Trinidad

Leon Uris · Capítulo 22 de 119

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Trinidad

Capítulo 9

Al final, lord Arthur fue allá, sosegadamente.

El 12 de julio, en Belfast, participó en un largo desfile de carruajes abiertos llenos de aristócratas descendientes de ingleses en un deliberado recordatorio de los lazos que unían al Ulster con la madre patria. Miles de orangistas pertenecientes a centenares de logias militares al son de docenas de bandas por un bien cuidado recorrido hasta Finaghy Field donde se estableció la ominosa atmósfera de todos los años y el Belfast protestante se excitó una vez más hasta no distar de un motín sino por el grueso de un cabello.

El regreso a Belfast significó una amarga desilusión para Roger, que se prometía una reanudación de la guerra de terciopelo trabada con Caroline. Esta se había ido a París. Y la idea de que se estaría revolcando entre los Claude Moreau le ponía fuera de quicio.

Terminado el glorioso 12 de Julio, los Hubble se retiraron a su cubil, donde Roger y Arthur se dedicaron a la tarea de apuntalar las aspiraciones de Hamilton Walby y de desembarazarse de Glendon Rankin.

Rankin recibió aviso bajo forma de una carta fría, impersonal. Se le pasaría una pensión vitalicia razonable y podría vivir en un retiro veraniego propiedad del conde, en Escocia. Exilio sin enfrentamiento.

La misma táctica que había utilizado él para limpiar el condado de arrendatarios indeseables y de enemigos.

Rankin sabía qué vendría luego. Ahora desenterrarían del pasado muchos crímenes no castigados y atropellos contra arrendatarios y se los atribuirían a él, en un esfuerzo por limpiar el historial. Cuando estuviera lejos, se harían circular rumores aludiendo a sus fraudes.

Después, Roger Hubble procedería a una magnánima declaración pública, diciendo que no quería hundir en el deshonor a una familia que había servido fielmente al condado y que echaría tierra al asunto sin llevar a cabo ninguna investigación. Glendon Rankin, antiguo verdugo, sabía que a la víctima no le quedaba ninguna posibilidad, aun cuando la víctima fuera él mismo. Al final, también se fue calladamente como los demás. Al aparecer en el horizonte el día de los Aprendices, en los terrenos de Hubble Manor se levantaban tiendas de hospitalidad y

albergue, y Londonderry preparaba el escenario para renovar la batalla por el Ulster. La corriente submarina de hervores veraniegos burbujeaba en la superficie, subiendo de profundos manantiales de ira justiciera, dispuesta a extenderse por todas partes durante el aniversario orangista más santo de todos.

Cuatro días antes del gran acontecimiento, Inishowen recibió los azotes de una tormenta que duró tres días y que parecía indicar que el mismísimo Todopoderoso había tomado nota de la situación en el Ulster y expresaba a rugidos su sincera aprobación. Hubble Manor cerraba puertas y ventanas bajo la azotaina, mientras zigzagueantes centellas casi a ras de tierra y fuertes estrépitos de truenos resucitaban todas las historias de fantasmas que hubieran circulado jamás relacionadas con el castillo.

Lord Roger trabajaba en la biblioteca sin que le molestaran explosiones ni ruidos, pero levantó los ojos al advertir por fin que alguien llamaba insistentemente a la puerta.

–¡Entre! – era su padre, que se acercaba visiblemente alterado-. Di, padre.

–Ha llegado una persona.

–¿Quién?

–Un tal reverendo MacIvor.

–¿MacIvor? No creo haber oído ese nombre.

–Será mejor que le veas. Un tipo muy raro -dijo Arthur

Roger siguió a su padre hasta el saloncito principal. En su mismísimo centro aguardaba, de pie, un hombre de un metro sesenta y cinco, aproximadamente, de estatura. Fuera, una nueva salva de truenos hizo vibrar las maderas de la casa. El hombre vestía un triste gris presbiteriano, capa de Inverness y sombrero terai de fieltro blando y alas anchas. Aunque le hubiera acompañado hasta allí un criado portador de un paraguas, ofrecía huellas de la lluvia; tenía el rostro brillante de humedad y de los bordes del sombrero caían gotas. Roger avanzó hacia él. El desconocido tenía la cara lampiña, como un chiquillo, y los labios gruesos. Sus ojos despedían las flechas de un desafío constante.

–Mi hijo, el vizconde de Coleraine -dijo Arthur.

–Oliver Cromwell MacIvor -respondió el clérigo, con una voz retumbante de barítono que no concordaba con su corta estatura.

–No creo recordarle -contestó Roger-. ¿Ha venido con alguna Logia de Orange?

–Tenía que llegar con sir Frederick Weed. Pero he llegado antes.

–Ah, sí, perdóneme -dijo Roger.

–Por el camino yo me ocupaba del trabajo del Señor, y hemos venido separadamente.

