Mi vida
Capítulo XIII CARÁCTER, DEFECTOS PSICOLÓGICOS Y EXTRAVÍOS
Capítulo XIII
CARÁCTER, DEFECTOS PSICOLÓGICOS Y EXTRAVÍOS
Siendo este por sí solo el punto más difícil de todos los del argumento que nos ocupa y, sobre todo, al pensar que quienes tienen afición a leer libros autobiográficos no se las ven con un relato sincero como el que aquí traemos
(pues los unos, como Marco Aurelio[1], pusieron por escrito cómo debían ser, otros en cambio transmitieron a la posteridad datos reales, pero suprimiendo
sus fallos, como es el caso de Flavio Josefo[2]), hemos decidido en este punto atenernos a la verdad, sabedores de que no valen excusas para quienes yerran en sus costumbres como en lo demás. ¿Quién puede obligarme a ello? ¿No seré yo el leproso aquel que fue el único de los diez sanos en volver ante el
Señor?[3]
Los médicos y astrólogos adoptan el siguiente método: colocan los componentes del carácter natural entre las cualidades primarias y los del adquirido los achacan a la educación, los estudios y el ambiente. Todos estos factores se dan en todos los hombres, pero propiamente en cada edad van realizándose alteraciones, aún en idénticas circunstancias. Así que conviene andarse con tiento en esta cuestión y a ella ante todo debo referirme en tanto
en cuanto sea verdad aquello de γν [4] ῶϑ ι σεαυτòν. Porque a mí no se me oculta mi propia manera de ser: irritable, cándido, rijoso. De ahí como de sus raíces brotan la crueldad, una obstinación pendenciera, aspereza, desconsideración, ira, ansias de venganza hasta más allá de mis fuerzas, no digo nada cuando la cosa es fácil. Estoy de acuerdo con el dicho que —al menos de palabra— muchos condenan:
at vindicta bonum vita iucundius ipsa[5].
En resumidas cuentas, no he querido que dejara de cumplirse en mí aquello que suele decirse: «Nuestra naturaleza está inclinada al mal».
Sin embargo, soy sincero, agradecido, amante de la justicia y de los míos, desdeñoso con el dinero; aspiro a la gloria tras la muerte y tengo por costumbre despreciar las medianías y, por supuesto, las pequeñeces (con todo, como sé que los detalles tienen gran importancia en los inicios de las cosas, no suelo despreciar ocasión alguna). Inclinado por carácter a todo tipo de excesos y vicios, más allá de segundas intenciones, reconozco como el que más mi ineptitud. Por temor de Dios y porque veo lo vanas que son todas estas cosas, dejo pasar incluso a sabiendas las ocasiones que de vengarme se me presentan. Soy un timorato, de corazón frío y de cerebro exaltado, siempre metido en cavilaciones: doy vueltas a muchos y graves asuntos y hasta a cosas que no pueden ser. Soy capaz de poner mi atención en dos tareas distintas a la vez. Quienes critican las alabanzas que hago de mí por gárrulas y desmesuradas, me están echando en cara vicios ajenos, no míos. Sólo me defiendo, no ataco a nadie. ¿Por qué, en efecto, pasarlo mal por estas cosas, cuando tantas veces he hablado en público de la vanidad de esta vida? Ellos llaman ‘alabanzas’ a lo que no es más que una justificación: ¡tan extraordinario consideran el no ser malo!
He adquirido la costumbre de forzar constantemente la expresión del rostro: he logrado poder fingir, pero no disimular. Esto, sin embargo, es fácil, si se lo compara con el hábito de no esperar nada, en cuyo logro he trabajado con gran empeño durante quince años seguidos. Por simular, unas veces salgo a la calle harapiento, otras elegantemente vestido, acá me muestro taciturno, allá hablador, ahora alegre, luego triste: doblez por todas partes a causa de lo que he dicho.
En mi juventud me arreglaba el cabello poco y raras veces, a causa del interés que tenía en tareas de más provecho. Mis andares son desiguales, ya rápidos, ya lentos. En casa estoy con las piernas sin cubrir de los tobillos para arriba.
Soy poco piadoso y algo deslenguado, tan irritable que hasta siento reparos y vergüenza de mí mismo. Aunque estoy bastante arrepentido, he pagado por todas mis faltas, como he dicho: ¡duro castigo padecí por aquella
vida de Sardanápalo[6] que llevé en Pavía el año que fui rector de los estudiantes! Sírvame de purificación y sea gloria en medio de la deshonra y virtud en medio del vicio el haber sufrido con paciencia y el haberme enmendado. Que la necesidad me valga de disculpa por decir lo que digo, ya que, si pretendiera pasar por alto los dones que Dios me hizo, sería un desagradecido y, si me pusiera a contar el castigo que me cayó sin mencionar la clase de vida que he llevado, todavía más. Y sobre todo porque, como vengo diciendo, estas cosas nuestras no hay que tenerlas en tanto aprecio como las tiene el vulgo, pues son flojas, hueras y como sombras de atardecer: grandes, pero de ningún provecho y prontas a desvanecerse.
