Mi vida
Capítulo IV BREVE RELACIÓN DE MI VIDA DESDE SUS COMIENZOS HASTA EL DÍA DE HOY (FINES DE OCTUBRE DE 1575)
Capítulo IV
BREVE RELACIÓN DE MI VIDA DESDE SUS COMIENZOS HASTA EL DÍA DE HOY (FINES DE OCTUBRE DE 1575)
Quizá si Suetonio hubiera andado listo, habría añadido a cada una de sus Vidas, para comodidad de sus lectores, un resumen como este, pues, como dicen los filósofos, nada hay que no se pueda reducir a la unidad.
Así que habiendo nacido en Pavía, en el primer mes de mi existencia perdí a mi nodriza el mismo día que enfermó de la peste (según me contaron), y de nuevo se ocupó de mí mi madre. Me salieron luego en la cara cinco forúnculos en figura de cruz, uno de ellos en la punta de la nariz. Tres años después me volvieron a salir en los mismos sitios otras tantas tuberosidades, ‘viruelas’ las llaman.
Cuando todavía no había cumplido yo los dos meses, Isidoro Resta, un noble de Pavía, me bañó desnudo en vinagre caliente y me puso en manos de una nodriza que me llevó a Moirago, caserío que dista siete millas de Milán en el camino que va a Pavía pasando por Binasco. En Moirago se me hinchó y se me puso duro el vientre en medio de un debilitamiento general. Se descubrió la causa, que era que mi nodriza estaba preñada, y me entregaron a otra más segura que me amamantó hasta los tres años.
A los cuatro me llevaron a Milán, donde mi madre y mi tía Margarita su hermana — una mujer sin hiel a lo que a mí me parece— me trataban estupendamente. Sin embargo, mi padre y mi madre me pegaban en ocasiones sin motivo alguno y entonces enfermaba a pique de morirme; por fin, cuando cumplí los siete años — ya mi padre no vivía con mi madre— y cuando precisamente podía ser considerado merecedor de algún que otro azote,
dejaron de pegarme[1].
Pero en modo alguno me abandonó mi mala suerte: cambié mis desventuras por otras, no las alejé de mí. Mi padre alquiló una casa y se llevó consigo a mi madre, a mi tía y a mí. Obligado a ir y venir con mi padre (siendo yo como era de cuerpo tan enclenque y de tan pocos años) y trasladado de la quietud más absoluta a aquel ajetreo constante, no es de extrañar que recién cumplidos los ocho años enfermara de diarreas y fiebre. Era un mal endémico por entonces en nuestra ciudad (aunque no pestilencial) y, para colmo, yo había comido a escondidas mucha uva en agraz. Llamaron a Bemabó della Croce y a Angelo Gira y no di señales de salir con vida sino después de que mis padres y mi tía me lloraran como si estuviera muerto del todo. En aquella ocasión mi padre, que era hombre profundamente devoto, prefirió probar la virtud sanadora de S. Jerónimo, encomendándole mi vida bajo promesa, antes que la de un demonio con el que declaraba abiertamente
tener trato: la razón de tal proceder nunca caí en preguntársela[2].
Estaba convaleciente cuando los franceses, tras derrotar a los venecianos en los confines del río Adda, hicieron su entrada triunfal, que pude
contemplar desde mi ventana[3].
Acabó a partir de ahí la obligación de acompañar a mi padre y aquella fatiga constante. Pero todavía no estaba saciada del todo la ira de Juno: aún sin restablecer de mi enfermedad, me caí por unas escaleras (pues vivía en la calle que llaman de los Maino) con un martillo en la mano que me golpeó en la parte superior izquierda de la frente. Aquel golpe que me di no dejó de afectar al hueso y me quedó una cicatriz permanente hasta el día de hoy.
Vista de Milán (grabado en madera del
Liber Chronicarum, hacia 1493).
Apenas me había repuesto de la herida cuando, un día que estaba yo sentado en el umbral de la casa, una piedra que vino rodando desde la techumbre de un edificio altísimo de la vecindad (de largo y ancho aquella piedra era como nuez, si bien achatada como cáscara) me hirió en la coronilla por la parte izquierda allí donde tenía más pelo.
A poco de cumplir los diez años, mi padre cambió aquella casa, que estaba como maldita, por la de enfrente en la misma calle y allí viví tres años completos. Pero tampoco cambió mi suerte, pues de nuevo mi padre, con extraña obstinación, por no decir crueldad, me llevaba con él como un criado, de un modo que creerías, por lo que vino después, que ello era por designio divino más que por culpa de mi padre, y más aún cuando mi madre y mi tía, las dos, estaban de acuerdo. Sin embargo, mi padre me daba ahora mucho mejor trato: le habían nacido entretanto, uno después de otro, dos sobrinos cuyos servicios, acompañándole, hacían más llevaderos los que tenía encomendados, si me ahorraban hacerlos, y menos fastidiosos, si venían también conmigo.