–Sea usted muy bien venido. Padre, invité aquí al reverendo a petición de sir Frederick. Predicará en la catedral. ¿Sus maletas?

–Han cuidado de ellas.

–¿Ha cenado ya?

MacIvor respondió con una sonrisa extraña y cínica.

–Cuando uno se entrega a la tarea del Señor, a veces se olvida.

–Bueno, pues ¿por qué no va a cambiarse y le subiremos algo?

¿Puedo reunirme con usted?

–Como quiera -respondió, siguiendo al criado escaleras arriba.

Media hora más tarde, Roger se detenía delante de la habitación del reverendo y llamaba a la puerta. Dentro se oyó un gemido bajo, ininteligible, que ascendía y descendía sobre los aullidos de la tormenta.

Otra llamada fuerte quedó sin respuesta. Un son asfixiado, anhelante lanzó a Roger al interior de la habitación.

Oliver Cromwell MacIvor estaba sentado delante de la lumbre meciendo el cuerpo adelante y atrás como un viejo judío en oración mientras el carraspeo de su garganta pasaba de una especie de silbido ahogado a un gorgoteo.

–¿Se encuentra bien? – preguntó Roger.

No pudo entender la respuesta. Roger dio un paso para observar la cara del predicador. La tenía brillante de sudor, y los ojos estaban en blanco.

–¡Reverendo MacIvor!

El grito sacó repentinamente al reverendo de su trance y lo puso en pie de un salto.

–¿Quién le ha dicho que entrara? ¡Me ha interrumpido! ¡Salga!

¡Salga! – Roger retrocedía con expresión curiosa-. No…, espere -pidió MacIvor, volviendo a dejarse caer sobre la silla-. Perdóneme. –

Levantaba los ojos y las lágrimas corrían por sus mejillas-. ¿Sabe usted qué es tener a Dios hablando contigo? No, claro que no. Nadie lo sabe.

Por favor…, por favor, váyase.

Cuando Roger se fue, Oliver Cromwell MacIvor se acercó al lavabo calmosamente, hundió la cara en el agua y luego atacó el ágape con gran voracidad, encantado de la comedia que acababa de representar.

Los espantosos tambores Lambeg resonaban de pueblo en pueblo como mensajes tribales en el continente negro. Orangistas con falda escocesa delante de los Orange Halls en ciudades, pueblos y aldeas bombardeando el panorama. Durante la temporada de los desfiles, que se prolongaba todo el verano, ningún lugar era inmune al redoble de los tambores, y ninguno demasiado remoto para los confiados, agresivos pasos de baile de aquellos manifestantes que desfilaban danzando.

Los orangistas habían llegado a Belfast por decenas de millares para celebrar, el 12 de julio, la victoria sobre los católicos en el río Boyne el año 1690. La temporada de desfiles llegaba a su apogeo en la ciudad santa de Londonderry, donde adorarían a su salvador, Guillermo de Orange.

Venían en tren de Coleraine y el condado de Tyrone, del de Donegal, del de Fermanagh y de Dublín. Venían en barcos, contratados para la ocasión, de Belfast y de los condados de Down y Antrim, y de Canadá, de Inglaterra y de Escocia, siendo los orangistas de Glasgow los más fanáticos de todos.

Londonderry volvía a estar sitiado, esta vez por los herederos de sus antiguos defensores. Cuando todas las casas de todos los hermanos estuvieron llenas, unas acampadas que parecían antiguos regimientos acomodados en tiendas se extendían por las colinas del distrito de Waterside y las tierras de Hubble Manor.

En todas las casas y casitas pertenecientes a familias leales ondeaba la Union Jack al lado de la Red Hand del Ulster. En las avenidas principales de la ciudad y en sus plazas habían levantado centenares de arcos adornados de guirnaldas de flores y retratos del muy amado rey Billy y la muy amada reina Victoria, y proclamando Dios bendiga al Imperio y Dios salve al Ulster y Recordad 1690 y Dios salve a nuestra reina.

Los clanes peregrinaban a la ciudad santa en aquel santo día para recrearse en las victorias seculares sobre papistas y labradores irlandeses en el río Boyne y Enniskillen, y en Angrim y el Diamond y en Dolly's Brae. Luego, en el sancta sanctorum: las murallas de Derry.

Costa este arriba de Inishowen, a ambos lados del río Foyle, las fogatas inflamaban los cielos con tintes satánicos. En Londonderry, por la calle Irish y el Waterside y la ciudad antigua amurallada, Los Muchachos protestantes poblaban el aire de banalidades, y un buen orangista podía dar unas patadas al Papa, en efigie, por un penique, que se destinaría a las mejores obras de caridad.

Como se acercaban las elecciones y se había concedido el derecho al voto a los indígenas, la renovación anual de la pasión protestante adquiría el aire de una guerra santa.

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