Trinidad

Leon Uris · Capítulo 11 de 119

Páginas del PDF

Trinidad

Capítulo 11

Los Hubble parecían olvidar, de un año a otro, que el mar de Irlanda podía ser tan ingrato y más que los caminos del país. Ni zalamerías, ni gracias, ni cuidados lograban calmar el mareo de la condesa, la cual abandonó el paquebote en un desmayo y fue trasladada rápidamente a Hubble Manor, donde se retiró de inmediato a sus habitaciones y se declaró indispuesta.

En Inishowen la llegada anual del conde de Foyle era un

acontecimiento de primera magnitud. Aquel año, la tensa atmósfera que se había formado, sumada al estallido habitual de movimiento y actividad, al acostumbrado diluvio de invitaciones oficiales y de cortesía y a las solicitudes de audiencia, desató una conmoción más que normal.

Mientras el conde se acomodaba, ordenaba y clasificaba cosas y daba a lady Beatrice oportunidad de recobrarse, el joven Arthur llegaba de Harrow con un par de condiscípulos para pasar las vacaciones. Sería el momento de estrechar las relaciones entre padre e hijo.

Después de haber tenido tres niñas, el nacimiento de Arthur, estando ya los padres en edad avanzada, había constituido un alivio, porque así la línea de descendencia quedaba asegurada. Pero en edad temprana, el muchacho manifestó una fragilidad nada característica en un Hubble. No era, podríamos decir, el orgullo de su padre, precisamente. En realidad, Arthur significaba una desilusión tan grande que lord Morris se preguntaba si sería capaz de sostener la carga que le correspondía en el gobierno de la familia.

Morris pasó algunos años de frustración intentando infundir virilidad en su hijo. Los juegos duros inyectaban vigor físico. Pero a medida que el padre insistía más, el hijo se apartaba, buscando el solaz de la madre y las hermanas. El zahiriente sarcasmo del conde sólo lograba que Arthur se encastillase más en su postura. Antes de los ocho años solía tartamudear y padecía ataques de cortedad de aliento que se agravaban cuando regresaba a Hubble Manor y se encontraba ante la imponente figura de su padre.

Pero ya no vendrían más hijos. Serenado por esta realidad, Morris Hubble, que se consideraba un hombre ilustrado, quiso hacer las paces.

Lo que deseaba de un hijo y lo que le había correspondido eran dos cosas distintas. Sus bramidos empezaron a reducirse hasta quedar en meros suspiros de disgusto y balbuceos apagados. Pero si bien el conde reprimía ahora los signos externos de desilusión, la falta de agresividad física por parte del muchacho y su condición de niñito lindo, le revolvían el estómago indefectiblemente.

Bueno, al menos Arthur demostraba poseer una mente despierta y progresaba satisfactoriamente en los estudios. Como único hijo varón, era el solo heredero, y desde el nacimiento le correspondía el título de vizconde de Coleraine. Eligiendo el distanciamiento como la manera más sensata de convivir, Morris estaba contentísimo de que Arthur se hubiese traído unos amigos. Aquel anual «tratar de conocerse uno a otro, y padre e hijo retozando juntos» se podía mantener al mínimo más absoluto.

El ala residencial de Hubble Manor empezó a poblarse con la tremolante llegada de las tres hijas, los correspondientes maridos y media docena de nietos. Las señoritas se habían casado con mucha vista. Aunque la estirpe de los Hubble llevaba arraigada en Inishowen doscientos cincuenta años y pico, lord Morris, lo mismo que sus antecesores, consideraba las tierras del condado como una parcela de terreno inglés y se tenía a sí mismo por inglés exclusivamente. Ellos habían de cumplir sus deberes en un lugar que no era del todo una colonia, pero que tampoco dejaba de serlo completamente. Muy poca fidelidad le debían al Ulster, asiento de su riqueza y su poder, porque para ellos seguía siendo un país extraño; e Irlanda, otro planeta. Lo que importaba era mantener la presencia de Inglaterra en el Ulster, y dos de sus hijas habían tenido buen cuidado en casarse con hombres de su propio linaje, en un juego de autoperpetuación. Beatrice había tomado estudiadas medidas para que no se apartasen de la influencia y el atractivo de la corte británica.

