Trinidad

Leon Uris · Capítulo 76 de 119

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Trinidad

Capítulo 16

De los hermanos Larkin, sólo había venido Dary, desde el seminario Maynooth. Conor estaba en Inglaterra y, por supuesto, Liam muy demasiado lejos.

Brigid permaneció plantada delante de la casita de los Larkin por lo que parecía una eternidad. La larga espera había terminado. El cairn,

el montón de piedras, cubría la fosa de su madre; se había rezado la última oración. Ahora esta casita era suya, y la tierra era suya. Brigid fue despacio, muy despacio, hacia la puerta. La empujó con cuidado, como si entrase por vez primera. Todo estaba exactamente igual; pero todo era muy diferente. Sus ojos recorrieron la habitación. El asiento más cercano a la lumbre sería el suyo, y todos aquellos grandes botes de cocina los fregaría hasta darles un brillo que no habían tenido nunca.

Los taburetes, y los bancos, y la cantimplora, y la mantequera, y los candelabros…, todo lo que veía era suyo. Mañana recorrería los campos contando todo lo que le pertenecía.

Brigid pasó de habitación en habitación acariciando todas sus posesiones, dando unas ligerísimas palmaditas a los edredones de plumón, limpiando motitas de polvo que se acumulaban, imaginando cómo lo limpiaría todo para que no hubiera otra casita como aquélla.

Llegó a la puerta del dormitorio. Y se plantó a los pies de la cama donde habían nacido sus hermanos y ella. La cama de Tomas y Finola.

Luego se arrimó hacia el costado, como cuando estaban enfermos y los cuidaba, y en seguida se estiró y se hundió en aquella blandura, y cerró los ojos, que se le llenaron de lágrimas.

De vuelta a la sala principal, atizó el fuego como sólo la dueña de la casa podría hacerlo y puso turba nueva; luego guisó la primera comida, poniendo la mesa para sí misma y para Rinty Doyle. Primero eligió el puesto de Finola como suyo propio; pero luego cambió de idea, escogiendo el de cabeza de familia, que solía ocupar Tomas.

–¡Rinty! – llamó en dirección al establo. Y asomó la cabeza-. Rinty,

¿dónde estás?

No se le veía por ninguna parte. Brigid se echó la bufanda sobre los hombros, picada en su amor propio, bajó el sendero con paso firme hasta el cruce de caminos e irrumpió en la taberna de McCluskey.

Los caballeros del mostrador se quitaron las gorras todos a un tiempo por respeto y recuerdo de su santa madre. El viejo McCluskey sólo bizqueó un poco; los años le habían dejado medio ciego, y el oído no lo tenía mucho mejor. El pequeño y arrugado Rinty estaba acurrucado en el rincón más escondido, gozando de los placeres de la vida que le brindaba un vaso de Derryale.

–¡Ahí estás! – le espetó Brigid-. ¿Y quién te ha dado permiso para ponerte como una cuba?

–¿Como una cuba? Mujer, estoy más sereno que el padre Cluny.

Estoy tomando un trago de despedida en memoria de tu bendita madre, y que la Virgen salve su alma.

–Dios la tenga en paz -coreó Billy O'Kane desde el mostrador.

–Dios bendiga a todos los presentes -retornó Rinty, levantando el vaso.

–Te vienes a casa en este mismo instante, o esta noche no tomarás el té.

Rinty miró a los caballeros del bar, mortificado. Todos quedaron acobardados. Rinty chasqueó los labios, ansioso de paladear el último sorbito, pero capituló y arrastró los pies hacia la puerta para seguir camino arriba, tras Brigid.

–Esa tiene un par de colmillos que le aprietan el labio -comentó McCluskey.

–No me gustaría ni la mitad de la dosis.

– Jaysus, uno los tomaría por marido y mujer.

Ya en la casita, Brigid cerró de un portazo y arqueó la espalda, llena de ira, amilanando al hombre con su sola figura.

–Yo no me opongo a que un hombre beba su cuartillo de vez en cuando, pero no pienso quedarme como una esclava junto a esa lumbre y que tú no estés aquí a la hora de las comidas. En adelante, si tienes ganas de ir a la taberna de McCluskey o a la sheybeen, primero me pedirás permiso. ¿Queda claro?

–Sí -gimoteó el hombre.

–Recemos el rosario.

Rinty se rascó la cabeza, tratando de infundirse a sí mismo el valor suficiente para protestar.

–¿Puedo hablar una palabra sensata contigo?

–¡Habla!

–Lo que quiero decir es que aquí sólo estamos nosotros dos, y que cada uno de ambos es una persona independiente. Si por ejemplo el representante de la primera persona, o sea, yo mismo, halla solaz en un cuartillo al final de la jornada, ¿por qué no puede ese representante de la primera persona disfrutar del susodicho cuartillo, mientras la representante de la segunda persona reza el rosario? De esta manera ambos representantes han satisfecho sus necesidades más apremiantes.

