Mi vida

Gerolamo Cardano · Capítulo 39 de 63

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Mi vida

Capítulo XXXIII DESHONRAS. QUE PAPEL CUMPLEN LOS SUEÑOS. LA GOLONDRINA DE MIS ARMAS

Capítulo XXXIII

DESHONRAS. QUE PAPEL CUMPLEN LOS SUEÑOS. LA GOLONDRINA DE MIS ARMAS

 

La deshonra requiere una consideración muy diferente a la de la honra: como que desdeñar honores conviene a muchos, en cambio soportar afrentas, según la opinión común, a nadie resulta provechoso y conveniente. De ahí lo que suele decirse:

veterem ferendo iniuriam invitas novam[1]

Porque si te resignas, te atacarán y te aplastarán como a uno que no le

importa[2].

No hay que hablar aquí de la niñez, ya que no está sujeta a la ley del honor. Vendrá bien, al menos, citar aquello de Horacio sobre la educación que le dio su padre:

ipse mihi custos incorruptissimus omnes

circum doctores aderat[3]

 

Ahora bien, como he dicho, resignarse ante injurias y afrentas acarrea los mismos inconvenientes que ambicionar honores, pero más graves. Tales inconvenietes se dan sobre todo en materia de mujeres, pues como la honra y la deshonra tienen cada una una doble faceta, interna y externa, resulta nefasta la condición de aquellos hombres que llevan su honra a flor de piel mientras que por dentro están podridos de deshonor: los respetan los necios y el vulgo, los detestan los hombres de valía, los desprecian los insolentes. Por el contrario, aquellos que poseen la honra interior y por fuera sufren afrenta disfrutan de una vida tranquila y segura, siempre, eso sí, que se contenten con su suerte. Los que por dentro y por fuera se sienten despreciados, desposeídos de todo y colmados de deshonra, ésos son como los arrieros y campesinos de nuestra tierra, que, si caen bajo el gobierno de príncipes justos, logran cierto desahogo, particularmente si se unen en gremios. En fin, los que tienen honra externa e interna están muy expuestos a calumnias, intrigas y acusaciones informales, pero quedan a buen recaudo de procesos formales, ya que hay miedo de ofender a hombres buenos y atraerse las antipatías del pueblo con riesgo incluso de perder la vida.

Estando en Bolonia al tiempo que negociaba las condiciones de mi contrato, dos o tres veces en nombre del Senado y de la judicatura vinieron de noche unos a pedirme que firmara una petición de gracia dirigida al gobernador y al papa en pro de una mujer condenada por irreligión, envenenamiento y brujería. La razón que alegaban ante mí era que los

filósofos no creen en los demonios[4].

En favor de una curandera (esta todavía no estaba sentenciada por los jueces) me pidieron otros que aconsejara excarcelarla, supuesto que su paciente había muerto a manos de médicos. Me traían también allí temas de nacimiento para que yo trazara el horóscopo, como si fuera adivino o mago y no profesor de medicina. Todos estos no consiguieron otra cosa que desperdiciar esfuerzos y ganarge mala reputación.

En los comienzos de mi vida, cuando tenía doce años de edad, un día disparé una escopeta cargada de pólvora y con el taco de cartón herí a la honrada esposa de un músico: me dieron tal bofetada que caí al suelo.

El pleito que entablé en Milán con el Colegio de médicos estaba por encima de mis posibilidades y resultó mal. Las presiones que sobre mí ejercieron ciertos médicos me obligaron por los años 1536 o 37 a llegar a una avenencia deshonrosa para mí, pero, como he referido, fue anulada el año 1539 y me resarcí del todo.

El año 1536, siendo médico de la casa de los Borromeo, vi en sueños a la hora del alba una serpiente enorme, que temí que me matara. A poco del sueño me llega recado para que fuera a visitar al hijo del conde —así le dicen