En lo que respecta a la hija mediana, Beverly, se había efectuado un inteligente enlace con una familia de escoceses del Ulster asombrosamente enriquecidos gracias a las hilaturas de lino que tenían en Belfast. En Inglaterra, establecer parentesco con la familia del

marido de Beverly se habría considerado un auténtico revés de fortuna; pero aquí, en Irlanda, la alianza con el elemento escocés no se consideraba un descenso de nivel en la casta de uno. La revolución industrial estaba creando fortunas nuevas e inmensas; era preciso considerar los imperativos de la época, así como la innegable realidad de que vivían fuera de la madre patria. Al cabo de unos años, el marido de Beverly ascendería a la condición de caballero, y si se le orientaba debidamente, no era imposible, ni mucho menos, que alcanzase la dignidad de par.

La llegada de las hijas y los nietos fue el antídoto que lady Beatrice necesitaba para salir de su confinamiento y entregarse al chismorreo.

Morris Hubble había ascendido de vizconde de Coleraine a conde de Foyle una docena de años atrás, heredando unas propiedades que se venían abajo a causa de las deudas nacidas de la pasión por el juego y las mujeres que había demostrado su padre. El viejo conde murió en las Indias en brazos de una querida negra extraordinariamente joven y hermosa. Vivió a lo grande, a lo insuperable, y falleció de una enfermedad inconfesable, de cuyos dolores le habían librado mediante un velo celestial de opio.

Una de las primeras medidas de Morris Hubble consistió en echar a Owen Rankin del puesto de administrador jefe, sustituyéndolo por su hermano menor MacAdam, un cerebro de primera magnitud. Este hecho amargó para siempre a Owen, que ya antes parecía eternamente amargado. La medida cambió por completo la marcha de la heredad.

Lord Morris siguió operando transformaciones y fue el primero de su estirpe que adoptó los nuevos principios para tratar con los cultivadores de sus tierras. Los O'Neill y sus aliados tradicionales, a quienes se había arrebatado las tierras para componer la finca de los condes, continuaban siendo el clan más belicoso de Irlanda. El hecho de que la heredad quedara tan aislada en Inishowen empeoraba todavía esta circunstancia. La violencia de los arrendatarios había constituido un estilo de vida, como quedó plenamente demostrado cuando Kilty Larkin llevó dos mil cabezas de vacuno de lord Hubble, de estampida, al fondo del lago Foyle.

A los labradores irlandeses (llamados croppies) parecía no impresionarles demasiado que les enseñaran el látigo. Como resaca de

la Revolución francesa, la reforma agraria se había extendido por toda Europa y algunos mensajes que esta reforma traía se habían filtrado incluso hasta las islas británicas. Como alboreaba la era de la razón, lord Morris prefirió entablar negociaciones y se granjeó el aprecio de la gente, además de procurarse con ello una era de paz, al avenirse a pagar, de su bolsillo, a la Iglesia anglicana el tributo que hasta entonces pesaba sobre los arrendatarios. Aunque en realidad MacAdam Rankin recobró todo lo perdido por este concepto mediante aumentos, sutilmente conseguidos, de los arriendos.

Si bien dio mayores atribuciones a MacAdam con el transcurso del tiempo, el conde siguió dirigiendo sus propios asuntos

escrupulosamente, y a pesar del gran contacto que había entre ambos, él se mantenía distanciado, exigiendo el más estricto protocolo. Su Señoría, empero, no consultaba a nadie más que a MacAdam. Cuando estaba en su casa solariega, solía celebrar con él sesiones que duraban horas enteras.

En el transcurso de aquellas entrevistas maratonianas, lord Morris repasaba seguida y flemáticamente las macizas carpetas de

documentos, buscando alguna que otra vez un asunto cuya solución tenía ya el administrador, invariablemente, en la punta de la lengua.

