Mi vida
Capítulo VIII RÉGIMEN DE VIDA
Capítulo VIII
RÉGIMEN DE VIDA
Paso en cama descansando diez horas; de ellas duermo, si tengo salud y me encuentro bien, ocho; si no, cuatro o cinco. Me levanto dos horas después del alba. Cuando me sentía aquejado de insomnio me echaba en la cama y
paseaba por la alcoba, pensaba en Oroquilia[1]; ayunaba reduciendo los alimentos a la mitad o menos; utilizaba pocas medicinas fuera del ungüento de álamo, sebo de oso o aceite de ninfas de abeja que me untaba en diecisiete sitios del cuerpo: los muslos, los pies, las plantas, la nuca, los codos, las muñecas, las sienes, la garganta, el corazón, el hígado y el labio superior. El insomnio me atormentaba particularmente al amanecer.
El almuerzo siempre lo hago menos copioso que la cena. Cumplidos los cincuenta años, me satisfacía a media mañana con pan migado en caldo — al principio incluso migado en agua— y unos granos gordos de uva de Creta que llaman zibibbo. Más adelante, he variado la dieta de modo que nunca almuerzo sin una yema de huevo y dos onzas de pan o poco más y, de beber, una pequeña cantidad de vino puro y, a veces, nada. Si es viernes o sábado me arriesgo con pan con salsa de almejas o cangrejos, un poco de carne: ninguna mejor que la magra de ternera cocida en la olla sin caldo ninguno, pero macerada un buen rato con la hoja de un cuchillo. Así la degusto, pues suele por sí sola destilar una salsa que no la hay mejor y es mucho más húmeda y espesa que la misma carne asada.
En la cena tomo habitualmente un plato de acelgas, a veces de arroz, o una ensalada de achicorias, si bien prefiero ante todo las cerrajas espinosas de hoja ancha o la raíz de achicoria blanca. Como con más gusto el pescado que la carne, siempre que aquel sea de calidad y fresco. Prefiero la carne magra — o pongamos por caso la ubre de ternera o de jabalí— asada y troceada fina con cuchillo bien afilado; me agradan las viandas preparadas al fuego. Asimismo, en la cena, me deleito con vino dulce y mosto en cantidad de media libra y el doble de agua o incluso más. Me gustan muchísimo las alas de pollo, los higadillos de gallina o paloma asados y toda la parte de color sanguino. Disfruto también comiendo cangrejos de río debido a que mi madre los comía con mucho apetito cuando me llevaba en su vientre; otro tanto me pasa con las almejas y las ostras. Ya dije que me alimento de pescado con más apetito y provecho que de carne: lenguados, acedías, rodaballos, brecas, tortugas de tierra, albures, rubios o mújoles, escorpinas o rascacios, bogas, pescadilla o merluza, lubina o róbalos, salmón y salmonete. Del pescado de agua dulce consumo los lucios, carpas, percas. De ambas aguas los albures, sargos, lochas, el cazón, la panza de atún, el atún, anchoas en salazón (las blandas y, más todavía las secas). Es curioso que comamos las chirlas, esto es, las almejas bastas, con tanto agrado como las finas y desechemos en cambio las coquinas y telinas comestibles como si fueran veneno. Los caracoles no los tomo sino después de purgados. Me gustan los cangrejos de río y otros mariscos; los de agua salada los encuentro demasiado fuertes. Las anguilas, las ranas y las setas las considero dañinas. De los alimentos dulces me agradan la miel, el azúcar, las uvas de colgar, los melones maduros (desde que comprendí que son una triaca), los higos, las cerezas, los melocotones, el arrope. Ninguna de estas cosas me ha hecho daño hasta la presente. Me gusta muchísimo el aceite mezclado con sal y las aceitunas blandas. Me sienta igualmente bien el ajo, aunque es sobre todo la ruda la que, así en la mocedad como en la vejez, he tenido siempre como antídoto —preventivo y curativo— contra envenenamientos de todo género; también me ha dado muy buenos resultados el ajenjo romano.
No he tenido una afición desmedida por los placeres de la mesa[2], ni he padecido mucho por abusar de ellos. No obstante, ahora mi estómago está algo delicado, aunque me las arreglo sin problemas a base de pescado asado a la parrilla, barato, fresco, suave y de carne blanca.
No desprecio el queso de oveja muy graso, pero el de cabra[3] —en cantidades que van desde tres onzas hasta siete y sólo el de animales criados en pastos escogidos— lo prefiero a cualquier otro manjar.
De los peces grandes tomo la cabeza y el vientre, de los pequeños el lomo y la cola: la cabeza, siempre cocida, y las otras partes, cocidas o a la cazuela; los peces pequeños, fritos; los secos, cocidos o a la parrilla; los de carne sueve, fritos o no muy cocidos.
En los cuadrúpedos las partes blancas son las mejores, las sanguinolentas son más indigestas (así el corazón, el hígado, los riñones; los pulmones, en cambio, son más digestivos), las de color cárdeno alimentan poco.
En las aves [4] las partes sanguinolentas (excepto el corazón) son las más digestivas, las blancas lo son a medias (excepto las criadillas, que son digestivas) y las de color cárdeno son las más indigestas.
La materia de este capítulo se encierra en siete apartados fundamentales: aire, sueño, ejercicios, comida, bebida, medicinas, instrumental. Comprende quince sub-apartados: aire, sueño, ejercicios, pan, carnes, leche, huevos, pescado, aceite, sal, agua, higos, ruda, uvas, cebolla amarga. Quince son los medios instrumentales: fuego, cenizas, baño, agua, cazuela, sartén, asador, parrilla, mortero, el filo y la hoja del cuchillo, rallador de queso, perejil, romero y laurel. Los ejercicios son: la rueda de molino, paseos, equitación, la pelota chica, el coche, fabricación de espadas al estilo de los herreros, cabalgadas, litera, navegación, pulimento de papel y fricción o lavado: total, quince.
Pero, como en las ceremonias sagradas, he resumido la cuestión en pocos términos después de profundas cavilaciones y gracias a un brillante razonamiento, pues sin esa brillantez algunas cosas que están clarísimas parecen menos evidentes.
Cinco son los alimentos que únicamente y con moderación deben tomar los ancianos: pan, pescado, queso, vino y agua; dos como medicina: almáciga y cilantro, pero con mucho azúcar; dos condimentos: azafrán y sal, que también es un elemento; cuatro se han de usar con moderación, ya que son a la vez alimentos: carne, yema de huevo, uvas pasas y aceite, que es un elemento oculto e ígneo y se corresponde con el celeste.