Trinidad
Capítulo 20
Gran número de galeses jugaban en varios equipos de la Northern Rugby Union, pero carecían de equipos y profesionales propios.
Después de la temporada normal, sir Frederick organizó un par de partidos de exhibición entre los Boilermakers y el resto de los jugadores galeses en un «club de estrellas». Anunciados como Irlanda contra Gales, los partidos se disputaron en Swansea y Cardiff ante unas multitudes inmensas y delirantes. Aunque los galeses eran superiores, considerados individualmente, el Boilermakers jugaba como una unidad compenetrada desde hacía varios años y venció fácilmente en un par de partidos de gran empuje.
Había sido una temporada triunfal. Sir Frederick se puso a trazar planes para giras profesionales a Australia, Nueva Zelanda y Francia, y argüía, con aquella riqueza de argumentos convincentes que le caracterizaba, que Gales había de participar en la Liga Northern Rugby con equipos propios.
Terminada la gira y con una semana de vacaciones en perspectiva, sir Frederick organizó un golpe final. La fiesta, celebrada conjuntamente con los colegas galeses, tuvo lugar en un lujoso hotel de un lugar conocido por The Mumbles, a mitad de camino entre Thistleboon y Oystermouth, sobre la bahía de Swansea. Conor abandonó temprano el festejo a fin de estar bien preparado por la mañana para tomar el tren de Liverpool y esperar el vapor de Shelley.
A su pupilo Jeremy lo dejó en las buenas manos de Robin MacLeod.
A las cinco de la mañana, Conor respondía a unos martillazos a la puerta, tambaleándose por la habitación como un borracho. Abrió, vio a su compañero y los ojos se le dilataron. Robin MacLeod venía hecho una calamidad. Conor le metió dentro de la habitación y cerró la puerta.
–Un ligero altercado -consiguió articular Robin a través de los hinchados labios, que dejaban salir los penetrantes aromas del exceso de licor.
Conor le llevó hasta la pila del agua, le limpió con una esponja y examinó la gravedad de los daños.
–Muy bien, ¿qué ha pasado?
–Veamos, déjame que piense. Calculo que tú saldrías del Pembroke Hotel cuando iban a dar las doce, más o menos, ¿verdad que sí…, eh…?
–Sí, en efecto.
–Vamos, déjame que piense. Teníamos una cosilla especial
preparada en una de las mejores casas, por supuesto… en el mismo Thistleboon, si te place. De modo que allá llegamos cierto número de nosotros con cierto número de damas galesas. Estábamos yo y Argyle, y Big Brett, y O'Rourke, y Clarke… Ah, chico, lo pasábamos
magníficamente. Todo discurría con la etiqueta y la cortesía social más refinadas…
–Claro, apuesto a que sí.
–El caso es que Brett se lía con una fulana, guapa entre las guapas, con unas tetas hasta allá… y ya sabes…, bueno, pues todos sabemos cómo se porta Brett en ocasiones, cuando encuentra buen género… de modo que al cabo de un rato todos opinamos que Big Brett debería pasarla a los otros compañeros. Y conste que aquellos muchachos galeses saben ponerse realmente desagradables. De repente el nacionalismo más sucio y exuberante invade una reunión por lo demás de tan alta sociedad. Y aunque Big Brett es un granuja asqueroso, el honor irlandés exige que le defendamos… -Robin se desplomó en una silla.
Momentos después exhalaba un grito, mientras Conor le limpiaba un corte profundo.»
–De modo que os habéis peleado -dijo el herrero.
–Hemos hecho trizas aquel cochino establecimiento. Ha sido una reyerta de dimensiones monumentales. Cuerpos volando, muebles destrozados, las fulanas chillando. Una de las veladas más hermosas que he pasado en la vida. De todos modos…, estuve de suerte al poder salir sin contratiempos en el momento en que llegaba la policía. He podido llegar sin que me viesen. Me temo que los otros han quedado ligeramente detenidos -gimió.
–Es un problema que le incumbe a sir Frederick.
Robin exhaló un suspiro venido de siglos atrás e inclinó la cabeza.
–Tengo que decirte una cosa importante -añadió.
–¿Qué más?
–Bueno, déjame ver si sé explicarlo…, bueno, pues… había alguien más con nosotros…
Conor abrió la puerta adyacente. ¡Jeremy había desaparecido!
