Mi vida
Capítulo VI SALUD
SALUD
He sido de constitución enfermiza por varias causas: naturales, accidentales y sintomáticas.
Por causas naturales he padecido de catarros achacables tanto al estómago como al pecho, hasta un punto que me considero realmente sano cuando tengo tos y ronquera. Cuando tengo catarro estomacal me sobreviene aborrecimiento de la comida y más de una vez he creído que me habían envenenado, aunque al poco tiempo, sin esperarlo, me ponía bueno. Tuve otra supuración en las encías que desde el año 1563 me ha hecho perder los dientes a puñados, mientras que antes no se me caían sino uno o dos cada vez; ahora me quedan catorce y uno de ellos cariado pero que aguantará mucho, según creo, pues el remedio aplicado le sentó bien. Están además las indigestiones y debilidades de mi vientre; desde los setenta y dos años en adelante empecé a padecer cuando comía o bebía de más o tomaba algo poco conveniente para mi estómago o a horas intempestivas; el remedio para estos padecimientos lo he indicado en el libro segundo de mi obra De tuenda
sanitate[1]. En mi juventud sufrí de palpitaciones heredadas, de las que me libré completamente gracias a la medicina; tuve también hemorroides y gota, de la que me curé tan del todo, que más a menudo he querido provocar sus síntomas cuando no se presentaban que eliminar el mal cuando me atacaba. A una hernia que padezco, al principio no le hice caso, luego, de los setenta y dos años en adelante, me pesó el no haberla atajado a tiempo, sobre todo cuando me di cuenta de que era heredada de mi padre; con ella aconteció algo que causa extrañeza: empezó en ambos lados, pero en el lado izquierdo, sin cuidarla, sanó sola y del todo, mientras que en el derecho, bien atendida con fajas y otros remedios, empeoró. También me he visto maltratado por enfermedades de la piel y picores, unas veces lo uno, otras lo otro. Luego, el año 1536, me vi atacado —y cuesta creerlo— por un flujo de orina, y abundante (casi cuarenta años llevo padeciendo de lo mismo): elimino de sesenta a cien onzas diarias y, sin embargo, estoy vivo y ni siquiera adelgazo (la prueba es que siempre llevo los mismos anillos) o siento demasiada sed. Muchos, atacados ese mismo año por el mismo mal, sin medicación ninguna, resistieron más que los que consultaron a médicos. El décimo de mis padecimientos es un insomnio de ocho días de duración que aparece periódicamente en primavera, verano, otoño e invierno, de manera que casi se le quita un mes entero al año, aunque a veces menos y a veces hasta dos. Lo curo poniéndome a dieta (en ella tengo en cuenta lo digerible de los alimentos, no la cantidad). No pasa un solo año sin que los períodos de insomnio aparezcan.
Enfermedades que contraje por causas accidentales: la peste a los dos meses de nacido y, una segunda vez, a los dieciocho años poco más o menos, no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo bien es que fue por el mes de agosto y que estuve casi tres días sin comer, yendo de acá para allá por arrabales y caseríos; por las tardes regresaba a mi casa y aseguraba en falso que había
comido en casa de Agostino Lavizzari[2], un amigo de mi padre. Cuánta agua bebí aquellos tres días, no podría yo decirlo; el último día era incapaz de conciliar el sueño, el corazón me palpitaba aceleradamente, la fiebre era
subida: parecía estar en el lecho de Asclepiades balanceándome sobre él[3]. Creí que me iba a morir aquella noche, pero el sueño me venció y, acto seguido, se me reventó una úlcera que me había salido en la costilla falsa del lado superior derecho. Al principio salió una sustancia escasa y de color negro (quizá debido a un medicamento casero que tragaba yo hasta cuatro veces al día). Después me puse a sudar tan copiosamente, que el sudor traspasaba el colchón y se escurría por las tablas de la cama hasta el suelo. A los veintisiete años sufrí un ataque de tercianas simples con delirios los días cuarto y séptimo; la curación sobrevino también en día séptimo. A los cuarenta y cuatro, en Pavía, me puse enfermo por primera vez de gota. A los cincuenta y cinco, de fiebres continuas que me duraron cuarenta días: curé tras una crisis con expulsión de ciento veinte onzas de orina, el 13 de octubre de 1555. En 1559, el año que regresé a Pavía, me vi afectado por un cólico que me duró dos días.
