Mi vida
Capítulo XLI PRODIGIOS NATURALES Y FENÓMENOS EXTRAÑOS EN TORNO A MI VIDA Y A LA VENGANZA DE MI HIJO
Capítulo XLI
PRODIGIOS NATURALES Y FENÓMENOS EXTRAÑOS EN TORNO A MI VIDA Y A LA VENGANZA DE MI HIJO
Entre los prodigios naturales el primero y más peregrino es haber nacido en esta edad en la que ya se conoce la Tierra entera, mientras que los antiguos no conocían más allá de la cuarta parte. Ya de este lado recorremos América en cada una de sus regiones que ahora menciono: Brasil —la comarca más extensa de aquella tierra antes desconocida—, la Tierra del Fuego con los patagones, Perú, Charcas, Paraná, Acutia, Caribana, Picora, Nueva España, Quito, Quivira —la zona más occidental—, Nueva Francia y —más al
mediodía— Florida, Cortereal, Estotitilant y Marata[1]. Aparte de América, hacia oriente y bajo el Antártico, los antiscios, que son quizás escitas, y otras poblaciones nórdicas hasta ahora no conocidas, como Laponia, Finlandia, las amazonas y las tierras que están frente a la Isla de los Demonios (si no es que
son fabulosas[2]). Como consecuencia de estos descubrimientos es probable que se produzcan grandes catástrofes para que se restablezca cierto equilibrio. Se ha extendido la opinión de que sufrirán merma y serán abandonadas las ciencias y las artes, y la gente trocará lo seguro por lo inseguro. Pero esto ocurrirá en otros tiempos, nosotros entretanto gozaremos del prado florido.
¿Y qué mayor maravilla que las armas de fuego, ese rayo de los mortales mucho más dañino que el de los dioses?
¡Y no pasaré sin nombrarte, oh embrujada brújula, que nos llevas por mares anchurosos, en medio de noches tenebrosas y tempestades horribles hasta regiones lejanas e ignotas!
Añádase a estos tres prodigios la invención de la imprenta, salida de las manos de los hombres y por su ingenio ideada, émula de los milagros divinos: ¿qué nos queda ya sino tomar posesión de los cielos? ¡Locura la nuestra si no tenemos presente nuestra poquedad y nuestros orígenes! ¡Altanero ceño, si no rendimos admiración a estos logros!
Vuelvo al carril. Era el 20, de diciembre del año 1557, en una época en que todo parecía irme bien. Estoy en la cama intentando en vano conciliar el sueño hasta la media noche. En este instante, me pareció que la cama temblaba y con ella el dormitorio todo. Pensé que era un terremoto. Luego, me dormí por fin. Al día siguiente, le pregunté a mi criado Simón, que había dormido a mi vera en un camastro, si había sentido algo. Responde que había sentido temblar la habitación y la cama. «¿A qué hora?». Me dice: «Entre las doce y la una». Acto seguido, me voy a la plaza y le pregunto a unos y a otros si es que habían sentido un terremoto aquella noche. Nadie dice que sí. Vuelvo a mi casa. Me sale al encuentro un sirviente con aire de preocupación y me comunica que mi hijo Giovanni Battista se había casado con Brandonia
Seronio[3], una muchacha de la que estaba enamorado, pero pobre de
solemnidad: [4] hinc lacrimae, hinc dolores! Me acerco al sitio. Veo que es cosa hecha. Está claro que este fue el comienzo de todos mis males. Supuse que un mensajero divino, que estaba al tanto de lo que se había concertado ya la víspera, quiso señalármelo durante la noche. A la hora del alba, antes de salir de casa, me había acercado a mi hijo y le había dicho (no tanto movido por el prodigio como porque a él lo notaba raro): «Hijo, ten cuidado con lo que hagas hoy, no vayas a buscarte una desgracia». Me acuerdo del sitio: fue en la puerta; pero no recuerdo si aludí al prodigio. Pocos días después, siento de nuevo temblar la alcoba, me llevo la mano al pecho y compruebo —estaba recostado sobre el lado izquierdo— que tenía el corazón acelerado. Me incorporo y al punto cesan el temblor y las palpitaciones. Me echo otra vez y todo vuelve de nuevo: comprendí que lo uno dependía de lo otro. Recordaba además que cuando antes me pareció que temblaba el suelo, en ese mismo momento, me palpitaba el corazón, lo que era natural. Pero no alcanzaba a ver cómo el temblor afectaba a mi criado. Sólo advertí que había dos temblores: uno natural que provenía de las palpitaciones del corazón y otro sobrenatural que provenía de una intervención del espíritu. Lo deduje hace pocos años de cierta analogía: en otro tiempo era cosa habitual en mí que si me despertaba antes del amanecer me sintiera angustiado por preocupaciones lacerantes y penosas; de unos años a esta parte, aunque se produzca el insomnio, no por ello aparece la sensación angustiosa, y es porque este insomnio de ahora se produce más bien por un hábito enfermizo que por una inspiración sobernatural.