–¡So hijo de mala madre!
–Vamos, vamos, Conor, muchacho. Vamos, vamos.
–¡So hijo de mala madre!
–Permíteme que diga con todo el fervor que guardo en el pecho que hemos quedado orgullosos del chaval. De un puñetazo ha dejado fuera de combate a uno de aquellos galeses. Se portaba estupendamente, te lo aseguro, bien abrazadito a aquella rubia despampanante, dichoso como puerco sobre mierda…
–¡Te mataré, Robin, te mataré!
–Vamos, Conor, soy tu compañero. Prácticamente somos hermanos de sangre. Vigila ese genio, chico, vigila ese genio.
–¿Dónde está?
–Si tienes la bondad de acostarme y calmarte…
«El vizconde de Coleraine arrestado en una pelea», leía Caroline, temblando de rabia. Arrojó el periódico al suelo y cogió otro de la pila de encima la mesa. «La noche de Su Señoría en la ciudad. El heredero del conde de Foyle pierde unos dientes en una juerga de madrugada con unas damas». Luego otro: «Lord Jeremy defiende a sus
compañeros con un puñetazo demoledor.»
Sir Frederick se mostraba inusitadamente sumiso, acurrucado en un enorme sillón del extremo del saloncito de juego de las habitaciones del hotel, procurando pasar tan inadvertido como le fuera posible (aunque sin lograrlo) mientras Caroline agitaba un periódico ante sus narices.
–¡Mira esta basura! ¡Todos los diarios de sucesos de las islas Británicas vienen llenos de esa porquería!
–Sí, es un asunto feo -murmuró Weed-, es un periodismo terrible, terrible.
–¡Freddie, te estoy hablando de la escandalosa y repugnante conducta de tu nieto! – le gritó Caroline con un acento que tenía más de alarido que de grito.
–Una tormenta en un vaso de agua -se defendió débilmente sir Frederick.
La condesa se volvió hacia Jeremy, plantado en la chisporroteante alfombra.
–Quiero que me expliques una vez más y con toda exactitud qué ocurrió. Quiero saber la verdad. Tu padre habrá llegado ya, probablemente, y vendrá acá sin tardanza. ¡La verdad, Jeremy, la verdad!
Jeremy abrió la boca y Caroline hizo una mueca al ver el hueco de los dientes que le faltaban y que hacía juego con el corte en el labio, el ojo morado… por no hablar ya de las huellas de mordiscos y arañazos que había encontrado por la espalda y la nuca de su hijo.
–¡La verdad! – gritó nuevamente, mientras él se aclaraba la garganta.
–Pues, madre, estábamos comiendo todos en el Lord Pembroke, celebrando la victoria, en buena camaradería… y lo demás…, cuando circuló la voz de que…, de que alguien nos había buscado una compañía agradable…
–O sea, rameras, quieres decir -interrumpió la madre.
–Sí, pues…, más bien eso, diríamos. Terminada la comida, y cuando se disolvía la reunión, Conor…, el señor Larkin… me dice: «Vamos, peque…»
–¿Te llama peque?
–Es como un mote, mamá. Dicho con cariño. «Peque», me dice el señor Larkin, «es hora de largarse».
–Continúa -ordenó secamente Caroline.
–Bueno, pues, yo le contesto que voy en seguida con… con otro miembro del equipo…
–¿Quién?
–No me pidas que me chivé.
–¡He preguntado… ¿quién?!
–El capitán, señor MacLeod.
–De modo que Robin MacLeod te llevó a la fiestecilla aquella, ¿no es eso?
–Más o menos. Me enteré de dónde se celebraría la fiesta, regresé al hotel, asomé la cabeza en la habitación de Conor, le di las buenas noches, y luego me escabullí y fui a reunirme con los otros.
–Y a continuación te llevaron en una furgoneta de la policía, como un delincuente común, a las cuatro de la mañana… sin pantalones…
lleno de sangre de pies a cabeza… Al menos habrías podido marcharte cuando empezó aquella asquerosa pelea.
–Bueno, madre, uno no se va corriendo y abandona al equipo,
¿verdad que no?
Caroline dirigió el latigazo a Freddie, que seguía acobardado en su sillón.
–Miente para no comprometer a Conor Larkin.
–Madre, no miento. Conor no lo consentiría.
