Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 56 de 63

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Mi vida

Capítulo L DICHOS HABITUALES QUE EQUIVALEN A REGLAS DE CONDUCTA. REFUTACIÓN DE UNA IDEA FALSA. ENDECHA. DIÁLOGO

Capítulo L

DICHOS HABITUALES QUE EQUIVALEN A REGLAS DE CONDUCTA. REFUTACIÓN DE UNA IDEA FALSA. ENDECHA. DIÁLOGO

 

Se deben hacer cosas cuyo recuerdo en ninguna época de nuestra vida nos avergüence y cuya posibilidad nos abandone antes que la voluntad de realizarlas. En el recuerdo de cosas así consiste la tranquilidad, y todavía mejor si no comporta tristeza.

De dos males contrarios hay que escoger aquel que a la larga supone menor detrimento.

Como decía Sorano[1], es honroso recibir de quien otorga y no pedirle a quien no da.

En las situaciones dudosas elijo la parte naturalmente ventajosa. Por ejemplo, administro pequeñas dosis de medicamento, pues si me decido por una porción entera no hay modo de echarse atrás y uno fracasa con merma del propio prestigio.

El que no quiere actuar conforme a razón es una bestia: apártate de él o mereces que te den una paliza, ya que sólo el hombre lleva a cabo y dirige sus actuaciones con la palabra.

Los pesados, los intratables, los tercos, los perezosos no sólo constituyen a menudo un estorbo para nuestro negocio principal sino también para otros muchos. Conque debe evitarse su compañía más que ninguna.

A los poderosos en particular basta decirles para guardar la compostura: «Me ofendéis» o «Me siento ofendido». A tus familiares y herederos esto otro: «¿Es así como vais a cuidar de mi hacienda cuando muera?». Los cogerás en la trampa.

A uno que me echó en cara que tenía pocos alumnos le contesté que se

venden más Donatos que Virgilios[2], y a otro que me reprochaba el que yo fuera el único que sostuviera tales o cuales opiniones le dije: «Por lo raro es tan apreciado el unicornio».

A un abogado que me echó en cara la escasez de discípulos le respondí: «Hay quienes nos deshonran con su presencia, hay quienes nos honran más

con su marcha»[3].

A un médico que presumía de tener más pacientes que yo le contesté: «No hay que presumir de eso sino de haber sanado a más». A otros les respondí con mayor acritud: «Peor es que tantos se os mueran en los brazos».

Para alejar a un mozalbete de las malas compañías le dije que le podría enseñar una manzana que echó a perder el montón sano, pero que él no me podría enseñar un montón que sanara a una sola manzana podrida.

A quienes me criticaban el mantener en casa a demasiados jovencitos les respondí: «Doble mérito: por hacerles bien y por soportar que hablen mal de mí».

La sabiduría, como mineral precioso, hay que arrancarla de las entrañas de la tierra.

A uno que me comparaba con otros eruditos le espeté aquello de Virgilio:

quid, si idem certet Phoebum superare canendo?[4]

Aconsejé a menudo que sólo y antes que ninguna otra cosa se pensara esto: «¿Qué es lo más importante? ¿Qué lo menos importante?».

Es señal evidente de buen juicio tener un amigo poderoso.

A uno que me echó en cara mi vejez: «Viejo es aquel a quien Dios deja de su mano».

En la adversidad los amigos te dan apoyo, los aduladores buenos consejos.

El mal se remedia con el bien, no con el mal.

Sé que las almas son inmortales; cómo, no lo sé.

Más debo a los malos médicos por haber quitado de en medio a mis enemigos que a los buenos aunque sean amigos míos.

En cierta ocasión que andaba yo entre gente maliciosa e inculta, se me echó en cara que hubiese errado en mis predicciones, y contesté: «Raro sería que hubiese acertado o hecho como se debe cosa alguna entre gente como vosotros».

Cuando vayas a hacer algo, piensa en qué situación quedarás una vez que

lo hayas hecho, lo hagas o no[5].

El hombre superior tiene que vivir donde habita el príncipe.

Acoged a vuestros amigos con semblante alegre porque lo merecen, a vuestros enemigos para quedar por encima de ellos.

Los que redactan con desaliño son como los que toman alimentos indigestos: por un placer pasajero se causan luego grandes molestias.

