Mi vida
Capítulo XLVIII TESTIMONIOS DE HOMBRES ILUSTRES SOBRE MÍ
Capítulo XLVIII
TESTIMONIOS DE HOMBRES ILUSTRES SOBRE MÍ
Los testimonios más honrosos que sobre mí se hayan prestado procedieron de cuatro oponentes míos.
El primero lo prestó el celebérrimo Matteo Corti. A la consulta del Senado sobre su sucesor respondió que yo era el hombre más adecuado y que estaba a
la altura de las circunstancias y las exigencias del cargo[1].
Otro lo prestó Delfino cuando concurría conmigo en el segundo puesto. Fue delante de los alumnos y delante de mí en medio de la plaza. Uno andaba
diciendo que, si yo me retiraba, Montano[2] sacaría el primer puesto. Le dije entonces a Delfino que con Montano tendría la cosa más difícil, pues Montano era muy hábil en captar votos del alumnado. A esto replicó Delfino: «En cuanto al primer puesto no se lo cederé ni al mismo Galeno que quisiera ser profesor. Considero más honroso sacar el segundo puesto contigo que sacar el primero con el otro. Y no creo que la cosa pueda ser más dina con el otro que contigo. A pesar de que he contado en toda la ciudad con apoyos muy fuertes de gente principalísima y a pesar de que por mi intervención se consiguió el indulto de los desterrados, no he podido conseguir ni la cuarta
parte de alumnos que tú»[3].
Camuzio, otro adversario mío, publicó un libro en el que se lamenta dolorido de que en Pavía y otras universidades se enfrente mi nombre al de Galeno, «Que si no fuera» —dice— «porque el otro lleva tantos años muerto y lógicamente no suscita envidias y lo dan por bueno los más de los autores, sin duda debería ser postergado frente a Cardano». Anda por ahí su libro de
mano en mano[4].
Sebastiano Giustiniani, de Venecia, gobernador de Padua, en el verano de 1524, aquel hombre eruditísimo y amante de las humanidades, de la filosofía y de la teología, que tantas veces había sido comisionado como embajador de su república, un día que presenciaba un debate público en el que entre otros
proponía sus argumentos Vincenzo Maggi[5] de Brescia (que poco después sería profesor de filosofía en Ferrara), me oyó disertar, después de oír a muchos otros, y preguntó quién era yo. Le dijeron: «Es uno de Milán que se llama Gerolamo Cardano». Cuando acabó el debate me mandó llamar y delante de toda la universidad me dijo: «Estudia, muchacho, que así aventajarás a Corti». Me quedé atónito y mudo ante aquellas palabras inesperadas. Insistió: «¿Te has enterado, muchacho? A ti es: estudia, que así aventajarás a Corti». Se quedaron pasmados todos los que lo oyeron, sobre todo porque yo no era compatriota suyo, sino que provenía de una ciudad bien poco amiga de la suya a causa de las guerras que entre ellos y nuestros gobernantes se venían sucediendo.
Por lo que hace a los testimonios escritos, aunque no ignoro que tendré que pasar por alto muchos, he creído que vale la pena reseñar los nombres de quienes honraron mi memoria en libros que andan impresos y al alcance de todos.
TESTIMONIOS SOBRE MÍ APARECIDOS EN LIBROS[6]
1. Adolfo Crangius en su introducción a Tritemio.
2. Adrien Alemán en su comentario al De aëre, aquis et locis de Hipócrates.
3. Andrea Vesalio en su Apología contra Puteus, pero bajo el pseudónimo ‘Gabriel hijo de Zacarías’.
4. El jurista André Tiraqueau en De nobilitate y en De legibus connubialibus.
5. Auger Ferrier en su libro sobre el mal francés.
6. El autor de las anotaciones al De nativitatibus de Hermes.
7. Antoine Mizauld en su De sympathia et antipathia.
8. Amatus Lusitanus en su comentario a Dioscórides.
9. Andrea Bacci, De aquis thermarum seu de balneis (esta mención es malintencionada, según se lo he hecho ver al autor en persona).
10. Andrea Camuzio (como ya dije antes) en sus Disputationes.
11. Antonio Maria (o Marco Antonio Majoraggio si le damos el nombre cambiado con que firmaba) en sus Antiparadoxa.
12. Adrien Turnèbe en la carta-prefacio a su traducción de la obra de Plutarco De oraculorum defectu (habla de mí sin nombrarme, con lo que el tonto se acusa a sí mismo).
