Trinidad
Capítulo 5
El primer día de la escuela nacional, éramos seis los niños católicos,
pertenecientes a cuatro pueblos, y nos encontramos muy pronto. Cuando
se celebraron en el patio las ceremonias de apertura, bajo la Union Jack,
nos apretamos el uno contra el otro, temblando. Nos acogió en su seno
una sala nueva, deslumbrante, todavía oliendo a pintura y barniz y llena
de niños protestantes muy almidonados y con unos preciosos vestidos y
zapatos nuevos que crujían al menor movimiento. Nosotros nos fuimos al
fondo de la sala y nos apiñamos los seis junto a un retrato descomunal de
la reina Victoria que nos miraba con ojo furioso, y allí esperamos la
aparición del maestro, tal como habríamos esperado el mismísimo día del
Juicio Final.
Ante nosotros se plantó un hombre alto, delgado y aparentemente
delicado, como un obispo que se dispusiera a pronunciar nuestra
sentencia. Cuando golpeó la mesa con una regla, yo pensé que el corazón
iba a saltarme fuera del pecho y a brincar por el pasillo.
– Me llamo Andrew Ingram - dijo-. Soy escocés, de Edimburgo. Dentro
de unos días también sabré cómo os llamáis vosotros. Ejercí cinco años
en una escuela nacional de Gales, y pedí el traslado cuando supe que
había plazas aquí. Desde las vacaciones que pasé allí, de niño, nunca
olvidé la belleza de Donegal; además de que, como escocés que soy, me
gusta pescar.
Bueno, se los digo a ustedes, se veía claramente que no era labrador, y
a mí se me antojó muy demasiado blando para descendientes de la época
de Cromwell, lo mismo si eran protestantes del Ulster que croppies
irlandeses. ¡No faltaba más!, sólo hubieron de pasar unos minutos para
que lo pusiera a prueba Sandy Hanna, nieto de Luke, el chico más
fornido y bruto de la escuela. Sandy parecía más que indicado para
recibir unos azotes de la vara de fresno del debilucho señor Ingram al
hacer chirriar el yeso sobre el pizarrín de forma que pareciese una gaita
cuando la afinan.
Entre risitas, el señor Ingram se interrumpió y localizó a Sandy
Hanna.
-¡Eh, tú!
Sandy no hizo caso y siguió produciendo chirridos. El señor Ingram
bajó de la tarima, emprendió por el pasillo y se plantó ante la mesa de
Sandy. Nosotros no osábamos respirar, y mucho menos movernos.
– ¿Cómo te llamas?
– Sandyhanna - respondió el otro, como si fuese una sola palabra. Más
risas, como tácito aplauso para Sandy.
– Sandy, cuando hables a la clase o a mí, ten la bondad de ponerte en
pie. - Sandy se levantó; era tan alto como el maestro y mucho más
corpulento, a causa del heno que había cargado-. Ponte la camisa dentro
de los pantalones - le ordenó el maestro.
Sandy hizo un gesto ocioso al faldón de la camisa, y cruzó los brazos
con aire de desafío. El señor Ingram sonrió, casi cariñosamente. Yo
empezaba a sospechar que sus maneras suaves eran altamente engañosas
y, por ende, sospechosas. Apartándose de Sandy, el maestro se dirigió a
toda la clase.
– Agradezco que la relación entre nosotros me haya ofrecido tan
pronto la ocasión de exponer unas cuantas sencillas reglas. Cuando las
comprendamos todos, y muy especialmente tú, Sandy, nos llevaremos muy
bien unos con otros, sin problemas de ninguna clase.
Ah, era un tío con sangre fría, y por estos momentos hasta Sandy
Hanna lo iba entendiendo así. El señor Ingram se le acercó pausada y
deliberadamente. Sandy se iba poniendo nervioso, pero había sentado sus
reales y tenía que defender la posición. Mientras Ingram le tomaba las
medidas con la mirada, Sandy se mecía inquieto, descansando ora en un
pie ora en otro, y como queriendo tragarse la nuez de Adán.
– Yo no creo en el palo ni las humillaciones, porque me gustaría dar
por supuesto que todos nos comportaremos como damas y caballeros.
Nos desconcertaba aquel señor Ingram; pero al mismo tiempo
acaparaba toda nuestra atención. Poco a poco, Sandy había quedado
acoquinado, como un hombre a quien el sacerdote condena delante de
todo el pueblo.
– Sandy, ten la bondad de pedir excusas a tus compañeros de clase y
asegúrame que te portarás bien. De lo contrario… vete a casa, y vuelve
cuando estés dispuesto a portarte como un caballero.