— Camilo Borromeo[5], personaje ilustre y de primer rango; marcho a su casa y, al parecer, el niño (tenía a la sazón siete años) estaba afectado por una dolencia sin importancia. No obstante, al tomarle el pulso, cada cuatro golpes había una interrupción. Me pregunta su madre la condesa Corona: «¿Cómo está?». Le contesto que la fiebre no parecía alta, pero que aquella interrupción cada cuatro golpes me hacía temer algo, no sabía el qué (aún no tenía a

disposición el libro de Galeno sobre el diagnóstico a partir del pulso[6]). Como los síntomas persistieron dos jornadas más, le receté el medicamento

que llaman ‘diarob’ con ‘turbit’[7] en pequeñas dosis. Ya tenía yo redactada la receta y el mandadero se disponía a ir a casa del boticario, cuando me acordé del sueño. «¿Quién sabe» —me dije— «si ese síntoma del pulso no significa que el niño se va a morir» —cuando se editó el libro de Galeno vi que era indicio fatal— «y si los médicos esos que me tienen ojeriza no achacarán la causa de su muerte al medicamento?». Llamo al mandadero, que no se había apartado ni dos pasos de la puerta, le digo que falta algo que quiero añadir, rompo la receta a sus espaldas y escribo otra a base de unos polvos confeccionados con perlas, hueso de unicornio y piedras preciosas. Le dan al chico los polvos, vomita, comprenden los que estaban encargados del niño que se encontraba grave y mandan llamar a los tres médicos principales. De

los tres, uno, que había colaborado en la cura del hijo de Sfondrati[8], se llevaba mejor conmigo. Examinan la receta y, ¡qué le vamos a hacer!, aunque dos de ellos me aborrecían, Dios no permitió que me perjudicaran: no sólo aprobaron todos a una la medicación, sino que aconsejaron que se repitiera, que fue lo que me salvó. Al volver aquella tarde me di cuenta de la situación. Cuando amaneció el siguiente día me mandaron llamar de nuevo y veo que el niño está en las últimas y que su padre lloraba abatido. «Mira» — me dice— «el que decías que no estaba enfermo» —como si yo hubiera dicho semejante cosa—; «al menos no te separes de su cabecera mientras viva». Se lo prometí. Advertí que dos gentilhombres le estaban sujetando; intentó luego desasirse dando voces; no se lo permitieron, pero no hacía sino echarme la culpa. En una palabra, si se hubiera llegado a emplear como remedio el ‘diarob’ con ‘turbit’ —que a decir verdad no es medicamento seguro—, estoy perdido. Tan amargamente se quejaba el conde de mí, que todos me rehuían «como si me hubiera echado su aliento la hechicera Canidia que es peor que serpiente

africana»[9]. Así escapé de la muerte y troqué pérdida de reputación por entrega al estudio de un modo que luego no me pesó.

No podría creer yo que aquel sueño y otros que contaré más adelante fueran casuales, sino que, como es fácil de ver, eran avisos, pues surgían en un alma devota, agobiada por mil desventuras, a la que Dios no quería dejar de su mano. No obstante, para este sueño tuve un estímulo y la visión venía provocada por el ambiente, pues la casa del conde, sita en la plaza de Santa María Podone, estaba toda llena de serpientes pintadas alusivas a la serpiente que se añadió al antiguo escudo de los Borromeo.

Es el mismo caso de nosotros los Cardano. Antes teníamos como blasón un castillo rojo con sus torreones, pero le añadieron arriba en el centro una torrecilla negra y una orla de plata alrededor del castillo para que se distinguiera del escudo de los Castiglioni, cuyo nombre estaba simbolizado con un castillo y un león. A las armas de los Cardano el emperador les puso en lo alto un águila, toda ella negra excepto el pico, exployada, en campo de oro (unos la pintan monocéfala y otros bicéfala). Hay quien pone dos orlas azafranadas, hay quien a la usanza antigua se la pone azafranada al águila y blanca al castillo. Y hay más: también yo, el día que me metieron en la cárcel, añadí a mi blasón la figura de una golondrina piando bajo un capacho o sombrajo, porque el contraste de colores hacía muy difícil incluirla en el escudo. Escogí la golondrina por cuadrar a las mil maravillas con mi forma de ser: no es perjudicial para los hombres, no desdeña la compañía de los humildes, vive siempre con los humanos sin ser doméstica, deja su tierra pero va y viene casi siempre, se empareja, no es solitaria ni tampoco adocenada, deleita con su canto a quien la hospeda, no consiente cautividad, si le saltan los ojos recupera espontáneamente la vista y, siendo tan pequeñita, lleva en el

vientre piedras hermosísimas[10], se alegra que es maravilla con el buen tiempo y el calor, es tan habilidosa en la construcción de su nido, que en este punto sólo cede entre las aves al martín pescador; es blanca por el medio del vientre y negra por la parte de fuera, regresa a la antigua casa que la cobijó como si guardara la gratitud y el recuerdo; ninguna otra ave aunque sea carnívora la persigue.

