Mi vida
Capítulo XLVII MI ESPÍRITU PROTECTOR
Capítulo XLVII
MI ESPÍRITU PROTECTOR
Cuenta la historia que espíritus protectores o rectores (los griegos solían llamarlos ‘ángeles’, en latín con menos propiedad los llamamos ‘espíritus’) han ayudado constantemente —ya he hablado de ello— a hombres como
Sócrates, Plotino, Sinesio[1] [2] , Dión, Flavio Josefo. Pero también a mí. Todos fueron dichosos de verdad salvo Sócrates y yo, aunque, como he dicho, disfruto de una situación inmejorable. Por el contrario, el dictador G. César, Cicerón, Antonio, Bruto y Casio se vieron asistidos por espíritus malignos aunque de rango elevado. Antonio y Cicerón tuvieron dos espíritus gloriosos pero nocivos los dos. El de Josefo fue extraordinario y de rara nobleza: le permitió mostrar valor en la guerra, gozar del favor de Vespasiano y sus hijos, poseer riquezas, escribir libros de historia, ser padre por tres veces, asistir a la batalla que supuso el desastre definitivo de su nación, prever el futuro (capacidad que lo hizo famoso en su cautiverio), librarse de la furia de sus
allegados y escapar de un naufragio[3]. Pero todos estos espíritus fueron evidentemente demonios; en cambio, el mío, según creo, es un espíritu bueno y compasivo.
De que yo tenía un espíritu protector, hacía tiempo que estaba convencido. Ahora bien, por qué me informaba de lo que iba a ocurrir de un momento a otro, eso no lo supe hasta que cumplí los setenta y cuatro años, justo cuando me puse a escribir este libro de mi vida. Haber conocido con exactitud durante tanto tiempo tantos sucesos inminentes —en puertas, como suele decirse— y haberlos previsto de verdad sería, sin la ayuda divina, un milagro casi mayor que la intervención misma de un espíritu. Cabe desprender de mi relato una explicación de los hechos: cuando el espíritu ve con antelación lo que pronto me va a ocurrir (por ejemplo, que mi hijo —comprometido probablemente ya la víspera con Brandonia Seronio— consumaría al día siguiente el matrimonio), provoca aquellas palpitaciones que dije del corazón, de un modo que yo conozco como particular suyo, a fin de dar la impresión de que retiembla el dormitorio; en ese momento hace lo mismo con mi criado y así, tanto él como yo, sentimos un terremoto que ninguno de los vecinos,
pues no había tal, sintió[4]. Y si mi hijo no llega a casarse (lo que no hubiera podido ocurrir sin grandes trastornos), no por eso me habría sentido engañado en mi premonición, sino, al revés, lleno justamente de mayor agradecimiento por haberme el espíritu señalado el camino para evitar aquel desenlace. De
igual manera, en la cárcel[5], hizo que yo y el chico que me acompañaba nos figuráramos unos ruidos para así robustecer (seguramente por mandato divino) mi confianza en Dios, permitirme escapar de la muerte y aliviarme en medio de tantos padecimientos.
Entiendo, pues, que ese espíritu es poderoso, dado que provoca visiones a la vez en otras personas y alucinaciones que afectan a varios sentidos, como cuando oí aquello de «Te sin casa». Asimismo, los portentos del año 1531 — el del cuervo, el del perro, el de las chispas de fuego— acaecieron porque el espíritu puede obrar sobre las almas de los irracionales de modo semejante a como los hombres son presa del temor ante lo umbrío o se dejan encandilar por objetos brillantes como gemas o metales.
En resumen, entre los antiguos hubo demonios de muy diversa especie: reprobadores como el de Sócrates, admonitorios como el de Cicerón en el trance de su muerte, avisadores del porvenir a través de sueños, bestias o casualidades. No incitan a ir a un sitio determinado, producen ilusiones en uno o varios a la vez de nuestros sentidos (los demonios que hacen esto último son más poderosos). Se manifiestan también a través de procedimientos no naturales (estos demonios pensamos que son los más poderosos de todos). Y más todavía, los hay buenos y malos.
Quedan en pie algunas dudas. ¿Por qué esta preocupación de los espíritus por mí y no por otros? Pues ni siquiera, como algunos creen, soy más sabio que nadie, sino tal vez todo lo contrario. Puede que el espíritu me proteja porque mi amor a la verdad y al saber es inmenso y va acompañado de desprecio por las riquezas —y eso en el estado de necesidad en que vivo—, o porque tengo ansias de justicia o porque todo lo atribuyo a Dios y casi nada a mí mismo o quizá esta protección persigue un fin que sólo El conoce.
Otra duda: ¿por qué sus advertencias cuando las hace no son tan claras como yo quisiera, sino que me muestra una cosa por otra o se vale, por ejemplo, de sonidos inarticulados? Pues para que confíe en que Dios lo ve todo, aunque yo no lo vea a El con mis ojos. Bien podría, en efecto, avisarme de manera clara en sueños o mediante algún otro portento evidente. Pero ese proceder quizá delata mejor la protección divina y la gravedad de los percances que han de sobrevenir, los terrores, los obstáculos, las angustias; los ruidos estaban para indicar temor. Realmente es necesaria esa oscuridad para que entendamos que lo anunciado viene de Dios y no para que aprendamos a sustraernos a ello. De manera que resulta absurdo afanarse en desvelar estas cosas fuera de tiempo y más absurdo todavía pretender sacar a la luz cosas que de tantos modos están sujetas a las intenciones de los hombres, a viejas rutinas y a juicios equivocados. Además, si han de salir verdaderas, poco puedes hacer; si equivocadas, ¿para qué sirven? En fin, aquí pasa como con esos personajes generosos a los que está permitido hacernos muchos dones que no está bien que nosotros aceptemos.
