Trinidad

Leon Uris · Capítulo 61 de 119

Páginas del PDF

Trinidad

Quinta Parte

POLVORIENTAS CAMPANILLAS

AZULES

1

Cuando nací, medía yo pocas pulgadas y nunca crecí mucho, y en el

Queen's College nunca destaqué como vencedor ni como vencido. Por

Belfast había diseminados numerosos O'Neill, los suficientes para

proporcionarme cama y sustento y conservarme en marcha. El Queen's

College acogía el número simbólico habitual de católicos, y encontré en él

los santuarios liberales que uno podía esperar en un recinto universitario.

Como espejo de la inquietud social y frecuentemente su arúspice, llegué a

comprender que un día el Queen's sería manantial de aspiraciones

republicanas.

Creo que el lema de la familia Hubble definía perfectamente la

atmósfera política dominante a finales del siglo xix. Dicho lema estaba

incrustado en un vidrio policromado sobre el escudo de la biblioteca de

Hubble Manor y, traducido del latín, decía: Una carga más para gloria de la Corona. Victoria, la vieja dama, cuyo nombre había quedado

estampado ya en la época como el cenit de la aventura imperial, seguía

presionando desde el palacio de Buckingham. Los conservadores

lograron volver al poder a tiempo apenas para celebrar las bodas de

diamante de la reina con el Trono.

A los irlandeses aquel jubileo nos repugnaba. Con ocasión de los

festejos se ensalzaban e incensaban todas las banalidades del imperio,

como para recordarnos que éramos un pueblo sometido, los primeros a

quienes habían colonizado y reducido a la condición de siervos. En el

transcurso de aquellas solemnes fiestas muchos irlandeses enviaron

pequeños anuncios de que el viejo encono no se había mitigado y de que

nuestra larga hibernación republicana estaba tocando a su fin.

Acaudillado por la GAA y la Liga Gaélica, el espíritu nacionalista

aumentaba y el renacimiento celta se incrementaba a todo galope. El

doctor Douglas Hyde, fundador de la Liga, lo mismo que Emmet, Wolfe

Tone y Parnell, descendía de protestantes, lo cual no le impedía ser

celtófilo y republicano.

En Londres, los festejos con motivo de las bodas de diamante de la

reina Victoria quedaron empañados por el boicot que les hizo el partido

irlandés, y en Irlanda, por un estallido de motines y por aquel tipo de

retórica que afirmaba, sin lugar a dudas, que se estaba escribiendo ya

otro capítulo de la «cuestión irlandesa».

Hacía treinta y cinco años que la anciana reina lloraba la pérdida de

su esposo, que seguía durmiendo bajo una fotografía del cadáver

colocado ya en el ataúd, y todas las mañanas ordenaba a las sirvientas

que sacasen las ropas del difunto. Toda recuperación republicana que

hubiésemos logrado después del hambre y del abortado levantamiento

feniano se desvaneció con la muerte de Parnell, pero mientras ahora el

imperio se preparaba para «Una carga más para gloria de la Corona»,

nosotros resucitábamos de entre los muertos y estábamos pensando en

«Una carga más para Irlanda».

A la vuelta del siglo, después de conseguir mi licenciatura, la gente no

se atropellaba por venir a ofrecerme empleos. Pasé a formar parte del

pequeño puñado de católicos instruidos a los que los anglosajones no

aceptaban del todo. Además, a mí muchos de los míos me miraban

enarcando las cejas, a causa de haberme educado en un colegio

protestante. Mi alma y mi cuerpo desplegaban sus mejores dotes respecto

a mi empleo de periodista de un diario insignificante y evidentemente

pobre del Belfast católico y para alguna que otra lección particular que

me salía. Escribía un poco: algo de poesía, algunas obras teatrales, unos

ensayos. Ni británicos ni irlandeses trepidaban bajo la fuerza de mi

pluma, pero yo satisfacía mis apetencias célticas.

La vanagloria trompeteada durante el jubileo había saturado de

euforia y arrogancia a los hombres de espíritu imperial. Gran Bretaña

sufría un hambre insaciable de adquisiciones, y el opio de la conquista no

le dejaba percibir los vapores de descontento y subversión que se

acumulaban sobre los pueblos que tenía sometidos.