La lealtad de un hombre mídela por sus intereses, a menos que ese hombre esté por encima de la cosa en cuestión.

Lo más importante en los negocios humanos es hallar una meta a nuestras acciones.

Los hombres más civilizados de nuestra época, por atenerse a las cosas presentes y sensibles, son condenados por descreídos, ingratos e ignorantes en una palabra..

Para despedir a un criado: «Yo estoy satisfecho contigo, pero tú no lo estás conmigo, así que te ves obligado a dejarme».

A uno que me dijo: «¿Por qué siendo tú tan sabio son tus hijos tan tontos?», le contesté: «Porque yo no soy tan sabio como tontos son ellos».

Los hombres afortunados son como los niños que juegan a saltar los escalones de una escalera: cuantos más escalones saltan más se entusiasman, pero mayor es el riesgo de un descalabro.

Es mejor callar cien cosas que hay que decir, que decir una sola que hay que callar.

Es menester obligar a los niños a que contesten pronto para que olviden otras cosas y no respondan a la ligera.

A uno que preguntaba: «¿Qué pasa en Roma?», le dije: «Lo que pasa en la capital de las ciudades y de las cosas humanas».

«¿Es verdad que has estado en la cárcel?» —me dijo uno; y yo: «¿Tienes interés en ir tú también allí?». A otro menos juicioso le contesté la misma pregunta de este otro modo: «¿Qué has hecho para tener miedo?».

No hay que poner en los libros razones que no lleguen a una conclusión o no merezcan leerse.

Cuando dices algo con segundas intenciones debes tener el pellejo duro; cuando lo oyes decir, piensa que el otro también lo tiene.

En las cuestiones prácticas no ayuda como en las ciencias el conocimiento de lo general, sino que conviene conocer ante todo la cantidad exacta. Podemos, en efecto, aliviar a un enfermo de tercianas administrándole el ruibarbo, aunque no sepamos la cantidad, pero es mejor callar y no visitar al paciente si no se sabe aplicar la dosis adecuada en el tratamiento.

Las lágrimas son medicina del dolor, la ira lo es de la lástima, y la necesidad, como la historia enseña, es remedio del uno y la otra. En general para todas estas cosas es bueno poder ganar tiempo.

Para tu gobierno propio enfrenta un defecto a otro defecto, por ejemplo, frente a dejadez pon ambición en pleitos y cobros, frente a la apatía cólera, frente a engreimiento hambre y oprobio y frente a quienes manejan sus puños a modo de argumentos hazte mensajero impaciente por acudir a los poderosos.

Cuando te quieras lavar, prepara antes la toalla para secarte.

Si vas a tomar criada vieja pregúntale si sabe coser, lavar, amasar, y mándale que camine un rato y que encienda el fuego. Aparte, te quejarás de que no tienes vino y le preguntarás, como si acaso los necesitaras, si tiene allegados o amigos, por qué dejó a su anterior amo, cuántos maridos e hijos ha tenido. Una vez hecho esto, toma las precauciones oportunas o despáchala.

La rapidez en charlar es muy dañina, la rapidez en actuar es de vez en cuando necesaria, la rapidez en deliberar no debe ser ni mucha ni poca.

No exijas lo que en justicia corresponde a otros, y menos lo exijas de tus amos. No aceptes condiciones al pedir lo que en justicia te corresponde a ti, sino impón tu deseo (aunque dentro de unos límites).

No digas delante de la gente lo que opinas; mira con más cuidado a quién le hablas que a quién le prestas dinero.

Lo que en las cosas eternas es Dios lo simula como su sombra el tiempo, pero además éste se ve alterado por la continua mudanza.

En las cuestiones espinosas o expuestas a denuncias calumniosas —por sí mismas o por tu culpa—, si no estás seguro de poder llegar a una conclusión, es mejor callar. En este punto tropiezan muchos por pretender con excesivo celo la gloria de saberlo todo o entender de todo.

Procura no poner tu hacienda en manos de quien la toma de favor, pues o la gastará si se la dejas largo tiempo o si se la retiras corres el riesgo de que te ganes sus antipatías. Desde luego, te mantendrá en continua zozobra.

Haz que tu libro tenga una aplicación práctica y que esta aplicación lo haga redondo. Este y no otro es el libro perfecto.