En confianza les diré que a mi parecer lo que Sandy deseaba más en
este mundo era pedir excusas; pero se había comprometido demasiado.
– No he hecho nada que me obligue a pedir excusas - dijo, sin
demasiada convicción.
Ingram le volvió la espalda, regresó a su mesa y se sentó.
– Vete de la escuela - dijo con la misma voz suave que había utilizado
todo el rato.
Sandy no se movió. Era el momento crucial. Los ojos de todos los
chavales se clavaban, inflamados, en aquel par de personas. Ingram
volvió hacia allá con la misma calma intencionada. Lo que vimos
entonces fue más rápido que el palo de endrino del padre Lynch. El
maestro cogió, como un relámpago, la mano de Sandy Hanna y en un
movimiento digno de Finn MacCool le hizo dar media vuelta y, con una
sola mano, le hizo las claves del brazo, de la muñeca y del pulgar. Sandy
gritaba. ¡Ingram le disparó a través de la puerta como el potente cañón de
Athlone!
Quedamos todos total, completa, absolutamente hipnotizados. Todo
había terminado para Sandy Hanna, que, simplemente, estaba fuera en el
patio, llorando, y luego entró en la clase, arrastrando los pies y
suplicando que no le enviaran a casa, para luego balbucear la más
desgarradora petición de clemencia que uno haya querido escuchar
jamás.
Después de este incidente, nunca tuvimos grandes problemas de
disciplina.
Cada uno de nosotros se puso en pie por turno, dando nuestros
nombres y pueblos. Los ojos de Ingram se posaban en los seis temblorosos
papistas del fondo, que nos habíamos identificado sin lugar a dudas al
pronunciar los apellidos de O'Neill, O'Kane, O'Connor, O'Doherty,
O'Bannon y O'Toole.
– Queda otra norma todavía, que cada uno de vosotros ha de entender
claramente -dijo-. Aquí somos, todos, una sola familia - luego, dejando
aparte las O' y los Mac del comienzo de los apellidos, nos anotó por orden
alfabético.
No sé qué puedo decir sinceramente de mis sentimientos por el señor
Ingram. En el corto espacio de vida que había recorrido entonces y en el
trozo bastante mayor que he recorrido después, siempre ha parecido
haber alguien que sentía la necesidad de hacernos morder el polvo;
fueran los orangistas, o los administradores de fincas, o los prestamistas,
o los alguaciles, o nuestros propios curas. Andrew Ingram fue la primera
persona en mi vida, descontando a Charles Stewart Parnell, que me hizo
sentir como un igual suyo y como un ser humano muy importante.
La mayoría de chicos protestantes habían recibido un nivel de
instrucción bastante notable. Nosotros estábamos mucho más atrasados.
No pueden contarse las horas extraordinarias que Ingram se pasó
ayudándonos. Al cabo de poco tiempo, todas las chicas estaban
enamoradas de él, y, como dije antes, los chicos jamás le causaron
grandes problemas. Ingram se había ganado las espuelas enseñando a
hijos de mineros, en Gales, que no eran pasta demasiado blanda
precisamente.
Unos meses después de su llegada, los ministros protestantes del
distrito y los grandes maestres de las Logias de Orange murmuraban de él
y refunfuñaban. No les gustaban algunos de los libros que utilizaba;
decían que estaban llenos de ideas malas. También les disgustaba que
invirtiera tanto tiempo enseñando poesías y ciencias naturales y en
cambio no enseñara bastante historia inglesa ni religión protestante.
Pronto se difundieron malintencionados rumores acerca de que se
había marchado de Gales por haber puesto en apuros a una muchacha.
Otras murmuraciones sostenían que le gustaban los chicos y que por esto
era maestro. Se concitó una tormenta y se convocaron reuniones. El
salvaba todos los escollos con aquella silenciosa dignidad tan suya. Las
dos veces que le hicieron presentarse ante la junta de la escuela puso en
ridículo a los inquisidores por la amplitud de sus conocimientos,
demostrando además estar tan familiarizado con la Biblia que dejaba
mudos y petrificados a los predicadores.
Ingram era extraordinariamente popular entre los estudiantes,
muchos de cuyos problemas personales había tomado sobre sí. Por sí solo,
sin ayuda de nadie, había establecido un refugio neutral donde
prevalecían la razón y la compasión en un paraje que sabía muy poco de
una y de otra, y la posibilidad de perderle nos aterrorizaba.