La efervescencia del jubileo rebosó en forma de otra arremetida

imperial, una arremetida destinada a convertirse en una crisis épica, en

un cambio de rumbo de la historia. A caballo de la antigua codicia, una

retumbante y costosísima aventura abrió las primeras grietas en los

ilimitados dominios de la Gran Bretaña. Cecil Rhodes, epítome del

hambre imperial, no se contentaba con disponer de la cornucopia de

diamantes, oro y otras riquezas que venían a riadas de la colonia de El

Cabo y otras pertenencias sudafricanas. Anhelaba el Transvaal y puso en

marcha una descarada y grosera exhibición de poder para anexionar al

Estado vecino en una gran «unión» británica.

La mayoría de colonos del Transvaal eran bóers, dura estirpe de

gentes de origen holandés. Obligados a presentar batalla, sorprendieron a

los británicos con tácticas guerrilleras, de movimientos rápidos y

emboscadas. Por culpa de su modo de maniobrar, pesado y arcaico,

añadido a las inesperadas furia y astucia de los bóers, las fuerzas

británicas sufrieron una serie de derrotas humillantes.

El Ministerio de la Guerra tuvo que abrir los ojos y reconocer la

inquietante verdad de que en su marcha hacia el Imperio los británicos

habían pasado decenios v decenios sin procurarse un ejército moderno y

bien armado. Y reaccionó mandando a la lucha más de medio millón de

hombres sacados de las unidades que tenía repartidas por todo el Imperio.

Irlanda participó con los Royal Irish Fusiliers, los Ulster Rifles, los

Inniskillings y el regimiento local de los Hubble, los Coleraine Rifles.

Una vez más nos veíamos cogidos en el antiguo hado de demostrar

nuestra capacidad combativa vistiendo uniformes no irlandeses, en

campos de batalla alejados de nuestras tierras y en una guerra que

habían organizado otras gentes.

Pero en cualquier parte que luchasen los británicos, solía aparecer

una fuerza simbólica irlandesa para luchar en el bando contrario. La

guerra bóer no había de ser una excepción. Unos cuantos soldados de

fortuna - en su mayoría irlandeses americanos-, unos pocos supervivientes

fenianos y unos cuantos republicanos nuevos buscando dirección

formaron una brigada irlandesa que combatiera al lado de los bóers.

Aunque su número no sobrepasó el de unos pocos centenares, su

presencia tuvo un valor enorme en el teatro de la propaganda. En

Baltimore, Boston, Filadelfia y Nueva York hubo un despertar de la

consciencia irlandesa como no lo había habido desde la época del

hambre. En Dublín, en el corazón de la ciudad, abrió las puertas un

comité del Transvaal bajo la dirección de los nuevos republicanos y

alimentado por las llamas, siempre crecientes, del renacimiento celta.

Anoten a un servidor de ustedes.

Yo dirigía, con pluma febril, una pequeña pero ruidosa ramificación

belfastiana del comité del Transvaal. A mediados de 1901 se puso en

contacto conmigo un sindicato de periódicos irlandeses-americanos con

la proposición de que me fuese al África del Sur como corresponsal suyo.

Por la fecha en que llegué al Transvaal, la mayor parte de las batallas

importantes se habían librado ya. Simplemente, la superioridad numérica

británica había aplastado la tenacidad y el valor de los bóers. Estos

seguían resistiendo, dando pequeños golpes esporádicos, pero sin

conexión unos con otros y sin la contundencia de tos primeros tiempos.

Sin embargo, algo ocurría cuando llegué, algo asombroso y

repugnante, un algo que convertía la anexión impuesta por los británicos

en una victoria pírrica. Los británicos rodearon a cien mil bóers, o quizá

más, hombres, mujeres y niños, y los encerraron en lo que llamaban

«campos de concentración». A unos treinta mil soldados bóers los tenían

en campos de prisioneros de guerra. A toda esa gente le fueron

confiscadas las propiedades, y sus casas y cosechas fueron arrasadas por

el fuego.

