Mi vida
Capítulo X ELECCIÓN DE ESTADO
Capítulo X
ELECCIÓN DE ESTADO
Conforme a lo dicho, elegí un género de vida no como quise sino como pude, no el que debía sino el que pensé que sería mejor. Tampoco la elección fue estable y definitiva: ya que todo está lleno de peligros, dificultades e imprevistos, me iba adaptando a lo que parecía exigir la ocasión. Ocurre, en consecuencia, que los críticos del prójimo me tienen por hombre veleidoso y hasta, como he dicho, inestable. Y es que allí donde no hay una organización racional de la existencia es fuerza que se intenten muchas cosas y que uno ande descaminado. La finalidad de mi vida ha sido la perpetuación de mi nombre, sea de la clase que sea la perennidad que, como señalé, se nos consiente alcanzar. No ha sido el fin de mi existencia las riquezas, la holganza, los honores, los cargos, el poder. Pero mi propósito se vio obstaculizado por acontecimientos, azares, intervención de rivales, situaciones difíciles y mi propia ignorancia. Además, yo no reunía aptitudes para tal empresa y el convencimiento —sacado de la astrología— que tenía entonces —así me lo parecía a mí y todos lo aseguraban— de que no habría de sobrepasar los cuarenta años y de que, por supuesto, no llegaría a los cuarenta y cinco, me perjudicó muchísimo.
Mientras tanto, en parte por necesidad, en parte porque los placeres se me ofrecían a diario, a pesar de tener el propósito de llevar una vida ordenada, delinquía. Desatendía por culpa de aquellas locas aprensiones la realidad presente, erraba en mis juicios y, con más frecuencia aún, seguía una conducta equivocada. Hasta que llegué a un punto en el que lo que creí que iba a ser el final de mi vida fue más bien su comienzo. Ello me ocurrió a los cuarenta y tres años.
Queda dicho, pues, que la época primera de mi vida la dediqué a los placeres: me invitaban la edad, el carácter, las penalidades, en fin, y las ocasiones.
Por la mañana, si tenía clase —como primero en Milán y luego durante más tiempo en Pavía—, las daba; seguidamente, paseaba a la sombra fuera de las murallas, almorzaba y dedicaba un rato a la música; después, iba a pescar a sotos y enramadas no muy lejos de la población, estudiaba, escribía; al caer la noche me retiraba a casa. Este régimen de vida duró por espacio de seis años, pero ¡ay!:
fulsere quondam candidi tibi soles[1],
como dijo el poeta.
Emprendí luego el largo camino de la gloria. ¡Adiós al dinero, a los honores, a las ambiciones, a los placeres extemporáneos! Me he destrozado, estoy perdido, crecen las dificultades y las fatigas, echando sobre mí su
sombra aciaga como la del tejo que dicen[2]. No me quedaba ya ningún consuelo sino el de la muerte. Pero la felicidad no puede consistir en aquellos bienes que yo dejaba, porque, si así fuera, los tiranos, que están muy lejos de ser dichosos, serían los más felices de los hombres. Por tanto, como un toro bravo de torva mirada que cuanto con mayor ímpetu embiste más duramente tropieza y cae, tropecé y caí.
A la vez (pero antes de que llegara a esos extremos) ocurrió la desgracia
de mi hijo el mayor[3]. Han reconocido algunos del Senado —y creo que no se referían a ellos mismos— que se le condenó con la esperanza de que yo me muriera o me volviera loco de pena. Sabe el cielo lo cerca que estuve de lo uno y lo otro —ya lo contaré en su momento—, pero no ocurrió así. Quiero que se vea —aunque para ello tenga que añadir aquí unos datos que no hacen al caso— qué tiempos son estos que corren, qué costumbres son estas de ahora; porque, por lo que a mi toca, estoy seguro de que a ninguno de ellos he ofendido lo más mínimo. De todas las maneras ideé una defensa para aquel hijo mío. Aunque, ¿de qué podía servir, si los ánimos estaban encrespados? Abatido por el pensamiento de su dolor, atónito ante lo que se le venía encima, desanimado por todo lo ocurrido, receloso del porvenir, empezaba mi discurso recordando la generosidad del Senado, su equidad y algunos casos de perdón. Alababa su benevolencia y lo que hizo con el notario Giampietro Solari, que tenía un hijo bastardo convicto de haber envenenado a sus dos hermanas legítimas para heredar él solo: el Senado se contentó con mandarlo a galeras. Cité la pregunta que Augusto dirigió a un parricida: «Pero ¿de
verdad mataste a tu padre?»[4], y continué en este tono:
«¡Qué crueldad matar a un padre inocente y anciano en la persona de su hijo! Si se consideró justo,
por respeto a un padre, que una condena a las fieras fuera anulada, ¿no era más justo hacer otro
tanto por mí, sobre todo tratándose de un delito menos grave que un parricidio? ¿Qué pueden los
méritos de la humanidad, si la inocencia de un solo hombre bueno se castiga tan rigurosamente?
