco.

–¿Cómo está?

–Te lo explicaré dentro de un momento.

–¿Podemos entrar en Belfast a verle?

–Esta noche, no.

–¿Has alquilado una habitación para mí?

–Oye, ¿te acuerdas del viejo Cappy O’Dwyer? Es… es… católico.

Jugaba en el club cuando yo ascendí, saliendo de los juveniles. Eramos grandes cantaradas entonces. Me enseñó muchísimo. En resumen, el viejo Cappy prosperó mucho después de haber dejado el equipo. Pienso que tiene el monopolio de las destilerías de poteen, allá en las montañas.

En fin, posee una casa grande y hermosa aquí, en las afueras de Lisburn. Hasta tiene una posada, ¿lo creerías? Estarás más segura allí.

La posada de Cappy O’Dwyer prestaba servicio a tres clases de clientes: varios distribuidores de poteen, muchachos republicanos que

huían de la justicia, y hombres que tenían relaciones amorosas con damas que no eran sus esposas. La cocina estaba caliente y animada, abundante de jamón, sopa de pollo que hervía en una gran olla de cobre y otros platos, tales como alubias, estofado de conejo y bizcocho empapado de natillas y cubierta de nata batida. Cappy estaba orgulloso de sus dotes culinarias.

–Bien, os dejo -se despidió-. Tu buena hermana puede retirarse a su habitación cuando le parezca bien.

Shelley le pellizcó la mejilla y le dio las gracias.

–Hay ahí un timbre eléctrico, y otro al lado de la cama, y bastará que lo pulse para que yo venga corriendo de la casa grande.

Acomodaos a vuestro gusto y pasad ahí todo el tiempo que queráis.

–Gracias por todo, Cappy -dijo Robin.

–De nada -respondió él, mirando a Shelley con una expresión que decía que a la amada de Conor Larkin se la recibía tan a gusto como a una santa.

Ambos hicieron ademán de atacar el banquete, pero lo

abandonaron. Cada uno guardaba las palabras en el pecho, sin soltarlas. De pronto, Shelley se volvió bruscamente.

–Sin rodeos -pidió-, ¿cómo está?

–Morgan está agonizando -contestó Robin-. No quería vivir más. El mismo se desea la muerte.

–Comprendo -susurró Shelley, dejándose caer junto a la mesa-.

Supongo que me odia de veras desde que…

–Es por lo muchísimo que te ama. Empezó a morir el día que te fuiste de casa; pero no sabía cómo acudir a ti. La idea de verte es lo único que le mantiene con vida. Te llama todos los días. De lo contrario no te habría pedido que vinieras.

Shelley se arregló el cabello y Robin trató de sonreír. Estaba pálido de agotamiento y tenía los ojos inflamados por la bebida. A pesar de la bravura que desplegaba en el campo de rugby, su hermana sabía que más que nadie, quedaría aplastado, si Morgan fallecía.

–Parece que os he causado una infinidad de sufrimientos a todos -

dijo la hermana.

Robín negó con la cabeza.

–¡Es ese cochino Belfast! – exclamó-. ¿Por qué no podrán dejar en paz a la gente? ¿Qué les importa a quién ames tú? – y quedó callado-.

En la familia -continuó luego- nadie te reprocha nada, Shelley. Confieso que cuando te saqué de Belfast, después de la aventura de Sixmilecross, maldije el día que naciste. Te maldije por lo que les pasaba a Matt, Lucy y Nell. Pero Morgan nos hizo recobrar el sentido. Morgan no quiso que nos consumiera el mismo odio que consumía a nuestros vecinos. Hizo que yo me avergonzase de mí mismo… porque… durante un corto tiempo… había dejado de amarte.

–Esa ciudad está demente, enloquecida por la enfermedad que sufre

-comentó Shelley-. ¡Oh, Robin! Coge a Lucy y a Matt y marchaos. Idos a otra parte.

Robín encendió un cigarrillo con mano temblorosa; luego encontró whisky en la alacena.

–Esta es la extraña y terrible maldición que pesa sobre mí -gimió-.

Incluso mientras escupían sobre su casa, Morgan los perdonaba.

¿Comprendes? Son nuestros vecinos… Cuando navegaba por el mar, tenía miedo, Shelley. Paso miedo todos los años, cuando voy a Inglaterra. Hasta lo tengo cuando paso un domingo fuera del Shankill.

¿Comprendes?… En el astillero, y en el campo de rugby, y por todo el Shankill, soy alguien. Cuando salgo de Belfast, no soy nadie. Morgan me enseñó esto. Dios mío…, nunca me sentí más satisfecho que el día que Morgan me pasó su sombrero hongo y me admitieron en su logia y pude desfilar a su lado mientras tocaban Dolly's Brae. Yo no quería mal a los católicos. Nunca hice caso de los predicadores que sembraban el odio contra ellos. Conor me dijo que cuando veía mi faja de Orange le daba náuseas; pero la única razón de que yo la llevase era porque así iba al lado de mi padre, y él era el rey del Shankill, y yo su príncipe. He ahí el maldito tormento de la situación. Ni a pesar de lo que nos han hecho, puedo marcharme. Hasta Lucy se asusta tanto cuando nos vamos de vacaciones que se pone demasiado nerviosa para que pueda gozarla. No conocemos otro mundo que las casitas que tenemos allí.

Aquél es nuestro puesto, ya sabes, el lugar donde nos sentimos a gusto.

Después de un par de generosos tragos, la faz de Robín brillaba de sudor.

–Y tú, ¿cómo lo has pasado, muchacha?

–Muy sola -murmuro Shelley-. Me faltaba él. Me faltabais vosotros.

–Matt preguntaba por ti, y Lucy también -Robin se irguió y reunió todo el coraje que le quedaba, aunque no pudo dominar una vacilación en la voz-. ¿Cómo está Conor?

Los dos hermanos se miraron fijamente. Luego Robin cogió la mano de Shelley con gesto desesperado.

–Yo nunca tuve nada contra Conor porque fuese católico. ¡Jesús mío! ¡Ni siquiera entiendo por qué luchamos unos contra otros!

¡Pregúntaselo a los muchachos del equipo, Shelley! ¡Pregunta a Cappy O’Dwyer! ¡Toca el timbre, dile que venga y pregúntale si me oyó pronunciar ni tan sólo una palabra fea sobre los católicos! No sé por qué Conor me pegó y me insultó cuando yo sólo pensaba en salvarle.

¡Me pegó porque llevaba una faja de Orange! ¡Shelley…, Shelley…, tienes que hacerle comprender que le amo como a un hermano!

Shelley fue hasta él, le cogió la cabeza, se la apoyó contra el pecho y le meció como a un niñito…

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