Trinidad

Leon Uris · Capítulo 108 de 119

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Trinidad

Capítulo 7

Un decenio de relativa tranquilidad política terminó bruscamente, por una crisis constitucional que provocó dos elecciones en un solo año, el de 1910.

Herbert Asquith había asumido la jefatura del partido liberal, entonces en el poder, y trataba de hacer aprobar un «presupuesto del pueblo» que pretendía cargar de impuestos a la nobleza y sus bienes.

Un presupuesto que fue contundentemente rechazado por la Cámara de los Lores. Los liberales habían comprendido desde hacía mucho tiempo que sólo se podría legislar en bien del pueblo llano si se cercenaban notablemente los poderes de la Cámara de los Lores. La Ley del Parlamento fue introducida por fin a este propósito. Contenía una provisión que facultaba a los Comunes para contrarrestar el veto de los Lores, siempre que una ley fuera aprobada en tres sesiones consecutivas.

Para conseguir la aprobación de la ley, los liberales amenazaron con elevar quinientos pares de sus propias filas a la categoría de lores. El fantasma de un número tan elevado de hombres salidos de baja cuna accediendo a la nobleza se le hizo intolerable al estómago de la aristocracia inglesa, y, para conjurarlo, la Ley del Parlamento fue aprobada.

Aunque los liberales seguían gobernando, su mayoría se había reducido notablemente, y la historia se repetía. Asquith acudió al partido irlandés de John Redmond para formar un gobierno de coalición. El precio del mismo fue una vez más una Ley de Autonomía.

Redmond tenía en la mano un poderoso naipe de triunfo, pero al estructurarse las líneas de batalla, vaciló y se mostró dispuesto a aceptar una legislación pasada por agua y que requería que se siguiera prometiendo fidelidad a la Corona británica, cosa que repugnaba a casi todos los irlandeses.

Si John Redmond tenía algún defecto destacado era el de haber pasado demasiado tiempo en la Cámara de los Comunes y conocer demasiado poco al pueblo irlandés. Así eligió lamentablemente la palestra de lucha, enfrentando a un centenar de diputados irlandeses contra quinientos cincuenta del «enemigo». Pues aunque estuviera

aliado con los liberales, éstos adoptaban una actitud tibia y apática con respecto a las aspiraciones irlandesas. No obstante, John Redmond era la voz mejor que el pueblo irlandés podía seguir, puesto que la de Sinn Fein y la de la Hermandad sonaban todavía demasiado débiles y distantes para oírlas.

No eran tan ingenuos los unionistas del Ulster, los cuales -fuertes, ricos, unidos- sabían qué querían, y contaban con el apoyo fanático de su gente. Durante decenios, los unionistas habían tenido su mejor baluarte contra la Ley de Autonomía en el veto de la Cámara de los Lores. Perdida esta fortaleza, la reacción de los unionistas fue instantánea y traumática.

Los grandes jefes son hijos de su época. Pocos hombres ilustran esta aseveración más sucintamente que sir Edward Carson. Abogado brillante que intervino en alguna de las causas judiciales más famosas de su tiempo, al interrogar a Oscar Wilde plantó un hito en la historia de los interrogatorios demoledores habidos en una sala de tribunal.

Como miembro del Parlamento, ocupó altos cargos de Gobierno.

Aunque nacido en Dublín y educado en el Trinity, Carson era el ulsteriano completo, epítome del hombre imperial, servidor incondicional de su clase, la aristocracia. Hipocondríaco huraño, con cara de hacha, sus tácticas despiadadas exhibían las cualidades que había de tener un jefe en semejante lucha. Como a la mayoría de grandes hombres, le obsesionaba una idea única. Había de mantener la unión con la Gran Bretaña.

Cuando se posaron la polvareda y las consecuencias de las

elecciones de 1910, apareció en el horizonte una tercera Ley de Autonomía sin veto de los Lores que pudiera cerrarle el paso. Roger Hubble, que actuaba más a su gusto entre bastidores, se puso, como es natural, de parte de Carson, mientras los unionistas cerraban filas como se cierra el puño. Lord Roger fue designado para permanecer discretamente en contacto con Alan Birmingham, Chief Whip del partido liberal, relación que había mantenido a intermitencias durante años. La maniobra se proponía infiltrar conservadores entre los liberales y al mismo tiempo librar a Edward Carson de dirigir la lucha pública y la parlamentaria contra la Ley de Autonomía.

