Mi vida
Capítulo XVII CALUMNIAS, DIFAMACIÓN E INSIDIAS DE MIS ENEMIGOS
Capítulo XVII
CALUMNIAS, DIFAMACIÓN E INSIDIAS DE MIS ENEMIGOS
Hay dos clases de intrigas: las que atañen a la fama y el honor (de las que me propongo hablar aquí) y las otras (de las que me ocuparé luego).
Puesto que ahora me dispongo a tratar de las intrigas y sobre todo de las secretas, empezaré diciendo que, si se descubren pronto, no serán tan secretas, que, si son aparatosas, será difícil ocultarlas y que de las insignificantes sería necio hacer un relato minucioso. Así que me limitaré a referir cuatro casos solamente.
El primero ocurrió cuando estaba a punto de ser llamado para ocupar una cátedra en Bolonia. Los enemigos de mi honra mandaron a Pavía un escribano que, sin pasarse por las aulas ni consultar a los alumnos sino sacando aquello no sé de dónde, remitió un informe a Bolonia —seguramente ni esperaba que yo me presentara allí— en el que, después de contar maravillas del otro candidato, puso estas palabras o, para ser más exactos, esta sentencia condenatoria:
«De Gerolamo Cardano tengo entendido que da clases sin alumnos, con sólo los bancos. Es un
individuo de mal carácter y antipático para todos, no muy lejos de ser tonto; de malas costumbres y
hasta poco ducho en medicina, se muestra partidario de unas opiniones tales, que en su ciudad natal
nadie lo quiere y ni siquiera ejerce como médico».
El emisario de los boloñeses estaba leyendo la carta en presencia del ilustrísimo Borromeo, nuncio pontificio en aquella ciudad. Ya se disponían a zanjar el asunto, cuando se oyó la frase esa de que yo no ejercía, y uno de los presentes exclamó:
«¡Anda! pero si yo sé que eso no es verdad. He visto que hombres notables de allá se han valido de sus servicios y yo mismo sin ser noble también lo he hecho».
Le cortó la palabra el nuncio y dijo:
«También yo puedo testificar que curó a mi madre desahuciada por todos los demás médicos».
Terció otro:
«Desde luego que las demás cosas que ahí se dicen deben ser tan verdaderas como eso de que no ejerce».
Asintió el nuncio y el emisario se calló y se sonrojó. La conclusión a la que se llegó fue la siguiente: por un solo año a partir de la fecha me encargaría de las clases. «Si el candidato» — resolvieron— «resulta ser tal como dice la carta o en todo caso de poco provecho para la universidad y la ciudad, dejaremos que busque un nuevo puesto; pero si no, se le consentirá hacer firme el contrato para lo sucesivo y acordar un salario que de momento queda a convenir».
Dio su aprobación el nuncio y se levantó la sesión. No satisfechos con esto mis enemigos, promovieron el envío de un delegado del Senado para que en lugar de las condiciones convenidas pusiera otras. Cuando me las presentó, no las acepté: el monto del sueldo era menor, el puesto en la enseñanza no era el prometido y de dinero para los gastos de desplazamiento, nada. Ante mi negativa se vio forzado a irse y regresar luego con todas las condiciones propuestas al principio.
Aunque tales problemas parezcan estorbar mucho, ello ocurre por una idea falsa que se trazan los hombres. Porque los fines de las empresas humanas miran a su pronto acabamiento y ni mucho menos son eternos. Le basta al sabio con tenerlos en cuenta sin, por supuesto, preocuparse en exceso de ellos. En cambio los medios no son absolutamente nada, ni siquiera la
sombra de un sueño[1], como cualquiera puede ver y comprobar en sus propias acciones. Deben ser por tanto despreciados del todo, si los cotejamos con los fines. Viene aquí como de perlas la comparación con ese juego infantil en que cada jugador se juega una nuez. Pongamos por caso que uno de estos niños diera en pensar que por algún tipo de conexión, de causa o de afinidad le iba en el juego el conseguir cuando se hiciera hombre una licenciatura, un cargo o incluso un reino: ¿no estaría portándose más bien como un necio?
Luego de estos sucesos, cuando ya empecé a impartir mis clases, intentaron quitarme alumnos con el siguiente subterfugio: me asignaron una hora que era casi la de almorzar y le dieron mi aula — en esa misma hora o un poco antes— a otro. Yo le ofrecí a este último tres soluciones: que empezara antes y terminara antes; que cambiara de aula para que yo pudiera libremente dar las clases en mi hora; que, al revés, él enseñara en aquella y yo buscara otra. Vi cómo las rechazó todas hasta que en una nueva distribución conseguí que diera sus clases en otro sitio.
Nuevas penas y nuevas lágrimas para mí: vino a cruzarse una nueva acusación que dio lugar a que ni yo soportara tantas intrigas ni mis rivales se vieran obligados a sufrir la presencia de aquel colega indeseado. Hacia la conclusión del contrato, esparcieron rumores, particularmente en el círculo del cardenal Morone, de que yo enseñaba ante un escaso alumnado. Aunque esto no era del todo verdad —más bien al contrario, desde principios de curso hasta los días cuaresmales de ayuno había tenido muchos alumnos—, no obstante, mi valía, asaltada por tantos enemigos míos y tantas intrigas, se vio forzada a ceder, como suele decirse, ante la mala suerte. Una vez que, en efecto, convencieron al cardenal para que, so color de mis propios intereses, yo renunciara voluntariamente a mi puesto, lograron que él actuara en ese sentido. Los resultados de este episodio acarrearon más satisfacción que verdadero provecho a quienes tanto empeño pusieron en sus insidias.
En cuanto a calumnias y falsos testimonios no tengo nada que decir. Fueron tan descomunales, tan continuos, tan estúpidos y absurdos, que está claro que no pasaron de rumores rebuscados y de acusaciones jamás formalizadas, siendo público y notorio que más que hacerme daño valieron para torturar de remordimiento a sus promotores. Como que sólo consiguieron dejarme más tiempo libre para escribir mis libros y ganar renombre; con quitarme de aquellas actividades tan trabajosas me alargaron la vida y me permitieron el gozo de llegar al conocimiento de muchos arcanos. Suelo decir y tener siempre en los labios esta frase: «No los odio ni los considero merecedores de ningún castigo porque me hayan hecho daño, sino por habérmelo querido hacer».
Otras maquinaciones de mayor alcance que contra mí urdieron antes de
ser contratado en Bolonia las expondré luego en el capítulo [2] XXXIII