13. Brodeau en sus Miscellanea.
14. Borrel (una piedra de molino que ni sabe ni es capaz de aprender).
15. Charles de l’Ecluse, De aromatibus Indiae.
16. El español Cristóbal en su itinerario del rey de España.
17. La crónica de Gaspare Bugati que me menciona entre los médicos y profesores.
18. En el suplemento a la crónica compuesta por Sansovino, también entre los médicos y profesores.
19. Conrad Gesner en todos sus escritos.
20. Conradus Lycosthenes en su edición del Liber prodigiorum.
21. Constantin en sus anotaciones al libro de Amatus, especialmente cuando habla de las piedras.
22. Christophorus Clavius de Bamberg en su comentario al tercer libro de los Elementos.
23. Daniel Bárbaro patriarca de Aquileya en el lib. X, cap. 8 de sus comentarios a Vitrubio.
24. Daniel Santberch en la secc. VII de sus Problemata.
25. Donato de Mutis en su exposición de algunos de los Aforismos.
26. En el Epitome Bibliothecae.
27. Francesco degli Alessandri en su Antidotario.
28. Frangois de Foix, conde de Cándale, incluye una censura en su Geometria que puede tenerse por alabanza.
29. Francesco Vimercati en sus comentarios a los Meteoros.
30. Fuchs en su compendio de medicina.
31. Kaspar Peucer, De divinationibus.
32. Gaudenzio Merula en el De bello Erasmicano. Fue el primero que sacó mi nombre en letra de molde y era de Novara.
33. El médico Georgius Pictorius en sus libros, que son muchos.
34. El médico bergamés Guglielmo Grataroli.
35. Gabriele Falloppio en el De fossilibus, aunque para contradecirme.
36. Guillaume Rondelet en la Historia aquatilium (con mala intención).
37. Gemma Frisia en su Arithmetica.
38. Gerolamo Castiglioni en su Oratio de laude patria.
39. Hieronymus Tragus, De plantis.
40. Jérôme Monteux, médico del rey de Francia.
41. Jacques Peletier en sus obras matemáticas.
42. Jean du Choul, De quercus historia.
43. J. de Coliado, De ossibus.
44. El jurista Giovanni Battista Ploto en su tratado De in litem iurando.
45. Johann Schöner, De natiuitatibus.
46. Johannes Cochlaeus en el comienzo de su Historia.
47. Joachim Heller en su edición de la Isagoge de Juan Hispalense.
48. Giuseppe Ceredi en su ibro sobre el modo de alzar agua.
49. Johannes Stadius en sus Tabulae y en sus Ephemerides.
50. Joâo de Barros, portugués, en el libro IV de la 1.ª década de su Historia de las Indias Orientales.
51. Julio César Escalígero en su obra contra mi libro De subtilitate.
52. Jacques Charpentier en su Alcinoi commentum.
53. Ingrassias en su libro De tumoribus.
54. Recopilación de escritos sobre las aguas.
55. Primera recopilación de escritos sobre el mal francés.
56. Levinus Lemnius, De naturae secretis.
57. Lorenzo Damiata en su Geographia, aún inédita.
58. Leo Suavius, De arsenico et auripygmento.
59. Luca Gaurico en sus Nativitates, aunque con mala intención.
60. Matthaeus Abel en el Dionysii de situ orbis.
61. Martino Enrico, dilatadamente, en sus Quaestiones medicae.
62. Melanchthon en los comienzos de su Doctrina.
63. Melchior Wieland prusiano.
64. Michael Stifel en su Arithmetica.
65. Raffaele Bombelli, boloñés, en su Algebra.
66. Niccolò Tartaglia, que después de hablar mal de mí se vio obligado a cantar la palinodia en Milán.
67. Philander en su comentario a Vitrubio.
68. Petrus Pena y Mathias de l’Obel en el capítulo De phthora et antiphthora del libro Stirpium adversaria.
69. Reinerus Solenander, De aquis calidis.
70. Severino Bebel, De succino, lib. II.
71. Taddeo Duni en una obra singular.
72. Valentino Nabod de Colonia en su comentario sobre Alcabicio.
73. Varaeus en un poema en su lengua materna.
Sé que muchos otros, de cuyos nombres no puedo acordarme, me han citado en sus obras. De los que me criticaron, ninguno que yo sepa pasó de la cartilla y no sé con qué cara se incluyen en la categoría de los sabios; son los siguientes: Brodeau, Fuchs, Charpentier, Turnèbe, Rondelet, Borrell, Foix y Tartaglia. Porque Escalígero y Duni e Ingrassia y Gaurico y Solenander me contradijeron para ganar renombre.
Ahora entérate también de los testimonios sobre mí prestados de viva voz, ya que respecto a los escritos ¿quién pone en duda el hecho de que ni a Galeno ni a Aristóteles les tocó en vida ser citados en apenas tantos libros como yo? Claro que quizá debo este privilegio a la invención de la imprenta.
A la cabeza está Andrea Alciato (lo nombro para rendirle mi homenaje), que aparte de llamarme, como he referido en otra parte, ‘el hombre de los inventos’ repasaba a diario mis libros, especialmente el titulado De consolatione.
Ambrogio Cavenaghi, protomédico del emperador, me dio el título de ‘el
hombre de las empresas’. Julio César Escalígero[7] me concedió más títulos de los que yo pediría, llamándome ‘ingenio profundísimo, atinadísimo e incomparable’.
No pudo ser, pese a tantas envidias, que mi nombre fuera pasado por alto a la hora de dar clases en Bolonia, Pavía y otras universidades. Angelo Candiani y Bartolomeo de Urbino, personas excelentes los dos y médicos famosos, fueron sorprendidos (¡y cuántas veces! —porque no se escondían) con libros míos en las manos, y eso que no eran ni mucho menos mis amigos.
Pero me detendré aquí, no parezca que ando a la caza de la sombra de un sueño, pues vanas son estas cosas mortales y es del todo inconsistente la gloria que acarrean.