El tiempo se había llevado gran parte de la ingenuidad de Alan Birmingham sobre el objetivo, la arrogancia y la falta de escrúpulos de los hombres del Ulster. Fue Roger Hubble quien organizó la Oficina Unionista de Información, después de las elecciones de 1906, para

«educar» a la Inglaterra media. Roger desató una avalancha de predicadores e instigadores antiirlandeses ambulantes por colegios, ferias de condado, iglesias y casas de la villa. Del Ulster salían sermones, desfiles nocturnos de linternas y un diluvio de libros y folletos que repetían siempre el mismo mensaje, hasta saturar la mente inglesa. El viejo violín tocaba la vieja tonada con tanta frecuencia que la mayoría de los ingleses acabaron tomándola por el mismo Evangelio.

«El protestante del Ulster lucha en favor de la causa imperial británica y, por consiguiente, es preciso apoyarlo. El católico irlandés es desleal, y el gobierno autónomo conduciría a la destrucción del imperio.»

Ahí estaba el viscoso portillo de Alan Birmingham. Su partido se había unido otra vez en forzoso maridaje con el partido irlandés y estaba comprometido a defender la Ley de Autonomía. No obstante, la mayoría de militantes del partido liberal, así como la mayoría del pueblo inglés, apoyaban al Ulster.

El partido conservador utilizaba esta división para sus propios fines. Comprometidos a continuar el imperio, argüían que toda medida de libertad que se concediera a los irlandeses podía provocar una reacción en cadena por las colonias. Iban alimentando el puchero irlandés porque contaban con las simpatías populares y confiaban que aquel conflicto traería la destrucción del partido liberal. En el fondo, la alianza de los conservadores con los unionistas del Ulster era un complot para reconquistar el poder, cambiar el signo liberal del momento y encauzar nuevamente a Inglaterra por el viejo orden imperial que ahora iba desapareciendo de la escena.

Cuando recibió a lord Roger en su estudio. Alan Birmingham se dio cuenta de que había en juego mucho más que la Ley de Autonomía irlandesa. La existencia misma de su partido estaba en el platillo de la balanza, y el hombre que tenía delante era uno de los decididos a destruirlo.

Alan Birmingham era un producto de la clase comercial, una figura perteneciente a una especie relativamente nueva en la política

británica, que iba sustituyendo al monopolio de los aristócratas.

Birmingham apareció en el primer plano de la política nacional al encabezar en los Comunes poco menos que una sublevación contra la política imperial durante la guerra bóer. Se le tenía por hombre honrado, moderado y hábil para llevar adelante la reforma social tan odiada de los conservadores.

Mientras los dos hombres intercambiaban unas frases

intrascendentes preliminares (aunque ya tanteándose el uno al otro), en la desordenada guarida cargada de libros de Codogan Square reinaba una notable maldad. Los años habían dado un aire majestuoso a Birmingham. Tenía el cabello moteado de gris, lo mismo que el bien cortado mostacho, y una cara bonachona y huérfana de recelos. A Roger solía gustarle su trato, porque era un buen adversario, con el cual uno podía combatir y luego irse al teatro en su compañía.

–Creo que en eso del Gobierno autónomo nos encontraremos

situados bastante cerca durante algún tiempo -decía Roger-. Tengo siempre la puerta abierta para usted, Alan, y confío que usted la tendrá para mí.

–Sí -contestó Birmingham-, es buena idea esa de saber qué piensa el otro. – Su regordeta mano buscó por la caja de tabaco, sacó un cigarro y lo encendió.

–Públicamente, Carson adoptará una actitud que por fuerza habrá de parecer inflexible, de modo que nuestra alianza puede evitar que la situación se ponga desagradable y confusa, tal como podría suceder si ambos hubiésemos de regirnos por informes de segunda mano y por la prensa -dijo Roger-. Nos damos cuenta de que Redmond les tiene a ustedes con la soga al cuello y que no se puede evitar la presentación de una Ley de Autonomía. Del mismo modo ustedes pueden presuponer que la Cámara de los Lores la rechazará en todo momento y obligará a que se la presenten las tres veces reglamentarias, de modo que no habrá nada listo para el asenso real hasta dentro de dos o tres años. Será un largo forcejeo. Deberíamos continuar amigos.