Morris parecía incrustado en la gran biblioteca, dividida en asombrosas hileras de volúmenes plantados eternamente en posición de firmes. Tomos que habían sido encuadernados y fileteados por dos generaciones de artesanos traídos de Florencia y que vivían y trabajaban en la heredad con este solo propósito. Aquella biblioteca tenía fama de ser el mayor oasis de ilustración en el desierto que se extendía desde la costa norte hasta las puertas de Dublín.

Detrás de la esmeradamente pulida mesa escritorio de palo rosa, el conde quedaba enmarcado por una ventana entre columnas que ostentaba el escudo de los Hubble en vidrio policromado. Este representaba la Mano Roja del Ulster y un mítico grifón azul de tres cabezas emblasonado con el latinizado lema de: «Una carga más para gloria del rey.» En el extremo opuesto del salón, de catorce metros y pico de largo, colgaba un grandioso retrato al óleo del libertador británico de Irlanda, el rey Guillermo de Orange, obra de sir Godfrey Knaeller, pintor de la corte en aquella época. De acuerdo con la

tradición del Ulster, había sustituido a la reina María por un corcel blanco. El cuadro se salvó milagrosamente cuando, durante un levantamiento campesino, fue arrasada toda un ala del castillo primitivo.

Aunque se acercaba ya a los cincuenta, el conde seguía teniendo la figura de un joven oficial de fusileros luciendo una elegante levita de tela de Valencia, a rayas, sobre un chaleco de seda de la China. Unas polainas de cuero blanco abrazaban sus piernas, robustas y bien formadas, y el cabello, sin una sola cana, era una masa de rizos que descendían hasta los hombros con las patillas cortadas al nivel de los labios. El único signo de que los años se iban acumulando lo daba el monóculo puesto en juego para leer algunos de los papeles escritos en letra más menuda.

Por el contrario, MacAdam era un hombre bajo, enjuto, y vestía un casimir abultado y sin planchar impregnado de austeridad escocesa.

Junto a la mesa reposaban cuatro baúles imperiales de bejuco que contenían los libros e informes necesarios. Después de haber examinado al detalle la última carpeta, los dos hombres se miraron fijamente en medio de un silencio desamparado, interrumpido solamente por el tintineo de las cucharillas en las tazas de té. El resplandor del vidrio policromo se difundía en una claridad grisácea.

Lord Morris abrió la cajita de rapé, incrustada de joyas, y se concedió un pellizco.

–¿Cuál es la causa? – preguntó por fin.

MacAdam movió la dolorida espalda y se encogió de hombros.

–La comisión Peel dijo que la causante es cierta variedad de hongo.

Durante estos años pasados ha habido desastres en las patatas, en América y en el continente; pero ninguno como éste. Yo sostengo la teoría de que los gérmenes que lo provocaron debieron de propagarse a causa de las grandes lluvias caídas antes de la cosecha.

Morris abatió el puño sobre la mesa con insistencia fútil; luego saltó del sillón y se lanzó, literalmente, al alféizar de la ventana, por la que se puso a mirar con semblante nublado.

–Eso es como un campo en armas -dijo molesto.

–Siempre ha sido como un campo en armas, de una forma o de otra-respondió Rankin, levantándose también para desentumecerse y

frotarse los enrojecidos ojos.

–Yo había llegado a confiar que los derramamientos de sangre, en Inishowen, eran cosa del pasado.

–El Señor de los cielos sabe que usted ha hecho más de lo que le correspondía para prevenirlos.

Lord Morris paseaba por la habitación, cogidas las manos detrás de la espalda. Midiendo toda la longitud de la biblioteca, fue a detenerse ante el manto de la chimenea y el retrato del rey Guillermo.

–Espero que Su Señoría comprenderá que me sentí obligado a aumentar nuestras fuerzas de policía.

–Sí, pero ¿podemos confiar en el Constabulary? Más del noventa por ciento son católicos.

