Mi vida
Capítulo III ALGUNAS GENERALIDADES SOBRE MIS PADRES
Capítulo III
ALGUNAS GENERALIDADES SOBRE MIS PADRES
Mi padre[1], contra las costumbres de sus paisanos, vestía de púrpura, si bien conservaba el gorro negro. Tartamudeaba al hablar y era aficionado a diferentes estudios. Tenía la piel sonrosada y los ojos claros, que le permitían ver de noche. Hasta el final de su vida no necesitó gafas. Siempre tenía en los labios aquello de: «Que todo espíritu alaba al Señor, porque El es la fuente de toda virtud». Siendo mozo le fueron extraídas unas astillas de hueso de una herida que recibió en la cabeza, lo que hacía que no pudiera estar mucho tiempo sin gorro. Al llegar a los cincuenta y cinco años perdió sus últimos dientes. Era aficionado a los libros de Euclides y de hombros caídos. Precisamente mi hijo el mayor se le parecía muchísimo en la cara, los ojos, los andares y los hombros, pero de lengua, quizá por la edad, era más suelto. Tenía un solo amigo íntimo, un hombre de profesión bien diferente de la
suya: Galeazzo de Rossi (este era su apellido), que murió antes que él[2]. También se juntaba con Giovannangelo Salvatico el senador, que fue su discípulo y vivió con él en su casa. La semejanza de carácter y aficiones convirtió al herrero Galeazzo en amigo suyo: fue este, en efecto, el que descubrió la rosca de Arquímedes cuando todavía no se habían difundido los libros del griego y fabricó unas espadas maleables como de plomo y capaces de cortar el hierro como si de madera se tratara y, lo más estupendo, hacía unas corazas de hierro impenetrables a los disparos de las armas de fuego de la infantería (por entonces era yo un mozalbete y vi hacer la prueba más de una vez: estaban hechas de manera que una sola de ellas resistía cinco tiros sin que apenas sufriera sino pequeñas rajaduras).
Mi madre[3] era irascible, inteligente y memoriosa, de baja estatura, gorda, devota.
Mis dos progenitores tuvieron en común el ser coléricos y poco perseverantes incluso en su cariño hacia mí. Sin embargo, eran condescendientes; tanto, que mi padre permitía y hasta ordenaba que no me levantara de la cama hasta dos horas después del amanecer, cosa que me ayudó mucho para conservar salud y vida. Mejor incluso (si puede decirse) me pareció a mí haber sido, y más cariñoso, mi padre que mi madre.