–¿Qué fin persiguen ustedes, muchachos? – preguntó Birmingham, sin rodeos.

–Bueno, la forma final y definitiva de toda Ley de Autonomía debe excluir al Ulster -contestó Roger.

–¿Todo el Ulster? ¿Hasta los condados con una mayoría católica?

–Pues… digamos que no hemos llegado al extremo de dibujar un mapa; pero, ciertamente, de momento todo el Ulster.

–Evidentemente, nada de eso me sorprende demasiado, lord Roger.

–Claro que no, Alan. Pero lo que queremos saber es si usted está de acuerdo con el principio de un Ulster separado, o no.

Birmingham emitió unos soplidos guturales, haciendo girar el cigarro en un lento círculo de meditativa contemplación.

–La verdad es que Winston Churchill no está de acuerdo en que se divida Irlanda, y me atrevería a decir que nuestro partido está dividido en dos bandos sobre esa cuestión. Sea como fuere, John Redmond forma parte de nuestro equipo y no estoy dispuesto a divulgar ninguna noticia que pueda perjudicar sus posibilidades de negociación.

–Ea, vamos, sabemos perfectamente que a ustedes eso de la

autonomía no les entusiasma de veras -objetó Roger-. ¿No es mejor que cada uno sepa las intenciones del otro?

Un zorro jugaba con otro zorro. Ciertamente, Birmingham deseaba saber hasta qué extremos estaban dispuestos a llegar Roger Hubble y sir Edward Carson para conseguir lo que pretendían.

–De momento -dijo- estoy dispuesto a luchar en favor de una Ley de Autonomía. Estoy dispuesto a defenderla en tres sesiones, y se trataría de una ley que incluyera toda Irlanda. He ahí nuestra posición. En el término de un mes, o de un año, quizá se ablande, o quizá se endurezca.

No soy adivino.

–Y yo puedo asegurarle con toda franqueza que si no se excluye el Ulster, Carson soltará todas las amarras -contestó Roger.

–¿Qué quiere decir con eso exactamente, buen amigo? – inquirió Birmingham.

Roger se inclinó sobre la mesa tratando de no mostrarse demasiado amenazador, ni demasiado poco.

–Todas las amarras. Alan. Se repetiría, todo entero, el 1885; sólo que esta vez no emplearíamos rifles de madera.

–¿Una guerra civil?

–Yo no he dicho eso.

–Pero están dispuestos a despedazar el país. – Birmingham se puso en pie, se metió las manos en los bolsillos del chaleco y anduvo

pesadamente, sin rumbo fijo, por la habitación-. En mi distrito electoral, allá al norte, hay una pequeña iglesia a la que voy regularmente cuando estoy allí. Durante la última campaña había un predicador forastero, un sujeto de Belfast que había venido bajo el patrocinio de la Oficina Unionista de Información, cuyo jefe, según tengo entendido, es usted, lord Roger. Esa criaturita malvada se irguió en el pulpito de Dios y me denunció como a un traidor. Yo, Alan Birmingham, con diecisiete años en la Royal Navy, diez años en el Servicio Colonial, y veinte en la Cámara de los Comunes, convertido súbitamente en un traidor.

Roger levantó los brazos, falsamente horrorizado.

–Ya sé lo celosos que son capaces de mostrarse en ocasiones. Por más que nos esforcemos, siempre ha de haber unos pocos incidentes aislados altamente desagradables.

–¿De veras? Vaya, pues, estas historias de horror contra miembros del partido liberal abundan bastante. Bah, no se finja tan sorprendido.

Lea algo de lo que ha escrito usted mismo, mi querido señor. Yo me pregunto: «¿Qué pasa, en nombre de Dios, cuando se pinta al partido gobernante de la Gran Bretaña como a una banda de tránsfugas sin seso y sin Dios? ¿Se puede asesinar la personalidad política en una democracia?» Y ahora usted tiene la desfachatez de sentarse en mi estudio y con el otro ángulo de la boca decirme: «Oiga, Birmingham, o ustedes los traidores nos dan lo que queremos, o nos rebelaremos contra el rey, porque nosotros sólo estamos dispuestos a cumplir las leyes que nos gusten.»