–Harán lo que se les mande -atajó MacAdam-. Además, en la

situación en que se encuentran, cualquiera de ellos delataría a su propia madre por unos pocos chelines. La prueba está en que hemos descubierto la mayor parte de las armas que tenían escondidas gracias a informaciones de los confidentes. Esta vez Kilty Larkin no organizará ninguna sublevación.

Mientras se iban aproximando poquito a poco al corazón del asunto, los dos hombres se acomodaron mejor, sentándose junto a la lumbre y calibrando cada nuevo sondeo con un zarpazo de ansiedad nacida de la espantosa decisión que se levantaba ante sus ojos. Rankin dio gracias a Dios por conservar abiertos los puertos, permitiéndoles vender sus mercancías en Inglaterra y aventuró la tesis de que en caso contrario más de la mitad de las fincas del Ulster habrían ido a la bancarrota.

–¿Qué es lo último que se sabe de los planes del Gobierno? –

preguntó lord Morís-. Con respecto a los labradores, quiero decir.

–Que construirán caminos. Si pueden hacerles trabajar, fíjese bien.

Si pueden hacerles trabajar. Se habla de montar comedores gratuitos.

–Veamos, ¿en qué medida sospecha usted que les azotará el hambre, señor Rankin?

–Milord, según mis datos, han hurtado una cantidad suficiente de las cosechas y la han escondido en las montañas.

–Pero ¿y si se extiende el hambre, de verdad?

–Yo diría que el problema incumbe al Gobierno.

–Señor Rankin, en ese fardo de peticiones, ¿no ha tropezado con una pidiendo permiso para pescar en el lago, entre Carrowkeel y Drung?

MacAdam confiaba que el conde no se fijaría en aquel documento.

Unas manchas encarnadas se acumularon en las partes del rostro que no tenía cubiertas de pelo. Lord Morris se había levantado del sofá y estaba de pie bajo Guillermo de Orange. Ambos, el cuadro y él, parecían mostrar una actitud interrogativa.

–¿Qué? – insistió lord Morris.

–No puedo recomendarlo -contestó el administrador.

–¿Ni siquiera en el caso de verdadera escasez de alimentos, señor Rankin?

–No a expensas de los vasallos leales.

–Comprendo su punto de vista; pero la situación puede degenerar en una crisis, quizá en un estado de urgencia.

MacAdam Rankin se puso en pie y toda su personalidad sufrió un cambio total; dejó de ser el criado dócil para convertirse en un hombre súbitamente revestido de cólera justiciera. Los ojos se le humedecieron de rabia y, golpeando el aire con un índice furioso, vomitó:

–Esa gente ha habitado la isla por espacio de dos mil años. Dos mil años sin establecer ninguna tradición como marinos, ni constructores, ni pescadores. Estuvieron aquí dos mil años apilando piedras una sobre otra, sin ningún mortero que las uniese, hasta que nosotros les enseñamos a usarlo. Mis antepasados maternos fueron enviados aquí, a Inishowen, a predicar el verdadero Evangelio y enseñar el idioma del rey. Pero los indígenas repudiaban al Dios verdadero. ¡Preferían esconderse en cavernas y celebrar sus ritos paganos! ¡Dios sabe que intentamos convertirlos, pero rechazaron a nuestro Señor! ¡La haraganería no es buen material para fabricar hombres de carácter!

La estridencia de su voz actuó como un bumerang; regresó a sus propios oídos y lo dejó en silencio (recobrando un aliento que necesitaba con urgencia) y un tanto asombrado de su propio estallido.

–Lo que tenemos aquí ahora, señor Rankin, puede convertirse muy bien en una cuestión de vida o muerte.

–Es ya una cuestión de vida o muerte, milord. La de ellos o la nuestra. Si permitimos que esa gente baje a la bahía Foyle y levante

pueblos de pescadores, no nos libraremos nunca de ella. Continuarán criando como moscas, de manera que en diez años la bahía quedará agotada, exactamente igual que ahora lo está el suelo.

