Mi vida
Capítulo LII CAMBIOS CON LA EDAD
Capítulo LII
CAMBIOS CON LA EDAD
La edad modifica nuestras costumbres, la forma del cuerpo, nuestro temperamento y nuestro porte.
En la primera infancia, según me contaron, era gordo y rubio.
De niño era canijo, de cara alargada, blanco y sonrosado. Crecí rápidamente de modo que a los dieciséis años ya había acabado de crecer y se me veía tan alto como ahora se me ve. Mi temperamento era melancólico.
En la mocedad era colorado, de porte insignificante, algo colé rico, alegre y amigo de diversiones, sobre todo de la música.
Durante la madurez, de los treinta a los cuarenta años, seguí en las mismas. Tenía motivos de preocupación: pobreza —cop hijos ya y mujer—, un cuerpo débil y unos rivales tan temibles, que cuando curé a la noble dama Bartolomea Crivelli y luego a su hermano, este, ya curado, dio en burlarse de mí, y yo tuve que decirle: «¿Qué habríais hecho» —pues estaban con él otros que también se burlaban— «si no te hubiese curado?». ¡Y qué no se podía esperar si hasta los treinta y nueve años no empezaron a darme respiro! Ni siquiera en los cuatro años siguientes, esto es, desde el 1 de septiembre de 1539 hasta el 1 de noviembre de 1543 hice nada ni pública ni privadamente que no fuera encaminado a librarme de ese preocupación y ganar honra. De manera que mi suerte cambió a los cuarenta y tres años y desde entonces a los
setenta pasaron casi veintisiete —la duración de la guerra del Peloponeso[1]— durante los que compuse todos esos escritos que mencioné. De los setenta y uno a los setenta y cinco han pasado cuatro años durante los que he escrito doce obras, si bien contienen un total de dieciocho libros. La mayor parte de ellas está por imprimir, una contienen enseñanzas viejas y otras nueva doctrina.
En todo este tiempo me he entregado durante siete años a diversiones, a la música y a otras, sobre todo a los juegos de azar y a la pesca. También me he entrenado con miras a los debates, en tanto que mi cuerpo se iba resintiendo: sufrí dolores de muelas y se me cayeron unos cuantos dientes, me entró la gota pero sin causarme tormento: eran ataques de veinticuatro horas y luego venía la convalecencia.
Hasta los setenta años mis fuerzas no menguaron y más parecía que declinaban por las penas que por la edad. Desde ese año en adelante procuré atender de cerca a los asuntos domésticos, pero surgieron tantos obstáculos que de puro milagro sigo vivo. Porque si se hace la lista de mis fatigas, cuidados, aflicciones, dolores, equivocaciones en la dieta, afanes por la hacienda propia, miedo a la pobreza, insomnios, desarreglos estomacales, soplos de carácter grave, picores y hasta piojera, las frivolidades de mi nieto y la mala conducta de mi hijo, ¿quién no se asombraría de que aún ande yo vivo? Se me han caído muchas piezas de la dentadura de modo que me quedan una quince y no enteras ni firmes. Tantas insidias, tantas trampas, viejas criadas ladronas, cocheros borrachines, todos mentirosos, haraganes, desleales e insolentes. No he tenido nadie que me apoyara, ni uno solo que medio me sirviera. En seis ocasiones o así, por mor de todos estos inconvenientes infinitos o de una equivocación en la dieta, he creído al irme a la cama que no iba a levantarme más y, dos de esas seis, que me iba a morir aquella misma noche. Todavía no he redactado el testamento que quiero que sea el definitivo. Dirás: «¿Cómo pudiste salir adelante?». El dolor fue la medicina del dolor, enfrenté de entrada la cólera al abatimiento y los estudios serios al excesivo cariño por los míos, el juego de ajedrez a las penas mezquinas y frente a las grandes puse falsas esperanzas y fantasías.