–Ahora me fijo en que Conor Larkin permitió que te asociaras con una prostituta, en Hull, e incluso que la transportases hasta Halifax.
¿Es cierto, sí o no?
–Pues, no exactamente, aunque más o menos, podríamos decir -
musitó sir Frederick.
–¿Permitió Conor Larkin que os relacionaseis con una prostituta durante varias semanas?
–Sí, es cierto -admitió Weed-. Larkin fue a verme y me contó que Jeremy se había metido en un amorío infantil y lo tomaba muy en serio. Discutimos juntos el caso y decidimos dejar que siguiera su curso.
Si lo hubiésemos roto de pronto, habríamos tenido toda suerte de conflictos con el muchacho.
–El abuelo dice verdad -adujo Jeremy-. Yo creía estar enamorado.
Conor… el señor Larkin…, dejó que viese por mí mismo lo tonto que era.
–Bueno…, ha sido una gira memorable, ciertamente exclamó
Caroline-. ¿Y te permitía o no te permitía beber a tu antojo por todas las tabernas de Inglaterra?
–Simplemente, madre, no creo que se le pueda echar la culpa a Conor. Bebí un par de cuartillos por noche, nada más. Y la verdad es que no se le puede hacer responsable de que yo me escapara a escondidas…, que es lo que solía ocurrir.
–¡Que entre el señor Larkin!
Conor respondió a la llamada, yendo directamente adonde estaba Jeremy y examinando sus heridas. El adolescente bajó los ojos avergonzado.
–Tss…, tsss…, tsss…, ¡qué vergüenza, muchacho!» -suspiró Conor.
–¿Es así como se encarga usted de la custodia de un menor? –
preguntó lady Caroline con una voz estremecida de cólera.
Conor levantó los hombros.
–Eh, un momento, Caroline -interpuso sir Frederick-. Es
indiscutible que Larkin no tuvo nada que ver con este incidente.
–Ah, comprendo. Todos los tíos intrépidos tomaban parte en la juerga…
–Si hay que decir la verdad -continuó Weed-, yo fui quien organizó la última… humm… fiesta.
–¡Freddie! ¡Eres un ser despreciable! En cuanto a usted, señor Larkin, tendrá que responder a un par de preguntas.
–Pues no espere respuestas claras. Como ya sabe, somos una manada de psicópatas embusteros. Si me dispensa…
–No -ordenó ella-. No le dispenso -fue hacia él, levantó la mano y describió el arco. Conor se la cogió antes de recibir el cachete y le apretó la muñeca lo suficiente para indicarle que no siguiera por aquel camino.
–Si repite ese gesto -le dijo- voy a darle una zurra delante de su hijo y de su padre.
–¡Bravo, Larkin! – exclamó sir Frederick.
La dama que salió del puño de Conor era la misma encarnación de la sorpresa. La máscara de ira se le cayó del rostro y, de súbito, estalló en una carcajada incontenible.
–¡Ah, qué guapo está, Larkin! – dijo riendo. Sir Frederick se levantó como una flecha del sillón y se unió a la carcajada. Despacio, con gesto torpe, Jeremy cargaba el peso ora sobre este pie, ora sobre el otro, hasta que abrió la boca, luciendo los dientes, menos dos, y se puso a reír. Y Conor se rió también.
Entonces Caroline abrazó al hijo y se puso a llorar.
–No es nada, madre, no es nada -decía Jeremy-. Y te habría entusiasmado ver cómo molía al fulano aquel. Conor me había enseñado a pegar puñetazos en corto por detrás.
En este momento entró en escena Roger Hubble. Uno tras otro, todos dejaron de reír, mientras él permanecía plantado en la puerta, dominando su desagrado. En seguida los miró a todos, uno tras otro,
impartiéndoles por turno su desprecio. Y con la misma frialdad glacial que había entrado, se volvió para marcharse.
–¡Padre! – gritó Jeremy, cruzando la habitación a la carrera y bloqueando la puerta-. Padre -susurró de nuevo-, padre.
Roger le cruzó la cara con un bofetón y se fue.
–¡Jeremy! – gritó la madre.
–No debía hacer eso -murmuró con aspereza sir Frederick.
El muchacho corrió hacia Conor Larkin; a éste acudía en busca de solaz. Conor lo abrazó y lo consoló:
–No tiene importancia, peque, no tiene importancia.
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