Después el Señor envió un ángel nada menos que en la persona de
lady Caroline Hubble, la cuál, con palabras encubiertas, le invitó a la
mansión Manor para que diera lecciones a los hijos de los trabajadores
extranjeros. Cuando todo el mundo supo que Ingram asistía a funciones
teatrales y conciertos en el Long Hall y que él mismo había dado allí un
recital de poesía, dejaron de mover guerra contra él… gracias a Dios.
Yo recordaba todo lo que me enseñaban en la escuela nacional porque
tenía que aprenderlo para mí, y luego tenía que enseñárselo a Conor. El
me esperaba todos los días en el cruce de caminos y, mientras yo todavía
guardaba las cosas frescas en la memoria, nos escondíamos en la antigua
torre normanda y repasábamos el trabajo del día. Yo le explicaba todo lo
sucedido en clase, de modo que él se sentía identificado con la escuela, y,
por mis descripciones, llegó a conocer a todos los muchachos.
Al cabo de un tiempo, Conor vino a esperarme un poco más allá, en la
herrería de Josiah Lambe. La herrería era una fuente de maravillas, con
sus mágicos estanques de fuego destacando la silueta del musculoso
señor Lambe cuando golpeaba el hierro, levantando chispas y haciendo
realidad unas fórmulas rigurosamente secretas transmitidas a través del
tiempo por los duendes.
En la vida del pueblo, el herrero sólo le cedía en importancia al
sacerdote. Y en verdad, Lambe habría podido tener tanta incluso, de no
obstar su condición de protestante. La parte alta había perdido su propio
herrero por culpa de la emigración, durante el hambre. A la sazón, el
padre de Josiah Lambe, que hacía el trabajo de los protestantes, se
encargó asimismo del de los católicos. Sujetándose a un código no escrito,
siempre contrataba a un católico como ayudante y a otro como aprendiz,
y así seguía trabajando para ambas comunidades.
Veinte veces echó a Conor de la herrería, pero Conor volvió allá
veintiuna, y quiso el azar que la veintiuna fuese el día que el aprendiz
había aceptado el puesto de ayudante del herrero de Clonmany. Aquel día
encontré a mi amigo moviendo el pedal del doble fuelle, y una semana
después, Conor hacía clavos. Estaba tan entusiasmado que uno habría
creído que los había alumbrado él, personalmente.
– Esos de esta artesa son de cabeza cuadrada - me decía-, y éstos son de
gancho, y los de aquí, estoperoles.
Amigos míos, Conor sonreía dichoso. Yo le elogié entusiásticamente
después de un minucioso examen de su obra. Por supuesto, había visto
clavos como aquéllos mucho antes; pero no hechos por Conor.
A Tomas no le gustaba aquello, pero desde un punto de vista práctico,
difícilmente podía oponerse. Como Liam ya estaba en condiciones de
trabajar la jornada entera en el campo, y el dinero que ganaba Conor
significaba demasiado para la familia y no era cosa de despreciarlo,
Tomas consintió que su hijo trabajase de aprendiz con Lambe.
Cierto día, a finales de otoño, nos dieron fiesta en la escuela. No era
un determinado santo, ni algo así como la Navidad o una fiesta inglesa,
sino una fiesta particular de los protestantes del Ulster. Encontré a Conor
en la herrería y me fui al pueblo con él, a ayudarle a repartir trabajos
hechos. Entregando el último, Conor llevó el caballo a casa de Lambe, lo
puso en el establo y luego subimos hacia la parte alta. Al llegar a las
afueras del pueblo oímos un coro de voces potentes que salía de la iglesia
protestante, entonando himnos.
– Los protestantes celebran una función de gracias por la cosecha -
expliqué con aire enterado-. Por esto han cerrado la escuela.
– ¿Por qué darán las gracias? - inquirió él.
– No creo saberlo bien.
– No lo entiendo. Ya sabes lo nerviosos que están nuestros padres y
nuestras madres por culpa de la última cosecha, además de que vencen
los arrendamientos y el invierno se nos echa encima.
– Ingram no nos lo ha explicado - respondí con un levantamiento de
hombros.
– Escúchales cómo cantan, haz él favor. Si me lo preguntas, te diré que
es raro. Vamos, echemos un vistazo.
– Oh, no, Jaysus, no - contesté, retrocediendo-. La última vez que
entramos en un templo protestante por poco nos matan.
-Vamos, peque - me dijo, subiendo los escalones de puntillas.