Roger se puso colorado.

–Mi querido colega, se lo está tomando demasiado en serio.

–Oh, le conozco bien, lord Roger, y conozco a Edward Carson.

Desde el momento que me empujaron a aceptar aquella horrible Ley de Poderes de Detención y Emergencia, lamenté lo hecho. Ustedes aporrean la mesa en nombre de ciertas retorcidas ideas sobre la lealtad.

¿Sabe? Cuando empezó el asunto este de la Ley de Autonomía no me importaba un comino; pero ahora casi espero con ilusión el momento de hacerles tragar esta ley; porque, viejo amigo, tengo mi propia opinión sobre quiénes son los traidores en este juego.

Birmingham volvió a su silla, se dejó caer en ella y se esforzó en contener el temblor que le agitaba. No estaba acostumbrado a dispararse en parecidos arranques.

Roger había recobrado el dominio de sí mismo, y hasta movía la cabeza indicando que comprendía.

–Lo malo, Alan, es que personas que no suelen perder fácilmente el buen uso del sentido común, cuando se trata de este problema se inflaman como la pólvora. Yo sugiero que no perdamos nosotros el sentido común. Debe usted darse cuenta de un hecho, y es que nuestro pueblo está fanáticamente decidido a continuar dentro de la Unión.

–Oiga, lord Roger -dijo Birmingham, revolviendo unos papeles de encima de la mesa-. Aquí está la maligna Ley de Autonomía en toda su infamia. ¡Vaya, si a los irlandeses no se les permite siquiera tener fuerzas armadas propias, y mucho menos recaudar impuestos por su cuenta! Tratados, comercio, navegación, relaciones exteriores, patentes, aparato legal…, todo continúa bajo control británico. No sólo habrán de prestar juramento al rey, sino que Westminster se reserva el derecho de revocar leyes promulgadas por el Parlamento de Dublín. –

Birmingham tiró los papeles sobre la mesa-. ¿Y esto es lo que enfurece tanto a su gente?

–Aun a riesgo de tacharle a usted de ingenuo -silbó Roger-, le diré que esto constituye el primer paso tan sólo. Los irlandeses lo utilizarán como palanca para seguir presionando.

–Entonces yo digo que el ingenuo es usted -replicó Birmingham-.

Cualquier táctico parlamentario de mente sencilla puede utilizar esta ley para atar a los irlandeses por cien años. Nunca pasarán más allá de las cláusulas de esta ley. Y lo que ustedes no saben ver es que si les negamos esta migaja los inducimos verdaderamente a un

levantamiento. La Ley de Autonomía que hemos confeccionado aquí es el instrumento más positivo imaginable para pacificarlos -subrayó sus palabras con un puñetazo en la mesa, y luego soltó una carcajada algo triste-. A decir verdad, esta ley no empieza ni siquiera a cancelar la deuda que tenemos con ellos por lo mucho que les hemos oprimido.

–Esa afirmación demuestra solamente que usted no ve con buenos ojos nuestra decisión de quedar fuera de un Parlamento de Dublín -dijo lord Roger, tercamente.

–¡Ya estoy harto, lord Roger! – disparó, brusca y coléricamente Birmingham-. Antes de que me adormezca usted con sus elevados ideales, déjeme decirle que el unionismo del Ulster no es más que materialismo protestante. La era de voracidad de ustedes ha durado trescientos diez años, clásicos por el mal gobierno y la injusticia.

Ustedes han desangrado y violado Irlanda. Han impuesto

contribuciones anormales. Han maniobrado de forma que el labrador irlandés fuese el más pobre del mundo occidental y el jornalero irlandés el peor pagado de Europa. Han destruido la vitalidad del país de forma que lo han expuesto a un hambre incurable. ¡Ea!, han arrojado fuera de Irlanda a más irlandeses de los que hay en ella actualmente. Usted y su parásita cuadrilla sólo combaten por el dinero.

Yo diría que han ordeñado una ubre grande y generosa, señor. Y todo lo dicho lo han llevado a cabo envolviéndose noblemente en la Unión.

¡Amar a Inglaterra, ciertamente! Amar a Inglaterra es respetar la ley, ciertamente. Introducir reformas, ciertamente. ¡Recanastos! Buenos días, señor, le digo, buenos días.

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