Cambiábamos de casa y siempre hacía yo de acompañante suyo, hasta que por fin, cuando cumplí los dieciséis, nos fuimos a vivir a la casa de Alessandro Cardano junto a la tahona de los Bossi.
Tenía mi padre dos sobrinos de una hermana suya: Evangelista, de la orden de S. Francisco y de casi setenta años de edad, y Ottone Cantoni, banquero y rico. Este último, antes de morir, quiso nombrarme heredero de todo su capital, pero mi padre se opuso diciendo que aquel dinero había sido ganado sin honra. Así que los bienes del prestamista fueron repartidos al arbitrio del otro hermano superviviente.
A los diecinueve años fui con Giovan Ambrogio Targi a la Universidad de Pavía, donde permanecí también al año siguiente, pero ya sin compañero.
A los veintiuno volví con mi amigo a Pavía y ese año hice mi disertación pública y enseñé a Euclides en la Universidad; algunos días enseñé dialéctica y también metafísica, en sustitución lo primero de Romolo, servita, y lo segundo y durante más días en sustitución de un tal Pandulfo, médico.
Después de los veintidós permanecí en mi ciudad natal a causa de las
guerras que azotaban nuestra comarca[4].
A comienzos de 1524 me fui a Padua y de allí, a fines de ese año, en el mes de agosto, en compañía de Giovannanggelo Corio me fui a Milán, donde a la sazón encontré a mi padre gravemente enfermo. Más preocupado él por mi vida que por la suya, me ordenó regresar a Padua, entusiasmado también con la idea de que allí en territorio véneto habría de conseguir yo la que
llaman [5] laurea in artibus. A mi regreso recibí carta comunicándome que había fallecido a los ocho días de negarse a comer. Murió el día 28 de agosto y dejó de comer el 20, que cayó en sábado.
A los veinticuatro años obtuve el cargo de rector de los estudiantes de aquella Universidad y a fines del año siguiente el grado de doctor en
medicina[6]. Para lo primero fui elegido por un voto de diferencia en la segunda votación. Al doctorado accedí después de perder dos votaciones y cuando ya no quedaba sino una tercera y última oportunidad; salí elegido por cuarenta y siete votos contra nueve, en tanto que en la ronda precedente la distribución de los votos había sido exactamente la inversa. Aunque no se me escapa que estas cosas son de poca monta, las consigno en el orden en que sucedieron para que cuando yo las lea —porque no las escribo para otros sino para mí solo— me procuren contento y a su vez las otra personas —si es que alguien se digna leerlas— sepan que los casos graves tienen comienzos y desarrollos oscuros y que también a ellas les suelen ocurrir cosas así aunque no se den cuenta.
Muerto mi padre y transcurrido el período de mi cargo, recién cumplidos los veintiséis años, me fui a la aldea de Sacco, que dista de Padua diez millas y veinticinco de Venecia, con el beneplácito y el apoyo del médico paduano
Francesco Bonafede[7]. Este hombre, aunque yo no le había hecho ningún favor y ni siquiera había asistido a las clases que públicamente impartía, sólo por su rectitud a toda prueba, estuvo siempre de mi parte. Permanecí allí en tanto que mi tierra natal se veía azotada por toda clase de desastres: el año
1524 la peste y dos cambios de señor[8], los años 1526 y 1527 una carestía mortífera (apenas se podía rescatar con dinero los pagarés firmados para el abastecimiento de grano, pues las tasas eran insoportables), el año 1528 epidemias y peste que sólo se hacían más llevaderas al pensar que estaban devastando el mundo entero.
Regresé a Milán el año 1529, cuando ya se iban aplacando poco a poco los rigores de la guerra. Rechazado entonces por el Colegio de médicos, sin
poder conseguir nada de los Barbiano[9] y encima con el mal genio de mi madre, me volví a mi pueblecito. Mas no tan saludable como cuando lo dejé: a las molestias y fatigas y preocupaciones se añadieron pronto tos y consunción acompañadas de un empiema de pus pestilente que me pusieron en un trance de los que pocos salen con vida. Acabé curándome de aquella enfermedad gracias a una promesa que hice a la Virgen.
Poco antes de cumplir los treinta y un años me casé con Lucia Bandareni,
vecina de Sacco[10].
Hasta el día de hoy vengo observando cuatro cosas: que mis acciones llevadas a cabo antes del plenilunio, sin percatarme yo de ello, siempre me salían bien; que comenzaba a abrigar esperanzas allí donde otros empiezan a desfallecer; que, como dije, mi mala suerte se detenía en el último momento, y que casi todos mis viajes hasta los sesenta años los emprendí en el mes de febrero.
Mi mujer, después de dos abortos, me parió dos varones y, entre uno y otro, una hembra.
Al año siguiente, a fines de abril, marché a Gallarate, donde permanecí por espacio de diecinueve meses, durante los cuales recobré la salud y dejé la pobreza, pues todo lo dejé.
En Milán, gracias a la generosidad de los superintendentes del Hospital
Mayor y a la ayuda de Filippo Archinto[11], varón esclarecido y por entonces
orador famoso, empecé a enseñar oficialmente matemáticas[12], ya cumplidos los treinta y tres años.