Después de asegurarme de que disponíamos de vías de escape y de que
podríamos huir sin obstáculos, le seguí hasta el ventanal de la fachada y
nos pusimos a mirar, como dos cabras sacando el hocico por encima de
un seto. El cuadro que vi me dejó boquiabierto. A uno y otro lado del altar
había pilas de hogazas de pan y espuertas de maíz. Había también nabos,
y coles, y calabazas enormes, y zanahorias y chirivías y cebollas (todo ello
bien frotado y brillante), y cestas de nueces formando caprichosos
dibujos. Había manzanas, grandes y jugosas, y tomates y bayas, y toda
clase de frutos que nosotros veíamos y comíamos muy raras veces.
Distribuidos delante del altar había un cerdo relleno, corderos y pavos
artísticamente adornados para un banquete. El predicador tenía los
brazos abiertos y ensalzaba a Dios por la generosa cosecha. Y los fieles
volvieron a expresar con himnos el gozo que les embargaba.
– Marchémonos -dijo bruscamente Conor.
Con las manos hundidas en los bolsillos se dirigió hacia el camino,
guardando silencio; lo cuál indicaba que, o estaba meditando
profundamente, o se sentía muy ofendido, o ambas cosas a la vez.
– Quizá su Dios sea mejor que el nuestro - aventuré.
– ¡Ca, demonios! Las tierras que nos robaron son mejores.
Yo andaba cosa de medio paso rezagado, hasta que llegamos a la
escuela. Conor se detuvo. Los ojos se le humedecieron y los músculos del
rostro le temblaban de la fuerza con que apretaba los dientes.
– Pienso que sería mejor que te desahogaras - le dije.
– No tengo que desahogar nada.
– Te rezuma por todo el cuerpo, Conor, y no quiero pasar el día
contigo si has de estar furioso todo el rato.
– Eh, vete al infierno.
– Oye, Conor, sé un acceso secreto para entrar en la escuela - le dije.
Lo cierto es que no era tan secreto, porque Ingram nunca cerraba con
llave la puerta trasera. Conor me seguía titubeando, mientras sus ojos
hambrientos se paseaban por las mesas y la pizarra, toda llena de
problemas aritméticos.
– Aquí me siento yo - le expliqué- y a mi lado se sienta aquella niña que
te decía, la que me trae manzanas y pastelillos de miel y otras cosas para
comer.
Conor pasó la mano por encima de la mesa, luego se deslizó en el
asiento, se puso muy erguido y cruzó los brazos como si Ingram fuese a
llamarle.
– Hola, amigos.
Conor se puso en pie de un salto, alarmado, mientras Ingram salía de
su despachito lateral.
– Ah, buenos días, señor Ingram - saludé-. Pasábamos por aquí ahora
mismo y este amigo mío, el mejor que tengo, Conor Larkin, quería ver mi
mesa.
– Hola, Conor. Soy Andrew Ingram.
Conor le estrechó la mano con recelo. Ingram no tenía necesidad de
preguntarle por qué no venía a la escuela. Había visitado ya a todos los
curas del distrito para encarecerles que insistiesen cerca de sus feligreses
a fin de que éstos enviasen más niños a la escuela; pero había tenido muy
poco éxito.
-Conor sabe leer y escribir - dije con orgullo.
– Me alegra la noticia - respondió Ingram.
– Seamus me ha enseñado.
– Comprendo. Bueno, tienes un gran maestro. Seamus es uno de mis
alumnos más distinguidos. Pronto ocupará mi puesto.
– No piense en eso, señor Ingram - dije yo-. Sólo enseño a Conor
porque es mi mejor amigo.
– Y me gusta mucho que lo hagas, Seamus. Una de las mejores cosas
que le pueden ocurrir a un maestro es que produzca misioneros
continuadores de su obra. ¿Hay alguna posibilidad de que vengas a la
escuela, Conor?
– Estoy demasiado ocupado, me temo. Mire usted, soy el aprendiz del
señor Lambe, y además, trabajo para mi padre. Por si fuera poco, a mi
padre no le gusta la escuela… - Intenté darle un codazo para que se
callara, pero él continuó-, dice que aquí no enseñan nada
verdaderamente irlandés.
-Comprendo - respondió Ingram, sin demostrar irritación alguna.
Aunque Conor se esforzaba por aparentar una estatura mayor de la
que le correspondía, no podía menos que volver los ojos hacia los estantes
de libros, que cubrían, desde el suelo hasta el techo, toda una pared de la
sala. La mirada con que contemplaba aquellos libros desmentía la
comedia arrogante que estaba representando, porque el deseo se le
pintaba en el rostro sin poder remediarlo.
– ¿Crees que podría prestarte un libro, Conor?
-¿Cuál?