A uno que me dijo: «Me das pena», le contesté: «No hay de qué».

El mal es la ausencia de bien; el bien o es en sí mismo un valor que queda bajo nuestro albedrío o es algo necesario.

Si no has tenido riquezas, hijos y amigos pero tienes lo demás, eres dichoso; si también te falta lo demás, aguantarás poco.

Aunque las artes son muchas, hay una que es el arte de las artes: el arte de hablar genéricamente. Merced a ella es posible decir muchas cosas en pocas palabras, expresar lo oscuro con claridad y mudar la incertidumbre en certeza. Ahora bien, necesitas tres requisitos: que todas esas generalizaciones se encuadren en la consabida unidad, que se acoplen las unas con las otras adecuadamente incluyendo el tema y delimitándolo, y, en fin, que sean apropiadas al tema. Este último es el único que no cumplió Aristóteles debido al escaso desarrollo de la ciencia de su tiempo. Ten en cuenta también que es posible hacer ciertas concesiones a la amenidad, como es corriente en los libros de historia.

REFUTACIÓN DE UNA IDEA FALSA

 

Sin razón se lamentan muchos asegurando que el talento es esclavo de la

suerte[6]; creen otros que el talento es el dueño de la felicidad. He aquí unas palabras dignas de un hombre altivo:

victrix fortunae sapientia, dicimus autem

hos quoque felices, qui ferre incommoda vitae

nec iactare iugum didicere, etc.[7]

Doblemente se equivocan. En primer lugar por decir que la sabiduría (entiéndase: la nuestra) está por encina de la fortuna, siendo así que diariamente comprobamos lo contrario. Y la razón es que la fortuna se manifiesta toda ella y despliega todas sus virtualidades en cada cosa. Pero nosotros sólo tenemos un retoño —y un retoño chico y endeble— de sabiduría. La fortuna, pues, no es más poderosa que la sabiduría, pero nuestra sabiduría tampoco supera a la fortuna. En cambio la fortuna cede de grado ante la sabiduría divina y no se atreve ni a poner el pie allí donde huele el rastro de esta sabiduría. Tampoco estoy de acuerdo con la opinión de Bruto moribundo:

infelix uirtus et solis prouida uerbis

fortunam in rebus cur sequeris dominam?[8]

 

Y es que aunque Plutarco nos transmita[9] el testimonio de Antonio sobre Bruto, —de que fue el único que mató a César por la gloria de su hazaña, mientras que los otros lo hacían por resentimiento—, aquello ocurrió quizá por otras causas y no porque abrigara tal intención. Por lo que Cicerón cuenta

en sus [10] Cartas a Atico se ve claramente, en efecto, que Bruto había tomado a mal muchas de las cosas que sucedieron y que se sintió molesto por lo que vino luego, lo que no hubiese sido así si sus miras hubieran estado puestas únicamente en la gloria. Sin razón se quejaba, por otra parte, de que Antonio, que había pasado la vida entre las armas, fuera el elegido de la Fortuna frente a él, que calladamente había dedicado sus esfuerzos a la elocuencia. Porque las palabras de los valientes son desaliñadas y sin primores, pero sus conceptos están llenos de reciedumbre, según leemos en Tácito de aquello

que le dijeron a Nerón[11]. Conque bien estúpido era Bruto buscando lugar para el talento en una guerra civil, porque si ya resulta imposible hallar un hombre dichoso en una ciudad cercada, menos aún se hallará en la que vive en guerra doméstica. Y aunque la dicha no se basa en la suerte sino en el talento, no obstante, la suerte, si nos es adversa, puede poner más obstáculos que apoyos nos puede prestar el talento.

 

Tres cosas ante todas nos hacen mudar de costumbres: la edad, la fortuna y el matrimonio. Por tanto ándate con cuidado, y lo mismo respecto al trato con los hombres, que es como hierro candente: si lo coges con la mano, no hay nada peor; machacado con el martillo, reporta ganancias al herrero y a todos utilidad.

 

ENDECHA POR LA MUERTE DE MI HIJO

¿Quién te arrancó de mis brazos, a ti, mi hijo más tierno?

¿Quién fue capaz de poner tanto llanto en mis últimos años?