Algo parecido me ocurrió el año 1531. Una perrilla mansa, en contra de su costumbre, estuvo aullando sin parar, unos cuervos se posaron en el tejado graznando más de la cuenta y cuando un criado rompía la leña de un haz salieron chispas de fuego: fue ese año el de mi matrimonio repentino al que siguió una larga cadena de infortunios.
No son, sin embargo, claramente proféticas todas las señales, pues cuando yo era un niño de unos trece años, en la plaza de S. Ambrogio, un cuervo me arrancó unos encajes del vestido y a pesar de que tiré y sacudí con gran violencia no quiso soltarlos. No obstante, nada malo nos ocurrió, al menos en muchos años, ni a mí ni a los míos.
También he presenciado fenómenos extraordinarios aunque del todo naturales. Primeramente en las alturas, en los cielos. Durante veintidós horas casi, vi una estrella parecida a Venus —era yo niño—, que brilló tan clara que todo el vecindario pudo verla.
En el año 1531, por el mes de abril, vi en Venecia, donde casualmente me encontraba, tres soles. Duró el fenómeno casi tres horas enteras.
Antes, por el año 1512, en los campos de Bérgamo, cerca del río Adda, cayeron durante la noche, según cuentan, más de mil piedras. La víspera, una inmensa llamarada en forma de larga viga había atravesado los aires. Vi —yo era un niño— una de esas piedras que pesaba más de ciento diez libras (no sé decir si libras comentes o grandes: ciento once libras grandes milanesas hacen doscientas cincuenta y nueve de las otras). Fue en la casa de Marco Antonio Dugnani, junto a la iglesia de S. Francesco, y la piedra era de forma irregular, con abultamientos acá y allá (cabe suponer que a causa de la caída), de color ceniciento oscuro; si se la frotaba despedía un olor como de azufre; era muy parecida a los cantos vulgares. Pudo muy bien ser un engaño, ya que en aquellos campos sacan muchas piedras de esa clase y las transportan a todos sitios, 'cantos’ las llaman. He querido anotar esto por no haber hallado
mención alguna del fenómeno ni en Gaspare Bugatí[5] ni en Francesco
Sansovino[6], dos escrupulosos cronistas de la época. Pero ¿para qué iban aquellos nobles a inventar una cosa así? Además, por todas partes enseñaban piedras como aquellas aunque más pequeñas. Tampoco era un fenómeno que pudiera ser visto con buenos ojos por los príncipes entonces reinantes, pues se sabe que tales cosas dan ánimos a los sediciosos para armar conjuras y hasta es posible que tengan en este terreno alguna efectividad.
Pero sea lo uno o lo otro, lo cierto es que por aquel tiempo hubo en Venecia un terremoto tan violento, que las campanas de las iglesias repicaron solas. Ocurrió este portento el año 1511.
El año 1513, cuando Maximiliano Sforza[7], duca de Milán, tras la pérdida del territorio, se hallaba sitiado en Novara por los franceses, los perros del ejército francés irrumpieron todos a una en la ciudad y se pusieron a lamer y a hacer zalamerías a los perros de los soldados suizos. Al ver aquello Jakob Mutt de Altdorf, capitán en cien batallas de los suizos, se fue corriendo a decirle a Sforza lo que había visto, augurándole una victoria que al día siguiente consiguió.
En este punto puede parecer que voy más allá de los límites y el propósito de este capítulo, pero resulta pertinente hacer ver que he nacido en una edad que me ha hecho posible asistir a tantos sucesos maravillosos.
Cuando era mozo —y todavía ahora recién salido del sueño— veía los objetos de mi dormitorio como si estuviesen rodeados de luz. Al poco rato iba desapareciendo aquella capacidad. Cuentan que a Tiberio le pasaba lo
mismo[8].
Después de que la noche anterior al 23 de enero de 1565 (el día en que salió Cesi de gobernador de Bolonia y entró Grasso) ardiera por dos veces mi cama, predije que no me quedaría para siempre en Bolonia. En la primera ocasión aguanté, pero en la segunda no pude.
El año 1552 una perrita casera y mansa que dejé encerrada en mi domicilio escaló por un ábaco y me rasgó el manuscrito de mis lecciones públicas dejando intacto mi libro De fato que parecía más expuesto. A fines de ese año, sin esperarlo, dejé de enseñar públicamente durante ocho años seguidos.
