Trinidad

Leon Uris · Capítulo 100 de 119

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Trinidad

Capítulo 19

En la vecindad, Heather Tweedey era una vieja miserable de otro tipo. Ella y su anciana madre habían vivido cuarenta años en la misma casa de la calle Malvern. Cuando la madre quedó inválida, Heather la sustituyó en la tarea de confeccionar sombreros de señora a medida y pantallas de fantasía. Más tarde añadió la tarea de repartir a domicilio corsés hechos también por encargo.

Tiempo atrás tuyo un pretendiente; hacía unos treinta años, y era un viudo con cuatro hijitos que trabajaba en el astillero. Cuando las relaciones entraban en una fase seria, la madre sufrió un ataque terrible que requería los cuidados constantes, a todas las horas del día, de Heather. El pretendiente se fue en busca de terreno más abonado, y Heather ya no volvió a tener ninguno digno de mención. Aparte del trabajo y de la pobrecita mamá postrada en el lecho, arriba, la vida de Heather giraba en torno a la iglesia y el Evangelio. Los individuos del sexo masculino eran adversarios suyos, porque llevaban entre las piernas ese instrumento perverso y amedrentador. Lo mismo que le había ocurrido a su madre, Heather Tweedey se convirtió en una persona huraña y flaca.

Dios bendiga el día, cuatro lustros atrás, que Oliver Cromwell MacIvor vino a Belfast como un salvador, un verdadero discípulo de Jesús, perfectamente limpio y puro y bañado en bondad. Ella le amó ya desde el principio; amaba su cara, dulce, resplandeciente, sensual; amaba sus manos, blandas y suaves; amaba la santidad de su hermosa mente. Todo esto lo guardaba Heather en secreto. Del mismo modo lo guardaban las otras damas de la iglesia que compartían estas mismas inclinaciones.

El predicador sabía perfectamente bien que su persona formaba un dramático contraste con el toscamente desbastado tropel del astillero.

El era el Niño Jesús, el objeto capaz de sacar a la superficie los instintos maternales más recónditos de aquellas mujeres, así como sus anhelos sexuales. Y cultivaba activamente estas tendencias con taimadas referencias a pasajes del libro santo que hablaban en tono subido de los placeres de la carne. En uno de sus sermones más famosos, MacIvor describía a Jesús como se describe a un amante en una incursión por

las fantasías sexuales débilmente veladas para el inexperto pero encandilado rebaño…

-«…El amado es el lirio blanco como la nieve… Es la hermosa rosa

de Sharon… Es blanco y colorado… Tiene la cabeza del oro más puro…,

pensad en los diez mil soles que calientan los planetas. El es el mayor de

todos… Sus mejillas son como un lecho de especias, una olorosa flor…

Sus labios, como lirios que hablan de pureza… Sus labios derraman una

mirra de dulce aroma… Nosotros lo hemos oído todo de los dulces labios

del dulce Jesús… Su vientre es como marfil brillante recamado de

zafiros… Sus piernas como pilares asentados en zócalos de oro fino… Su

boca es lo más dulce, como lo son también sus besos…»

Heather Tweedey era firme pilar de la iglesia de MacIvor, ya desde el comienzo, la dama mas devota del rebaño, la trabajadora más infatigable. Visitadora de enfermos, maestra de escuela dominical, directora de celebraciones sociales y cuestaciones. Por su trabajo la habían premiado con el puesto vitalicio de presidenta de las Damas Auxiliares de los Caballeros de Cristo.

Heather soñaba en MacIvor desde hacía años; concebía una clase de pensamientos que no osaba compartir con ningún alma viviente y apenas habría querido confesarse a sí misma. Estos, sí, eran los profundos y arremolinados secretos de la carne; no los groseros gruñidos que oía a través de las delgadas paredes de papel, no los referidos al asqueroso instrumento masculino. Estos placeres eran elevados y hermosísimos y discurrían por escenarios de blancas nubes, con arpas y ángeles. Sueños de sensaciones inmaculadas. Sueños en los que… su amante… era… Cristo, bajo la forma de Oliver Cromwell MacIvor. En las horas que pasaba sobre la mesa de costura empezó a dar entrada a los sueños incluso a plena luz del día, y a menudo se levantaba con una extraña humedad entre las piernas.

¡Oliver! ¡Precioso salvador!