¿Quién albergó corazón tan duro en su pecho? ¡Destino,

ay, riguroso, que quiso segar en flor mi cosecha!

5 No te salvó Calíope, Apolo no pudo salvarte:

callen por siempre los can tos, la cítara y flauta sonoras,

que de nuevo me sacan suspiros por mi hijo querido,

al recordarme cómo cantaba sus dulces canciones.

Tu doctorado, tus muchos saberes en medicina,

10 tus elegantes latines, dime, ¿de qué te sirvieron,

si de repente tus largos esfuerzos ya no son nada?

¿Qué lograste al salvar a soldados de España y a nobles

conciudadanos, si un jefe español y un notable paisano

mandan que ruedes herido por hoja de alfanje sañudo?

15 ¡Ay, ya no sé que me haga, que el alma en el pecho se muere

mientras recuerda, hijo mío, tu sino fatal en silencio!

¡Ay, que no me dejan poner mi dolor por escrito

ni me dejan llorar por el hijo que a mí me arrebatan!

Las alabanzas eternas que yo a tus cenizas cantara

20 callo, pues fueron causa de muerte no merecida.

Hijo, bajo el poder de un príncipe bueno sufriste

recia condena que al modo antiguo el Senado te impuso

por tomarte venganza en mujer adúltera y falsa.

Llévese la honra tranquilo el galán de nuestras mujeres,

25 si se impone castigo a la diestra de los vengadores.

Hijo valiente, ¡ay!, retrato fiel de tu padre,

digno eras tú de vivir una larga vida gloriosa;

ya no es posible, pues todo lo bueno y lucido

del tenebroso suelo a lo alto se llevan las Parcas.

30 ¡Mozo valiente a más de noble, yo aquí te saludo:

digno rival de tu padre, digno rival de tu abuelo!

Lejos estaba el rey, esperanza segura de perdones;

Febo su luz de las tierras aparta, escóndese Febe;

ya en el límpido cielo no brillan las altas estrellas

35 para no ver palacios manchados de horrenda matanza.

¿Dónde llevar mis pasos? ¿Qué suelo encierra tu cuerpo,

miembros partidos, cadáver sajado? ¿Son estas las nuevas,

hijo, que traes a tu padre viajero por tierras y mares

para buscarte? ¡Clavad en mí, sayones, los dardos,

40 si corazón tenéis, matadme con vuestras espadas!

¡Tú, poderoso rey de los dioses, apiádate y lanza

y a tu centella, sumérgeme ya en los infiernos,

que otro modo no tengo de hacer que mis penas acaben!

No son estas, no, las promesas que hiciste a tu padre

45 de con cautela lanzarte a la busca de crudos amores

que han acabado contigo! ¡Oh esposa intachable,

cuánta suerte has tenido al morir sin ver tu desgracia!

Hijo del alma, tu nombre a sabiendas he deshonrado

cuando a destierro salí dejando la casa paterna

50 para pagar la condena debida al rencor de los míos.

¡Ah si yo hubiese, muriendo, rendido un alma culpable:

pero no, que, viviendo, a mí sino derroto y supero!

Ha de vivir, sin embargo, por todos los siglos tu nombre,

hijo querido, de ti la India sabrá y la Bactriana.

Para nosotros has muerto: el orbe entero te guarda.

 

Nos morimos todos por igual, como dice Horacio, sólo sobrevive la gloria que pregona nuestra valía por boca de un poeta divino y prestigioso. Por eso deseaba tanto Alejandro tener un Homero, pues la historia cae en el olvido a causa de las hazañas sonadas de los que vienen luego. Los poetas narran sucesos imaginarios, de ahí que sean objeto de desprecio. Prodigio grande es el que se dio en Horacio, que sin la ayuda de una historia fue capaz de perpetuar su nombre. Y es que sin historia los escritores se muestran incapaces de ser amenos, como el mismo Horacio certifica:

lectorem delectando pariterque monendo[12].

Lo que realmente a otros habría perjudicado, esto es, la rápida decadencia del latín castizo, a él lo convirtió en un escritor singular por su exquisitez, un escritor modélico. Conviene, pues, que el fondo del poema sea un hecho destacado y famoso, que el poeta recoja la historia y la amplifique mediante las figuras de estilo, que así y no de otro modo sostenga a lo largo del desarrollo del tema el empaque, según aquello que se dijo:

Graiis dedit ore rotundo

Musa loqui[13].