A veces es posible hacer conjeturas a partir de sucesos triviales, cuando se repiten más de lo normal, ya que, como he dicho en otra parte, todas las cosas humanas están hechas de elementos pequeñísimos que se repiten como malla de red y conforman figuras como hacen las nubes. No sólo se van engrandeciendo merced a esos elementos mínimos, sino que además debe uno a su vez dividirlos poco a poco, por así decirlo, en infinitas partes. Y únicamente descollará en las artes, en los negocios o en la política quien entienda esto y a esto se atenga en su conducta. Así pues, es necesario tener en cuenta esos elementos mínimos en cada suceso, sea el que sea.
El día que vino de Bolonia Ludovico Ferrari[9] con su primo Luca, una picaza estuvo parloteando en el patio mucho más tiempo del que solía, de manera que imaginé que llegaría alguien. Era el 30 de noviembre de 1536. ¿Tiene que ver el parloteo con la llegada? Nada en absoluto. ¡Cuántas veces no resultan vanos los agüeros! Así tenemos que a unos, como Augusto, les valió el atender a indicios de incierta ley, a otros, como César y Sila, el desdeñarlos. Y esa misma regla se da en los juegos de azar, en donde o no hay ninguna o es oscura. Por contra, las cosas sobrenaturales no están sometidas a la razón natural y las que lo están no encierran misterio sino para los ignorantes.
Otro presentimiento tuve cuando me vi a punto de naufragar en el lago de Garda. El cielo estaba tranquilo y sereno, pero, sin saber por qué, tuve miedo
de zarpar[10].
Ese mismo año se me presentaron numerosas señales, unas barruntando libertad y otras desgracia. Por ejemplo, la rotura de una cadena que sostenía una esmeralda colgada de mi cuello. Antes, tres anillos que llevaba en distintos dedos (asombra contarlo) se reunieron en uno, y fue maravilla no pequeña tanto el salirse de los dedos como el meterse ellos solos, más aún cuando vinieron luego liberación y condena. Pero son estas cosas dones divinos y no prodigios naturales.
Me hallé sentenciado a muerte desde la más tierna infancia, y fueron señales la dificultad respiratoria, el enfriamiento de los pies hasta la media noche, las palpitaciones —ya en esa edad— del corazón, los sudores copiosos seguidos de un flujo de orina continuo, unos dientes escasos y bastante débiles, la mano derecha desencajada, la línea de la vida muy corta, desigual, entrecortada y ramificada, y las otras líneas principales sutiles como cabellos o demasiado torcidas, un horóscopo que anunciaba amenazadoramente mi fallecimiento, a decir de todos, antes de los cuarenta y cinco años: todo resultó falso, —sigo vivo y ya he cumplido los setenta y cinco—, no porque fallen esas ciencias sino por defecto de sus intérpretes. Si una cosa así fuera posible, más que en ningún otro autor tendría que haber una aclaración en los escritos de Aristóteles, que no dice nada al respecto.
Pero entremos ahora en la historia de mi hijo, que desde luego presenta algunos aspectos dignos de consideración.
Fue ejecutado ciento veintiún días después que comenzó todo[11] y murió proclamando que era víctima de la ignorancia de quien aconsejó y exigió su
ejecución: el senador Falcuzzi[12], hombre de la más alta alcurnia, a quien secundó la asamblea. Al poco tiempo de la condena de mi hijo, enfermó de tisis, escupió los pulmones por la boca y expiró. Por su parte el presidente
Rigoni[13], que estuvo haciendo por acelerar el proceso, enterró a su mujer sin acompañamiento de cirios, cosa rara pero cierta, según oí contar a muchos. Refieren que, aunque era hombre de buena reputación, sólo con la muerte evitó el proceso que se le venía encima y también dicen que se le ha muerto un hijo todavía mozo. Diríase que las Furias asediaban su casa. Asimismo, a los pocos días, el suegro de mi hijo, que había hecho por que lo condenaran, fue encarcelado, perdió su puesto de alcabalero y acabó pidiendo limosna; el hijo que más quería aquel hombre murió en la horca; lo condenaron en Sicilia, por lo que he oído decir. Ninguno de los acusadores de mi hijo escapó sin su
calamidad, aquel herido, éste muerto. Aún más, nuestro príncipe y señor[14], hombre por otra parte generoso y compasivo, cuando dejó de su mano a mi hijo a causa de mi impopularidad y de la muchedumbre de acusadores, también él se vio afligido de mil modos: enfermedades graves, la muerte de una sobrina a manos del marido, pleitos difíciles; incluso en su actuación pública le sobrevino un desastre con la pérdida de los Gelves y la dispersión
de la flota real[15]. Y no soy tan pretencioso o tan loco que crea que alguna de estas cosas tiene que ver conmigó, sino que, como las mieses caen a tierra castigadas por la tempestad, así los hombres sensatos sucumben en época de grandes desastres al verse desasistidos de los buenos gobernantes, que en esos trances se hallan embargados tanto en los infortunios públicos como en los suyos particulares. Acechan atentos tales coyunturas los malignos calumniadores, ya que ninguna posibilidad de destacar les queda.