Mi vida
Capítulo XLII CAPACIDAD DE PREVISIÓN EN LA MEDICINA Y EN OTROS TERRENOS
Capítulo XLII
CAPACIDAD DE PREVISIÓN EN LA MEDICINA Y EN OTROS TERRENOS
No estoy en condiciones de decir con suficiente certeza cuál es la causa que en este particular me ha reportado más fama de la que para mí querría, si fue la inspiración divina, si mi constitución ‘harpocrática’ o si cierta perfección de mi inteligencia.
En el terreno de la medicina resaltan los casos de Cecilia Maggi, el del hijo de Gian Giacomo Resta y tantos otros, que en tan largo espacio de tiempo ninguno puede ufanarse de haberme visto hacer un pronóstico ilusorio. Hasta quienes se empeñan en negar mis capacidades en otros campos de la medicina, en ése siempre me dieron la palma sin yo pretenderlo siquiera. Dejando aparte otras pruebas que podría alegar, ¿no me comprometí en Bolonia a que, si alguien quería apostar por un enfermo diez escudos y se me permitía examinar con detenimiento al paciente dos o tres veces, y hasta una sola también, yo pagaría, caso de equivocarme al pronosticar en qué parte del cuerpo se localizaría la causa de la muerte, cien escudos por cada uno de los que el otro ponía? Hicieron los médicos disecciones de cadáveres de muchos nobles, al principio delante de mí, luego, al ver que no fallaba, para no tener que ponerse colorados tantas veces, las hacían a escondidas. Sin embargo, nunca en los ocho años que enseñé medicina en Bolonia ocurrió, no digo que alguien me contradijera en este punto, sino que se atreviera a abrir la boca: tan atinados eran mis pronósticos.
Y fuera de la medicina levantan en todos asombro las predicciones que hice en mi entrevista con Eduardo VI rey de Inglaterra en torno a la
naturaleza y desarrollo de las calamidades que amenazaban su reino[1].
Callo las que en los versos de la Endecha por la muerte de mi hijo
pretendí deslizar, porque ellos[2] me lo imponen, y que sin embargo más las tengo por prodigiosas que por agoreras. Refiérense a lo que habría de ocurrir en los ocho años que siguieron a su muerte. Pero, como digo, ésas no las atribuyo a mis capacidades adivinatorias y hasta preferiría que salieran erradas antes que buscarme fama de ese modo.
Desde el comienzo de la campaña anuncié la pérdida de Chipre [3] y di las
razones, y luego me pronuncié sin ambages sobre la plaza africana[4].
No me gustaría que alguno pensara que he ido demasiado lejos y he sacado esos conocimeintos del demonio o de las estrellas: no, sino del oráculo de Aristóteles, que dice que la auténtica adivinación es exclusiva del hombre sabio y juicioso. Indagaba los factores que intervenían en cada situación: lo primero me enteraba de la naturaleza del lugar, el carácter de sus habitantes y las dotes de sus príncipes; repasaba un montón de libros de historia, los conocidos y los raros. Luego de esto y sirviéndome de ciertos recursos propios que paso a enumerar, me pronunciaba. Entérate, pues, cuántos y
cuáles eran esos recursos: sólida erudición[5], el dilema, el sentido traslaticio
de las palabras[6] [7] , la amplificación, una iluminación especial, una prolongada, cuidadosa y constante práctica de la dialéctica y —algo que vale más que esa práctica— la reflexión.
Pese a todo, no acierto a dar una explicación convincente de algunas de mis predicciones. Recuerdo que, siendo muchacho, un tal Giovanni Stefano Bisso dio en pensar que yo era quiromántico, nada más lejos de la verdad. No obstante, me pidió que le hiciera algunas predicciones sobre su vida futura. Le dije que sus amigos lo habían mandado a mí para gastarle una broma. Insistió. Le pedí disculpas por tener que hacerle una predicción bastante amarga y le dije que dentro de poco se vería en trance de ser ahorcado: aquella misma semana lo prenden, lo someten a tormento, niega obstinadamente su delito, pero no por ello se libra, al cabo de seis meses, de morir en la horca, no sin que antes le cortaran una mano.
No tan casual puede considerarse lo que ahora me ha pasado con Giovanni Paolo Eufomia, mi joven alumno. Fue hace cosa de un mes y se conserva mi autógrafo. El mozo estaba sano. Una tarde, pido papel y escribo que si no se cuidaba moriría pronto. Y no es que yo hubiera escrutado los astros o estuviera al tanto de alguna trama contra él. Anoto las razones, se las comunico, enferma a los seis u ocho días y, no mucho después, muere. A los inexpertos mi predicción les parecerá poco menos que un milagro; si un hombre juicioso lee y medita mi escrito, dirá que yo he visto lo que estaba ocurriendo y no que he previsto lo que iba a ocurrir.
¿Y lo de Roma? Hay tantos testigos como comensales de aquel banquete. Dije delante de todos:
«Si no supiera que os iba a sentar mal, os diría una cosa».
Uno de ellos me interpeló:
«¿Tal vez que alguno de los presentes va a morir?».
Le contesté:
«Así es, y dentro de este mismo año».
El día primero de diciembre falleció uno de los comensales llamado Virgilio.
Suma a lo que voy diciendo el hecho de que nuestras cosas están constituidas por unos elementos mínimos a partir de los cuales pueden sufrir grandes cambios. Estos elementos y otros más pequeños, si los hay, vienen a ser decisivos a la hora de emitir un juicio sobre ellas.
No voy a hablar sin saber. Cuando vivía en la casa de los Ranucci en Bolonia, vino a verme un francés diciendo que quería hablar a solas conmigo. Le dije que bastaba con que no nos oyeran. Como insistí en que no nos apartáramos de la vista de la gente, se marchó. Escamado, mandé localizarlo: nadie pudo verlo más. ¿Qué te crees? Andaba tramando un asesinato.
¿Qué decir de lo de Chipre? Más de una vez, cuando oí cuáles eran los pertrechos de los turcos y cuáles los de los cristianos, dije que había que
temer la derrota de los nuestros: el cardenal Sforza[8] es testigo. Aducía yo las razones y a la postre los resultados demostraron que la isla se perdió tanto por falta de recursos como por errores que se cometieron.
Estos aciertos y otros parecidos son propios de las personas estudiosas, atentas y experimentadas, si bien no es forzoso que se den siempre y en toda clase de materias. El mayor grado de certidumbre lo presentan las artes manuales: la forja, por ejemplo.