Mis enfermedades sintomáticas han sido varias. La primera duró desde los siete años hasta los diez: me levantaba casi cada noche, daba gritos (aunque sin articular palabra) y, si mi madre y mi tía, entre las que yo me acostaba, no me hubiesen sujetado, más de una vez me habría tirado de cabeza por la ventana; el corazón me brincaba y, al apretarme con la mano el pecho, rápidamente se calmaba, como es lo corriente en las palpitaciones. Por aquel entonces —y ello me había de durar hasta los dieciocho años—, si caminaba de cara a un viento frío, no podía tomar aire; ahora bien, cuando me daba cuenta de que tenía cortada la respiración, el mal cesaba. También por aquellos días, desde la hora de acostarme hasta dadas las seis, de las rodillas para abajo no acababa de entrar en calor: de ahí que mi madre y otras mujeres —pero sobre todo mi madre— aseguraran que yo no iba a durar mucho. Además, algunas noches, cuando entraba en calor, sudaba por todo el cuerpo con un sudor tan abundante y cálido, que no lo creería quien lo viera. A los veintisiete me entraron tercianas dobles que se curaron al séptimo día. Después, a los cincuenta y cuatro, fiebres continuas que duraron cuarenta días. A los cincuenta y seis, en noviembre, por haber bebido un poco de vinagre de cebolla albarrana, me vi atacado de una disuria agudísima. Ayuné primero treinta y cuatro horas y luego otras veinte y tomé lágrimas de abeto y escapé de aquello.
He tenido por costumbre —lo que a muchos extrañaba— indagar las causas de un padecimiento, caso de ignorarlas, como referí a propósito de la gota: de ahí que muchísimas veces provocara a sabiendas en mí las causas de una enfermedad (a excepción, si era posible, del insomnio), ya que pensaba que el bienestar consistía para mí en la sedación del dolor precedente y que, si este era voluntario, podría calmarse más fácilmente. Y como sé que nunca puedo estar del todo sin dolor y que, si por una casualidad ello ocurre, mi ánimo se ve invadido de una inquietud tan fastidiosa, que nada hay peor, es mucho menos molesto alguna clase o causa de dolor, siempre, claro es, que no encierre deshonra o riesgo. Debido a esto he ideado el morderme los labios, retorcerme los dedos y pellizcarme la piel y lo blando del músculo del brazo izquierdo hasta saltárseme las lágrimas: gracias a este recurso vivo hasta la presente sin sobresaltos.
Instintivamente temo los lugares elevados, aunque sean muy espaciosos, y recelo de aquellos sitios donde sospecho que puede haber un perro rabioso.
De vez en cuando también me he visto afectado de enamoramientos
heroicos[4] hasta abrigar pensamientos suicidas. Pero tales cosas supongo que les ocurre a todos, aunque no las cuenten en los libros.
Por último, en mi adolescencia, me vi atormentado durante dos años por aprensiones de cáncer, y quizá en la tetilla izquierda había un principio: era un bulto rojo oscuro, duro y punzante. A esta aprensión sucedieron, a punto ya de salir de la adolescencia, unas varices y, luego, siendo ya hombre cumplido, las palpitaciones del corazón que dije, hemorroides con grandes pérdidas de sangre y la picazón aquella y las manchas en la piel. Pero inmediatamente y a despecho de todo tipo de remedios sanaba (bien es verdad que algunas de estas enfermedades debieron favorecer mi curación al trasmutar la naturaleza los factores de unas enfermedades en elementos curativos de otras).