Dos años después se me ofreció un contrato para ejercer públicamente la medicina en Pavía, pero no acepté porque el monto del salario no daba para mi sustento. Ese mismo año, esto es, en 1536 me fui a Piacenza atraído por una carta del obispo Archinto —aunque todavía no era clérigo— dirigida sin
éxito al papa[13] [14] . También solicitó mis servicios de parte del virrey francés
—como supe luego— el ilustrísimo Renato Birago, jefe de la infantería del
rey de Francia en Italia[15]. Prometía muchas y grandes cosas —pues el virrey Brissac sentía un especial cariño y afecto por los hombres de ciencia— pero nada se cumplió.
El año siguiente — 1537— entré en tratos con el Colegio, pero me rechazaron del todo. Sin embargo, el año 1539 me admitieron cuando menos
se esperaba, gracias al apoyo de Sfondrati[16] y de Francesco della Croce, dos hombres extraordinarios. Después, el año 1543, enseñé medicina en Milán. Al año siguiente, cuando se me cayó mi casa, lo hice en Pavía sin la concurrencia de ningún colega, pues no pagaban nada; lo dejé una vez cumplidos los cuarenta y cuatro y me fui a vivir a Milán con mi hijo mayor, que por entonces tenía once años, mi hija, que tenía nueve, y Aldo que era de dos años.
Por aquellos días el cardenal Morone[17] —al que menciono aquí para rendirle mi homenaje— me ofreció — era el verano de 1546— unas condiciones de trabajo nada desdeñables. Sin embargo yo, que, como he dicho, soy ‘harpocrático’, me dije: «El papa es un anciano provecto, un muro ruinoso: ¿voy a dejar lo seguro por lo incierto?». No alcanzaba yo a ver la rectitud de Morone ni el esplendor de los Farnese.
Ya desde 1542 había comenzado a trabar amistad con el gobernador de
Milán Alfonso de Avalos, marqués del Vasto[18], que me prestó algún apoyo y más me hubiera prestado de aceptar yo.
Pero después de aquel verano volví al ejercicio de mi profesión y, al año siguiente, gracias a las gestiones de mi amigo el celebérrimo Andrea
Vesalio[19] [20] , el rey de Dinamarca me ofreció un contrato de 1.300 escudos anuales, que no quise aceptar a pesar de que se añadían los gastos de mantenimiento. Y obré así no sólo por lo duro del clima de aquellas tierras, sino también porque allí siguen otro rito en materia religiosa, de manera que yo o no caería bien con el mío o me vería obligado a abandonar la religión de mi patria y mis antepasados. Así que, sin salario ninguno y con más de cincuenta años, me quedé en Milán.
Mas al cabo de un mes, en febrero de 1552, se me presentó la oportunidad de ir a Escocia. Recibí antes de mi partida 500 escudos de oro franceses y 1.200 para el regreso. Permanecí en Escocia trescientos once días, y pude ganar mucho más dinero si me hubiera quedado.
Del 1 de enero de 1553 hasta el 1 de octubre de 1559 pasé mi vida en Milán. Rechacé por aquellos días ventajosos contratos: uno del rey de Francia
por no molestar a los imperiales, ya que el emperador y el rey[21] andaban metidos en guerra; otro, poco después de volver de mi viaje a Escocia,
ofrecido por el duca de Mantua[22] [23] a instancias de su primo don Ferrante;
un tercero hubo antes que el anterior, más sustancioso, aunque en tierras
demasiado lejanas, con la reina de Escocia[24], cuyo cuñado curé (el cuñado de la reina, al principio, actuó en mi favor por la esperanza de sanar, la segunda vez, tras su curación, obró conociendo ya mi valía y también por agradecimiento).
El año 1559, poco después de llegar a Pavía, ocurrió estando yo allí el percance que dio lugar a la muerte de mi hijo. Pese a todo, aguanté en dicha ciudad hasta el año 1562 cuando me llamaron desde Bolonia. Acepté el puesto y enseñé allí si interrupción hasta el año 1570. El 6 de octubre de ese año me metieron en la cárcel, en donde, si no tomo en consideración que me quitaban la libertad, me trataron muy cortésmente. El 22 de diciembre de 1570, a la misma hora y el mismo día de la semana en que fui detenido, esto es, viernes y al caer la noche, regresé a mi casa en libertad vigilada: mi casa era una segunda cárcel para mí. La duración de mi encarcelamiento fue de 77 días, el período de libertad vigilada duró 86. En total 163 días.
Me quedé en Bolonia hasta cumplidos los setenta años y, a últimos de septiembre, marché a Roma, adonde llegué en la famosa jornada de la victoria
contra el turco[25], el día 7 de octubre. Ahora se cumplen cuatro años cabales de mi encarcelamiento. Desde entonces vivo como un particular, si bien el Colegio romano me ha admitido entre sus miembros el 13 de septiembre y el
papa[26] me pasa una pensión.