No desayunaba, y la cosa llegó al extremo de que por la mañana me contentaba con una manzana cocida o con quince granos de uvas pasas de Creta, todo ello sin vino las más de las veces y sin agua o, en todo caso, bebiendo muy poco de lo uno o lo otro. Últimamente he iniciado una costumbre que me agrada y espero que me sea saludable: tomar el caldo
blanco de Galeno[2] con pan migado y bien esponjado sin nada más. La cena, en cambio, es un poco más abundante.
En todo momento me viene a la cabeza lo que expuse en mi obra De Optimo vitae genere. Recuerdo qué le ocurrió al hijo de Sila al que César mandó matar junto con su mujer sólo por ser ésta hija de Pompeyo, qué le ocurrió al hermano de Cicerón y a Cicerón mismo, que en vida perdió a su hija y enloqueció; le quedaba empero un hijo más, si bien no le dio descendencia. De esta forma, la desgraciada Terencia sobrevivió a todos los suyos con sus cien años, con su matrimonio otrora tan lucido. ¡Ay, las cosas de los mortales! ¿Qué se hizo de aquellos libros de Teofrasto tan pulidos y provechosos?
La cena, después de probar muchas dietas, la hago a base de pescados grandes, ligeros y bien cocidos para que sean nutritivos, se digieran con facilidad y suministren sólido alimento. Prefiero las carpas, aunque en Roma escasean y en su lugar compro lenguados, rodaballos y lucios con un peso que va de nueve onzas a libra y media. También consumo peces ligeros y anchos e incluso salmonetes. Las carpas de charca que llaman ‘scardole’ —no las de torrente— evito tomarlas por razones que he dado en otra parte. Tomo caldo de acelgas aliñado con ajo, o de almeja, cangrejos o caracoles aliñado con laurel verde. En lugar de acelgas pongo a veces cerraja o raíz de achicoria. Hojas sanas y raíces de borraja me sirven de ensalada. En ocasiones en lugar de alguno de estos platos tomo yemas de huevo fresco, hay veces que me basta una sola. Como también carnes blancas pero en plato grande y bien cocidas, manos de ternera e hígado de pollo o paloma, además de los sesos y todo lo que es de naturaleza sanguínea. Las carnes asadas al fuego y luego picadas en trocitos menudos o cortadas en filetes y maceradas con la hoja de un cuchillo, las añejas y vueltas a embutir en tripa de cordero y las cocidas con caldo en la cazuela son las que más me gustan.
Cuando los pies se me quedan fríos los pongo en remojo, pues así no se me enfrían tanto luego, y sólo cuando se caldean y secan me pongo a la mesa. Después del almuerzo ya no paseo y mucho menos después de la cena. Me he vuelto de carácter más tranquilo y estable gracias a la experiencia, no gracias a la dieta. Puesto que la muerte me parece con razón algo terrible, la
aborrezco; a otros que como el campano Taurea[3] no temen su llegada dejémosles salirle al encuentro si no tienen bastante con esperarla.
Pero vuelvo al tema de los cambios que he dado con la edad. A menudo he hallado en los objetos que me rodean —incluso en los más personales— tanta mudanza, que se diría que entre ellos anda un duendecillo que todo lo trastorna; aquí desaparecen unas monedas, acá aumentan, allá se cambian de sitio. No vayas a pensar que me la pegan o que mi memoria flaquea. Mira lo que me pasó ayer y todavía dura (pues no se me escapan los reparos que pueden ponerse a estos trastornos): cené bastante optimista; tras ¡a cena, me entró una tirria tan espantosa contra los libros de los demás y contra los míos propios (aunque sólo contra los ya editados), que ni pensar en ellos podía, no digo ya hojearlos. Resta la explicación. Por mi parte reconozco que hay en mí una tendencia algo así como melancólica, sobre todo cuando la verdad es que los libros que me quedan son los mejores. Ahora bien, respecto a las monedas la explicación es otra, ni fraude ni chocheo, nadie me roba a escondidas, no echo mal las cuentas: ¿qué queda sino cierta fuerza impetuosa?