Mientras el Parlamento británico imponía otra escandalosa «Ley de

Unión» (como había hecho un siglo atrás con los irlandeses), miles de

bóers perecían detrás del alambre espinoso. El tributo a la muerte

ascendió a treinta mil personas en los campos de concentración; y de

estas treinta mil, más de veinte mil eran niños.

Mediante sobornos, conseguí entrar y salir del más famoso de tales

campos, el de Bloemfontein, y escribí una serie de veinte crónicas sobre

las condiciones de vida de los prisioneros. Mis relatos habían de alcanzar

mucho más allá del pequeño grupo de periódicos asociados para los

cuales escribía, pues los reproducían no sólo en Irlanda, sino en toda la

Europa continental y en la misma Inglaterra. Otros periodistas y la dama

cuáquera Emily Hobhouse colaboraban conmigo desenmascarando el

horror inglés.

Mientras los generales rebullían, el público inglés, que durante los

festejos de las bodas de diamante fue presa de una histérica pasión de

conquista, recapacitó súbitamente ante aquéllas revelaciones. Medio siglo

antes, el hambre irlandesa a causa de la roya de las patatas no había

logrado conmoverle. Ahora, en cambio, la conducta de su nación con los

bóers le indignaba.

Creo que en el Transvaal se plantó la semilla de que nacería un árbol

cuyos frutos sembrarían el descontento hacia toda la estructura imperial

inglesa, y hacia todas las estructuras imperiales futuras, un elemento

magníficamente humano desafiaba a los antiguos ritos de conquista y

esclavización practicados por el hombre. Algo sucedería en el siglo veinte

que derribaría el orden establecido durante siglos.

Yo sabía en cierto modo que Irlanda y los irlandeses serían los

primeros en plantear ese reto.

Mi padre, Fergus O'Neill, murió durante mi estancia en Transvaal. Yo

le había visto por última vez en el velatorio de Tomas Larkin, y la tragedia

que descubrí en su alma me dijo que pronto seguiría a su entrañable

amigo. Juntos habían trabajado los campos y juntos habían soportado las

penas y las alegrías de medio siglo. No podía ser de otro modo, Fergus

había seguido a Tomas toda la vida; también ahora lo seguiría al

cementerio de San Columbario.

Quedaban las ancianas, Finola y mi madre Mairead, con los más

débiles de nuestros linajes, Brigid y Colm.

Con mis artículos sobre el campo de concentración de Bloemfontein

no he ganado ningún campeonato de popularidad entre los británicos, ni

mucho menos; pero en ciertos aspectos son gente honorablemente justa.

No había recurso legal alguno para procesar a un periodista legítimo por

haber realizado su tarea. A mi regreso a Irlanda, mi nombre estaba bien

grabado en ciertas listas de enemigos del Castillo de Dublín; pero era, al

mismo tiempo, un pequeño héroe entre los simpatizantes del movimiento

republicano, movimiento que se hallaba en fase de crecimiento.

Dublín trepidaba. Las palabras brotaban a millones de unas plumas

irlandesas, todas henchidas de antiguas esperanzas. Se había fundado un

teatro nacional. Los escritores lo estaban convirtiendo en una Atenas de

nuestro tiempo. Yo encajé maravillosamente bien.

Las pesquisas que realicé en busca de Conor Larkin no me llevaron a

ninguna parte. Mi amigo había desaparecido de Derry poco después del

incendio de la fábrica de camisas y la desaparición de Kevin O'Garvey.

Algunos le habían visto errar por Irlanda como un alma en pena. Luego

se fue. Yo no sabía adonde, y tenía el corazón destrozado. Lo único que

Irlanda no necesitaba era un dramaturgo más; pero yo sólo podía

desahogar mi pena de una manera: cogiendo la pluma en serio y

escribiendo sobre nuestra juventud en Ballyutogue. Escribí un drama

sobre el verano que pasamos en la cabaña del monte, y cada línea que

manaba de mi pluma era como un grito en la oscuridad llamando a

Conor. Un día mis oraciones fueron escuchadas. Recibí una carta de

Liam, desde Nueva Zelanda. El había recibido un cablegrama que Conor

le mandó desde Shanghai. Había embarcado y se dirigía a Christchurch.

OceanofPDF.com