Como presidenta de las Damas Auxiliares asistía a la reunión semanal de la junta, que se celebraba los sábados por la noche, en su casa. En aquel grupito reducido, íntimo, se hablaba continuamente de Oliver. Ella adoraba los sábados. Las otras reverenciarían y glorificarían a su secreto amante, y ella sabía que aquella noche se iría a la cama gozando una vez más de las dulces sensaciones prohibidas.

Las damas formaban un grupo apasionado, fanático por la tarea de su vida. Heather no podía comprender que perteneciesen a las Damas casi exactamente por la misma razón que pertenecía ella, porque las otras eran señoras casadas. ¿Cómo podía Oliver significar tanto para ellas? Pero lo cierto es que sí lo significaba.

Heather apenas podía contenerse mientras se acercaba la hora de la reunión del sábado. Los maridos de las compañeras se habían ido a la taberna, y ellas habían venido a su casa. Cuando las seis que formaban la junta estuvieron reunidas y ella hubo acostado a su mamá, sirvió el té. Estallando la excitación, dio la noticia:

–He visto a la ramera -dijo en un aliento de voz-. He visto a Shelley MacLeod escabullándose cerca del hospital Victoria.

Pasada la primera conmoción de sorpresa, les aseguró que no la habían engañado los ojos.

–Anoche estaba yo en compañía de Arabelle Forbes. Como el viejo Georges tenía su fin muy cerca y yo soy tan íntima de Arabelle, las enfermeras me dejaron quedar hasta después de la hora de visita.

Cuando me marché eran las once y bajaba por el pasillo. En la puerta de Morgan MacLeod me paré un momento a rezar. La puerta estaba entreabierta, y allí la teníais a ella, oronda y satisfecha, sentada junto a la cama, cogiéndole la mano, manchada y escarlata como iba.

–¿Qué os parece que deberíamos hacer? – preguntó Ade MacGuire.

–Deberíamos ir inmediatamente a la policía.

–No, la perrita cochina no ha cometido ningún delito civil.

–Pues veamos al reverendo MacIvor para que nos aconseje -

propuso Mae Duncan.

–No -atajó Heather-. No, hemos de protegerle. Ahora escuchad, yo he marcado siempre los pasajes que él citaba. Los referentes a Shelley MacLeod los señalaba en rojo -abrió la Biblia-. Si los leemos juntas y atentamente, el mensaje aparece bien claro, clarísimo.

La puerta de la celda se abrió. El guardián Hugh Dalton entró, se paró delante de la cama de Conor, se inclinó y lo sacó del sueño zarandeándole.

–Es tu hora, Larkin -le dijo.

Conor se dio la vuelta, desperezándose.

–¡Qué lástima despertarse para ver tu cara, Dalton! Precisamente soñaba una cosa bonita. ¿Qué has dicho?

–Tienes que venir conmigo.

Entonces Conor vio el quinteto de guardianes desplegados en arco junto a la puerta de la celda.

–Comprendo. La escolta real. Buenos días, caballeros. ¿Me espera la carroza? ¿Adónde vamos? ¿Al hotel Russell de St. Stephen's Green a comer con el arzobispo? ¿O quizá a la torre a que me corten la cabeza?

–Vamos al banco de los azotes -dijo Hugh Dalton.

–Ah, sí, al banco. Compré la entrada hace mucho tiempo. Ya empezaba a pensar que no me avisarían.

–¿Vas a darnos trabajo? – preguntó el guardián.

–¿Cómo diablos puedo saberlo? Es la primera vez que me azotan.

Dalton hizo un signo a los guardias.

–Será mejor que le pongáis los brazaletes.

Los guardias aprisionaron unas muñecas encentadas por las

esposas. Hugh Dalton era un hombre alto, canoso y adiposo por los años de trabajar en las celdas. Era uno de los pocos guardianes católicos de la prisión Portlaoise, hombre valioso que sabía tener a los católicos romanos dominados mediante su simpatía, real o falsa. Ahora deslizaba un pedazo de caucho duro en la mano de Conor.

–Ponte esto en la boca y aprieta los dientes. Te ayudará un poco.

Mientras le hacían desfilar por delante de las celdas de otros hombres vagamente convictos de delitos republicanos, los presos golpeaban las puertas formando un crescendo de aliento para Conor y profiriendo maldiciones contra la Corona.

La comitiva desapareció hacia el sótano acompañada de consignas republicanas que vibraban en sus oídos. Lo estaban aguardando el gobernador de la prisión, Greenlaf; el jefe de guardianes, Hyde; el doctor de la prisión, Faiser, y el guardián Inch, que era el que administraba los azotes. A Conor le desnudaron hasta la cintura.

