Mi vida
Capítulo LI EN QUÉ VEO QUE FALLO
Capítulo LI
EN QUÉ VEO QUE FALLO
Sero sapiunt Phryges![1]
Es imposible no errar, pero resulta inevitable que yerren más de la cuenta quienes se hacen esclavos de los placeres.
Mi mayor equivocación estuvo en la educación de mis hijos, porque la educación puede mucho. Ahora bien, he carecido de medios, de unos hijos juiciosos, de hermanos, hermanas, allegados, amigos, recursos, influencias, criados fieles. No obstante, podría haber optado por escribir menos, oponerme a mis propios impulsos y apartarme un tanto de los placeres, haber sido más cumplidor con mis amigos, haber aguardado las decisiones del Senado de Bolonia y, si mucho me ayudó no hacer ruegos, ¡cuánto más me hubiera ayudado no andar con exigencias! En circunstancias tales, cuando tus adversarios se te enfrentan y la influencia de tus amigos no puede contrarrestar la de ellos, una buena oportunidad es lo que más vale. Tampoco condeno del todo mi afición al ajedrez, más bien me adhiero a la opinión de Horacio:
vixi: cras vel atra
nube polum Pater occupato[2].
Añade tú: con tal de que no perjudique a los bienes venideros. Pero yo, fuera de mi moderación en el comer y del decoro que mantenía en mi trato con la gente, no presté atención ni dedicación ninguna al problema. En consecuencia, poco era si me hubiese andado con siete ojos en todas mis actuaciones, de nada me habría valido. Me entregué con desmedido tesón a mis estudios; con ese mismo tesón, a buen seguro que habría triunfado también en los otros asuntos de la vida y aquella afanosa constancia mía para los estudios no habría despertado tanta admiración. Ya fue bastante el que me faltaran tantos recursos: buena memoria, conocimiento del latín en la mocedad, buena salud, amigos y criados capaces, la potencia sexual durante mucho tiempo, algún tipo de encanto y atractivo, unos hijos que al menos tuvieran sentido común. Todo al contrario, me tocaron en suerte un carácter tímido, pleitos (y encima seguidos, unos tras otros), unos padres malhumorados, una época turbulenta de guerras y herejías. «Pero bien podías haberte servido de muchos descubrimientos de tu época». La verdad no debe molestar a nadie: los descubrimientos ajenos o los he hallado en su mayoría falsos o no los entendí, con lo que por una cosa o por la otra de nada me sirvieron. Los míos propios me eran más útiles, pero llegaron tarde para mí, de modo que si me hubiera sido posible descubrir a tiempo lo que conseguí luego, o conocer en su hora lo que otros habían investigado, quizás no lo habría pasado tan mal.
Pese a todo, aún me quedan posesiones tan valiosas, que si cualquier otro las tuviera se consideraría dichoso: el conocimiento de tantas materias, una descendencia viva aunque mermada, libros editados y —muchos— por editar, fama, puestos relevantes, riquezas bien ganadas, amigos poderosos, secretos y —lo que más vale— temor de Dios. Pero, como he dicho, una sola persona no puede reunirlo todo ni sobresalir en todo ni, caso de sobresalir en un campo, llegar en él a la perfección. ¿A qué viene entonces exigirme a mí algo que le está vedado a todo el humano linaje o extrañarse de que cometa errores cuando todos los otros los cometen?