Si se quiere hacer una apreciación libre de malquerencias sobre el particular, hay que tomar en consideración que es lícito alegar el modo, las intenciones, el estado de necesidad, las circunstancias y los sufrimientos que mi conducta me reportó —en tanto que otros, sin verse forzados por la necesidad han cometido acciones mucho peores que las mías, aunque no lo reconozcan ni en público ni en privado, y ni mencionen ni recuerden el provecho que sacaron: sólo si se tienen en cuenta todos estos extremos, se podrá tal vez emitir un juicio más justo sobre mi persona. Pero sigamos adelante.
Admito como el mayor y más raro de mis extravíos una irreprimible tendencia a no decir nada con más agrado que aquello que molesta a mis interlocutores. Persevero a sabiendas y gustoso en este defecto mío. No se me escapa cuántos enemigos me ha granjeado: ¡tanto puede la naturaleza aliada a una vieja costumbre! Con todo, procuro no ser así con mis benefactores y con los poderosos: me limito a no adularlos o, al menos, a no halagarlos. No he sido menos descontrolado en mi vivir, por más que supiera muy bien qué camino era más necesario y conveniente tomar; difícilmente se hallará otro tan obstinado en su yerro.
También soy, en la medida de lo posible, un solitario, aunque sepa que Aristóteles condena ese género de vida cuando dice: «El solitario o es un
bicho o es un dios»[7]. La razón de ello ya la expuse.
Por un extravío semejante, y no con menor perjuicio para mí, mantengo a mi servicio a criados que veo que no sólo no me sirven de nada sino que dañan mi reputación; hago lo mismo con los animales que me regalan — cabritos, corderos, liebres, conejos, cigüeñas— hasta un extremo que me tienen empercudida toda la casa.
He padecido asimismo falta de amigos, especialmente de amigos fieles. Y he cometido muchos, muchísimos errores, porque, en cuanto me enteraba de algo, fuera grave o banal, conviniera o no, acá o allá, lo soltaba. A veces la cosa llegaba hasta a herir a los que me había propuesto ensalzar, como en el caso del presidente del Tribunal de París Aimar Ranconet, hombre de muchas
letras y francés de nación[8]. Y a ello me vi arrastrado tanto por una decisión mía precipitada y por mi desconocimiento de las realidades y circunstancias ajenas — con las que evidentemente hubiera sido difícil no topar—, como por no haber estado ducho en esas reglas seguras que luego adopté y que los hombres de mundo en su mayoría conocen.
Demasiado rápido en mis cálculos, tomo por ello decisiones algo precipitadas y no soporto dilaciones en ningún asunto. Como mis rivales se han dado cuenta de que es difícil cogerme si dispongo de tiempo, todo su interés es acuciarme. Pero yo los tengo calados y me cuido de ellos como de rivales míos que son, y como a mis enemigos, pues quieren serlo, los trato.
Si no hubiera tenido por costumbre el no arrepentirme jamás de ninguna cosa que hiciera voluntariamente, aunque me saliera mal, es claro que habría tenido una vida desgraciada: pero la causa de la mayoría de mis males fue la soberana estupidez, no exenta de maldad, de mis hijos y la desconsideración y el rencor de mis parientes paternos hacia los de su propia casta, defectos característicos de muchas familias, aunque más comunes en las de origen aldeano.
Desde mi mocedad me aficioné más de la cuenta al juego del ajedrez, que me dio a conocer ante el mismísimo Francesco Sforza, duca de Milán, y me granjeó la amistad de muchos nobles. Mas después de dedicarme a ese juego de manera constante durante muchos años —casi cuarenta—, no me resulta fácil decir cuántas pérdidas me ocasionó en mi hacienda sin sacarle el menor provecho. Pero es que con los juegos de azar la cosa fue todavía peor, pues mis hijos recibieron cumplida instrucción en ellos y más de una vez mi propia casa fue albergue de tahúres. Como excusa de tal yerro no me queda sino una muy endeble: el ser yo pobre de nacimiento y el no ser del todo inhábil en tales menesteres.
Tal es la condición humana, pero los unos no quieren que se reconozca, los otros ni siquiera lo soportan. ¿Es que acaso son mejores o más juiciosos? ¿Qué pasaría si alguien se dirigiera a los reyes y les dijera: «Ninguno de vosotros ha dejado de comer piojos, moscas, chinches, gusanos, pulgas y hasta la misma mierda más sucia de vuestros súbditos?». ¿Cómo encajarían los monarcas esa observación por muy verdadera que sea? Este no querer saber lo que sí sabemos y este pretender a viva fuerza ocultar la realidad, ¿qué otra cosa es sino desconocimiento de nuestra verdadera condición? Como en el pecado, así en lo demás: todo es sucio, vano, confuso, inestable y —como las manzanas podridas de la rama— caedizo. Conque nada nuevo traigo aquí, sólo estoy desnudando a la Verdad.