El jefe de guardianes leyó el documento oficial autorizando el castigo. El guardián Inch escogió y probó un látigo. Después del mango, el látigo tenía nueve correas trenzadas de cerca de un metro de longitud y con las puntas emplomadas para que no se enredasen unas con otras.

Empujaron a Conor hasta un banco de azotes de madera, con unos agujeros horizontales a la altura de la cintura y el pecho. Le tendieron dentro, formando un ángulo, le encadenaron por los tobillos y las muñecas y le sujetaron por el centro del cuerpo. Luego le pusieron una banda de cuero alrededor del cuello para que no se le fracturase.

–Veinte azotes. Lleve la cuenta, señor Dalton. Puede empezar, señor Inch.

–Uno.

Unos dedos rosados aparecieron de pronto por todo lo ancho de la espalda de Conor.

–Dos.

El color se acentuó.

–Tres…, cuatro…, cinco…

AI dar el golpe; Inch, el azotador, hacía rodar las emplomadas puntas de tal forma que se doblaran hacia el expuesto sobaco de Conor y le arrancaran la carne como col picada. Inch sudaba y gruñía al impulsar el látigo con toda la fuerza que pudieran imprimirle sus ciento ocho kilos de peso.

–Nueve…, diez…

El guardián paró, jadeando en busca de aire, al rompérsele una trenza, se volvió hacia el mostrador y eligió otro azote de nueve colas.

Los demás permanecían inmóviles, salvo el médico que se inclinó bajo el banco para observar el rostro de la víctima.

–¡Fuera de aquí! – exclamó Conor.

–Continúe, señor Inch.

–Hemos contado diez -dijo Hugh Dalton-. Once…, doce…, trece…

Conor escupió la pieza de caucho…

–Oh, esa gente cuelga hombres y mujeres por llevar la enseña verde…

–¿Qué diablos está haciendo?

–Pienso que podría usted decir que está cantando, gobernador…

–Señor Inch, si aplica usted los golpes debidamente, interrumpirá la canción…

– Cuando éramos salvajes, feroces y malvados,

Y farfullábamos sones necios, sin sentido

Inglaterra, madre, buena, vino a salvarnos.»

–Catorce…, quince…, dieciséis…

Con mano cariñosa nos levantó del barro

Y nos curó de borracheras y delitos.

–Diecinueve…, veinte.

Se había formado una marea roja, un campo de sangre, una

carnicería. El gobernador soltó un bufido de disgusto, y el azotador comprendió que sus días de verdugo estaban contados. El doctor se apresuró a tentar el pulso, auscultar el corazón, dirigir una luz a los ojos…

Conor Larkin se sonrió. Luego se irguió y los miró a todos.

–Guárdense esa cochina camilla; andaré -dijo.

–¿Se encuentra bien, señor? – preguntó el del Constabulary.

El inspector Holmes apartó los ojos del cuadro. Se sentía débil y vacilante. Se recostó contra la pared en busca de apoyo.

–Dios todopoderoso, Dios del cielo -gemía.

El rojo cabello que habían cortado de la cabeza de Shelley aparecía esparcido por el suelo, pegado con el rojo más espeso, más fuerte de su sangre. Tenía el rostro grotescamente hinchado por un centenar de martillazos. La encontraron atada a una farola, a mitad de una callejuela de detrás del hospital.

–No había visto una cosa parecida… nunca en mis treinta años… -

murmuraba el inspector-. Es el trabajo de un demente.

–Más de uno -replicó el detective MacCrae-. Yo diría que

emplearon una docena, o más, de armas distintas. He contado más de cincuenta cuchilladas. Muy bien, corten las amarras.

Se oyeron unos gritos terribles en la estrecha punta de la callejuela, donde una docena de agentes del Constabulary mantenían a raya a una masa de curiosos. Un policía vino corriendo hasta el detective MacCrae.

–¿Qué sucede? – preguntó éste.

–Es el hermano, que prueba de abrirse camino.

–No le dejen pasar, por amor de Dios. No puede ver esto.

Del fondo de la callejuela vino otro detective.

–En el cubo de la basura hemos encontrado un brazo de la víctima.

Los ojos del inspector Holmes se fijaron en las palabras

garabateadas en la pared. Ramera papista,

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