MacAdam desanduvo toda la longitud de la biblioteca hasta

situarse junto al cuarto baúl, que había permanecido cerrado, y lo abrió, desplegando un gran mapa familiar y extendiéndolo sobre la mesa escritorio. Lord Morris lo reconoció inmediatamente como un plano de la confusión de parcelas escalonadas arrendadas a labradores católicos. Pero alguien lo había modificado pintando grandes sectores de un color más oscuro.

–La solución radica en una sola palabra, la misma que hemos debatido desde hace años -decía MacAdam-, y esa palabra es

«consolidación». Si pudiéramos echar a los arrendatarios de estas áreas sombreadas procederíamos a la transformación inmediata de varios millares de acres de tierras pobremente cultivadas en ricos pastizales, sin la carga de otras bocas que alimentar más que las del ganado. Se acabarían las guerras por el tributo, las sublevaciones, las recaudaciones de rentas, los desatinos, la idolatría. Terrenos de pastos, nada más, y millares y millares de cabezas de vacuno engordándose para abastecer el magnífico mercado inglés.

Sin necesidad de seguir escuchando, lord Morris supo que el resto del contenido del baúl eran órdenes de evicción en las que sólo faltaba su firma. Su semblante se transformó, mientras se dejaba caer en el sillón de la mesa.

–¿Qué hacemos con esa gente? – preguntó con voz ronca, señalando el baúl.

–¿Qué hacemos de ellos, señor? Han esquilmado la tierra con su ignorancia y sus hábitos de cultivo y se han enajenado nuestra misericordia al rechazar a Dios y a la reina.

Fue como si el conde se despojara en un instante de todos sus ropajes de aristócrata.

–¿Qué número representa eso, exactamente?

–El veinte por ciento de los arrendatarios, para empezar. En primavera habrá más. Milord, esta medida no me causa ninguna satisfacción. Sin embargo, las cifras no mienten. La superpoblación llega a tal extremo, que dentro de pocos años todos los pedazos de

tierra disponibles se verían sembrados de patatas para alimentar a esa gente. Por eso los ingresos han descendido incesantemente. Hemos de considerar la roya como una bendición disfrazada, como un mensaje del Todopoderoso, mandando que se reserve estas tierras para quienes las merecen.

MacAdam Rankin era un hombre pragmático; este arranque de

celo religioso parecía muy fuera de lugar. No obstante, Irlanda, y el Ulster muy en particular, fundaban su pragmatismo en la Biblia al igual que en la espada. El convencimiento absoluto de que su interpretación de Dios y de la palabra de Dios eran las únicas acertadas, la supuesta integridad absoluta, y la piedad tasada en la devoción constituían los rasgos fundamentales del ulsterismo presbiteriano, de modo que MacAdam Rankin, con ser un hombre de negocios de pellejo muy curtido, se mantenía singularmente en sus ideas.

Un fugitivo instante cruzó por el cerebro de lord Morris la idea de convocar un congreso de todos los propietarios de tierras, cerrar las puertas y alimentar al pueblo. Pero esta idea se disipó con la misma rapidez con que se había formado. Irlanda había sido saqueada hasta llevarla al borde de la bancarrota, y cualquier proyecto por el estilo habría terminado en un aluvión de juicios por falta de pago de hipotecas vencidas. Las cuentas de su propia heredad reclamaban el pago de varios millares de libras; obligación que, simplemente, no podría cumplirse sin llevar a Inglaterra cosechas y ganado.

–Usted ha tenido potestad en todo momento para firmar estos avisos de despido, señor Rankin.

–Y no me importa firmar evicciones en el curso normal de mis funciones, milord, pero no puedo asumir la responsabilidad de una medida como ésta. Se trata de una decisión fundamental que influirá en el curso de su vida. Además, usted es aquí la Corona. Si usted pone su firma, del resto me encargo yo.

–Gracias, señor Rankin -respondió con aspereza-. Le llamaré cuando le necesite.

MacAdam Rankin asintió con la cabeza y se inclinó en una leve reverencia.

–Gracias, milord.

Al poco rato Morris Hubble sufría un dolor de cabeza espantoso a causa de meditar hasta el infinito y de morderse el puño sin cesar.