Otra pega más: ¿de qué valen avisos que no hay modo de interpretar, como aquello de «Te sin casa» o «Tamant» y lo de «Una vida de cuatro años» en la respuesta de la mona y lo de los gusanos que aparecieron en una escudilla? No es verosímil que tales cosas ocurrieran por una equivocación, ya que el poder de Dios no es ineficaz y conoce el momento oportuno. Por tanto, aunque no lo sé con certeza, me parece, sin embargo, probable la siguiente explicación: el espíritu protector se desenvuelve conforme a ciertas leyes como lo hace la Naturaleza, y al igual que en la Naturaleza —que nunca se desvía— se engendran monstruos por defecto de la materia, así ocurre aquí, y no creo que el espíritu sea de más noble condición que nuestro entendimiento, que, pese a todo, yerra a causa del medio que, suponemos, le debe servir de órgano. Y así como en ciertos años, por estar la fuerza del Sol obstaculizada, nacen más monstruos, del mismo modo, por estar obstaculizada una cierta fuerza corpórea de origen celeste o estarlo el alma que es una suerte de órgano, acaecen imperfecciones y errores en el conocimiento del futuro mediante esas señales. Y si dices que aquellos errores se producen en una acción a través de una materia y éstos en una acción a través de la voluntad, te respondo que puesto que el espíritu es inmaterial y un ser bueno dependiente de Dios —lo que llaman los teólogos un ‘ángel bueno’—, muestra el futuro por deseo divino de forma veraz y sin equivocarse nunca. Por otro lado, la Naturaleza está preparada para significarle al alma correctamente lo que el espíritu le enseña, pero el instrumento con el que quiere hacerlo no siempre está bien dispuesto para recibir la enseñanza, sea ese instrumento un vapor u otra cosa. Se produce en ese caso una forma imperfecta que no significa nada, algo diferente de lo que el espíritu o la naturaleza quiere: de ahí nuestras equivocaciones y nuestra ignorancia. La única discusión que cabe es si ello se debe a que la materia no es apta para recibir determinada forma, como diría un filósofo, o a que Dios —por nuestros pecados casi siempre— así lo quiere, como diría un teólogo.
Pero, como tantas veces he dicho, no quisiera que muchos se hagan una idea equivocada de la índole de mis conocimientos, como si yo diera a entender que todo lo que sé lo sé gracias a mi espíritu. ¿Para qué entonces tengo entendimiento? ¿Es que acaso lo sé todo? Sería como Dios. Ni mucho menos: mis conocimientos comparados con el conocimiento de los inmortales es como la sombra de un hombre frente a un palacio infinito.
Hay, en efecto, tres clases de conocimiento[6]: el de los sentidos, que se basa en la observación de multitud de cosas y que el vulgo y los ignorantes consideran en mí mayor de lo que es; ahora bien, este primero encierra dos aspectos: el mero conocimiento de lo que es y el conocimiento del por qué de cada cosa; en la mayoría de los casos basta saber qué es algo, pues no creo que merezca la pena indagar las causas de cosas triviales. La segunda clase de conocimiento es el de cuestiones más profundas a través de sus causas y conforme a ciencia y que suele llamarse demonstratio quia, pues se remonta de los efectos a las causas: la utilizo para lograr la amplificación, la iluminación y saberes generales a partir del propio; pero en este punto han sido tan raros mis logros gracias a mis recursos como frecuente la ayuda que me prestó mi espíritu; este tipo de conocimiento gusta a los eruditos, pues creen que proviene de la erudición y la práctica; de ahí que muchos creyeran que también yo era un erudito y un hombre de buena memoria, cuando no hay tal. La tercera clase de conocimiento es el de las cosas incorpóreas e inmateriales y que me vino por entero gracias a mi espíritu mediante la demonstratio simpliciter, esto es, la que hace ver la causa y el ser de algo de manera certísima; estas nociones no son ahora idénticas como lo eran antes, tanto porque a menudo se llega a conclusiones absurdas como porque, por ejemplo, el hecho de que el ángulo externo de un triángulo sea igual a la suma de los dos internos que se le oponen no es causa de que ello sea así sino de que así lo conozcamos. Y es que esta demonstratio simpliciter se presenta tan sólo en las substancias —corpóreas o incorpóreas— y por tanto tiene cabida así en la filosofía natural como en la divina; la matemática, en cambio, procede a través de la demonstratio propter quid. Todo ello, aunque parezca duro, es sin embargo verdad, pues el conocer que algo es así equivale a explicar cómo se ha elaborado su demostración.
Los problemas y las lenguas (por más que no soy capaz de hablarlas) alcanzo a comprenderlos sin reparar en ello siquiera.
La capacidad de amplificar un tema y darle brillo, en parte la he adquirido con la práctica y en parte me la otorga mi espíritu, ya que en lo de dar brillo me entrené durante más de cuarenta años antes de conseguirlo. Igualmente toda mi técnica de escribir y dar clases improvisadas la tengo gracias a esa capacidad mía de dar brillo. No obstante, esta ciencia me ha reportado entre la gente ahora más animadversión que fama, más vanagloria que provecho. Pero a un tiempo me proporciona placer no pequeño ni vulgar, los medios de prolongar mi vida, consuelo en mis muchas desventuras, ayuda en las contrariedades y alivio en mis achaques y fatigas. Ella es tal que abarca enteramente el meollo y lo mejor de las otras ciencias, haciéndose imprescindibles para su perfección y ornato.
En resumidas cuentas, los hechos son así, puedo haber errado en mis explicaciones: a los más sabios que yo me remito, quiero decir, a los teólogos.