Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 33 de 63

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Mi vida

Capítulo XXVII MALA SUERTE DE MIS HIJOS

Capítulo XXVII

MALA SUERTE DE MIS HIJOS

 

En los hijos la premonición de mi sueño halló también exacto cumplimiento.

Primero mi esposa tuvo dos abortos varones de cuatro meses. Ya desesperaba yo de tener descendencia y, a veces, hasta sospechaba algún maleficio. Por fin trajo al mundo a mi hijo el mayor, que de cara era muy parecido a mi padre (según se vio luego cuando creció), bueno, compasivo y sencillo; era, sin embargo, sordo del oído derecho, de ojos pequeños, claros e inquietos; en el pie izquierdo tenía dos dedos pegados: si no me equivoco, el tercero y el cuarto contando desde el pulgar; era cargado de hombros sin llegar a giboso. Hasta los veintitrés años vivió tranquilo, pero luego que obtuvo el doctorado, se enamoró y se casó con una mujer sin dote llamada Brandonia Seronio. Mi mujer, como he dicho, hacía tiempo que había muerto y, mucho antes, también mi suegro (que había fallecido pocos meses después de nuestra boda); solamente vivía mi suegra Taddea. Entonces empezaron de verdad para mí las penalidades y las lágrimas. Porque antes cuando vivía mi mujer —que fueron tiempos de acoso por parte de mis rivales— sufrí multitud de desgracias, pero todas acabaron. Ahora, en cambio, acusaron a mi hijo de haber envenenado a su mujer y, para colmo, durante el puerperio; lo arrestaron el 17 de febrero y después de cincuenta y tres días de cárcel, el 9 de abril, le cortaron la cabeza. Esta fue la principal y mayor de mis desventuras, que me impedía a salvo de mi honra así quedarme en Milán como marcharme sin explicaciones, así vivir tranquilo en mi patria como abandonarla buenamente. Vagaba por las calles entre desprecios, me trataba con la gente hundido en la infamia, evitaba encontrarme a los amigos por no despertar recelos. No sabía qué hacer, no tenía dónde ir. No sé lo que yo era más, si

desdichado o aborrecido[1].

Vinieron luego las estupideces, truhanerías y vejaciones de mi hijo el menor, tantas, que más no caben. Me vi forzado en varias ocasiones a encarcelarlo, a mandarlo a destierro, a desheredarlo en la parte que a mí toca,

pues lo de su madre no era nada[2].

Sólo mi hija no me causó trastornos, excepto los gastos de la dote, pero bien gustoso que se los hice, como merecía ella.

De mi primogénito me quedaron dos nietos. Una sola familia en los términos de pocos días vio tres entierros: el de mi hijo, el de mi nuera y el de

mi nieta Diaregina; poco faltó para que el otro nieto se me muriera[3].

En conjunto todo el negocio este de los hijos me salió muy mal, pues mi hija, con la que al menos me quedaba algunas posibilidades de mejorar mi suerte, por estar casada con un joven rico y de alcurnia —el patricio milanés Bartolomeo Sacco—, resultó ser estéril, de modo que mis únicas esperanzas de descendencia han quedado depositadas en mi nieto.

No se me escapa que estos eventos pueden parecer insignificantes en los tiempos venideros, sobre todo a los extraños; pero es que, como tengo dicho, nada hay en esta vida mortal que no sea vano, huero y la sombra de un sueño, que de sueño ante todo es de lo que están hechas las actividades de los humanos, sus haciendas, sus vidas y sus peripecias.

Así como Cicerón, el padre de la Elocuencia, sacó de los libros de

Crantor[4] razones para consolarse a la muerte de su hija, igualmente en las desgracias fatales reaparecen acá y allá razones parecidas y no es de despreciar su utilidad y provecho.

Por otra parte, sé bien que sólo parecen valer la pena aquellas cosas que se cuentan en los libros como si una serie de grandes acontecimientos surgiera de unos orígenes insignificantes, sé que hay que darse prisa por llegar a las cosas importantes y que sobre todo hay que desarrollar cada una en su hora para que se dibuje un cuadro muy semejante a los acontecimientos: las hazañas aisladas, fruto de la valentía o de la perfidia o del azar, deben relatarse como de pasada, siempre que no encierren implicaciones estéticas o morales.

Pero ahora —o tempora o mores!— no escribimos sino aduladores panegíricos. Esté permitido colmar de alabanzas a quienes por su valía y bondad lo merecen, como hizo Plinio con Trajano u Horacio con Mecenas. Aunque, si bien se mira, es estúpido ponernos ahora a dar lecciones; sólo cabe esperar que esta poco laudable —si no infame— costumbre de alabarse los unos a los otros como mulos que se restriegan acabe de una vez. Pero ¿y si hay alguien que de verdad merece nuestras alabanzas? Entonces hay que elogiarlo en pocas palabras, de pasada y como si se tratara de asunto muy

sabido: más o menos como hizo Plinio con Marcial[5].

El libro que vale la pena comprar es el que resulta perfecto en cuanto a los contenidos morales y en cuanto al artificio de su estilo. El libro perfecto sigue de principio a fin el hilo de una cuestión, no olvida nada ni añade nada más allá de su remate, mantiene una misma norma en la distribución de sus partes, aclara lo oscuro, demuestra los puntos de partida o, al menos, sigue fielmente

las trazas de un maestro del género, como hace Philandrier[6] en su comentario a Vitrubio.