Entró un criado y anduvo por allí casi de puntillas, encendiendo las velas, pues la oscuridad iba venciendo a la luz. Sus llamas se reflejaban en la pulida caoba de grano fino de los estantes altos. El conde deambulaba por la habitación, sufriendo horriblemente. Sus ojos estaban desencajados. Su mano, que acariciaba las filas de libros buscando unas palabras de consuelo, se detuvo en un pequeño volumen de Alexander Pope. Con la llama oscilando muy cerca de la página, el conde leía en voz alta, con acento monótono y angustiado.

La Religión, sonrojada, apaga sus fuegos sagrados,

La Moral fenece entre códigos olvidados.

Ninguna llama, pública ni privada, se adivina;

No queda un fulgor humano, ni una mirada divina

¡Oh, Caos, tu temido imperio ha triunfado!

La Luz muere ante tu verbo increado.

Tú, gran anarquista, bajas el telón

Y envuelves en tinieblas este mundo felón.

Después de una corta eternidad, el conde sacó del baúl la primera serie de órdenes de evicción, todas debidamente atadas con cinta encarnada. Desató la cinta y cogió el primer documento. La mano le temblaba tanto que tuvo que dejar el papel sobre la mesa para leerlo.

Describía una mísera asignación de dieciséis acres en arriendo dispersos por las montañas en nueve parcelas separadas. Para un tal Grady MacGilligan. Sería sin duda un fulano desdentado, con los ojos enrojecidos por la bebida y despidiendo un olor nauseabundo. Todo ello era materia viva: la casita, la fláccida mujer guiando una vaca por delante de la lumbre, la vocinglera turba de chiquillos, los crucifijos y los talismanes, una habitación principal poblada de gallinas que arañaban el suelo…

Morris desenfundó la pluma del portaplumas y la mojó en tinta. Al sonido del primer rasgo de la firma, levantó los ojos trastornado.

–¿Qué diablos…? – el joven Arthur se había plantado junto a la mesa-. ¿Qué es eso de entrar aquí a hurtadillas?

Las mejillas del chico se pusieron coloradas.

–Lo… lo sss… sssiento, padre. He llamado pe… . pero… no me has contestado.

–¡Ahí le tenemos con ese maldito, condenado tartamudeo suyo!-

Morris arrojó la pluma-. ¡Bueno! ¿Qué quieres?

–Yo… yo só… sólo quería coger un… un… un libro.

En aquel instante apareció lady Beatrice.

–¿Está ahí, querido? – gorjeó-. Hemos visto salir al señor Rankin.

Todo el mundo está reunido en el salón de la familia. Brooke va a leernos unos capítulos de la nueva obra de Dickens, Vida y aventuras de

Martin Chuzzlewit.

–¿No se les puede leer nada más a nuestros nietos que los escritos de ese maldito radical?

Beatrice arqueó la espalda y las, cejas todo a la vez, mientras Morris luchaba por recobrar el dominio de sí mismo, balbuceando entretanto unas palabras de excusa por aquel arranque.

–Lo siento. Esta noche tengo muchas cosas que hacer todavía.

Continuad sin mí, os lo ruego. Yo tomaré una cena ligera aquí mismo.

–Muy bien.

–Ah, Beatrice -la llamó cuando ella ya estaba a la puerta-, hemos cambiado de planes. Abandonaremos Hubble Manor antes de la quincena. Cuida de que unos sirvientes nos precedan y vayan a abrir la casa de Londres. Pasaremos algún tiempo sin volver a Irlanda.

–Morris, ¿hablas completamente en serio?

–No… discutas… conmigo…, lady Beatrice -pidió con mucho

énfasis-. No discutas conmigo.

La mujer continuó donde estaba, totalmente perpleja; después giró sobre sus talones.

–Hablaré contigo cuando estés de un humor más cortés -y se fue, cerrando de un portazo.

Arthur se acercó más a la mesa.

–P… p… padre, ¿pasa algo…?

–No, hijo mío -gimió el conde-. Sólo te pido que trates de comprenderlo algún día… y que seas generoso.

OceanofPDF.com