–Dios se apiade de ti, Rinty Doyle.

–Soy un hombre y tengo mis derechos.

–Se te permitió que te apartaras de Dios porque este año último mi pobre madre estaba demasiado enferma para luchar con un pagano dentro de sus propias murallas.

–Tengo mis derechos, ya sabes, tengo mis derechos.

–Mientras vivas bajo este techo, rezarás el rosario y oirás misa. Iba a permitir que te trasladases al desván; pero continuarás en el establo hasta que des a Nuestro Señor Jesucristo lo que se le debe. Y ahora, de rodillas, Rinty Doyle.

Rinty levantó los ojos al cielo; pero el cielo no le mandó socorro alguno. El bueno de Rinty dejó caer los brazos y se arrodilló en el suelo junto a Brigid.

Ambos siguieron viviendo como si Brigid dirigiera una gran propiedad que llevara implicado el título de baronesa. El rezo no empezaba ni terminaba nunca, continuaba, meramente. En toda la parte alta no había otra casita sometida a una limpieza tan despiadada, esmerada y ordenada. Toda mota de polvo era un invasor al que había que desterrar, todos los platos se fregaban hasta que sacaban brillo, cada cosa y cada adorno estaban en su sitio exacto. Botas sucias, cenizas de tabaco y otras muestras del descuido masculino, así como los que habían incurrido en ellas, recibían un castigo inmediato.

Lo lamentable del caso era que Brigid no cuidaba de su persona con el mismo esmero que de la casa o los campos. Engordaba mucho, y en el umbral de sus treinta años había perdido todos los atractivos de su juventud. De todos modos, en Ballyutogue la belleza física nunca tuvo tanta importancia como las tierras, y la finca de los Larkin seguía siendo la mejor. Los solterones de cuarenta y pico, y para arriba,

husmeaban por ahí; pero eran una pandilla lamentable, de veras; y Brigid los ahuyentaba poco menos que con la horca del estiércol. La hermandad de los bebedores no tardó en dejarle vía libre.

Durante los meses siguientes, Brigid Larkin dejó asombrado a todo el mundo por la pericia con que gobernaba sus asuntos. Después de casi matar de trabajo al pobre Rinty, se trajo a otro primo lejano como segundo mozo de la finca. Organizó una industria doméstica del lino, vendiendo a un precio superior a lo que se ganaba trabajando a destajo, y dio otras muestras de poseer algo de la energía y la inteligencia típicas de los Larkin.

Liam y Conor enviaron dinero para la losa sepulcral de Finola. El menor de ambos, que había prosperado enormemente en Nueva

Zelanda envió, además, lo necesario para hacer el tejado de la casita de pizarra. Por añadidura, Liam fue el primer hijo de Ballyutogue que encargó una ventana de cristal policromado para la iglesia.

Después de obligar al rezo de las oraciones finales del día, Brigid pasaba revista a su baronía y a todo negocio que hubiera quedado inacabado, antes de retirarse. Y todas las noches abría el cajón de la alacena y sacaba la descolorida carta que habían recibido de Conor mucho tiempo atrás. Era la carta que le anunciaba que Myles McCracken no regresaría a Ballyutogue. La carta contenía sólo unas pocas palabras que fuese capaz de descifrar por sí misma, pero se las sabía de memoria y había desgastado el papel de tanto doblarlo y desdoblarlo.

«Debido a varias circunstancias, Myles toma esposa aquí en Derry.»

–¿Cuáles son esas varias circunstancias? – le preguntó al padre Cluny la primera vez que le leyó la carta.

El cura le dijo que no lo sabía, pero que sería inútil saberlo, porque Myles se había casado ya y ella no debía volver a verle.

El corazón de Brigid sollozó por Myles cuando se enteró del incendio. Brigid acudió al sacerdote nuevamente pasado algún tiempo, para pedirle que escribiera a Conor. Quizá cuando hubiera

transcurrido un año, pudiera ir a ver a Myles. Pero se había marchado de Derry y nadie sabía dónde estaba. El padre Cluny, muy servicial, fue personalmente a Derry y regresó con la triste noticia de que a Myles lo habían encerrado en el manicomio.

El ritual de la carta se hizo tan fijo e inalterable como el del rosario.

Brigid la devolvía a la alacena, apagaba la linterna y se refugiaba en la cama que había ansiado toda la vida.

–Fuiste un tonto, Myles. Si hubieses esperado otros ocho años, nada más, ahora te acostarías conmigo.

Los ojos saltaban de acá para allá por el cansancio de dirigir la finca y del exceso de oraciones.

«Debido a varias circunstancias, Myles toma esposa aquí en Derry…»

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