Pero vuelvo ya a mi relato. Por dos veces en la aldea de Sacco mis atenciones médicas a pacientes me acarrearon afrenta. El primer caso fue con Rigona, una señora paisana mía a la que practiqué a eso de las seis una sajadura en un pie para una sangría y a las siete se murió. El segundo fue con un pobre hombre que tocaba las campanas en la iglesia que llaman del santo patrón: le administré una medicina por el día y a la noche se murió. La razón de mi error fue que nunca antes había visto la dolencia que aquejaba a estos dos enfermos. Mas poco faltó para caer en el descrédito absoluto y, si mis fracasos llegan a difundirse, acaban conmigo, pues por entonces iban muy mal todos mis negocios así los públicos como los privados. También me salió mal el tratamiento de Vignani; no llegó a morir pero dejó de ser mi cliente, y eso que nueve de su casa habían recobrado la salud gracias a mí.

Así pues, tres fueron las veces que en cincuenta y tres años de ejercicio de la medicina me he equivocado, mientras que Galeno no reconoció sus errores porque había cometido tantos, que el reconocerlos no le podía servir de excusa.

De esta manera, nunca he estado expuesto a pública deshonra; ahora bien, expuesto a rumores anónimos, nadie lo ha estado más que yo, sobre todo en Milán y Bolonia: seguramente querían darle las gracias cumplidas a su paisano. En Pavía no me ocurrió nada de eso a pesar de ser yo natural de allí por haber nacido y residido en dicha ciudad. Pero al igual que la fiebre supone el final de ciertas enfermedades y libra de morir a enfermos que de otro modo

jamás sanarían, como dice Hipócrates en los [11] Aforismos, así el encarcelamiento famoso que vino después de aquellos rumores sobre mis crímenes infinitos, apagó todo el incendio y no quedó ni rescoldo de sospecha: buena prueba de cuánto puede la envidia. Y a vosotros, médicos, ¿qué mal os hice? Conque deshonras y ultrajes acabaron por así decirlo donde debieron empezar.

Pero dejemos esta perorata sobre injurias y baldones, que en estos tiempos nuestros más tienen que ver con piques de mujeres que con asuntos de hombres. ¿No fue cosa sonada allá en Bolonia el diálogo aquel que corrió de

mano en mano con el título de [12] Melanfrón, es decir, ‘ciencia oscura y negra’ ? Pero estaba tan mal compuesto y se editó con tan poco éxito, que se vio y comprobó que su autor no tenía ciencia ninguna, ni blanca ni negra. Tienen que reconocer por eso que se esforzaron en vano.

Pero volvamos a mi ciudad, donde me despidieron del Hospital de San Ambrosio, un empleo que me reportaba de siete a ocho escudos de oro anuales; contaba yo por entonces treinta y siete años de edad, si no me equivoco. Ya antes, el año veintinueve, había perdido la exclusiva en la aldea o plaza de Caravaggio; los honorarios no llegaban a ochenta escudos de oro, un trabajo de mulas, pero en Magenta ya habían llegado a un acuerdo por cincuenta y cinco más o menos. Yo, al cabo de una hora, ya me había quitado de enmedio, tan poco faltó para que languideciera allí, ya que no para hacerme viejo. En Bassano, hacia el año veintinueve, no acepté, a pesar de que me lo pedían mis amigos, un cargo de médico cuyos honorarios ascendían a cien escudos; es un pueblo de la campiña de Padua. En cambio fue

estupenda la oferta de Cesare Rincio[13], médico entre los principales de mi ciudad: si hubiese querido aceptar el puesto de médico en cierta aldea de la campiña de Novara, distante de Milán novecientos cincuenta pasos, ellos me hubieran pagado, si no recuerdo mal, doce coronas de oro al año. Así que no te extrañe de que en la aldea de Sacco no tuviera yo sueldo fijo y me aguantara cinco años. Tanto Gian Pietro Pocobello en Monza como Gian

Pietro Albuzzi[14] en Gallarate adquirieron un patrimonio de veinte escudos; fue como tomar esposa con la esperanza de heredarla: ninguno de los dos, pese a todo, se casó de nuevo y sus mujeres vivieron más que ellos.