– Pues, veamos. Quizá podamos encontrar alguna cosa irlandesa hasta
en los mismos dominios de la reina. Aquí tienes uno: Tradición bárdica del período medio irlandés.
– ¿De qué trata?
– Oh, perdona; te creía enterado de todo lo referente a Irlanda. Este
libro habla de los poetas cortesanos irlandeses durante la Edad Media. Yo
creo que antes de hincar el diente en los auténticos revolucionarios de
sangre roja, hay que adquirir unos conocimientos básicos de historia
irlandesa primitiva. Es una auténtica historia, ya sabes. ¿Crees que te
gustaría leerlo…? No es demasiado difícil.
– Puede que esté muy bien - dijo Conor, aceptando el libro,
desconfiado-. Tenga por seguro que se lo devolveré.
– No hay prisa. La puerta está siempre abierta. Cuando lo devuelvas,
coge otro. Basta con que dejes una notita sobre mi mesa.
¡La puerta se había abierto, ciertamente! Conor recorría con la
mirada las filas de volúmenes, desde el techo hasta el suelo, aunque no
sabía descifrar la mitad de los títulos. Y seguía mirando como en un
sueño, forzada irresistiblemente su mano a tocar los lomos de los libros.
-Si puedes tomarte el tiempo - dijo Ingram-, una hora semanal,
digamos, podrías pasarte por aquí después de las horas de clase y
charlaríamos un poco sobre lo que leyeras. A veces, cuando uno lee solo,
el texto le resulta complicado y confuso, y no le iría mal una pequeña
explicación.
– Puede que venga.
– De este modo conoceré si Seamus continúa dándote lecciones, o
quizá hasta yo pueda señalarte un poco de trabajo.
Conor fue hacia la puerta, pero no se avenía a marcharse de aquel
modo. Retrocedió hasta Ingram e hizo un esfuerzo por decir algo; pero
estaba demasiado emocionado por el regalo que le habían hecho.
– Quiero darle las gracias de todo corazón - dijo por fin. Giró sobre sus
talones y salió corriendo.
Conor Larkin había tenido siempre manos de mago. Desde que me
alcanzaba el recuerdo, hacía juguetes de paja para los niños del pueblo y
trajes de paja para bodas y fiestas, y excelentes esculturas de madera, y
cruces de santa Brígida para alejar a los malos espíritus, y otros
talismanes para conservar el hogar y el establo a salvo de incendios,
duendes y otras calamidades. Hacía cuerdas y redes de pesca con pelos de
colas de caballo, y jaulas para mariposas y era casi tan hábil como Tomas
en reparar muebles y remendar aperos de labranza.
Todo este talento cobró vida en la herrería de Lambe. Conor no sólo
forjaba vertederas de arado, azadas, goznes y herraba los caballos, sino
que pronto dominó las artes del carretero y se entretuvo con trabajos
artísticos que tenían perplejo a Lambe. Los mangos de los utensilios para
el hogar tomaban hermosas formas ondeadas, y sus trébedes no tenían
rival, ni siquiera en Derry. Todo lo que hacía Conor traía un sello
especial, y podía considerarse dichoso quien recibiera, en su cumpleaños,
el regalo de unos utensilios o unos candelabros forjados por él.
Conor no se plantaba ante el yunque y ¡dale que te pego!, como
Lambe. El se movía a su alrededor a la manera de los maestros de baile
de Inishowen, en vuelo, y estiraba el metal y lo doblaba como un artista
ante una tela o un poeta hablando al pájaro azul. Le correspondía a
Josiah Lambe la gloria imperecedera de estimular siempre a Conor,
aunque el discípulo igualara ya al maestro.
Mientras le veía florecer en la herrería, empecé a darme cuenta de
que Conor no quería entrar en la finca de los Larkin. Nunca sería capaz
de decirlo abierta y claramente, por no herir a su padre. Lo que hacía en
cambio era irse apartando de la familia, a medida que adquiría habilidad
en el oficio, y todos los ratos libres que tenía los dedicaba al estudio.
Por otra parte, Liam estaba siempre al lado de Tomas en los campos,
arrancando turba en la turbera, arando, cavando las tablas para las
patatas. Liam Larkin tenía la tierra en el alma, pero Tomas era incapaz
de verlo, por lo mucho que amaba a Conor.
Lo que causaba más pena era que Conor y Tomas se amaban
entrañablemente como nunca, pero apenas se dirigían la palabra. Eran
dos personalidades vigorosas hiriéndose deliberadamente la una a la otra
con aquel terco silencio y acercándose al punto desde el que ya no se
puede volver atrás.
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