¿No es peor castigar a un padre con el suplicio de su hijo que con el suyo propio? Si me matan,
muere uno solo; si matáis a mi hijo, me cortáis la posibilidad de descendencia. Imaginad que todo el
género humano está intercediendo ante vosotros por el hijo de uno al que todos están obligados, por
un mozalbete irritable, metido en mil enredos, caído en la mayor deshonra, engañado por una
esposa sin dote, una mujer corrompida y descarada, unida a él a espaldas y contra los deseos de su
padre. ¿Qué haríais? Pero ¿es que no os lo suplica? ¿Es que lo ignora? Nadie es tan fiero enemigo
mío o de mi hijo, que no esté dispuesto a perdonarle la vida a una persona cuya muerte levantaría
compasión en los mismos infiernos».
A pesar de que aduje estas y parecidas razones, no sirvieron sino para que se sentenciara que sólo si yo lograba una avenencia con la otra parte se le perdonara la vida. Pero no lo permitió la estupidez de mi hijo que se puso a presumir de rico, al tiempo que los otros exigían lo que no había. Pero dejemos esto.
Desde mi primera infancia tuve el propósito firme de buscarme un medio de vida. Los estudios de medicina se avenían mejor con mis intenciones que los de leyes, tanto por ser más asequibles como por ser iguales en todo el mundo y en todas las épocas, aparte de ser más simples y estar sujetos a la razón —ley eterna de Naturaleza— y no a las opiniones de los hombres. Por ello abracé la medicina y no la jurisprudencia, y sobre todo porque, como he dicho, no sólo menospreciaba sino que hasta rechazaba el trato, las riquezas, la influencia y los cargos de los que se dedicaban al estudio de las leyes. Ahora bien, mi padre, cuando supo que abandonaba los estudios de derecho para dedicarme a la filosofía, lloró delante de mí y se dolió de que no siguiera yo sus pasos, pues consideraba a la jurisprudencia —y lo repetía a menudo orgulloso, citando a Aristóteles— como la ciencia más noble y más apta para ganar riqueza y poder y, en mi caso particular, para dar lustre a mi familia entera. Y es que comprendía que el puesto de profesor de leyes del que, con una dotación de cien escudos anuales, venía disfrutando él de unos años a esa parte no iba a ser mío, como esperaba, sino que pasaría a otro, que sus Comentarios no avanzarían ni recibirían brillo de mi mano. Era la cosa que por aquellos días se le habían despertado algunas esperanzas de gloría porque con sus enmiendas a los Comentarios del obispo Juan de Canterbury sobre
óptica o perspectiva[5] se había impreso un dístico de este tenor:
Hoc Cardana viro gaudet domus: omnia novit
unus: habent nullum saecula nostra, parem[6].
Estas palabras fueron una suerte de augurio para aquellos que habrían de beneficiarse de sus trabajos antes que para él mismo, que más allá de la jurisprudencia (que cultivó, según he oído, con bastante acierto) sólo dominó las nociones elementales de las matemá ticas, no inventó nada, no tradujo del griego. Le ocurrió así más por lo disperso de sus aficiones y la escasa perseverancia en sus propó sitos que porque careciese de dotes naturales o por pereza o falta de juicio, defectos que nunca tuvo. Yo por mi parte, debido a lo firme de mi decisión y a las razones antes mencionadas y a que veía que mi padre, incluso sin obstáculos, prosperaba poco —y también por otras causas — permanecí sordo a sus consejos.