Debe ser también el poeta escrupulosamente cuidadoso a la hora de aderezar esas fábulas de manera que se cumplan las innumerables reglas que apenas en

un grueso volumen pudo abarcar Aristóteles[14]. Cuando a la vez se den en el poeta estas cuatro condiciones, entonces será eterna su fama, en otro caso no.

 

DIALOGO

 

Pero ¿a qué viene todo esto? [15]

GEROLAMO: A que conozcamos qué es lo que se requiere para llevar una vida dichosa y cómo no hay verdadera felicidad en esta vida, no sea que tropecemos buscándola y así nos hagamos doblemente desdichados.

EL ESPÍRITU: Pero ello no basta, ya que es menester que como el artesano conozcamos la finalidad de lo que pretendemos. Por ejemplo, el herrero sabe y enseña a hacer clavos y cerrojos, yunques y martillos: los clavos para ensamblar las tablas, los cerrojos para cerrar las puertas, los yunques para resistir los martillazos. Pero tú no enseñas nada de eso: ni se sabe en qué consiste la felicidad —ni siquiera estás seguro de que la haya— ni para qué sirve. Por culpa de tus sentencias sobre lo huero y vano de las cosas humanas, lo más embarazoso sin duda para nosotros es no saber si con esa doctrina tú has hallado algo más y si realmente en esa vaciedad hay sustancia. En consecuencia, la gente querría conocer la aplicación práctica, si la hay, y la finalidad de semejante doctrina. Pues si no tiene aplicación, ¿para qué escribirla, enseñarla o aprenderla?

GEROLAMO: La tiene y no la tiene. Primero está aquello de que, como dije, sabemos que la infelicidad es mayor que la felicidad; que, por otra parte, la felicidad casi no existe y en ese vacío es a las veces algo pequeño y encima pasajero. No obstante, todo lo he reducido a nada para que sepamos recoger a tiempo ese poco y evitar la tristeza y desechar y anular la porción de infelicidad que nos toca (con tal de que esa infelicidad no sea extrema en relación al individuo, como de verdad puede serlo, aunque en relación a sí misma no pueda ser ni grande ni mediana, no digamos ya extrema o máxima), en tanto que si se ignoran estas cosas, bien puede uno volverse desgraciado.

EL ESPÍRITU: A lo que veo, esa doctrina encierra en sí cinco aplicaciones. La primera para aliviar la infelicidad, siempre que no sea extrema. La segunda para acrecentar ese poco de felicidad que le corresponde al ser humano. La tercera para que en ese vacío recojas algunas migajas y algo de plenitud poco después. La cuarta para que sepamos que hay cierta felicidad escasa y breve que reside únicamente en la propia valía y que no puede ser estorbada por inconvenientes graves. La quinta consiste en que la duración de esa felicidad pueda prolongarse un tanto más, gracias a que sus elementos y su empleo se ven sensiblemente alargados si por acaso se les compara con la brevedad de la vida humana. Mas si la vida del hombre durara quinientos o seiscientos años, todos por desesperación la acortarían, e igualmente ocurriría con una felicidad continuamente renovada.

GEROLAMO: Muy bien dicho. Y te lo agradezco, pues has desarrollado el tema mucho mejor de lo que yo hubiera podido hacerlo. Pero añadiría de mi parte lo siguiente: esa felicidad, aunque, como he dicho, es toda ella pequeñísima y endeble y, por hablar claro, no es casi nada, tiene, sin embargo, cuatro grados. El primero en tanto que se da actualmente y, de momento, parece ser algo, cuando no lo es: la prueba está en que según el común sentir de los filósofos no es más que ausencia de dolor. El segundo cuando acaba de pasar pero se mantienen sus raíces y efectos de modo que casi parece presente. El tercero cuando ha pasado tiempo y sólo permanece el recuerdo: es esta una felicidad umbrátil que carece de sustancia. El cuarto es asimilable al de aquellas cosas de las que no quedan huellas, como por ejemplo los sucesos de la vida diaria cuyo recuerdo se ha borrado o, si perdura, nos es indiferente. Por todo ello, queda claro que basta en esta vida pasarla sin grandes desgracias.